Antoni Marí (Libro de ausencias)

Una intuición

Lo que me había ocurrido era que había olvidado todo lo que tuviera el menor propósito de cumplir un objetivo; mi vida había sido encomendada a la búsqueda de lo que creía que podía dar identidad y sentido a mi existencia y a todo lo que me rodeaba: la familia, el trabajo, la casa, mi descanso, la alegria, las penas, la voluntad. Ahora no tenía nada ante mí, ni por abajo, ni por encima.  Había olvidado cuanto sabía de las cosas, los juicios que había emitido sobre ellas, el provecho que había obtenido. Estaba totalmente abstraído.
<< Ensimismado > diría Ortega y Gasset. Y recuerdo su En torno a Galileo: <<No hay otro modo de ser efectivamente lo que se es que ensimismándose; esto es, antes de opinar o acuar sobre algo detenerse un instante y, en vez de hacer cualquier cosa o pensar lo primero que viene a las mientes, ponerse rigurosamente de acuerdo consigo mismo, esto es, entrar en sí mismo, quedarse solo y decidir qué acción o qué opinión entre las muchas posibles es de verdad la nuestra...>>.
Y pensé que mi vida había sido una sucesión de acontecimientos que se unían y se integraban, cumpliendo una idea, imprecisa pero perseverante, de lo que debía hacer conmigo. Y aunque algunas veces me perturbaran tantas cosas, también con una frecuencia semejante venía alguien en mi ayuda y apaciguaba mis dudas y mi confusión. En esta ocasión era Ortega quien me afirmaba en la perquisición que había emprendido sobre la ausencia y me daba indicaciones para alcanzar un estado del ser favorable al reencuentro con uno mismo.

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Una duda irresoluble

Pensé que el germen de lo que yo buscaba, aquel <<estado de ausencia>> que también describía Jünger y del cual yo creía haber participado, paseando por mi barrio, podía estar oculto en el pensamiento de Schopenhauer y que en sus textos encontraría los indicios de lo que yo buscaba.
Guardo seis libretas de los últimos años donde he anotado los rodeos que hacen el entendimiento y la imaginación en busca de alguna idea, la fijación de un texto encontrado o escrito por mí y que quiero conservar. Es como el cuaderno de bitácora de la marina mercante, ese documento en el que los pilotos, en sus respectivas guardias, anotan el estado de la atmósfera, los vientos que soplan, los rumbos que siguen, la fuerza de las máquinas con que se navega o el velamen que utilizan, la velocidad de la nave y los hechos ocurridos durante la navegación. Es una costumbre mía, posiblemente prestada de mi padre, que, aunque no fuera marinero, le gustaba navegar a vela por las costas circundantes y cuando volvía de dar una vuelta registraba las incidencias de la travesía. En  mi caso, llevado por el temor de olvidar alguna frase memorable y la intención de retenerla, yo había ido anotando lo que creía oportuno conservar de la experiencia de los viajes y los giros mentales que iba haciendo en los rodeos que mi afición por la aventura me mostraban.
