Hannah Arendt (Los hombres y el terror) y otros ensayos

Desde principios de este siglo, el aumento de la falta de significado ha ido acompañado por la pérdida del sentido común. En muchos sentidos, ello ha tenido simplemente el aspecto de un incremento de la estupidez: no sabemos de ninguna civilización anterior a la nuestra en la que las personas fuesen tan crédulas como para formarse sus hábitos de compra según la máxima de <<el autobombo es la mejor recomendación>>, la suposición en la que se basa toda la industria publicitaria. Tampoco es probable que en ninguna época anterior a esta se hubiera podido convencer a las personas para tomarse en serio una terapia que, según dice, solo es efectiva si los pacientes pagan mucho dinero a aquellos que la suministran, a menos claro está, que existiese alguna sociedad primitiva en la que la entrega de dinero tuviera poderes mágicos.
Lo que ha sucedido con las astutas reglas del interés propio ha sucedido también, a una escala muchos mayor, en todas las esferas de la vida cotidiana que, por el simple hecho de ser cotidiana, necesitan estar reguladas por costumbres. Los fenómenos totalitarios que ya no pueden comprenderse en términos de sentido común y que desafían todas las reglas del juicio <<normal>>, esto es, principalmente utilitario, no son más que los ejemplos más espectaculares del desmoronamiento de nuestra sabiduría común heredada. Desde el punto de vista del sentido común, no necesitábamos que apareciese el totalitarismo para poner de manifiesto que vivimos en un mundo desordenado, un mundo en el que ya no podemos hallar nuestro camino siguiendo las reglas de lo que había sido el sentido común. En este situación, la estupidez en el sentido kantiano se ha convertido en la enfermedad de todas las personas, por lo que ya no se la puede considerar <<más allá de toda cura>>.
La estupidez se ha convertido en algo tan habitual como antes lo era el sentido común, y eso no significa que sea un síntoma de la sociedad de masas o que las personas <<inteligentes>> estén a salvo de ella. La única diferencia es que la estupidez sigue siendo felizmente ignorada por lo no intelectuales y es, en cambio, intolerablemente ofensiva entre las personas <<inteligentes>>. Dentro de la intelligentsia, puede incluso decirse que, cuanto más inteligente resulta ser un individuo, más irritante es la estupidez que tiene en común con todos.
Casi parece de justicia histórica que Paul Valéry, la más lúcida de las mentes francesas, el bon sens en el sentido clásico, fuese el primero en darse cuenta del fracaso del sentido común en el mundo moderno, donde las ideas más comúnmente aceptadas han sido <<atacadas, refutadas, sorprendidas y disociadas por los hechos>> y donde somos testigos de <<una especie de quiebra de la imaginación y de decadencia del entendimiento>>. Aún más sorprendente es el hecho de que, ya incluso en el siglo XVIII, Montesquieu estaba convencido de que únicamente las costumbres -que, siendo mores, constituyen literalmente la moralidad de una civilización- impedían un espectacular hundimiento moral y espiritual de la cultura occidental. Desde luego, no se le puede calificar de agorero: su coraje frío y sobrio apenas tiene parangón entre ninguno de los famosos pesimistas históricos del siglo XIX.

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La verdadera comprensión no se cansa del diálogo interminable y de los <<círculos viciosos>>, porque confía en que la imaginación alcanzará a ver, siquiera fugazmente, la siempre aterradora luz de la verdad. Distinguir imaginación y fantasía y movilizar su poder no significa que la comprensión de los asuntos humanos se conviertan en <<irracional>>. Por el contrario, la imaginación, como dijo Wordsworth, <<no es más que otro nombre para [...] el más claro entendimiento, amplitud de mente, / y Razón, en su temperamento más exaltado>>.
Es solo la imaginación la que nos permite ver las cosas en su correcta perspectiva, ser los bastante fuertes para alejar a una cierta distancia lo que está demasiado cerca a fin de poder verlo y comprenderlo sin sesgos ni prejuicios, a ser lo bastante generosos como para cruzar abismos hasta poder ver y comprender aquello que está demasiado lejos de nosotros como si nos concerniese directamente. Este distanciamiento para algunas cosas y este cruce de abismos para otras formas parte del diálogo de la comprensión, para el que la experiencia directa establece un contacto demasiado próximo y el simple conocimiento edifica barreras artificiales.
Si queremos sentirnos a gusto en este planeta, incluso al precio de sentirnos a gusto en este siglo, debemos intentar participar en el interminable diálogo con la esencia del totalitarismo.

