Jean-Paul Sartre (Bosquejo de una teoría de las emociones)


Podemos concebir ahora en qué consiste una emoción. Es una transformación del mundo. Cuando los caminos trazados se hacen demasiado difíciles o cuando no vislumbramos caminos, ya no podemos permanecer en un mundo tan urgente y difícil. Todas las vías están cortadas y, sin embargo, hay qué actuar. Tratamos entonces de cambiar el mundo, o sea, de vivirlo como si la relación entre las cosas y sus potencialidades no estuvieran regidas por unos procesos deterministas sino mágicamente. No se trata de un juego, entendámoslo bien; nos vemos obligados a ello y nos lanzamos hacia esa nueva actitud con toda la fuerza de que disponemos. Lo que hay que comprender también, es que ese intento no es consciente como tal, pues sería entonces objeto de una reflexión. Es ante todo aprehensión de relaciones y exigencias nuevas. Pero, al ser imposible la aprehensión de un objeto o al engendrar una tensión insoportable, la conciencia lo aprehende o trata de aprehenderlo de otro modo; o sea, se transforma precisamente para transformar el objeto. En sí, ese cambio de la dirección de la conciencia no es nada extraño. Encontramos mil ejemplos de transformaciones semejantes en la actividad y en la percepción.

Ernst Jünger (La tijera)


Desde los inicios se tuvo conocimiento de que no podemos saber ni de dónde venimos ni adónde vamos y se sospechó que nuestro estar aquí en la Tierra, nuestra presencia en ella, es tan sólo una breve interrupción del camino.
En un pasaje que ahora no recuerdo dónde está dice san Agustín que todo cavilar sobre lo que hubo antes no sirve para otra cosa que para llenar los manicomios; y Umberto Eco afirma, en un ensayo que estoy leyendo en la mañana de hoy, 4 de junio de 1988, que toda tentativa de averiguar el sentido último conduce al absurdo y le arrebata su misterios al mundo.

* Ernst Jünger (Anotaciones del día y de la noche) El corazón aventurero
* Ernst Jünger (Los titanes venideros) Ideario último

Manuel Martín-Loeches (La mente del "Homo sapiens") El cerebro y la evolución humana

MÁS ALLÁ DE LA ESQUIZOFRENIA

En los últimos años existe un creciente interés por otro tipo de trastornos que también podrían ayudarnos a entender mejor al ser humano. De éstos, algunos de los más destacados son trastornos que aparecen en nuestra especie con mucha frecuencia, desgraciadamente, y que presentan unas características comunes que podríamos resumir como la consecuencia de nuestro alto grado de socialización. Somos unos seres enormemente sociales, somos lo que somos en gran parte a nuestro medio social. El lenguaje como poderosa y difícilmente superable herramienta de comunicación es un rasgo de nuestra especie que demuestra, sin lugar a dudas, lo mucho que dependemos de nuestro entorno social. En los trastornos derivados de nuestra condición social se suele dar el caso, además, de una tremenda implicación del sistema cerebral de las emociones.
La depresión, los trastornos de ansiedad, los trastornos alimentarios (entre lo que está la anorexia) o el estrés postraumático son algunos de esos desórdenes del ser humano que presentan una raíz social. Pero los grandes simios, seres que también poseen un alto grado de socialización, presentan trastornos de conducta en los que se han querido ver los antecedentes de muchos de nuestros trastornos de raíz social. La gran mayoría de ellos surgen en situaciones de privación de libertad. La separación del grupo, especialmente durante la infancia, suelen provocar en estos seres una serie de alteraciones graves de su comportamiento tales como las estereotipias (repetir movimientos o gestos sin ninguna utilidad), la automutilación, la agresividad inapropiada o desproporcionada, el miedo injustificado, la falta de apetito, o el vivir apartados o retirados en un rincón del habitáculo, sin apenas moverse interactuar con nadie.

Marco Aurelio (Meditaciones)


Libro III

1.- No sólo esto debe tomarse en cuenta, que día a día se va gastando la vida y nos queda una parte menor de ella, sino que se debe reflexionar también que, si una persona prolonga su existencia, no está claro si su inteligencia será igualmente capaz en adelante para la comprensión de las cosas y de la teoría que tiende al conocimiento de las cosas divinas y humanas. Porque, en el caso de que dicha persona empiece a desvariar, la respiración, la nutrición, la imaginación, los instintos y todas las demás funciones semejantes no le faltarán; pero la facultad de disponer de sí mismo, de calibrar con exactitud el número de los deberes, de analizar las apariencias, de detenerse a reflexionar sobre si ya ha llegado el momento de abandonar esta vida y cuantas necesidades de características semejantes precisan un ejercicio de exhaustivo de la razón, se extingue antes. Conviene, pues, apresurarse no sólo por que cada instante estamos más cerca de la muerte, sino también porque cesa con anterioridad la comprensión de las cosas y la capacidad de acomodarnos a ellas.