Cogí la libreta del año 2008 -el año de la muerte de mi madre- con la intención de buscar alguna entrada sobre la lectura que había hecho entonces de Schopenhauer, y la encontré enseguida. Decía, escrito por mí: <<Schopenhauer parte de la experiencia dolorosa de la original contradicción entre el instinto y el espíritu, la pasión y el conocimiento, la voluntad y la representación: una vez es el instinto el que os mueve, otras veces son el espíritu y el conocimiento los que nos llaman, y esta constante contracción es origen de una infinita inquietud>>. Esta idea, esta lucha de contrarios, esta contradicción, había sido una constante en mi existencia y, sin conseguir apaciguarla, la asumí como rasgo característico de mi persona. Seguí leyendo lo que había escrito un par de años antes: <<¿Qué es, sin embargo, lo que se oculta bajo estas contradictorias apariencias? ¿Cuál es la Realidad suprema, la cosa en sí que se encuentra subyacente bajo estas contradictorias manifestaciones? La Idea, la cosa en sí, es intuida por Schopenhauer como una revelación; es la voluntad>>.
Es posible que un experto en Schopenhauer considere que lo que yo escribí es una libre interpretación del texto del filósofo y que, quizás, falsea el sentido originario. Es posible, pero tanto da; lo que busco en los libros es hacer una apropiación íntima que se ajuste a mis exigencias y poco o nada importa lo que digan los exegetas de cómo se tiene que leer tal cosa, las conclusiones que tenemos que sacar y la fidelidad del texto. Creo que cualquier libro se adecua a la mirada del que lee y aqui es la subjetividad la que decide la lectura y sus conclusiones. Seguí leyendo del cuaderno: <<La voluntad no es una actividad reflexiva  es un impulso ciego, inconsciente y perentorio; es impaciencia, aspiración, necesidad, anhelo, avidez, demanda de sufrimiento. Esta insaciabilidad es la razón del pesimismo y del cansancio: nunca podremos alcanzar nuestros deseos y el imposible cumplimiento es la razón de la fatiga. Cuanto mayor es el deseo, mayor la frustración; cuanto más potente la aspiración, más dolorosa la existencia, más trágica la condición del hombre, más absurda la vida. Por todo eso la vida es una vida de miseria, porque la voluntad quiere alcanzar unas aspiraciones que nunca podrá conseguir>>.
Este pesimismo casi ontológico es el que, desde mi punto de vista, unía a Leopardi con Schopenhauer y a su vez me vinculaba a mí en la investigación, ya que el poeta es un nihilista epistemológico para quien la existencia humana es la más desgraciada y misérrima de toda la naturaleza, y ningún remedio puede darle consuelo ni paz. Giré la hoja del cuaderno para seguir leyendo y me encontré en la página impar una fotocopia sujetada con un clip, ese invento admirable para obsesivos como yo que pretenden retenerlo todo. Era un fragmento de Zibaldone de Leopardi, en su lengua original:

