Michel Winock (El siglo de los intelectuales)

La traición de los intelectuales
¿Qué es un intelectual? Es un letrado, un artista, un científico, que no se fija como objetivo inmediato un resultado práctico. Dedicado al culto al arte y al pensamiento puro, pone su felicidad a un goce primero espiritual <<dieciéndose de alguna manera: mi reino no es de este mundo>>. Coloca su razón por encima de las pasiones que animan a la muchedumbre: familia, raza, patria, clase. El intelectual es un adalid de lo eterno, de la verdad universal. Pero según nos advierte Benda, se observa una tendencia general de la inteligencia contemporánea a perder de vista los valores desinteresados y abrazar las disputas contingentes.
La traición de los intelectuales no consiste en comprometerse en una acción pública (y Benda alaba a Voltaire en el caso Calas, y a Zola en el caso Dreyfus), sino en subordinar la inteligencia a unas posturas dadas. Según Benda, los intelectuales de antaño se desprendían de la política por el apego que tenían a una actividad desinteresada (Vinci, Malebranche, Goethe...) o bien predicaban, con los nombres de humanidad o de justicia, en favor de un principio abstracto, superior y directamente opuesto a las pasiones políticas (Erasmo, Kant, Renan...)
En verdad, <<la acción de los intelectuales seguía siendo sobre todo teórica; no han impedido a los laicos que llenasen toda la historia con el ruido de sus odios y sus matanzas; pero les han impedido tener la religión de esos movimientos, creerse grandes trabajando para perfeccionarlos. Gracias a ellos se puede decir que durante 2.ooo años, la humanidad hacía el mal, pero honraba el bien. Esa contradicción era el honor de la especie humana, y constituía la fisura por donde podía introducirse la civilización>>.
Pero Benda observaba un cambio capital en sus contemporáneos. Los intelectuales se ponían al servicio de las pasiones políticas, se habían convertido en <<intelectuales de salón>>: <<Nuestro siglo -decía- habrá sido propiamente el siglo de la organización intelectual de los odios políticos. Será uno de sos grandes títulos en la historia moral de la humanidad>>.
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Los intelectuales y los poderes (1973)
Manifiesto donde se sostiene que la cultura de las ilusiones asegura quizá la tranquilidad de los dirigentes, pero desde luego no la calidad de los militantes.

3 No existen libertades <<formales>> que puedan suprimirse, ya sea <<provisionalmente>> o en nombre de libertades <<reales>> o <<futuras>>, sin inmensos peligros. Cierto, la historia de la humanidad no se confunde con la de las libertades. Puede proseguir sin las libertades; de hecho, sin ellas se ha desarrollado a lo largo de espacios y tiempos inmensos. Pero que las libertades conquistadas y los derecho adquiridos sean una parte de la herencia establecida por la transformación feudal, y después capitalista, en un sector de Occidente, y que puedan, mañana como hoy, servir de coartada a las clases dirigentes, no debe conducirnos a despreciarlas. Por el contrario, hay que extenderlas hasta que ya no sean el privilegio de algunos.

5 Sea cual sea la parte del mundo donde se encuentren, el campo en que uno esté comprometido, decir la verdad (decir, al menos, lo que uno humildemente cree que es la verdad) es la tarea principal del intelectual. Debe hacerlo sin orgullo mesiático, independientemente de todos los poderes y, si es necesario, contra ellos, sea cual sea el nombre que éstos se den (independientemente de las modas, los conformismo, las demagogias). No hay momento en que el intelectual esté justificando para pasar de la crítica a la apologética. No hay César individual o colectivo que merezca la adhesión de todos. El ideal de una sociedad justa no es el de una sociedad sin conflicto (no hay fin de la historia), sino de una sociedad donde aquellos que contestan pueden, a su vez, cuando llegan al poder, ser contestados; de una sociedad donde la crítica sea libre y soberana, y la apologética inútil.
Apelamos a todos aquellos que estén de acuerdo con todo lo que precede a firmar este manifiesto con nosotros.
Le Monde, 4 de julio de 1973

Jean-Paul Sartre (La náusea)