Libro IV

3. Se buscan retiros en el campo, en la costa y en el monte. Tú también sueles anhelar tales retiros. Pero todo eso es de lo más vulgar, porque puedes, en el momento que te apetezca, retirarte en ti mismo. En ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma; sobre todo aquel que posee en su interior tales bienes, que si se inclina hacía ellos, de inmediato consigue una tranquilidad total. Y denomino tranquilidad única y exclusivamente al buen orden. Concédete, pues, sin pausa ese retiro y recupérate.

Carmen Iglesias (Razón, sentimiento y utopía)

INQUIETUD Y MELANCOLÍA EN EL SIGLO XVIII
Entre el sopor del tedio y los sobresaltos de la inquietud

<<Hay terribles desgracias sobre la tierra, Señora -escribía Voltaire a madame de Sant-Julien en 1766- mientras que los que llamamos "felices" son devorados por las pasiones o por el tedio.>> Y en el capítulo final de esa sátira feroz que es Cándido, o el optimismo, la vieja prudente, compañera de fatigas de Cunegunda, increpa airadamente a Cándido y Martín, perdidos en disquisiciones filosóficas sobre los pobres cautivos que pasan ante sus ojos, en una especie de rueda interminable, con las siguientes palabras:

Yo, señores míos, quisiera saber qué es peor, ser violada cien veces por los piratas negros, tener cortada una anca, sufrir dos carreras de baquetas, ser azotado en solfa, ser ahorcado, disecado y remar en galeras y pasar todos los males juntos que cada uno de nosotros ha padecido hasta ahora, o estarnos así, tan fastidiados como estamos, bostezando a cada instante y sin saber qué hacernos.

<<Por vida mía -responde Cándido- que no es fácil resolver esta cuestión.>> A lo que concluye Martín con la sentencia de que <<el hombre ha nacido para vivir en el letargo del tedio o en las convulsiones de la inquietud>>.
<<El letargo del tedio o las convulsiones de la inquietud>>
Nada resume mejor la reflexión filosófica sobre la felicidad en la segunda mitad del siglo ilustrado que esas líneas de Voltaire, quien, en 1769, vuelve a escribir <<dan ganas de estallar en gemidos>>...ante la idea de que el hombre es más desdichado que todos los animales juntos, que no conocen ni la inquietud ni el tedio, que a su vez no son sino la insatisfacción de sí mismo>>.

Pedro Aullón de Haro y otros (Teoría de la crítica literaria)

Tradicionalmente, la pretensión científica es conseguir la objetividad, o sea, un valor de verdad unívoco. Esta pretensión ha de ser abandonada. En la actualidad, se tiende a considerar que todo análisis científico hace un aproximación, mayor o menor, en todo caso de determinada cuantía, y que necesariamente ha de ser superada por aproximaciones ulteriores, facilitadas por las precedentes. Incluso en el ámbito de las ciencias físicas se plantea esta situación: la certidumbre matemática ha sido sustituida por la aproximación probabilística, y los procesos han dejado de ser matemático para ser estocásticos. En las ciencias denominadas humanas, celosas casi siempre de la <<objetividad>> de las ciencias de la naturaleza, las explicativas, la resignación ante la imposibilidad de una verdad inequívoca ha sido consustancial con su propio destino.

Ernesto Sabato (Antes del fin) Memorias

Veo las noticias y corroboro que es inadmisible abandonarse tranquilamente a la idea de que el mundo superará sin más la crisis que atraviesa.
El desarrollo facilitado por la técnica y el dominio económico han tenido consecuencias funestas para la humanidad. Y, como en otras épocas de la historia, el poder, que en un principio parecía el mejor aliando del hombre, se prepara nuevamente para dar la última palada de tierra sobre la tumba de su colosal imperio.
<< Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrán hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta en la que mezclan revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión.>> En el caso del siglo XX, cómo dudar de la veracidad de estas palabras de Camus. Sin embargo, hay quienes pretenden seguir hablando acerca del progreso de la historia, en un acto suicida que pretende mirar de soslayo el patético legado racionalista.
La historia no progresa. Fue el gran Giambattista Vico el que lo dijo: <<Corsi e recorsi>> La historia está regida por un movimiento de marchas y contramarchas, idea que retomó Schopenhauer y luego, Nietzsche. El progreso es únicamente válido para el pensamiento puro. Las matemáticas de Einstein son evidentemente superiores a las de Arquímedes. El resto, prácticamente lo más importante, ocurre de la corteza cerebral para abajo. Y su centro es el corazón. Esa misteriosa víscera, casi mecánica bomba de sangre, tan nada al lado de la innumerable y laberíntica complejidad del cerebro, pero que por algo nos duele cuando estamos frente a grandes crisis. Por motivos que no alcanzamos a comprender, el corazón parece ser el que más acusa los misterios, las tristezas, las pasiones, las envidias, los resentimientos, el amor y la soledad, hasta la misma existencia de Dios o del Demonio. El hombre no progresa, porque su alma es la misma. Como dice el Eclesiastés, <<no hay nada nuevo bajo el sol>> y se refiere precisamente al corazón del hombre, en todas las épocas habitado por los mismos atributos, empujado a nobles heroísmos, pero también seducido por el mal.