            Io mi trovara orribilmente annoiato della vita e in grandissimo desiderio di uccidermi, e sentii non so quale indizio di male che mi fece temere in quel momento in cui io desiderava di morire; e immediatamente mi posi in apprensione e ansietà per quel timore. Non ho mai con più forza sentita la discordanza assoluta degli elementi de´ quali é formata la presente condizione umana, forzata a temere per la sua vita e a procurare in tutti i modi conservada, proprio allora che l`é più grave, e che facilmente si risolverebbe a privarsene di sua volontà.

Umberto Eco (Construir al enemigo)

Al parecer no podemos pasarnos sin el enemigo. La figura del enemigo no puede ser abolida por los procesos de civilización. La necesidad es connatural también al hombre manso y amigo de la paz. Sencillamente, en estos casos, se desplaza la imagen del enemigo de un objeto humano a una fuerza natural o social que de alguna forma nos amenaza y que debe ser doblegada, ya sea la explotación capitalista, la contaminación ambiental o el hambre en el Tercer Mundo. Ahora bien, aun siendo estos casos virtuosos, como nos recuerda Brecht, también el odio hacia la injusticia desencaja el rostro.
Así pues, ¿la ética es importante ante la necesidad ancestral de tener enemigos? Yo diría que la instancia ética sobrevive no cuando fingimos que no hay enemigos, sino cuando se intenta entenderlos, ponerse en su lugar. No hay en Esquilo rencor hacia los persas, cuya tragedia vive entre ellos y desde su punto de vista. César trata a los galos con mucho respeto; a lo sumo hace que resulten un poco lloricas cada vez que se rinden, y Tácito admira a los germanos, puesto que tienen una hermosa complexión y se limita a deplorar su suciedad y su reluctancia a llevar a cabo trabajos pesados porque no soportan ni el calor ni la sed.
Pero seamos realistas. Estas formas de comprensión del enemigo son propias de los poetas, de los santos y de los traidores. Nuestras pulsiones más profundas son de un orden muy diferente. En 1968 se publicó en Estados Unidos un Informe secreto de Iron Mountain sobre la posibilidad y conveniencia de la paz, de un autor anónimo (alguien incluso llégó a atribuírselo a Galbraith). Claramente, se trataba de un panfleto contra la guerra, o por lo menos un lamento pesimista sobre su inevitabilidad. Pues bien, puesto que para hacer la guerra se necesita a un enemigo con quien luchar, el carácter ineluctable de la guerra se corresponde con lo ineluctable de la elección y construcción del enemigo. De este modo, con extrema seriedad, en ese panfleto se observaba que la reconversión de toda la sociedad norteamericana a una situación de paz sería desastrosa porque solo la guerra es el fundamento del desarrollo armónico de las sociedades humanas. Su despilfarro organizado constituye la válvula que regula la buena marcha de la sociedad. La guerra resuelve el problema de los suministros; es un acicate. La guerra permite que una comunidad se reconozca como <<nación>> sin el contrapeso de la guerra, un gobierno no podía establecer ni siquiera la esfera de su misma legitimidad; solo la guerra asegura el equilibrio entre las clases y permite colocar y explotar a los elementos antisociales. La paz produce inestabilidad y delincuencia juvenil: la guerra encauza de la mejor manera todas las fuerzas turbulentas dándoles un <<estatus>>. El ejército es la última esperanza de los desheredados y de los inadaptados; solo el sistema de la guerra, con su poder de vida y muerte, predispone a las sociedades a pagar un precio de sangre también por instituciones que no dependen de ella, como el desarrollo del automovilismo. Ecológicamente, la guerra nos dota de un válvula de escape para las vidas en excedencia; y, si hasta el siglo XIX morían en la guerra solo los miembros más valiosos del cuerpo social (los guerreros), y se salvaban los ineptos, los sistemas actuales han permitido superar este problema con los bombardeos sobre poblaciones civiles. El bombardeo limita el aumento de la población mejor que el infanticidio ritual, la castidad religiosa, la mutilación forzada o el uso extensivo de la pena de muerte... Por último, solo la guerra permite el desarrollo de un arte verdaderamente <<humanista>>, en el que predominen las situaciones de conflicto.
Así pues, la construcción del enemigo debe ser intensiva y constante. George Orwell en 1984 nos ofrece un modo verdaderamente ejemplar:

           Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido que provenía de la telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el Odio.
Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado que hacía mucho tiempo (nadie podía recordar cuánto) había sido una de las figuras principales del Partido, casi con la misma importancia que el Gran Hermano, y luego se había dedicado a actividades contrarrevolucionarias, había sido condenado a muerte y se había escapado misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y más que nadie había manchado la pureza del Partido, Todos los subsiguientes crímenes contra el Partido, todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían directamente de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y conspirando [...]

* Umberto Eco y Carlo Maria Martini (¿En qué creen los que no creen?) Un diálogo sobre la ética en el fin del milenio.