La existencia no es algo que se deje pensar de lejos: es preciso que nos invada bruscamente, que se detenga sobre nosotros, que pese sobre nuestro corazón tanto como una gran bestia inmóvil. Si no, no hay absolutamente nada.
Ya no había absolutamente nada, tenía los ojos vacíos, y estaba encantado con mi liberación. Y de golpe, aquello empezó a agitarse delante de mis ojos, con movimientos ligeros e inciertos: el viento sacudía la copa del árbol.
No me disgustaba ver algo en movimiento; me apartaba de todas aquellas existencias inmóviles que me miraban con ojos fijos. Me decía, siguiendo el balanceo de las ramas: los movimientos nunca existen del todo, son pasos, intermedios entre dos existencias, tiempos débiles. Me disponía a verlos salir de la nada, madurar progresivamente, abrirse: por fin iba a sorprender existencias a punto de nacer.


August Strindberg (Pequeño catecismo para la clase baja y otros ensayos)

Sobre el descontento general, sus causas y remedios
De todas las grandes cuestiones que tenemos en el orden del día, los obreros piensan que la suya es la única que puede solucionar la cuestión social general, los campesinos la suya, la mujer la suya, los criados la suya y sin embargo todas esas cuestiones sólo pueden solucionarse en conexión con todas las otras. Yo no pertenezco a ningún partido político, no tengo pasiones de partido que me cieguen, pero creo que por haber estado dentro de todas las clases, desde criado (como preceptor) hasta funcionario, he podido ver las cosas desde un buen número de puntos de vista, luego en los libros he verificado y precisado mi juicio, y finalmente en soledad he tratado de ordenar lo que he vivido y aprendido. Cuando salgo pues a opinar sobre la sociedad no es porque me considere completamente competente para ello, sino porque me considero tan competente como los que tienen fama de serlo, y además lo hago como un deber, pesado pero obligado.

Todo por la patria
Aprender insensibilidad para los propios sufrimientos conlleva el inconveniente de que uno se hace insensible para los de los demás y eso se llama primero brutalidad y luego crueldad.
Si se aprende a sufrir en silencio las injusticias, uno se convierte en un insensible, y obedecer ciegamente forma esclavos o tiranos.

La Academia sueca y el premio Nobel
Finalmente un par de palabras sobre mi relación personal con la Academia.
Como claramente se desprende de mi obra literaria, nunca he ambicionado ser académico; hasta he manifestado abiertamente mi desprecio por dicho instituto. Lo que desprecio no puede despertar mi envidia; por eso rechazo la acusación que se me ha lanzado de que me he sentido marginado en la última elección de miembros. Y aprovecho la ocasión para informar a mis amigos de la prensa que han mencionado mi nombre entre los candidatos a la Academia que nuncá aceptaré un puesto entre los Dieciocho, suponiendo que se me ofreciese, lo que considero impensable, pues supongo que la Academia seguirá igual de fiel a su tradicional gusto literario yo el mío.
¡El que me aprecie, que me siga!

Albert Camus (El hombre rebelde)


Desde el romanticismo la tarea del artista no consistirá solamente en crear un mundo, ni en exaltar la belleza por sí sola, sino también en definir una actitud. El artista se convierte entonces en modelo, se propone como ejemplo: el arte es su moral. Con él comienza la época de los directores de conciencias. Cuando los petimetres no se matan o no se vuelven locos, hace carrera y se asientan con vistas a la posteridad. Hasta cuando gritan, como Vigny, que van a callarse, su silencio es ruidoso.
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Existen, al parecer, los rebeldes que quieren morir y los que quieren hacer morir. Pero son los mismos, quemados por el deseo de la verdadera vida, privados del ser y que prefieren entonces la injusticia generalizada a una justicia mutilada. En ese grado de indignación la razón se convierte en furor. Si bien es cierto que la rebelión instintiva del corazón humano avanza poco a poco, a los largo de los siglos, hacía su mayor conciencia, ha crecido también, como hemos visto, en audacia ciega, hasta el momento desmesurado en que ha decidido responder al asesinato universal con el asesinato metafísico.
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Cuando se está seguro de que el mañana, dentro del orden mismo del mundo, será mejor que el hoy, es posible divertirse en paz. El progreso, paradójicamente, puede servir para justificar el espíritu conservador. Como una letra de confianza sobre el porvenir, autoriza así la buena conciencia del amo. Al esclavo, a aquellos cuyo presente es miserable y no hallan consuelo en el cielo, se les asegura que el futuro, por los menos, les pertenece. El porvenir es la única clase de propiedad que los amos conceden de buen grado a los esclavos.
Estas reflexiones no son, como se ve, inactuales.
Pero no son inactuales porque el espíritu revolucionario ha retomado este tema ambiguo y cómodo del progreso. Ciertamente, no se trata de la misma clase de progreso; Marx no deja de burlarse del obtimismo racional del burgués, Su razón, según veremos, es diferente. Pero la marcha difícil hacia un porvenir reconciliado define, no obstante, el pensamiento de Marx. Hegel y el marxismo han destruído los valores formales que iluminaban para los jacobinos el camino directo de esta historia feliz. Sin embargo, han conservado la idea de esa marcha hacia adelante, confundida simplemente por ellos con el progreso social y afirmada como necesaria. Continúan así el pensamiento burgués del siglo XIX.