Richard Bach (Juan Salvador Gaviota)

Subió a setecientos metros sobre el negro mar, y sin pensar por un momento en el fracaso o en la muerte, pegó fuertemente las antealas a su cuerpo, dejó solamente los afilados extremos asomados como dagas al viento, y cayó en picado vertical.
El viento le azotó la cabeza con un bramido monstruoso. Cien kilómetros por hora, ciento treinta, ciento ochenta, a aún más rápido. La tensión de las alas a doscientos kilómetros por hora no era ahora tan grande como antes a cien, y con un mínimo movimiento de los extremos de las alas aflojó gradualmente el picado y salió disparado sobre las olas, como una gris bala de cañón bajo la Luna.
Entornó sus ojos contra el viento hasta transformarlos en dos pequeñas rayas, y se regocijó. ¡A doscientos kilómetros por hora! ¡Y bajo control! ¡Si pico desde mil metros en lugar de quinientos, ¿a cuánto llegaré?
Olvidó sus resoluciones de hace un momento, arrebatadas por ese gran viento. Sin embargo, no se sentía culpable al romper las promesas que había hecho consigo mismo. Tales promesas existen solamente para la gaviotas que aceptan lo corriente. Uno que ha palpado la perfección en su aprendizaje no necesita esa clase de promesas.
Al atardecer, Juan Gaviota estaba practicando de nuevo. Desde los dos mil metros los pesqueros eran puntos sobre el agua plana y azul, la Bandada de la Comida una débil nube de insignificantes motitas en circulación.
Estaba vivo, y temblaba ligeramente de gozo, orgulloso de que su miedo estuviera bajo control. Entonces, sin ceremonias, encogió sus antealas, extendió los cortos y angulosos extremos, y se precipitó directamente hacia el mar. Al pasar de los dos mil metros, logró la velocidad máxima, el viento era una sólida y palpitante pared sonora contra la cual no podía avanzar con más rapidez. Ahora volaba recto hacia abajo a trescientos veinte kilómetros por hora. Tragó saliva, comprendiendo que se haría trizas si sus alas llegaran a desdoblarse a esa velocidad, y se despedazaría en un millón de partículas de gaviota. Pero la velocidad era poder, y la velocidad era gozo, y la velocidad era pura belleza.

Aldous Huxley (Viejo muere el cisne)


Ninguna sociedad humana puede ser eminentemente mejor de lo que es actualmente, a menos que contenga una buena proporción de individuos que sepan que su humanidad no es la última palabra y que procuren trascenderla conscientemente. Por eso deberíamos ser profundamente pesimistas con respecto a cosas ante las cuales son optimistas en la mayoría de las gentes, como, por ejemplo, la ciencia aplicada, las reformas sociales y la naturaleza humana, tal como es el promedio de hombres y mujeres. Y por eso, también, deberíamos ser profundamente optimistas ante lo que ellos son tan pesimistas que ni siquiera saben que existe: re refiero a la posibilidad de transcender y transformar la naturaleza humana. No mediante el crecimiento evolutivo, ni en un remoto porvenir, sino en cualquier momento, aquí y ahora si se quiere, y mediante el empleo de la inteligencia y la buena voluntad convenientemente dirigidas.



Leopoldo Alas "Clarín" (El señor) y lo demás, son cuentos

<<El patriotismo, a mi juicio, tiene de sincero lo que tiene de egoísta; ya por lo en él va envuelto de nuestra propia conveniencia, ya nuestra vanidad. Cerca del patriotismo anda la gloria, quintaesencia del egoísmo, colmo de la autolatría; porque el egoísmo vulgar se contenta con adorarse a sí propio él solo, y el egoísmo que busca la gloria, el heroísmo heroico..., busca la adoración de los demás: que el mundo entero le ayude a ser egoísta. Por eso la gloria es deleznable...claro, como que es contra natura, una paradoja, el sacrificio del egoísmo ajeno en aras del propio egoísmo.
<< Pero no me juzgues, por esto, pesimista, sino cauto; creo en el progreso; lo que niego es que hayamos llegado, así, en masa, como obra social, al altruismo sincero. El día que cada cual quisiera a sus conciudadanos de verdad, como se quiere a sí mismo, ya no hacía falta la política, tal como la entendemos ahora. No, no hemos llegado a eso; y por elipsis o hipocresía, como quieras llamarlo, convenimos todos en que cuando hablamos de sacrificios por amor al país... mentimos, tal vez sin saberlo, es decir, no mentimos acaso, pero no decimos la verdad.