* Hannah Arendt (La última entrevista) y otras conversaciones

Julian Baggini (La queja) De los pequeños lamentos a las protestas reivindicativas

Al principio de este libro he dicho que mi objetivo era hacer frente a la percepción que tenemos de la queja como algo negativo, trivial y fundamentalmente inútil con la idea de que puede ser una fuerza positiva y constructiva que surge de la misma esencia que nos hace humanos. En su forma más noble, la queja -como expresión dirigida de un rechazo o incapacidad para aceptar que las cosas no son como deberían ser- se sitúa en el centro de todas las campañas para crear un mundo mejor y más justo. Pero en su forma, la queja errónea se manifiesta en una cultura de la reivindicación que socava la ética y la sustituye por un conjunto de actitudes legalistas que minan la responsabilidad, la libertad y la compresión apropiada de las contingencias de la vida.

Pero incluso a un nivel menos ambicioso, ser más sensible a la diferencia entre queja errónea y apropiada implica una infinidad de pequeñas diferencias en nuestras vida. Quejarnos de las cosas que no pueden o no deben ser cambiadas es un terrible gastos de energía. Inevitablemente, muchas de nuestras quejas, si no todas, son de ese tipo, pero siempre y cuando aceptemos que descargar nuestra bilis en estos casos no es más que una liberación catártica, o incluso una actividad placentera, no hay problema. Los problemas surgen cuando esas quejas llevan a la frustración y al estrés al no lograr advertir la inutilidad funcional de nuestras protestas.

Asimismo, resulta útil ser conscientes de la forma, y no solo del fondo, cuando nos quejamos. No hay necesidad de que las quejas nazcan de la ira, ni de que las expresamos agresivamente. El arte de la queja constructiva requiere conocer cuándo es más probable que un planteamiento sosegado vuelva a poner las cosas en su sitio, y cuándo la furia desatada es el único camino para forzar el asunto. También requiere ser específico y proporcionado respecto al objeto de nuestra queja.

Del mismo modo, resulta valioso reflexionar sobre aquello que las quejan dicen de nosotros, como individuos y generaciones, naciones y tal vez sexos: por nuestras quejas nos conocerán. La queja no es única en este sentido: en cierto modo todo lo que hacemos o decimos refleja algo más general. Pero la queja me parece especialmente reveladora e interesante, en parte porque no se la suele considerar digna de un examen serio, y en parte porque es una de las actitudes más humanas. 
Esto es lo que, en mi opinión, hace que la queja sea tan importante. Por lo tanto, buena parte de la vida tiene que ver con afrontar el salto entre cómo son las cosas y cómo deberían ser. ¿Qué grado de imperfección hemos de aceptar, y hasta qué punto tenemos que esforzarnos por que las cosas cambien? Es una pregunta a la que hacemos frente cada día, en el trabajo, con los amigos, los compañeros, nuestros cuerpos y mentes, en lo relativo a la política y la justicia social. Apenas es una distorsión afirmar que estas preguntar versan, efectivamente, acerca de si debemos quejarnos o perseverar, dirigir nuestra insatisfacción hacia los demás o asumir la responsabilidad, y de cómo poner en práctica esas decisiones.

Las estrategias generales no sustituyen al juicio prudente. Los individuos que habitualmente se guardan sus quejas para sí mismos pueden ser más difíciles de tratar que aquellos que se quejan de continuo: al menos, con estos, sabes lo que piensan. Sin embargo, pensar en la naturaleza de la queja errónea y apropiada nos proporciona el telón de fondo para elaborar juicios reflexivos.
Así pues, no crean a quienes afirman que haríamos mejor en quejarnos menos, no solo por que a menudo son individuos que tienen mucho que ganar si no se modifica el statu quo, sino también porque lo que importa no es la cantidad, sino la calidad de nuestras quejas. Volviendo a Martin Luther King, yo no diría <<Liberaos de vuestro descontento>>. En lugar de ello, he intentado transmitir la idea de que podemos canalizar ese descontento normal y saludable en una salida creativa de queja y acción positiva y constructiva que acerque el mundo a como debería ser.