José Ramón Ayllón (Luces en la caverna) Historia y fundamentos de la ética

Las humanidades
Como cultivo que es, la cultura necesita buena tierra y clima favorable: condiciones que son difíciles en sociedades donde lo que prima es el dinero, el poder y el control informativo. Porque está claro que no se educa a las generaciones jóvenes si se les enseña a pensar de forma descaradmente interesada o politizada, a valorar sobre todo el éxito individual, a desconfiar de valores que les comprometan a servir a los demás. En la informática y el inglés, como preparación para estudiar empresariales o ingenieria, se agota actualmente el panorama existencial de muchos jóvenes inteligentes que pronto tomarán el relevo en la dirección de la sociedad. Y el producto de esa educación serán personas de las que se podrá decir, con Unamuno, que no están educadas pero <<saben decir tonterías en cinco idiomas>>.
¿Dónde quedan las humanidades, esa tierra fértil en la que siempre han podido germinar los mejores ideales humanos? Ya empezamos a ver generaciones jóvenes que hablan de corrido la lengua de su comunidad autónoma, dominan la jerga informática, conocen la vida de sus héroes locales, pero no saben nada de historia universal, ni de Homero o Shakespeare. Y cuando se les pregunta qué significa cogito, ergo sum, y quién pronunció tan famosa frase, responden: <<Me han cogido, yo soy (Jesucristo en el huerto de los olivos)>>.
En su ensayo Humanismo cívico, Alejandro Llano afirma que las humanidades facilitan el logro de cuatro metas educativas de la mayor transcendencia: comprensión crítica de la sociedad actual, revitalización de los grandes tesoros culturales de la humanidad, incremento de la creatividad y la capacidad de innovación, y planteamiento profundo de las cuestiones fundamentales sobre el sentido de la vida. La cultura humanística es, sin duda, el mejor alimento de la educación. Y sería una lástima, ahora que disponemos de los medios técnicos para que todos los estudiantes conozcan los fundamentos de su cultura, que dispersaran su vida en espectáculos, aficiones y entretenimiento sin sustancia.
Las humanidades son nuestras señas profundas de identidad. En un artículo de El Semanal, un Pérez-Reverte más serio que de costumbre se dirige a una lectora de catorce años y dice:

                   Fíjate bien. Eres el último eslabón de una cadena naravillosa que tiene diez mil años de historia; de una cultura originalmente mediterránea que arranca de la Biblia, Egipto y la Grecia clásica, que luego se hace romana y fertiliza al occidente que hoy lllamamos Europa (...) O sea, que no naciste ayer.

La cultura clásica se caracteriza por su doble simplicidad y su grandeza serena. Es una visión que contempla la realidad humana en un plano de proximidad y de viveza que rara vez se vuelve  repetir. Es una óptica tan libre de la extrechez del jurista como de la tosquedad del técnico, de las extravagancias del visionario o de las vulgaridades del oportunista. Y ese mundo grecoltino no es sólo modelo a imitir, sino alimento para la reflexión, la visión crítica y el diálogo inteligente.