Emilio Lledó (Elogio de la infelicidad)


Conócete a ti mismo
Porque son los hombres quienes hacen posible lo posible. y es el cerebro humano el inventor y constructor de la posibilidad. Pero ello necesita un principio esencial de educación desde el que pueda abrirse ese íntimo espacio. Todas las formas de educación del cerebro que aglutine, en él, el pensamiento amasado en ideas fijas, en estructuras dogmáticas, en grumos ideológicos, en formas lingüísticas hechas de estereotipos mentales, en coagulaciones de la trivialidad, son el aniquilamiento de la facultad de pensar, de la capacidad de elegir.
La mayor parte de las aberraciones históricas, de las injusticias y maldades, no sólo proceden de manipuladores del poder, de mortíferos discriminadores, de promotores de la ofuscación y la radical incultura, sino también, aunque en más inocente medida, de sumisión provocada por esa enfermedad crónica que los fanatismos y las mentiras ajenas han inoculado en la mente propia. Esto constituye la plaga más agresiva de las que puede sufrir el progreso social. Porque el individuo así manipulado, a pesar de su indefensión y pasividad actúa, sin saberlo, en la forja de un pastoso suelo social, de un imaginario colectivo que inutiliza muchas iniciativas de progreso y, sobre todo, que paraliza las mentes para inventarlo.

Ideología del HOMBRELOBO
La genial teoría de los reflejos condicionados que Pavlov ideó a principios del pasado siglo nos avisa, entre otras enseñanzas, de la peligrosa posibilidad de ser domesticados por las más siniestras ideologías y las más tenebrosas creencias. Pero frente a la triste falsificación de reflejos condicionados por inhumanos y mortíferos condicionadores, ya en la misma cultura griega se entreabre, poco a poco, una puerta que nos hace vislumbrar un mundo distinto del de la alineación y la destrucción.
La palabra se oponía a todas esas perspectivas de la bestialidad fue la palabra paidería, educación. Una educación que tenia que darse, fundamentalmente, en el comienzo de cada vida personal. Es en ese periodo de la existencia donde han actuado quienes pretenden ofuscarnos la mirada. La domesticación en la necesidad es, sin duda, la agresión más funesta que se ejerce contra la vida. La educación de una mirada no entorpecida con los grumos de la imbecilidad es, por el contrario, la única posibilidad de que, partiendo de la inteligencia y la justicia (Leyes.644a), pueda irse alumbrando el dominio de la solidaridad y la paz.

Necesidad de la literatura
Tendríamos que agradecer a todos esos escritores que nos acompañan, en el siempre breve espacio de tiempo de nuestra vida, el que nos hayan entregado sus palabras que construyen una humana manifestación de eternidad. Una eternidad que no promete otra existencia más allá de la fronteras de cada vida y que, en el gozo de leer, en las horas de lectura, nos deja esquivar las paredes del tiempo, y acariciar en el silencioso murmullo de las letras, las espaldas de no sé qué especie de inacabada amistad.
El lenguaje fue, como es sabido, lo que empezó a distinguir al animal humano de todos los otros animales, próximos a él. Un lenguaje que además de comunicación y comprensión, creó también sensibilidad, emociones, pasiones, desde el complejo entramado de la realidad corporal. Pero las palabras, fuente de abstracción y solidaridad, se fueron ciñendo al territorio de las primeras e inmediatas experiencias, a los que los ojos veían y la manos tocaban, condenadas a la dureza del vivir, a la necesidad de sobrevivir: << mañana lloverá, <<tengo sed>>, <<la cosecha es buena>>, <<quiero comprar tu escudo>>.



Oscar Wilde ( El retrato de Dorian Gray)


Se volvió y, dirigiéndose a la ventana, corrió las cortinas. La brillante luz del amanecer penetró en la habitación y barrió las fantásticas sombras de los oscuros rincones donde habían permanecido trémulamente. Pero la extraña expresión que había notado en el rostro del retrato pareció seguir allí, aún más intensificada. La ardiente luz del sol dibujaba líneas crueles alrededor de la boca, tan claramente como si él mismo, después de haber hecho alguna cosa horrible, se hubiera mirado a un espejo.
Retrocedió y, cogiendo de la mesa un pequeño espejo ovalado circundado por unos cupidos de marfil, uno de los muchos regalos que lord Henry le había hecho, se apresuró a mirarse en él. En sus rojos labios no aparecía ninguna línea de aquéllas. ¿Qué significaba esto?
Se frotó los ojos y volvió a acercarse a la pintura, examinándola otra vez. No había notado ninguna señal cambiada cuando miró antes al cuadro y, sin embargo, no cabía duda, la expresión se había alterado. No era una simple imaginación suya. La cosa era horriblemente visible.