Michel Foucault (Historia de la sexualidad) 1. La voluntad de saber


Veamos algunos ejemplos. En el siglo XIII, una de las grandes novedades es las técnicas de poder fue la aparición, como problema económico y político, de la "población": la población-riqueza, la población mano de obra o capacidad de trabajo, la población en equilibrio entre su propio crecimiento y los recursos de los que dispone. Los gobiernos advierten que no tienen que vérselas con individuos simplemente, ni siquiera con un "pueblo", sino con una población y sus fenómenos específicos, sus variables propias: natalidad, morbilidad, duración de la vida, fecundidad, estado de salud, frecuencia de enfermedades, formas de alimentación y hábitat. Todas esas variables se hallan en la encrucijada de los movimientos propios de la vida y de los efectos particulares de las instituciones: "Los Estados no se pueblan según la progresión natural de la propagación, sino en razón de su industria, de sus producciones y de las distintas instituciones... Los hombres se multiplican como las producciones del suelo y en proporción con las ventajas y recursos que encuentran en sus trabajos". En el corazón de este problema económico y político de la población se encuentra el sexo: hay que analizar la tasa de natalidad, la edad del matrimonio, los nacimientos legítimos e ilegítimos, la precocidad y la frecuencia de las relaciones sexuales, las maneras de tornarlas fecundas o estériles, el efecto del celibato o de las prohibiciones, la incidencia de las practicas anticonceptivas -esos famosos "secretos funestos", que según saben los demógrafos, en vísperas de la Revolución, son ya corrientes en el campo-. Es cierto, hacía mucho tiempo que se afirmaba que un país debía estar poblado si quería ser rico y poderosos, pero es la primera vez que, al menos de una manera constante, una sociedad afirma que su futuro y su fortuna están ligados no sólo al número y virtud de sus ciudadanos, no sólo a las reglas de sus matrimonios y a la organización de las familias, sino también a la manera en que cada cual hace uso de su sexo. Se pasa de la desolación ritual acerca del desenfreno sin fruto de los ricos, los célibes y los libertinos a un discurso en el cual la conducta sexual de la población es tomada como objeto de análisis y, a la vez, blanco de intervención; se pasa de las tesis masivamente poblacionista de la época mercantil a tentativas de regulación más finas y mejor calculadas, que oscilan, según los objetivos y las urgencias, hacía una dirección natalista o antinatalista. A través de la economía política de la población se forma toda una red de observaciones sobre el sexo. Nace el análisis de las conductas sexuales, de sus determinaciones y efectos, en el límite entre lo biológico y lo económico. También aparecen en esas campañas sistemáticas que, más allá de los medios tradicionales, -exhortaciones morales y religiosas, medidas fiscales- tratan de convertir el comportamiento sexual de las parejas en una conducta económica y política concertada. Los racismos del siglo XIX y XX encontrarán ahí algunos de sus puntos de anclaje. Que el Estado sepa lo que sucede con el sexo de los ciudadanos y el uso que le dan, pero que cada cual, también, sea capaz de controlar esa función. Entre el Estado y el individuo, el sexo se ha convertido en una apuesta, y una apuesta pública, investida por toda una trama de discursos, saberes. análisis y conminaciones.