Luis Goytisolo (El lago en las pupilas)

Nunca he sido ideológicamente marxista ni, menos aún, comunista, al corriente como siempre he estado de las atrocidades que se han cometido en nombre de sus rigores ideológicos. Lo que he sido y sigo siendo desde el principio, es progresista, en el sentido de que considero que hay que luchar para que el bienestar social y la holgura económica acaben siendo un derecho inalienable de todo ser humano.
El gran error de Marx, suficiente para invalidar sus planteamientos ideológicos, reside en el hecho -sin duda involuntario- de que extrapoló la situación social que le tocó vivir, haciéndola extensiva al conjunto de la Historia de la humanidad. Es un hecho que la explotación del hombre por el hombre ha existido siempre. Pero eso no significa que el esclavo de la Antigüedad clásica sea equiparable al obrero de los tiempos de Marx. ¿Lo eran siquiera ese obrero decimonónico y el esclavo coetáneo de ese obrero, sujeto pasivo del tráfico establecido entre el continente africano y América? ¿Podemos honradamente equiparar un obrero de Manchester de por aquel entonces y un esclavo de Lousiana o de Cuba? ¿Y ahora? ¿Lo que era válido respecto a un obrero de Manchester sigue siéndolo para los obreros de los países industrializados del mundo actual? ¿Podemos siquiera utilizar la palabra obrero en el mismo sentido? En términos del propio Marx, el obrero de entonces no podía perder más que sus cadenas; el trabajador actual, en cambio, disfruta de un hogar provisto de toda clase de electrodomésticos, un garaje, uno o varios coches, a veces una segunda residencia, además de estudios pagados para sus hijos, sanidad pública, vacaciones en paraísos tropicales, y así siguiendo. ¿Es apropiado seguir hablando del proletariado como de un rebaño de asalariados, idénticos los unos a los otros, como puedan serlo las ovejas? ¿Lo es, incluso, seguir considerando vigente el concepto mismo de proletariado? Siguen existiendo, eso sí, ricos y pobres, algo que ha existido siempre. Cuando lo ideal -y ahí está el quid de la cuestión- sería que existieran ricos y menos ricos.

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En la Antigüedad clásica, por ejemplo, el trabajo de verdad correspondía al esclavo, un ser que se compraba y vendía como un objeto cualquiera y al que, por tanto, no se le pagaba. En la Edad Media, aparece el siervo, al que no se le compra y vende como al esclavo, pero que está adscrito a una tierra o predio de algún noble. Luego surgió el obrero, al que se le pagaba -miserablemente, como sabemos-, ya que tampoco se le compraba ni vendía. Y en lo que se refiere al mundo actual, se halla cada vez más extendido el uso del término cliente, persona que compra algo y que, para poder hacerlo, tiene que trabajar. Ser sensible a esos cambios en la realidad social es lo que yo entiendo por estar al día.
Desde este punto de vista no negaré que pueda quedar en mí alguna secuela de aquella remota y juvenil formación marxista. En mi aprecio por determinados aspectos del sistema económico chino, que tantos detractores tiene, por poner un ejemplo: su empeño en utilizar el capitalismo con vistas al bien de una sociedad teóricamente comunista, de dar pie a la aparición de millones de millonarios. Huyendo, además, del caos financiero que tanto beneficia a los especuladores y al que tanto contribuyen las cumbres de expertos. Siempre he tenido muy claro -y mi experiencia no ha hecho sino confirmarlo- que lo ideal sería un solo banquero al frente de las finanzas del mundo. Democráticamente elegido, desde luego. La única manera de poner orden, de evitar el caos.

Martha C. Nussbaum (Sin fines de lucro) Por qué la democracia necesita de las humanidades

Nuestra mente no obtiene libertad verdadera adquiriendo materiales de conocimiento ni poseyendo las ideas ajenas, sino formando sus propios criterios de juicio y produciendo sus propios pensamientos.
Rabindranath Tagore

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Sócrates sostenía que "una vida no examinada no merece ser vivida" En una democracia adepta a la retórica acalorada y escéptica frente a la argumentación, perdió su vida por su compromiso con el ideal de la mayéutica. Hoy en día, el suyo es un ejemplo central para la teoría y la práctica de la educación humanística en la tradición occidental, mientras que la India y otras culturas no occidentales han adoptado ideas semejantes en materia de educación. Se insiste en ofrecerles a todos los estudiantes de grado un conjunto de cursos de filosofía y otras materias humanísticas porque se cree que dichos cursos, tanto por el contenido como por el método pedagógico, ayudarán a que los alumnos reflexionen y argumenten por sí mismos, en lugar de someterse a la tradición y a la autoridad. 
No obstante, ese ideal socrático se encuentra en graves dificultades dentro de un mundo decidido a maximizar el crecimiento económico. Muchas personas consideran que se puede prescindir de la capacidad de pensar y argumentar por uno mismo si se busca un resultado comercializable que pueda cuantificarse.