José Ramón Ayllón (Desfile de modelos) Análisis de la conducta ética

Manuel Chaves Nogales (La agonía de Francia)

La burguesía
[...] Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profunda, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos de los hombres, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido frente al hecho cierto, tangible, irritante, de que al salir del trabajo no se pueda tomar el aperitivo o de que haya que perder una hora haciendo cola ante la puerta de una panadería o de que el tráfico rodado no esté cuidadosamente regulado en las encrucijadas por los agentes de la autoridad. El automovilista que se ve obligado a permanecer quince minutos inmovilizado entre cuatro filas de autos por un embotellamiento adquiere inmediatamente la convicción de que el estado que le gobierna ha fracasado en su función esencial, y en ese momento no le importa lo más mínimo su significación ideológica ni su destino histórico; lo que quiere, nerviosamente, angustiosamente  es que las ruedas de su auto puedan seguir rodando, recorrer el número de kilómetros que se había propuesto salvar en el tiempo a que le da derecho la potencia de la máquina que maneja. Todo lo demás le trae completamente sin cuidado. Este fenómeno de falta de imaginación colectiva es ensencialísimo si se quiere comprender la catástrofe de Francia.
Cito este ejemplo del chauffeur -personaje representativo de nuestro tiempo según el conde Keyserling- porque en las últimas horas de Francia ésta fue la imagen más fuerte e impresionante que me quedó de la catástrofe. Mientras en el camino de París a Tours cien mil autos apelotonados marchaban lentamente, tropezándose, empujándose, y quedándose atascados en las cunetas con esa morosidad y esa confusión terrible de los grandes éxodos, los primeros destacamentos alemanes que entraban en París estaban formados por agentes de la circulación que se pusieron tranquilamente a regular el tránsito. París fue conquistado por los agentes de la porra. El último automóvil fugitivo que salía de París tuvo que desviar su ruta en la Puerta de Saint Cloud porque un agente de circulación hitleriano maniobrando las señales luminosas del tráfico había puesto el disco rojo en el cruce para dar paso a los carros de asalto de la primera división motorizada alemana que entraba al asalto de París.
Esta es una de las grandes revelaciones de la catástrofe de Francia. Tenemos el prejuicio de que las grandes catástrofes de los pueblos sólo son posibles en medio de un apocalíptico desorden; conservamos fielmente la imagen dramática de las guerras clásicas, creemos demasiado en la realidad de las estampas románticas de victorias y derrotas y no acertamos a ver que en nuestro tiempo, dentro de la cuadrícula estrecha de nuestra organización social y urbana, las cosas suceden de una manera mucho más sencilla, con una simplicidad y una facilidad aterradoras. En la Puerta de Saint Cloud un guardia de la circulación había sido sustituido por otro. Esto es todo.

