Albert Camus (El hombre rebelde)


Desde el romanticismo la tarea del artista no consistirá solamente en crear un mundo, ni en exaltar la belleza por sí sola, sino también en definir una actitud. El artista se convierte entonces en modelo, se propone como ejemplo: el arte es su moral. Con él comienza la época de los directores de conciencias. Cuando los petimetres no se matan o no se vuelven locos, hace carrera y se asientan con vistas a la posteridad. Hasta cuando gritan, como Vigny, que van a callarse, su silencio es ruidoso.
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Existen, al parecer, los rebeldes que quieren morir y los que quieren hacer morir. Pero son los mismos, quemados por el deseo de la verdadera vida, privados del ser y que prefieren entonces la injusticia generalizada a una justicia mutilada. En ese grado de indignación la razón se convierte en furor. Si bien es cierto que la rebelión instintiva del corazón humano avanza poco a poco, a los largo de los siglos, hacía su mayor conciencia, ha crecido también, como hemos visto, en audacia ciega, hasta el momento desmesurado en que ha decidido responder al asesinato universal con el asesinato metafísico.
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Cuando se está seguro de que el mañana, dentro del orden mismo del mundo, será mejor que el hoy, es posible divertirse en paz. El progreso, paradójicamente, puede servir para justificar el espíritu conservador. Como una letra de confianza sobre el porvenir, autoriza así la buena conciencia del amo. Al esclavo, a aquellos cuyo presente es miserable y no hallan consuelo en el cielo, se les asegura que el futuro, por los menos, les pertenece. El porvenir es la única clase de propiedad que los amos conceden de buen grado a los esclavos.
Estas reflexiones no son, como se ve, inactuales.
Pero no son inactuales porque el espíritu revolucionario ha retomado este tema ambiguo y cómodo del progreso. Ciertamente, no se trata de la misma clase de progreso; Marx no deja de burlarse del obtimismo racional del burgués, Su razón, según veremos, es diferente. Pero la marcha difícil hacia un porvenir reconciliado define, no obstante, el pensamiento de Marx. Hegel y el marxismo han destruído los valores formales que iluminaban para los jacobinos el camino directo de esta historia feliz. Sin embargo, han conservado la idea de esa marcha hacia adelante, confundida simplemente por ellos con el progreso social y afirmada como necesaria. Continúan así el pensamiento burgués del siglo XIX.

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