Pino Aprile (Elogio del imbécil) El imparable ascenso de la estupidez

Muchas personas inteligentes, una vez que han comprendido la irremediable estupidez que caracteriza a las estructuras sociales de las que forman parte, cometen el terrible error de intentar ponerles remedio. Y así malgastan sus vidas, en el vano intento de lograr que las sociedades humanas sean menos estúpidas.
Otros, sin embargo (y los verdaderos genios), entienden que semejante proyecto está condenado al fracaso porque nace de un grave equívoco: el deseo de que sean menos estúpidos los organismos que funcionan precisamente por ser, y sólo si lo son, estúpidos.
No resulta difícil identificar a estos dos tipos humanos. Los primeros actúan movidos por un espíritu de cruzada que los empuja a esforzarse en el vano esfuerzo de cambiar la sociedad a mejor. Los otros, en cambio, han comprendido que esta batalla no sólo está perdida, sino que es inútil por equivocada. Y se adaptan a la imbecilidad de las estructuras en las que trabajan. Pero no por ello renuncian a su inteligencia. A veces la cultivan en su tiempo libre, y aquellas aficiones que a menudo se etiquetan como inofensivos pasatiempos son, en realidad, actividades que los apasionan de verdad, que dan sentido a su vida. Otras veces logran utilizar su inteligencia dentro de las estructuras sociales. En este caso son ellos los que verdaderamente cambian las cosas, obtienen resultados que con frecuencia escapan a los aspirantes a reformadores, con su gran espíritu de cruzada. Pero este aspecto nos llevaría demasiado lejos y, tras un largo rodeo, nos devolvería al punto de partida.
Las estructuras sociales toleran también una dosis limitada de inteligencia, espíritu crítico e innovación. Pero según la norma general, los comportamientos a los que todos deben plegarse, deben permanecer estúpidos. Si fuera de otro modo, muchos de quienes son llamados para desempeñar una función determinada deberían renunciar a ella, porque la encontrarían demasiado difícil. Si la norma fuera la improvisación, la genialidad, muy pocos estarían capacitados para hacer lo adecuado en el momento oportuno. Y la jerarquía se vendría abajo.

Alberto Olmos (Ejército enemigo)

-Ayudar, apadrinar, concienciar, manifestarse, defender, protestar, donar, reciclar, solidarizarse... Suenan bien. Seguramente el persianero, el padre de tu amigo -pensé enseguida: <<Tu novio?>> -no hace nada de eso, ni apadrina negritos ni lleva una pegatina en el coche de <<Ahorro agua>> o lo que sea. Y cuando vosotros, con perdón, hacéis proselitismo, siempre dais la impresión de situaros en un plano moral superior, de estar a la vanguardia del algo que, sin duda, es mejor que lo que tenemos, y de tener que aguantar el lastre de muchas personas que no hacen nada para mejorar el mundo. Sin embargo, ese tío arregla persianas, y el otro mete cajas de cerveza o barriles en un bar, y el otro conduce el autobús. Eso no sólo es hacer algo, sino que es hacer lo mínimo necesario para que el mundo, joder, funcione un poco. Quiénes sois vosotros para joderles con que, además de tener un trabajo socialmente deplorado, encima son unas malas personas, gente que no echa una mano a la gran causa. No nos engañemos, la solidaridad es una forma de ocio, una ficción para el puro entretenimiento de personas con mucho tiempo libre. Los jóvenes, sobre todo. Espera diez años, y verás a todos esos amigos tuyos solidarios dejar en la estacada a todos los pobres del Mundo. Como mucho, reciclarán su basura correctamente, pero en cuanto tengan una hipoteca y un par de mocosos, verás tú lo que aportan. Un clic en un baner de su periódico digital favorito, como mucho. Ayuda a Bolivia. Clic.