Ulrich Beck (Una Europa alemana)

MÁS DEMOCRACIA MEDIANTE MÁS EUROPA

A menudo se reflexiona sobre la transformación europea desde el punto de vista institucional. Cuando se plantea la cuestión de la democracia, se escuchan inmediatamente propuestas relativas a reformas institucionales, se discuten las competencias del Parlamento europeo, etcétera. Pero también hay que plantear la cuestión de la democracia desde el punto de vista de los ciudadanos, desde abajo, por así decir, desde el bullicioso hervidero de la integración horizontal. Solo cuando la gente vea en Europa su propio proyecto, solo cuando sea capaz de adoptar la perspectiva de los ciudadanos de otros países europeos tendrá sentido hablar de la integración vertical de la democracia europea.
Se trata pues de comprensión mutua, de la capacidad de ver el mundo a través de los ojos de los demás, de la óptica cosmopolita. Birgit Schönau, corresponsal en Italia, adopta en un articulo el punto de vista de los habitantes de los países del sur de Europa y describe cómo perciben ellos el proceder del Gobierno alemán y de las instituciones internacionales:

         Ahorro, ahorro, ahorro, Informar, adelgazar. Reactivar la economía. Todo rapidito. Y si no, al rincón. Las maestras de la escuela del Sur son dos mujeres a primera vista muy distintas: la elegante francesa Christine Lagarde y la resolutiva alemana Merkel. A Lagarde no se le mueve ni un pelo de su sitio, cultiva el ascetismo, no se permite por principio ni un vasito de vino.  Merkel no es tan severa consigo misma y su peinado. Pero sí con los demás.
   
El aspecto de las poderosas damas está marcado por una protestante actitud de renuncia, <<no conocen la absolución, el perdón. Ellas mismas lo negarían, claro está, pero el Sur las ve así>>. El sur lo ve así: estas palabras introducen el punto de vista cosmopolita. <<El norte>> amplía su conocimiento de sí mismo desde la mirada del <<sur>>
Autores escépticos en lo tocante a la construcción de una sociedad europea suelen argumentar que las sociedades nacionales se integran en torno a valores. Pero por el momento no hay valores comunes a nivel europeo. Lo que sí hay, en cambio, es multitud de conflictos, enfrentamientos en torno a la salvación del euro y los programas de ahorro; Birgit Schönau habla incluso de un <<combate cultural>>. La óptica cosmopolita podría ampliar la cohesión en esta Europa del conflicto. Para ello sería necesario que los alemanes particulares, por ejemplo, aprendieran a ponerse en la situación de los griego y <<ver>> lo que les asusta, atormenta, enfurece, lo que piden y, no menos importante, lo que a sus ojos significa la conducta de Alemania, por qué ven en ella arrogancia, un nuevo imperialismo; y exige también que los griegos particulares se pongan en el lugar de los alemanes y <<vean>> por qué algunos les reprochan corrupción, insuficiente moral contributiva, despilfarro, etcétera.
Si la capacidad de ponerse en el lugar del otro es una condición necesaria para el surgimiento de una Europa democrática, necesitamos una campaña de alfabetización cosmopolita para Europa. ¿Cómo podemos superar la hegemonía cultural de los euroescépticos, que no conocen más que una lánguida Europa de los domingos, y crear una Europa de los ciudadanos plena y vital? ¿Cómo asegurarnos de que tantos individuos como sea posible reciban la oportunidad de aprender a verse desde la perspectiva de los otros? ¿Cómo conseguir que la acción conjunta sea el fundamento de la participación democrática en Europa?
<<Doing Europa>>; esta es la respuesta de Helmut Schmidt, Jürgen Habernas, Herta Müller, Senta Berger, Jacques Delors, Ricard von Weizsäcker, Imre Kertész y otros célebres europeos presentaron en mayo de 2012. Como están convencidos de que la democracia europea tiene que crecer desde abajo, como han comprendido que no existe un <<pueblo europeo>>, sino una Europa de los individuos que han de convertirse en el soberano de la democracia europea, promueven la introducción de un año de voluntariado europeo pata todos. Se trata de que en el futuro no sólo los jóvenes y los integrantes de las élites educativas tengan la posibilidad de hacer realidad un pedazo de Europa desde la base viviendo en otro país y en otro espacio lingüístico, sino que todos puedan hacerlo, también trabajadores normales, pensionistas y desempleados.