* Martha C. Nussbaum (Los límites del patriotismo) Identidad, pertenencia y "ciudadanía mundial"

Alejandro Nieto (El desgobierno de lo público)

La memoria colectiva no es un recuerdo sino una reconstrucción del pasado realizada a partir de algunos parámetros presentes en la conciencia social. Es el Poder político -o el poder de cualquier grupo- el que nos dice lo que tenemos que recordar seleccionando ciertos intereses presentes. Como ha explicado muy bien Orwell, quien controla el presente controla el pasado. Así se explica que el Imperio español y la conquista de América fueran ayer un timbre de gloria y hoy un pecado por el que debemos disculparnos.

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Para muchos el contrapeso fundamental es el económico hasta el punto que puede afirmarse que el verdadero poder está en la economía. Proceso acelerado por la globalización. Por decirlo con palabras de Joaquín Estefanía: <<la globalización económica es aquel proceso por el cual las economías nacionales se integran de modo progresivo en el marco de la economía internacional, de manera que su evolución depende cada vez más de los mercados internacionales y menos de las políticas económicas gubernamentales. Si esto es así, si la economía depende más de los mercados que de las decisiones que toman los políticos elegidos, se pone en cuestión el concepto mismo de democracia tal y como lo conocemos [...] Los mercados son los que mandan. El poder fáctico por excelencia. El mercado como gran regulador de la vida económica, el guía de los hombres y las sociedades, que deben adaptarse a él para sobrevivir>>.
Contemplando la historia a vista de pájaro puede apreciarse claramente un deslizamiento desde la política hacia la economía pasando por lo social. En el siglo XX pareció que las cuestiones sociales habían desplazado a las políticas en sentido estricto hasta tal punto que, salvo excepciones, se entendia que el Estado era un instrumento del progreso social, y de aquí la estereotipación de las denominaciones de Estado Social y Estado del Bienestar. En el siglo XXI, no obstante, se ha consolidado ya una tendencia distinta que prima la economía, marginando, si es necesario, lo social.  El progreso se mide en términos económicos aunque los indicadores sociales hayan disparado todas sus alarmas, tal como ahora sucede. El Estado se ha rendido sin condiciones a los poderes económicos y, lo que es peor, todos, o casi todo, los partidos están de acuerdo con ello. Por consecuencia -y en lo que atañe a la materia que estamos tratando- la economía es un enorme contrapeso a la ocupación partidista del Estado desde el momento en que controla y limita rigurosamente las políticas que en este punto pretenda desarrollar cualquier gobierno.
La rendición del Estado ante la economía -y concretamente, hoy, ante la llamada teoría del mercado- es una de las causas más graves del actual desgobierno. Porque ni la economía en general y la específica economía de mercado son garantía del bienestar de la comunidad. El tiempo se ha encargado de demostrar la falacia corriente en la época del desarrollo económico de que <<lo importante es que aumente el tamaño del pan, puesto que si es más grande mayor será la ración de todos y cada uno>>. En la actualidad, en una fase de progreso económico vertiginoso las rentas se distribuyen con un desequilibrio agravado hasta tal punto que en 2007 las empresas habían crecido un 73%, mientras que los salarios habían disminuido el 4%. O sea, que los ricos son más ricos que nunca y los pobres más numerosos y más pobres que antes. El pan -en otras palabras- se está distribuyendo de manera escandalosamente desigual. Y el Estado, renunciando a una de sus funciones más capitales, nada hace para evitarlo. Es más, en ocasiones, y aun de ordinario, lo fomenta.