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¿Cuántas mujeres mueren al año en nuestro país por culpa de la violencia doméstica?
- Cien, creo. Unas cien.
_ Unas cien, sí. Bueno, ¿sabes cuántas personas se suicidan, también en un año, también en nuestro país?
- Tres mil. No conoces el dato exacto porque ese dato no se da. Porque cada suicida muere en privado y no sale en el periódico. Eso demuestra que la visión que tenemos de la realidad es sólo la visión que encontramos en los medios. Estoy seguro de que una persona que haya visto suicidarse a cuatro amigos suyos, y que no sepa nada de mujeres muertas a manos de su marido, al ser preguntado en una de esas estúpidas encuestas de <<Qué es lo que preocupa a los ciudadanos>>, dirá sin pestañear que le preocupa la violencia doméstica, pero no el suicidio. Los medios son una lectura transversal e interesada de la sociedad, un modo de unir los puntos, pero no el único modo de unir los puntos.
- Me estoy perdiendo. -Y agité el papel un poco.
- Así las cosas, la acción social empezó en algún momento a interesarse por los métodos de expandir su influencia, y la publicidad, como sabes mejor que yo, siempre ha estado interesada en encontrar ese elemento diferenciador, de distinción, que hace que se fijen más en tu anuncio que en el de otro. De repente, ser solidario se convirtió en cool, ésa es la clave, por lo que todo se volvió solidario, es decir, lo solidario se volvió superficial, se alejó del terreno íntimo para ser incorporado al simulacro...
- De modo que las acciones sociales son simulaciones -cité a Daniel.
- Ahí está la putada. Ya no se hacen las cosas para que cambie la realidad, sino para que se sepa que se hacen cosas. Es como el gobierno. El gobierno no quiere que las mujeres dejen de morir asesinadas, quiere, sobre todo, principalmente, que se sepa que está haciendo algo para para que no mueran asesinadas. La campaña social-publicitaria emite ese mensaje: nos preocupamos... pero no hacemos nada efectivo. Quien entiende que el mundo es así consigue el éxito. Mira los cantantes, los putos artistas solidarios. Ellos son el sistema, Santiago, el puto sistema, si han triunfado, como Miguel Basó, es porque sus padres eran también cantantes, porque lo tenían fácil, porque han pisado a los que tenían más talento que ellos, porque han aprovechado sus influencias y se han plegado a lo que el mercado pide. Todos disfrutan de una vida regalada, del lujo en estado puro.

Lewis Munford (El mito de la máquina)

El establecimiento de la identidad humana no es un problema moderno. El hombre tuvo que aprender a ser humano, como ha tenido que aprender a hablar, y tal paso de la animalidad a la humanidad, decisivo, aunque gradual y sin fechas, y que aún está por completar, se fue dando mediante los esfuerzos del hombre para modelarse y remodelarse a sí mismo, pues hasta que pudo establecer para sí una personalidad identificable, aunque ya no era animal, todavía no conseguía ser hombre. Tal autotransformación fue, sin duda alguna, la primera misión de la cultura humana; en efecto, todo avance cultural, aun hecho sin esta intención, es un esfuerzo para rehacer la personalidad humana. Desde el punto en que la naturaleza cesó de moldear al hombre, este emprendió (con la audacia que da la ignorancia) la improba tarea de modelarse a sí mismo.
Si Julian Huxley tiene razón, la mayoría de las posibilidades fisiológicas y anatómicas de la vida orgánica, fueron agotadas hace unos dos millones de años: <<El tamaño, la velocidad, la eficiencia sensorial y muscular, las combinaciones químicas, la regulación de la temperatura, y todo lo demás>> (a lo que hay que agregar un casi infinito número de cambios, mayores y menores), han sido modificaciones probadas tanto en el color como en la textura y la forma. Apenas eran posibles innovaciones radicales de valor práctico o significativas en el ámbito puramente orgánico, aunque siguieron produciéndose muchas mejoras, como el continuo desarrollo del sistema nervioso de los primates. El hombre abrió nuevos caminos evolutivos mediante la autoexperimentación; mucho antes de que intentara dominar su entorno físico, intentó transformarse a sí mismo.

Milan Kundera (Un encuentro)

Un amigo francés, rodeado de algunos de sus compatriotas, llegó hace mucho tiempo a Praga y me encontré de pronto en un taxi con una señora a quien, sin saber cómo darle conversación, pregunté (tontamente) qué compositor francés le gustaba más. Se me quedó grabada en la cabeza su respuesta, inmediata, espontánea, enérgica: << ¡Sobre todo, no Saint- Saëns! >>.
Estuve a punto de preguntarle: << ¿Y qué ha oído usted de él? >>. Sin duda habría contestado con un tono más indignado: <<¿De Saint-Saëns? ¡Sobre todo nada!>>. No se trataba por su parte de aversión hacia una música, sino de algo más grave: no quería que la relacionaran con un nombre inscrito en las lista negra.
Las listas negras. Eran la gran pasión de las vanguardias antes ya de la primera guerra mundial. Yo tenía entonces unos treinta y cinco años, traducía al checo la poesía de Apollinaire y en aquel momento descubrí su pequeño manifiesto de 1913, en el que éste repartía las <<mierdas>> y las <<rosas>>. ¡La mierda para Dante, Shakespeare, Tolstói, pero asímismo para Poe, Whitman y Baudelaire! La rosa para sí mismo, para Picasso y Stravinsky. Yo disfrutaba con aquel manifiesto, divertido y encantador (la rosa que Apollinaire ofrece a Apollinaire).