José Luis Olaizola (La vida y la época de Juana La Loca)


Al quinto día entró en agonía, después de haber recibido todos los auxilios que la Iglesia tiene previstos en estos casos, y cuenta el citado doctor Parra que << a todos nos admiraron las disposiciones de nuestra señora, la reina, en estos tristes momentos; las fatigas y trabajos que tomaba sobre sí hacían temer por su salud, pero nada sucedió pues es una mujer nacida para soportar cualquier fatiga. Siendo una cristiana como era, se sentía muy confortada viendo a su regio esposo tan compungido y arrepentido de su vida pasada: durante los últimos días, en los que su majestad el rey no parecía oír ni entender, la reina no por eso se apartaba de él, y le decía cosas muy dulces y amorosas, al tiempo que le musitaba oraciones para la buena muerte, por si las podía oír con los sentidos del alma. Falleció y siguió junto a él, pues decía que teólogos había que entendían que el alma tarda en abandonar el cuerpo más de lo que nosotros creemos y que en tanto que hubiera espíritu convenía decirle cosas que fueran de su gusto. Costó separarla de su cuerpo, al que hizo muchas muestras de amor, con besos y caricias, pero sin perder la compostura, y sin que ese afán pueda atribuirse al extravío del que dieran muestras en otras ocasiones. Por contra, hizo reflexiones muy cristinas sobre lo perecedero que es todo en esta vida mortal, y cómo tanto que urdió su difunto esposo para llegar a reinar en Castilla, para al cabo ser rey por no más de cuatro meses, que ni siquiera fueron los más felices de su vida >>.

* José Luis Alaizola (Los amores de San Juan de la Cruz)

Jürgen Habermas (El futuro de la naturaleza humana) ¿Hacia una eugenesia liberal?


La manipulación de la composición del genoma humano, progresivamente descifrado, y la expectativa de algunos investigadores de poder dominar muy pronto la evolución, sacuden en cualquier caso la distinción categorial entre subjetivo y objetivo, y entre natural y hecho en unas regiones que hasta ahora escapaban a nuestra disposición. Se trata de la desdiferenciación de distinciones categoriales profundas enraizadas que hasta ahora suponíamos invariantes de nuestras autodescripciones. Tal proceso podría cambiar nuestra autocompresión ética de la especie humana hasta tal punto que la consciencia moral quedara también afectada (es decir, las condiciones de lo espontáneamente natural, que constituye lo único en lo que podemos entendernos como autores de la propia vida y miembros en pie de igualdad de la comunidad moral). Presumo que el conocimiento de la programación del propio genoma podrá alterar la obviedad con que existimos como cuerpo (Leib) o, en cierto modo, con que <<somos>> nuestro cuerpo (Leib) y que con ello también surgirá un nuevo tipo de relaciones peculiarmente asimétricas entre las personas.

Gary Cox (Cómo ser un existencialista) O cómo tomar el control, ser auténtico y dejar de poner excusas


¿Qué es el existencialismo?

Las personas no pueden renunciar a su libertad, nunca. No pueden hacer de sí mismas objetos gobernados por la causalidad del mundo físico porque el proyecto mismo de renunciar a su libertad y convertirse en objetos gobernados por la causalidad ha de ser una elección libre de cada una de ellas. Una persona no puede convertirse en una entidad completamente determinada por el mundo, pues no importa cuándo o cómo lo intente siempre estará eligiendo hacerlo. Una persona no puede nunca no elegir, pues como dice Sartre, <<no elegir es, de hecho, elegir no elegir>>. La libertad de una persona no consiste en un desprenderse de toda obligación, una especie de libertad hippy, consiste en la responsabilidad permanente de tener que elegir quién es a través de las acciones que elige realizar en respuesta a la adversidad y la resistencia de su situación. En opinión de los filósofos existencialistas radicales, la responsabilidad de tener que elegir no tiene fin.


Cómo no ser un existencialista

Kierkegaard, el filósofo existencialista, escribe acerca de las personas que sufren de lo que él denomina <<locura objetiva>>. Las personas con locura objetiva no existen realmente porque se han perdido por completo en la objetividad al preocuparse en exceso por los hechos, al punto de considerarse a sí mismas sólo un hecho más. Kierkegaard compara la <<locura objetiva>> con la la <<locura subjetiva>>, que es lo que comúnmente se entiende por locura. Para Kierkegaard, la persona que sufre de locura objetiva es mucho menor humana, tiene mucha menos alma, que quién sufre la locura subjetiva. El loco subjetivo es demasiado humano, su locura revela su alma viva.
Un buen ejemplo de loco subjetivo es Don Quijote, Un buen ejemplo de loca objetiva es la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, aunque la mayoría de los políticos encajan en la descripción. En cierto sentido, Don Quijote es mucho más real como personaje de ficción que Thatcher como personaje real. Escribe Kierkegaard: <<Evitamos asomarnos a los ojos de un loco (con locura subjetiva) para no vernos forzados a sondear las profundidades de su delirio; pero no nos atrevemos a mirar a un loco (con locura objetiva) en absoluto por temor a descubrir que sus ojos son de vidrio y que su pelo está hecho de retazos de moqueta, en pocas palabras, que es un producto artificial>>.