Zygmund Bauman (44 cartas desde el mundo líquido)


Padres e hijos
Foucault sugiere que, en esa perpetua campaña por reforzar el papel parental y su efecto disciplinario, <<el "vicio" del hijo no es tanto un enemigo como un apoyo >>: << Allá donde existía el riesgo de que manifestara [ese vicio], se instalaron dispositivos de vigilancia, se establecieron trampas para forzar la confesión>>. Los cuartos de baño y los dormitorios estaban estigmatizados como los espacios de mayor peligro, los campos más fértiles para las inclinaciones sexuales malsanas de los hijos, y, por lo tanto, eran los espacios sometidos a una implacable supervisión, así como a una constante presencia parental vigilante y entrometida.
En nuestros tiempos de modernidad líquida, la masturbación ha sido absuelta de sus presuntos pecados, al tiempo que el miedo a la masturbación ha dado paso al miedo al <<abuso sexual>>. La amenaza oculta, la causa del nuevo pánico, ya no radica en la sexualidad de los hijos, sino en la de los padres. El cuarto de baño y el dormitorio se consideran, como antes, antros de vicio y perdición, pero ahora son los padres (y los adultos en general, todos ellos sospechosos de ser potenciales abusadores de niños) los acusados como portadores del mal. Ya sea de forma declarado y manifiesta, o latente y tácita, los fines perseguidos por la guerra declarada contra los <<malos>> recientemente descubiertos son una disminución del control parental, el rechazo de la ubicua y pertinaz presencia de los padres en la vida de sus hijos, así como el establecimiento de una distancia entre los <<mayores>> y los <<jóvenes>>, no sólo en el seno de la familia, sino también en el círculo de amigos.

¿Qué ha sido de la élite cultural?
Como corresponde a una sociedad de consumidores como la nuestra, la cultura hoy consiste en ofertas, no en normas. Según apuntaba Bourdieu, la cultura vive de la seducción, no de la regulación normativa -de las relaciones públicas, no de la supervisión-, creando necesidades, deseos, anhelos y caprichos, no coacción. Esta sociedad nuestra es una sociedad de consumidores, y, al igual que el resto del mundo tal como lo ven y los viven los consumidores, la cultura se convierte en un almacén de productos, concebidos para el consumo, que compite por la atención flotante, cambiante y desnortada de los potenciales consumidores, con la esperanza de atraerla y retenerla durante algo más que un instante fugaz. Abandonando los rígidos estándares, consistiendo la falta de discriminación, atendiendo a todos los gustos, sin favorecer ninguno, fomentando la irregularidad y la <<flexibilidad>> (el nombre politicamente correcto de la pusilanimidad) e idealizando la inestabilidad y la inconsistencia, todos estos productos definen conjuntamente la estrategia adecuada (¿la única razonable?, ¿la única viable? que se debe seguir. No se recomienda la exigencia, el ceño, la compostura.

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La cultura moderna líquida no tiene ningún <<pueblo>> al que pueda <<cultivar>>. Lo que sí tiene son clientes a los que puede seducir. Y a diferencia de su predecesor <<moderno sólido>>, ya no desea perfeccionarse hasta llegar a ser superflua algún día, sino que pretende alcanzar este estado lo antes posible. Su cometido ahora consiste en logar su supervivencia permanentemente, al tiempo que convierte en temporales todos los aspectos de la vida de sus antiguos custodios y potenciales conversos, ahora renacidos como clientes.

Albert Camus. O: Me rebelo, luego existo...
Hace varios años un entrevistador me pidió que resumiera <<mis preocupaciones en un párrafo>>. No encontré un modo mejor de sintetizar la finalidad del afán del sociólogo que explorar y registrar los intrincados senderos de la experiencia humana que una frase de Camus: <<Está la belleza y están los humillados. Por difícil que sea la empresa, quisiera no ser nunca infiel ni a los segundos y a la primera>>. Más de un escritor de recetas para la felicidad popular, radical y seguro de sí mismo, censuraría esa profesión de fe como reprobable invitación a las barricadas. Sin embargo, Camus ha demostrado -que <<tomar partido>> y sacrificar una de las dos tareas a fin de satisfacer mejor (en apariencia) la otra inevitablemente va en detrimento de la consecución de las dos.