Fernando Savater (Ética de urgencia)

La felicidad
El humorista Jardiel Poncela decía:<<Si quieres ser feliz como me dices, no analices>>. Y, en cierto sentido, lleva toda la razón. Sin embargo, en una ocasión le preguntaron a Bertrand Russell, uno de los filósofos que más he admirado: <<Si le dieran a escoger entre saber más o ser feliz, ¿qué preferiría?>>. Y Russell respondió: << Es extraño, pero preferiría seguir aprendiendo>>.
La clase de pensamiento que se elabora en la reflexión ética, el que no está relacionado con una acción concreta, puede provocar un vértigo temible, pero si no existiera, ¿merecería la pena vivir? ¿Quién de nosotros, para evitar el sufrimiento, aceptaría vivir anestesiado?
En realidad, relacionamos la felicidad con el transcurso o el resultado de alguna actividad nuestra, Y aunque, en muchas ocasiones, actuar nos dé problemas y disgustos, en el fondo parece que nos compensa, porque no queremos abandonar el juego. No queremos dejar de vivir ni de hacer, aunque pueda dolernos. A veces sí que nos asustamos y damos un paso atrás, pero nadie quiere renunciar del todo a la libertad de actuar y de hacerse preguntas.

Entonces para ser felices también tenemos que vivir experiencias malas, si fuéramos constantemente felices no distinguiríamos la felicidad.

Ser constantemente felices supondría vivir en un estado de dicha completa, que, además, nadie te podría quitar nunca. Porque por bien que estés, si sabes que ese estado puede acabarse, ya no serás feliz sin fisuras. Por eso los humanos no pueden ser completamente felices, porque todas las cosas que experimentan pasan, su propia vida pasa. Los propio de los seres humanos, su mayor aspiración, quizá no sea la felicidad, sino conservar la alegría.
Quien dice que ama la vida debe hacerlo con todas sus consecuencias. Lo que no podemos decir es: <<Amo la vida, por favor, quítenme la parte mala>>.Eso no significa que no tengamos que luchar contra las maldades, pero tenemos que amar el mundo a pesar de todo eso. Tampoco tiene mucho sentido decir: <<Yo hasta que no se arregle todo el mundo, no amaré la vida>>, porque seguro que no te va a dar tiempo de ver solucionado todo lo que anda mal. Hay que luchar contra lo que no nos gusta de la vida, pero no aplazar el amor que podemos sentir por ella: pese a todo lo negativo siempre es mejor participar de la vida que ya no estar en el mundo.
Además, las cosas malas de la vida nos ofrecen un contraste que intensifica y mejora el sabor de las buenas. Sólo el que se pone enfermo repara en lo bien que se está sano, nadie sabe mejor lo importante que es un dedo que el que se lo rompe. La ventaja que tiene ser viejo es que uno ha conocido cosas muy buenas y también el reverso. Si nos faltara ese contraste, nos faltaría la experiencia. Es gracias a la madurez y a la experiencia de la vida que aprendemos el valor de cada cosa. Lo mismo sucede con la alegría y la felicidad.

Es decir, somos felices porque nos arriesgamos.

Yo creo que sí, de alguna manera decimos: <<Ya que está ahí la muerte, vamos a bailar frente a ella>>. Si no supiéramos que todo es breve y fugitivo, que todo es riesgo, qué gracia tendrían las decisiones. Tampoco es que tengamos elección, no podemos imaginar una vida distinta a la que tenemos, un vida sin muerte, pero sí sabemos que la muerte le da el picante a la vida, su sabor especial.

Entonces la felicidad absoluta es imposible, siempre vamos a pedir más.

Los ideales humanos se parecen al horizonte. Nadie puede alcanzar el horizonte, pero podemos andar hacía él, y merece la pena encaminarse hacia allí, porque sólo así avanzamos como personas, como sociedad y como especie. Contentar a un esclavo que está atado a sus cadenas y que casi no come es muy fácil, pero en cuanto el esclavo se libere de sus ataduras situará más alto su nivel de satisfacción y bienestar. Los seres humanos nos vamos volviendo más exigentes con las libertades porque vamos conociendo más cosas y por eso no se nos puede saciar del todo, mientras estemos vivos vamos a exigir siempre mejoras.

Fernando Savater (Ética y ciudadanía)
Fernando Savater (Diccionario filosófico)
Fernando Savater (Idea de Nietzche)
Fernando Savater (Tirar de la cuerda)
Fernando Savater (Política para Amador)
* Fernando Savater (Figuraciones mías) Sobre el gozo de leer y ...
Fernando Savater (¡No te prives!) Defensa de la ciudadania
Fernando Savater (La vida eterna)
Fernando Savater (Perdonen las molestias) Crónica de una batalla...

Slavoj Žižek (¡Bienvenidos a tiempos interesantes!)