Cómo ser auténtico

Había una vez una mujer cuyo padre falleció. Como era de ese tipo de mujeres que insisten en ser optimistas y despreocupadas, cuando sus amigos le daban sus condolencias ella replicaba que esperaba que a ellos nunca les ocurriera lo mismo. Pero, por supuesto, excepto los hijos que mueren antes, la personas por lo general han de sufrir la muerte de sus padres. Si esto parece algo que no es apropiado mencionar, ello se debe a la influencia de la mala fe. Encontrar ofensiva la dura realidad es una de las expresiones más comunes de la mala fe. Como hemos dicho, la mala fe es ignorancia deliberada. La mala fe es una estrategia para sobrellevar la vida que ayuda a las personas a evitar lo que de otro modo sería una angustia abrumadora. Y si esto es cierto, habría que reconocer que, irónicamente, existe cierto tipo de sabiduría en la ignorancia deliberada de quienes carecen del valor para enfrentar la dura realidad de la condición humana.

Patrick Süskind (El perfume)

Escenario de este desenfreno -no podía ser otro- era su imperio interior, donde había enterrado desde su nacimiento los contornos de todos los olores olfateados durante su vida. Para animarse, conjuraba primero los más antiguos y remotos: el vaho húmedo y hostil del dormitorio de madame Gaillard; el olor seco y correoso de sus manos; el aliento avinagrado del padre Terrier; el sudor histérico, cálido y maternal del ama Bussier; el hedor a cadáver del Cimetière des Innocents; el tufo de asesina de su madre. Y se revolcaba en la repugnancia y el odio y sus cabellos se rizaban de un horror voluptuoso.
Muchas veces, cuando ese aperitivo de abominaciones no le bastaba para empezar, daba un pequeño paseo olfatorio por la tenería de Grimal y se regalaba con el hedor de las pieles sanguinolentas y de los tintes y abonos o imaginaba el caldo de seiscientos mil parisienses en el sofocante calor de la canícula.
Entonces, de repente -éste era el sentido del ejercicio-, el odio brotaba en él con violencia de orgasmo, estallando como una tormenta contra aquellos olores que habían osado ofender su ilustre nariz. Caía sobre ellos como granizo sobre un campo de trigo, los pulverizaba como un furioso huracán y los ahogaba bajo un diluvio purificador de agua destilada.

Zygmunt Bauman (El arte de la vida)


Nuestra vida, tanto si lo sabemos como si no, y tanto si nos gusta esta noticia como si la lamentamos, es una obra de arte. Para vivir nuestra vida como lo requiere el arte, como los artistas de cualquier arte, debemos plantearnos retos que sean (al menos en el momento de establecerlos) difíciles de conseguir a bocajarro, debemos escoger objetos que estén (al menos en el momento de su elección) mucho más allá de nuestro alcance y unos niveles de excelencia que parezcan estar tozuda e insultantemente por encima de nuestra capacidad (al menos de la que ya poseemos) en todo lo que hacemos o podemos hacer. Tenemos que intentar lo imposible. Y sólo podemos esperar, sin el apoyo de un pronóstico fiable y favorable (ya no digamos de certidumbre), que mediante un esfuerzo largo y agotador podemos algún día llegar a alcanzar estos niveles y conseguir aquellas metas para, de este modo, ponernos a la altura del reto planteado.
La incertidumbre es el hábitat natural de la vida humana, si bien la esperanza de escapar de esta incertidumbre es el motor de nuestra búsqueda vital. Escapar de la incertidumbre es un ingrediente esencial, aunque sólo sea tácito o supuesto, de todas y cada una de las imágenes combinadas de la felicidad. Esto explica por qué la felicidad <<genuina, verdadera y completa>> siempre parece encontrarse a cierta distancia: como un horizonte que sabemos que se aleja cada vez que intentamos acercarnos a él.

Rafael Sánchez Ferlosio (La hija de la guerra y la madre de la patria)

(La equidad) Cuenta la leyenda de Confucio cómo éste, visitando, como solía, un reino extraño, fue interpelado por un gran señor que dijo así: <<En este reino reina la virtud: si el padre roba, el hijo lo denuncia; si roba el hijo, lo denuncia el padre>>. Y Confucio le contestó: <<En mi reino el hijo encubre al padre y el padre encubre al hijo; a esto también se da el nombre de virtud>>.

(Paráfrasis del anterior) Un gran señor le dijo a Cunfucio: <<En nuestro reino impera la equidad: somos compasivos con las víctimas y despiadados con los delincuentes>>. Confucio replicó: <<En mi reino somos igualmente compasivos con las víctimas y con los delincuentes; esto también merece el nombre de equidad>>.

Mario Perniola (Del sentir)

La ideología presiona al sentir para que, de manera decidida y categórica, opte por una opinión y la transforme en una creencia, en algo más operativo, más estable, más vital que el simple pensar. Dicho de otro modo, la ideología demanda al sentir que se adhiera y se comprometa con un conjunto de ideas ya pensadas y que se obligue a una relación de solidaridad emotiva con los intereses de una colectividad dada. Mientras para el funcionamiento del aparato burocrático el sentir es indiferente, tanto que se puede organizar en un universo interior con la única condición de que no interfiera en el mundo concreto, para la ideología es esencial su sometimiento. La ideología, en efecto, no puede prescindir de la aportación de elementos emotivos, efectivos y sensitivos, que son fundamentales para que la balanza de la opinión se incline hacía su lado.