Ulrich Beck (Libertad o capitalismo) Conversaciones con Johannes Willms
* Ulrich Beck (La metamorfosis del mundo) 

Albert Boadella (Diarios de un francotirador) Mis desayunos con ella

2 de diciembre de 2009

Voy a comprar el pan en mi pueblo francés y me cruzo a estas primeras horas de la mañana con un puñado de messieurs armados todos con la baguette bajo el brazo. La llevan como un atributo muy personal y la imagen me hace pensar que esta obsesión del hombre francés por pasearse tan visiblemente con la baguette es una clara exhibición fálica. Al entrar en casa utilizo el largo pan para hacer demostración más explícita ante Dolors sobre mi teoría exhibicionista del ciudadano gabacho. Ella ríe la payasada, pero cuando le cuento el motivo preciso no encuentra razón científica alguna para apoyar semejante hipótesis. Más bien salgo perjudicado como macho hispánico por mis persistentes obsesiones monotemáticas.

Le escribo a una eficiente colaboradora y discípula comentando la obra que acaba de montar. Soy poco dado a ejercer como crítico sobre los demás colegas, quizás por saturación personal en esta cuestión. Ella me lo pide, y yo me limito a citarle un problema esencial que padece una buena parte de los artistas: las ideas progresistas preconcebidas, que rebajan la libertad del pensamiento de la mayoría de mis colegas. Entiendo que puede parecer un tópico, porque la mirada libre es una óptica muy cambiante según la época. En estos momentos, ya no se trata solo de hacer lo que a uno se le antoja sobre la escena, pues esa posibilidad no tiene hoy mayor mérito con las constituciones democráticas, que garantizan amplios márgenes de libertad de expresión. La mente libre es la manera como el artista se encara a un tema y se despoja de toda premeditación.
En la mayoría de las personas que actualmente dedican su vida a una práctica artística nos encontramos con una curiosa paradoja. Sus ámbitos de libertad se hallan coartados por una corriente muy generalizada en el mundo cultural contemporáneo, cuya tendencia es el pensamiento único amparado en la modernidad moral. Si hiciéramos una encuesta sobre sus inclinaciones y preferencias, comprobaríamos cómo la mayoría parecen auténticos portavoces de los Gobiernos de izquierdas. Manifiestan sus gustos artísticos por las mismas cosas, y en sus preocupaciones más acuciantes coinciden todos en una serie de tópicos acuñados a molde. Paz, solidaridad a raudales, cambio climático, Palestina, derechos de autodeterminación, relativismo, laicismo, multiculturalidad, etc. Sin duda, virtudes muy loables todas ellas, pero machacadas a diario desde los medios de comunicación gubernamentales, que en España son mayoría, y difundidas desde la escena para mostrar interesadamente de qué lado se está con vistas a la clientela.
Le cuanto a mi colaboradora que desde esta perceptiva es muy difícil abordar una obra y proponer al espectador una nueva visión del entorno y los acontecimientos humanos. Muy complicado hacerlo sin poner por delante los dogmas indiscutibles con los que hoy se autocomplacen los pertenecientes al gremio de la farándula. Si hablo de libertad mental me estoy refiriendo a la necesidad de crear una visión singular capaz de generar dudas en las certezas indiscutibles del auditorio. Para eso sirve el teatro. Bajo estas condiciones, la libertad del artista ante la obra significa dejarse penetrar por la posibilidad de otras ópticas distintas o, cuando menos, de paradojas singulares frente a lo establecido. Entablar, en la medida de lo posible, una lucha contigo mismo ante el público. ¿El Shylock de El mercader de Venecia no refleja las propias dudas de Shakespeare ante la cuestión de los judios?.
Todos sabemos que los espectadores progres acuden hoy a un teatro como feligreses ante la misa. Esperan la confirmación de sus certezas personales o comunión con el mensaje de la escena. Esto sigue siendo una herencia de la dictadura, adoptada después por nuestra generación liberticia. Un panorama tan restringido genera como consecuencia inmediata el que la mayor comercialidad consista en poner a parir a los que están fuera de la sala. Si uno satiriza cruelmente los principios más incuestionables del espectador presente, se juega peligrosamente el pan, porque la mayoría del público artístico actual se halla alineado (o alienado) por las doctrinas de todas las verdades encoradas hacia la izquierda. En resumen, nos hallamos ante una situación insólita. Nunca habíamos tenido un público y unos artistas tan ideologicamente homogéneos, casualmente en un era de legislaciones muy permisivas en cuanto a libre expresión.
Comprendo que nadar a contracorriente en estos momentos es una ardua papeleta para un artista, que a fin de cuentas tampoco tiene vocación de mártir. Además, rondan en su entorno las tentaciones de una Administración generosa, cuyas estructuras son utilizadas para premiar a quien se mantenga en la corrección política. En cualquier caso, me esfuerzo en contarle a mi discípula que la libertad se halla en este terreno, y es aquí donde se encuentra el auténtico riesgo. Lo arriesgado no es hoy enseñar el culo en un escenario, ni poner a Jesucristo de travesti, ni pintar a Esperanza Aguirre como la mala de la película. Eso obtendrá siempre el aplauso de la mayoría asistente o, por lo menos, la convivencia general del mundo de la farándula.
No sé si me he explicado con suficiente claridad para que mi discípula y colaboradora entienda exactamente a lo que me refiero. En todo caso, mi obligación de gato viejo era expresarlo a una gata novicia.

  Entrevista a Albert Boadella

Vicente Verdú (Apocalipsis Now)