Tal vez la más sucinta caracterización de la época que comienza con la Primera Guerra Mundial es la bien conocida frase atribuida a Gramsci: <<El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos>>. ¿No son el fascismo y el estalinismo los monstruos gemelos del siglo XX, uno emergente del desesperado intento del mundo por sobrevivir, y el otro del mal concebido esfuerzo de construir uno nuevo? ¿ Y qué de los monstruos que estamos engendrando ahora mismo, impulsados por los sueños tecgnósticos de una sociedad con una población controlada biogenéticamente? Todas las consecuencias deberían ser deducidas de esta paradoja: tal vez no haya un pasaje directo a lo nuevo, al menos no en la forma en que lo imaginamos, y los monstruos surgen necesariamente de cualquier intento de forzar el pasaje a lo Nuevo. Nuestra situación es por eso totalmente opuesta a la clásica: sabíamos lo que teníamos y queríamos hacer (establecer la dictadura del proletariado, etcétera), pero debíamos esperar pacientemente el momento propicio de la oportunidad; hoy, en cambio, no sabemos qué hacer, pero debemos actuar ahora, porque la consecuencia de nuestro no-actuar podría ser catastrófica. En palabras de John Gray: <<Estamos obligados a vivir como si fuéramos libres>>. (Gray 2007:110). Tendremos que arriesgarnos a dar pasos hacia el abismo de lo Nuevo en situaciones totalmente inapropiadas, tendremos que reinventar aspectos de lo Nuevo solo para mantener la maquinaria funcionando y preservar lo que era bueno en lo Viejo (educación, seguro médico...). En breve, de nuestro tiempo se puede decir lo que nada menos que Stalin dijo sobre la bomba atómica: no es apto para cardiacos.

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Cuando un régimen autoritario se acerca a su crisis final, su disolución sigue, como regla, dos pasos. Antes de su verdadero colapso, una ruptura misteriosa tiene lugar: de repente la gente sabe que el juego ha terminado, ya no tiene miedo. No es solamente que el régimen pierda su legitimidad, sino que además su ejercicio del poder es percibido como una reacción impotente de pánico. Todos conocemos la clásica escena de dibujos animados: el gato llega al precipicio, pero sigue caminando, ignorando de que ya no hay suelo bajo sus pies; sólo empieza a caer cuando mira para abajo y nota el abismo. Cuando pierde su autoridad, el régimen es como un gato sobre el precipicio: para que caiga, solo se le tiene que recordar que mire hacia abajo...

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La ciencia y la tecnología de hoy ya no buscan tan sólo entender y reproducir los procesos naturales, sino además generar nuevas formas de vida que nos sorprendan; la meta ya no es dominar la naturaleza (tal como es), sino generar algo nuevo, mayor, más fuerte que la naturaleza corriente, incluidos nosotros mismos: todos esos monstruos creados artificialmente, esas vacas y árboles deformes, o -un suelo más positivo- esos organismos manipulados genéticamente, <<mejorados>> en la dirección que nos convenga. ¿Podemos siquiera imaginarnos lo que podrían ser los resultados imprevistos de los experimentos nanotecnológicos: nuevas formas de vida que se reproducen sin control, como el cáncer?
Esta tendencia alcanza su apogeo en los intentos de crear nueva vida artificial. Hasta ahora, los genetistas estaban limitados a manipular y modificar lo que la naturaleza ya había producido: tomar el gen de un organismo e introducirlo en el cromosoma de otro. De lo que estamos hablando ahora es de producir vida que sea totalmente nueva: el genoma mismo del organismo será construido artificialmente. Primero, las piezas o componentes biológicos esenciales deben ser fabricados; luego, deben ser combinados en un nuevo organismo sintético autorreplicante. Los científicos llaman a esta nueva forma de vida <<Vida 2.0>>: lo que es tan perturbador al respecto es que la vida <<natural>> misma se convierte por ello en <<Vida 1.0>>, es decir, pierde retroactivamente su carácter espontáneo-natural y se convierte en un paso, una etapa en la serie de proyectos sintéticos. Esto es lo que <<el fin de la naturaleza>> quiere decir: la vida sintética no solamente complementa la vida natural, sino que convierte la vida natural misma en una especie de (confusa, imperfecta) vida sintética.

* Slavoj Žižek (Primero como tragedia, y después como farsa)
Slavoj Žižek (Sobre la violencia) Seis reflexiones marginales
Slavoj Žižek (La nueva lucha de clases) Los refugiados y el terror

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