Amando de Miguel (El sexo de nuestros abuelos)

MODAS
Las medias representan la prenda que mejor se asocia con la coqueteria, según la define el sociólogo Jorge Simmel. Sirven muy bien para la operación de ocultar y dejar ver al mismo tiempo, pues ahí es donde se encuentra la esencia de la coqueteria. Es la mejor demostración - según Simmel- de que las medias, junto a las otras prendas de atavío femenino, nada tienen que ver con el pudor. Al contrario, cumplen la función de excitar sexualmente al eventual espectador.
El corsé primero, y luego las medias, son las dos prendas femeninas típicamente insinuadoras. Las medias tenían que ser de seda para que lograran ese propósito, pero su precio era prohibitivo. Había por eso medias <<engañadoras>>: el pie y la parte del muslo eran de algodón, mientras que las partes que se veía (tobillo y pantorrillas) era de seda. Ya el hecho de que las medias cubrieran los muslos, aunque no se vieran, se consideraba como algo voluptuoso.

Gabriel Albiac (Sumisiones voluntarias) La invención del sujeto político: De Maquiavelo a Spinoza


Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, las bestias extrañas, las medallas, los cuadros y otras bagatelas semejantes fueron para los pueblos antiguos los cebos de la servidumbre, el precio de su libertad, los instrumentos de la tiranía. Este medio, esta práctica, estas soluciones utilizaban los antiguos tiranos para adormecer a su súbditos bajo el yugo. Así, los pueblos, atontados, encontraron bellos estos pasatiempos, distraídos por el vano placer que les pasaba ante los ojos, se acostumbraron a servir tan neciamente como los niños pequeños (mas ello es peor), que aprenden a leer por ver las resplandecientes imágenes de los libros ilustrados.

¿Qué es lo que queda de nuestro sujeto, construido en la costumbre y desplazado hacía los espacios de ficción? Una función de reproducción vacía de contenido. Y, hacia el final ya de su texto, ante el espectáculo de esos sujetos, La Boétie ha de preguntarse ¿qué queda de esos sujetos que, desplazados hacia la red de representaciones escénicas, son sólo una función reproductiva del amo? Pues un espacio anéanti, anonadado; un espacio carente de cualquier plenitud ontológica. Y se pregunta La Boétie:

¿Es esto vivir felizmente?

Y naturalmente no responde, sino que remata con una segunda y verdaderamente seria pregunta:

¿Esto se llama vivir?

Y la Boétie calla ante tan grave pregunta. Y es evidente que su texto, al plantearla, ya la ha respondido.

Lionel Trilling (Más allá de la cultura) Y otros ensayos)

Ahora, nos hallamos en el momento del apogeo de esas desespenranzadoras visiones de nuestra vida que tienen normalmente quienes piensan y se expresan, visiones que incluso cuando no pensamos ni nos expresamos pueblan nuestras mentes de imágenes de pérdidas más graves aún que la de la propia existencia, es decir, con pérdidas de civilización, personalidad y humanidad. Estas visiones sumen en la desesperación a nuestro espíritu, no sólo por ser terribles y posibles, sino también porque han llegado a tener carácter evidente, porque son clisés que parecen impedirnos la posibilidad de pensar e imaginar.
Ahora, también debemos comprender que sí la novela está muerta o agónica, no se encuentra sola en semejante trance. La novela es como resumen y paradigma de nuestra vida cultural, y a esto se debe probablemente el que antes hablemos de su muerte que de la muerte de cualquier otra forma de pensamiento. Entre todas las formas literarias, la novela ha sido la que más se ha entregado a ensalzar e investigar la voluntad humana; y la voluntad de nuestra sociedad agoniza, víctima de exceso de sí misma.

Ramin Jahanbegloo (Conversaciones con Isaiah Berlin)

R.J.
¿Es peligroso el nacionalismo para la democracia?

I.B.
Por supuesto. Es peligroso para todo. Nacionalismo significa, simplemente, que nos decimos que nadie es tan bueno como nosotros, que por el mero hecho de ser alemanes o franceses tenemos derecho a ciertas cosas. No bien se invoca una autoridad impersonal infalible como la nación -y esto se extiende al partido, la clase o la iglesia- queda abierto el camino a la opresión.

Fernando Pessoa (Poemas de Alberto Caeiro)

Si yo pudiera trinchar toda la tierra
y sentirle un sabor
sería más feliz un instante...
Pero no siempre quiero ser feliz.
Es necesario ser de vez en cuando infeliz
para poder ser natural...

No todo es días de sol
y la lluvia, cuando falta mucho, se ruega.
Por eso tomo la infelicidad con la felicidad
naturalmente, como quien no se extraña
que hayan montañas y llanuras
y que haya peñascos y yerba...
Lo que hace falta es ser natural y calmo
en la felicidad y en la infelicidad,
sentir como quien mira,
pensar como quien anda,
y cuando se va a morir acordarse que el día muere,
y que el poniente es hermoso y es hermosa la noche
que queda...
Así es y que así sea.