Un capitalismo sin antagonista es igual a la madrastra de Blancanieves ante el propio espejo. Nada hay que lo combata en esa especulación sin réplica. Y así ha ido sucediendo en el agravamiento de esta debacle. Los capitales exigen más capital, las instituciones financieras más financiación y, al cabo, el objetivo del déficit se mantiene como el objetivo, cada vez más objetivo, cada vez más real, tan pavoroso como para destruir países enteros o, incluso, la totalidad de Europa.
El único tabú que permanece en pie dentro de la sexualidad es la práctica del incesto. Pero, de otra parte, en ningún otro ámbito social ha logrado desarrollarse mejor la libertad que en ámbito sexual. De la misma manera que el neoliberalismo ha sido el cenit de la liberación de todas las cosas, la nueva sexualidad ha aceptado la participación de un sinfín de sexos con todos los derechos imaginables. 
Solo tanto en un campo como en el otro hay un tabú: el tabú del incesto. El tabú es a la vez sagrado y prohibido, no se puede tocar. No puede tocarse porque su reacción sería aniquiladora. Acaso se alumbrarían hijos enfermos o acaso, como sucede en el neoliberalismo, más capital al capital, más deuda a la deuda, más préstamos a los prestamistas, desembocará en una gravedad mortal. 
Esta muerte que avanza cada día no será, al llevar en su seno el pecado del tabú, un mero desfallecimiento. <<Los países irán cayendo como piezas del dominó>>, se dice. No se desmaya el paciente: el paciente cae fulminado, rueda por el abismo, recuerda los relámpagos del Apocalipsis, se comunica directamente con la Unión Europea, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.
La Gran Crisis ha ido transmutando su naturaleza y solo conoce como interlocutor a Dios. Una Entidad semejante a ella que si en su majestad divina proclama <<Yo soy el que soy>>, esta Gran Crisis la remeda con su naturaleza hermética, incluso para los especialistas, puesto que su máxima característica es, ante todo, <<ser la que es>>.
Las cosas son así y solo parece que irán a pero como remedio a su empeoramiento. Fin, pues, del combate; fin, pues, del sistema inherente pecador, estructuralmente homicida, peligrosamente incestuoso, peligrosamente tabú.
El capitalismo es el que es y nada sino él es capaz de su avance o su destrucción. El incremento de suicidios en Occidente a lo largo de los últimos cinco años viene a ser una sucesiva muestra de la inmolación del padre ante la familia que no puede sostener, una inmolación del hijo ante el padre que termina de morir, una muerte que se superpone a la vida como una sepultura silenciosa, acorde con la impotencia de todos, sindicatos o movimientos sociales incluidos, manifiestos y 15-M a granel.
A imagen de Dios, el capitalismo maduro ya no habla y su afonía arrasa los empleos y las familias con un silencio que corta el cuello a sus detractores, incapaces de una interlocución. El que habla sucumbe a la voz. ¿No hay nadie ahí?
De una parte las descomunales desigualdades que ha generado el neoliberalismo han postrado en el silencio a los humillados. Les ha privado de cualquier órgano de comunicación potente y ha arrasado su protesta en los tiempos de un capitalismo que tenía ante sí al contrincante marxista. Pero sin discurso marxista no hay discurso capitalista. Ni halla objeto ni tiene función. 
El silencio más vulgar se extiende desde la cima a la base y en dos sentidos distintos. Mientras en la cima del poder el silencio se fortalece y su dureza aumenta, en la base popular el silencio iguala a las maceraciones de la voz amordazada.
No hay estruendo de la guerra, apenas cunde el clamor de las agitaciones populares, no hay el sonar de las sirenas, nada vuelve al silencio ensordecedor. Aquella llama de la revolución de hace apenas una décadas ha devenido en rescoldos de acción.
Creemos todavía en un posible tiempo mejor, nos vemos forzados a esta fe pero nada enciende la fogata que nos oriente. De este modo, el silencio de la menesterosidad se corresponde con el silencio del fuego inverso. Mientras la media hora del silencio divino sería el minutaje necesario para quemar el intervalo entre el Mal y el Bien, el relativo silencio de la población actúa como un luto pesado que vuelve a hundirnos en la lúgubre espera.
¿Cómo no volver los ojos a las últimas palabras del Apocalipsis total? Allí, al fin, Dios hace de Dios y se declara combativamente <<Yo [soy] el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el din>>. <<No habrá allí más noche>>, dice el Señor, hastiado del reino del Diablo. <<No habrá ya noche, ni tendrán necesidad de luz de lámpara ni luz de sol, porque el Señor Dios lucirá sobre ellos y reinará por los siglos de los siglos>>. ¿Una revolución? Dios mismo, por la propensión de las cosas nos promete, sin decir cuándo, el día de la emancipación.

Vicente Verdú (El estilo del mundo) La vida en el capitalismo de ficción
Vicente Verdú (La hoguera del capital) Abismo y utopía a la vuelta...
Vicente Verdú (La ausencia)

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