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El enlace de aceptación y rebelión, de interés y preocupación por la belleza e interés y preocupación por los miserables, protege el proyecto de Camus en ambos frentes: contra la resignación cargada de impulsos suicidas, y contra una seguridad de indiferencia ante el coste humano de la revuelta. Camus nos dice que la revuelta, la revolución y la lucha por la libertad son aspectos inevitables de la existencia humana, pero que debemos establecer y respetar sus límites para evitar que tales búsquedas admirables acaben en tiranía.
¿Realmete hace cincuenta años que murió Camus?

J.Ortega y Gasset (¿Que es el conocimiento?)

Cuando los lingüistas hablan de la significación de una palabra cometen, más o menos a sabiendas, una impropiedad. Por la sencilla razón de que una palabra no es nada. No hay una palabra; hay sólo esta palabra con otras palabras en una frase. Y el auténtico significado de una palabra es el que tenga en una frase determinada. Separada de ella se convierte en fragmento de sí misma, en mero trozo o esquema. La palabra es un mínimo órgano inseparable del organismo de la frase, y sólo en la totalidad de ésta cobra y rinde su propio sentido, como una cabeza o un brazo no son propiamente si no están insertos en un tronco. Hasta aquí, sin embargo, llegan con nosotros los lingüistas. El sentido de una frase no está íntegro. Una frase se piensa y se dice en alguna situación vital, y sólo en ella posee su pleno sentido. Es decir, que una frase se piensa y se dice por algo y para algo, como órgano del organismo que es una situación vital determinada.



Bertrand Russell (Ensayos escépticos)


Una vez establecida con firmeza, el Estado consideró que esta institución de la educación universal podía tener muchos usos. Hacer más dóciles a los jóvenes, tanto para bien como para mal. Mejora los modales y reduce la delincuencia; facilita la acción común orientada a la concreción de fines públicos; y consigue que la comunidad responda mejor a las directrices que recibe de un determinado centro de poder. Sin ella no puede existir la democracia, salvo como entidad formal huera. Sin embargo, la democracia, según la conciben los políticos, es una forma de gobierno, es decir, un método para lograr que la gente haga lo que sus dirigentes desean que haga sin dejar en ningún momento de tener la impresión de no estar realizando sino sus propios deseos. Por consiguiente, la educación estatal ha terminado adquiriendo un cierto sesgo. Enseña a los jóvenes (hasta donde le es dado hacerlo) a respetar las instituciones existentes, a rehuir toda crítica fundamental de los poderes fácticos en activo y a mirar con recelo y desdén a las naciones extranjeras. Incremente, asimismo, la solidaridad nacional a expensas tanto del internacionalismo como del desarrollo individual. Los perjuicios que puedan causarse a la evolución personal proceden de un indebido énfasis en el valor de la autoridad. Se estimula más el cultivo de las emociones colectivas que el de las individuales, y se reprime con toda severidad cualquier discrepancia con las creencias dominantes. Se desea establecer la uniformidad, puesto que esta resulta muy conveniente para el administrador, que se desentiende del hecho de que únicamente pueda lograrse mediante la atrofia mental. Tan grandes son los males que de todo esto se derivan que puede uno preguntarse seriamente si, hasta la fecha y considerada en su conjunto, el balance de la educación universal ha sido más positivo que negativo o viceversa.


Juan José Sebreli (El olvido de la razón) Un recorrido crítico por la filosofía contemporánea (y2)

Heidegger, el contemplativo y Hitler, el activo, tenían costumbres similares; a ambos les gustaban los paseos por las altas montañas y los bosques mirando el cielo como románticos Wandervogels. Razones menos poéticas llevaron al nacionalsocialismo a convertir al campesinado alemán, por su ligazón con la naturaleza, en representante del Wolk y exponente puro de la raza no contaminada, resabio, además, de las fuerzas creadoras de la historia alemana. La demagogia antimoderna y antiurbana de los nazis embaucó a los campesinos -el idilio pastoril fue uno de los temas preferidos de la pintura del realismo nacionalsocialista- con la creencia de que el objetivo del régimen era construir un Reich agrario. Tal vez Heidegger tuvo la misma fe que ellos en esa falsa consigna y se retiró a la provincia como forma de oposición al modernismo tecnológico y a la <<urbanización de la vida>> que predominaba en las altas esferas del grupo gobernante.


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