Vladimir Nabokov (Lolita)

La puerta del iluminado cuarto de baño estaba entreabierta; además, un esqueleto de luz llegaba de las lámparas exteriores, más allá de las persianas. Esos rayos entrecruzados mitigaban la oscuridad del dormitorio y revelaban esta situación.
Vestida con uno de sus viejos camisones, mi Lolita estaba acostada de lado, de espaldas a mí, en medio de la cama. Su cuerpo apenas velado y sus miembros desnudos formaban una zeta. Se había puesto las dos almohadas bajo la oscura cabeza despeinada; una franja de pálida luz atravesaba sus primeras vértebras.
Me pareció que me desvestía y me ponía el pijama con la misma fantástica celeridad con que realizan esas operaciones, gracias a los fundidos, en las películas. Ya había puesto mi rodilla en el borde de la cama, cuando Lolita volvió la cabeza y me miró a través de las sombras listadas.
Eso era algo que el intruso no esperaba, la treta de las píldoras (cosa bastante sórdida, entre nous soit dit) tenía por objeto producir un sueño profundo, imperturbable, para todo un regimiento... y allí estaba ella, mirándome y llamándome confusamente <<Barbara>>. Y Barbara, vestida con mi pijama -que, por cierto, le iba bastante estrecho-, permaneció inmóvil, en suspenso, sobre la pequeña sonámbula. Suavemente, con un suspiro de resignación, Dolly se volvió y recobró su posición anterior. Durante dos minutos por lo menos, igual que aquel sastre con su paracaídas casero, hace cuarenta años, a punto de arrojarse desde la torre Eiffel. Su débil respiración tenía el ritmo del sueño. Al fin me tendí en mi estrecho margen de cama, tiré con suavidad de las sábanas, hechas un lío al sur de mis pies, fríos como una piedra... y Lolita levantó la cabeza y me miró desconcertada.

Juli Zeh (El Métoto)

Cuál es la pregunta
Le retiro la confianza a una sociedad que está compuesta por personas y que, no obstante, se fundamenta en el miedo a lo humano. Le retiro la confianza a una civilización que ha traicionado al espíritu que habita en el cuerpo. Le retiro la confianza a un cuerpo que no soy yo en carne y hueso, sino la visión colectiva de lo que es un cuerpo normal. Le retiro la confianza a una normalidad que se define a sí misma como salud. Le retiro la confianza a una salud que se define a sí misma como normalidad. Le retiro la confianza a un sistema de gobierno que se sustenta en círculos viciosos. Le retiro la confianza a una seguridad que pretender ser la última respuesta posible sin desvelar cuál es la pregunta. Le retiro la confianza a una filosofía que estima que el análisis de problemas existenciales ya está concluido. Le retiro la confianza a una moral que es demasiado perezosa para ocuparse de la paradoja del bien y del mal, y prefiere atenerse a un <<funcionar>> o no <<funcionar>>. Le retiro la confianza a un sistema legal que debe su éxito a un control total de los ciudadanos. Le retiro la confianza a un pueblo que cree que una radioscopia total perjudica solo a quien tiene algo que ocultar. Le retiro la confianza a un MÉTODO que prefiere creer al ADN de una persona antes que a sus palabras. Le retiro la confianza al bien general, porque considera la individualidad como un factor financiero incosteable. Le retiro la confianza al bien particular en tanto que no es más que una variación del mínimo común denominador. Le retiro la confianza a una política que basa su popularidad únicamente en la promesa de una vida libre de peligros. Le retiro la confianza a un amor que se tiene por el producto de un proceso de optimación inmunitaria. Le retiro la confianza a los padres que llaman <<peligro de caídas>> a una casa en un árbol y <<riesgo de contagio>> a un animal doméstico. Le retiro la confianza a un Estado que sabe mejor que yo misma lo es que bueno para mí. Le retiro la confianza al idiota que ha desmontado ese cartel que estaba a la entrada de nuestro mundo y que decía: <<¡Cuidado! La vida puede conducir a la muerte>>.
Me retiro la confianza a mí misma, porque mi hermano tuvo que morir para que yo comprendiera qué significa estar vivo.

Cesare Beccaria (De los delitos y de las penas)