Aldous Huxley (Si mi biblioteca ardiera esta noche) Ensayos sobre arte, música, literatura y drogas

Demasiados libros
Cuando digo que hay demasiados libros, quiero decir que hay demasiados para cada individuo. Con el fin de alcanzar la categoría de ciudadano del mundo contemporáneo bien informado y actualizado, un hombre debe leer tantos libros que es casi imposible que pueda haber leído alguno de ellos apropiadamente.
Estamos en peligro de sacrificar la calidad de la lectura a la cantidad, el peligro de leer demasiado y demasiado rápido como para estar en posición de juzgar lo que leemos.
<<Un gusto preciso en poesía, como en las otras artes, es un talento adquirido, que sólo puede producirse mediante un pensamiento riguroso y un prolongado intercambio con los mejores modelos de composición>>. Esta es la opinión de Wordsworh. Si está en lo correcto -y en lo que a mí respecta lo está- la perspectiva para la cultura contemporánea no es muy reconfortante. Porque los hábitos de lectura indiscriminada y excesiva, como se da en el presente en casi todos los casos entre los más cultivados, rara vez son compatibles con un pensamiento riguroso o un continuo intercambio con los mejores modelos.





Francisco Umbral (¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary?)

JOSEP PLA.
LO INFINITAMENTE PEQUEÑO

El señor Montaigne inicia sus ensayos —que inauguran la modernidad en el pensamiento europeo— con estas palabras: <<El tema de mi libro soy yo mismo>>. Josep Pla es un Montaigne con boina que desde muy joven vio a corta distancia su porvenir literario: él mismo.
Otros han quedado por egoístas, o se lo llaman a sí mismos —Stendhal: Recuerdos de egotismo—, pero Pla, sin referirse demasiado al tema, practicó siempre, con hermetismo de campesino, una cultura del yo que le llevaría muy lejos, pues que el yo de Pla comprende el florecer de los campos, el paso de los barcos, la lectura de los clásicos, la burla política, el conocimiento de los hombres y las voces del garbí, el terral y otros vientos que recorren toda su obra.
Pla sabía que no era novelista —aunque en el Cuaderno Gris injerta toda una novela menestral y naturalista, ambientada en Girona, que es de mano maestra— o bien no le apetecía darle a la vida forma de novela ni de drama, sino forma de pura prosa o de glosa, como su admirado d´Ors. Se ha estudiado poco o nada la forma en que cada escritor ve la vida y la escultura que quiere hacer con ella. Aquí en España vivimos la superstición decimonónica de la novela, pero Pla, muy afrancesado, gusta más, como Francia, del dietario, las memorias, la biografía o el anecdotario de altura.

Alexander Nehamas (Nietzsche) La vida como literatura

"La madurez propia consiste en recobrar la seriedad con que uno jugaba de niño". La sabiduría y la edad no sustituyen de un plumazo a la juventud y a la inocencia. Lo que al viejo le parece ahora sólo un juguete para el niño no fue sólo representación, sino también realidad. Pero también los juguetes actuales del adulto, al menos desde su propio punto de vista, deben parecer realidad en sí mismo. Aplicada a nuestro tema, la metáfora sugiere que en nuestra lucha por enfrentarnos al mundo no sólo simplificamos sino que, además, no podemos pensar que lo hacemos. Para tener el estímulo de elaborar un nuevo pensamiento, una nueva interpretación, un nuevo cuadro, una nueva teoría, novela o moralidad, uno no debe pensar que es simplemente una más entre muchas alternativas posibles; uno debe pensar que es muy bueno, quizá el mejor pensamiento, la mejor interpretación, pintura, teoría, novela o moralidad. Nietzsche escribe que la verdad se crea, no se descubre; pero con todo, considera que debemos concebirla como algo que una vez descubierto obliga a continuar adelante hasta crearla.

Anna Caballé (Carlos Castilla del Pino) Cinco conversaciones sobre la psiquiatría, la felicidad, la memoria, los libros...


AC.
He leído en Italo Calvino recientemente un comentario que me ha hecho pensar. Dice que en el siglo XX se han impuestos las motivaciones existenciales; el simple hecho de estar en el mundo, de vivir, es suficiente para ser sujeto de pleno derecho al disfrute de lo disponible. Y dice Calvino con su ética marxista: yo no lo comparto, no amo a la gente por el simple hecho de que estén ahí. El derecho de existir hay que ganárselo y justificarlo con lo que se da a los demás y no únicamente con lo que se recibe. Algo así decía Hannah Arendt: <<Somos del mundo y no sólo estamos en él>>. Es decir, tenemos obligaciones. ¿Está de acuerdo?
CC.
Estoy de acuerdo con estos principios. Son principios de una ética laica, despojada de la hipocresía religiosa. Me parece que tan necesaria es la relación cómoda con el entorno cuanto con uno mismo, porque de lo contrario aparece la culpa, la mala conciencia, el descontento interior, la envidia, el malestar íntimo... y todo ello conduce a la infelicidad, aunque los logros en el <<mundo>> hayan sido muchos.

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