Capítulo 28. De la pena de muerte
No es útil la pena de muerte por el ejemplo que da a los hombres de atrocidad. Si las pasiones o las necesidades de la guerra han enseñado a derramar la sangre humana, las leyes, moderadoras de la conducta de los mismos hombres, no debieran aumentar este fiero documento, tanto más funesto cuanto la muerte legal se da con estudio y pausada formalidad. Parece un absurdo que las leyes, esto es, la expresión de la voluntad pública, que detestan y castigan el homicidio, lo cometan ellas mismas, y para separar a los ciudadanos del intento de asesinar ordenen un público asesinato. ¿Cuáles son las verdaderas y más útiles leyes? Aquellos pactos y aquellas condiciones que todos querrían observar y proponer mientras calla la voz (siempre escuchada) del interés privado o se combina con la del público. ¿Cuáles son los sentimientos de cada particular sobre la pena de muerte? Leámoslo en los actos de indignación y desprecio con que miran al verdugo, que en realidad no es más que un inocente ejecutor de la voluntad pública, un buen ciudadano, que contribuye al bien de todos, instrumento necesario a la seguridad pública interior, como para el exterior son los valerosos soldados. ¿Cuál, pues, es el origen de esta contracción? ¿Y por qué es indeleble en los hombres este sentimiento, en desprecio de la razón? Porque en lo más secreto de sus ánimos, parte que, sobre toda otra, conservan aún la forma original de la antigua naturaleza, han creído siempre que nadie tiene potestad sobre la vida propia, a excepción de la necesidad que con su cetro de hierro rige el universo.
¿Qué deben pensar los hombres al ver a los sabios magistrados y graves sacerdotes de la justicia, que con indiferente tranquilidad hacen arrastrar a un reo a la muerte con lento aparato; y mientras este miserable se estremece en las últimas angustias, esperando el golpe fatal, pasa el juez con insensible frialdad ( y acaso con secreta complacencia de la autoridad propia) a gustar las comodidades y placeres de la vida?

Juan Manuel de Prada (Lágrimas en la lluvia) Cine y literatura


Habría que empezar a desacreditar el concepto quimérico de <<originalidad>>, impuesto por los románticos (que, con frecuencia, lo confundían con sus delirios y extravagancias) y consagrado histéricamente en esta modernidad nuestra, tan desquiciada y mesiánica, en la que aún creemos que se puede ser novedoso, como si los grandes asuntos y formas del arte no estuvieran ya todos inventados. La única originalidad posible no consiste en la invención de nuevos elementos literarios, sino en la infrecuente combinación de los ya existentes, de tal modo que el escritor halle un vehículo de expresión propio. No bede extrañarnos, pues, que los escritores más intrínsecamente originales, aquéllos que han sabido transmitir a su obra la fisonomía de un genio, hayan recurrido sin rebozo a los maestros que los precedieron, incurriendo en la adaptación, en la ofrenda imitativa, incluso en el plagio. Virgilio, cuyos hexámetros de riguroso mármol luego serían copiados hasta la saciedad, no tuvo reparos en asimilar las enseñanzas de Teócrito en sus Bucólicas, como tampoco en traducir cientos de pasajes de las epopeyas homéricas en su inmarcesible Eneida. Cualquier lector curioso que coteje la Ilíada y la máxima creación virgiliana se tropezará con epítetos y descripciones y aun parlamentos casi exactos: el discuso en el que Turno implora piedad a Eneas, por ejemplo, constituye un plagio sin ambages del que Homero pone en labios de Héctor, en un intento infructuoso de aplacar la cólera de Aquiles. Cuando los maldicientes le recordaban estas apropiaciones, Virgilio los despachaba con un desdeñoso: <<De stercore Enni>>. ¿Y qué podemos decir de Horacio? Sus débitos con Píndalo no empalidecen la vehemencia y concisión y vivacidad de un estilo, como tampoco envilecen a Catulo sus plagios obcecados de Anacreonte.



Mantak Chia & Douglas Abrams (El hombre multiorgásmico) Cómo experimentar orgasmos múltiples e incrementar espectacularmente la capacidad sexual.

El monte de venus
Descendiendo por el vientre femenino lo primero que encontramos es el monte de Venus. Venus, por supuesto, era la diosa del amor. El monte es la capa de piel almohadillada y cubierta de pelo que recubre el hueso púbico. Cuando eras adolescente, probablemente sentiste esta parte del cuerpo de tu novia al bailar muy pegado a ella. El monte está junto encima de el clítoris; para algunas mujeres esta área es sensible al contacto y a la presión, pero otras prefieren centrarse más abajo.

El punto G y otros puntos sensibles
Tal vez hayas oído hablar de un punto en la vagina de las mujeres que cuando es estimulado puede volverlas locas. Este punto suele ser denominado punto G y recibe su nombre del médico Arnest Gräfenberg, que lo describió por primera vez en 1950. A pesar de no ser nueva, la idea del punto G sigue levantando cierta controversia porque algunas mujeres lo localizan y otras no. La teoría más habitual es que en él se reúnen las glándulas, conductos , vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas que rodean la uretra femenina.
¿Y dónde está exactamente? La mayoría de las mujeres que afirman haber encontrado el punto G lo localizan de tres a cuatro centímetros a partir de la apertura de la vagina en la parte superior de la pared anterior, justo detrás del hueso púbico. (Pero algunas mujeres lo encuentran más atrás). Si miras hacia la vagina de tu pareja e imaginas un reloj en el que el clítoris está a las doce en punto, el punto G se encuentra habitualmente en algún lugar entre las once y la una.

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