Walter Benjamin (Historias y relatos)

MYSLOWTIZ-BRAUNSCHWEIG-MARSELLA
La historia de un fumador de hachís

[...] Todo esto me persuadió de que el hachís hacía ya tiempo que había empezando a actuar sobre mí, circunstancia de la que si no hubiese bastado la transformación de las polveras en cajas de bombones, de los estuches de níquel en pastillas de chocolate y de los peluquines en pilas de pasteles, mis propias risotadas hubieran bastado para alertarme, puesto que es sabido que el éxtasis se inicia por igual con carcajadas que con risas, quizá más quedas e interiores, pero sin duda más embriagadoras. También lo reconocí en la infinita dulzura del viento que en el lado contrario de la calle movía los flecos de las marquesinas. Acto seguido se hizo sentir la imperiosa necesidad de espacio y tiempo que se experimenta el adicto al hachís. Como se sabe, extraordinaria: al que acaba de fumar hachís, Versalles se le antoja pequeño y la eternidad le sabe a poco. A estas dimensiones colosales que adquieren las vivencias interiores, al tiempo absoluto y al espacio inconmensurable, no tarda en seguirles una sonrisa beatífica, preludio de un humor maravilloso, mayor aún, si cabe, debido a la ilimitada cuestionabilidad de todo lo existente. Sentía demás tan ligereza y seguridad en el andar que el suelo irregularmente empedrado de la plaza que cruzaba se me antojó el suave pavimento de una carretera que yo, vigoroso caminante, transitaba en la oscuridad de la noche. Al final de esta plaza inmensa se levantaba un feo edificio de arcadas simétricas y con un reloj iluminado en su frontispicio:Correos. Que era feo lo digo ahora, entonces no lo hubiese visto así, y no sólo porque cuando hemos fumado hachís nada sabemos de fealdades, sino sencillamente porque ese edificio oscuro, expectante -ansioso de mí-, con todos sus dispositivos y buzones prestos a recibir y transmitir la inapreciable conformidad que haría de mí un hombre rico, despertó en mi interior una profunda sensación de agrandamiento. No podía apartar de él la mirada porque comprendía que hubiese resultado fatal para mí haber pasado demasiado cerca de la fachada sin reparar en su presencia y, sobre todo, en la iluminada esfera de su reloj. Allí, muy cerca de donde me encontraba, vi amontonadas en la oscuridad las sillas y mesas de un bar, reducido pero de aspecto sospechoso, que, aun cuando bastante alejado del barrio apache, no lo frecuentaban burgueses sino, como máximo -aparte del genuino proletariado portuario-, dos o tres familias de chamarileros de la vecindad. Allí tomé asiento. Era lo mejor y aparentemente menos peligroso que en aquella dirección tenía a mi alcance, extremo que yo, en mi delirio, había calculado en la misma seguridad con que una persona exhausta y sedienta sabe llenar hasta el borde un vaso de agua sin derramar una sola gota, cosa bien difícil para otra en plena posesión de sus facultades. Apenas percibió que me tranquilizaba, comenzó el hachís a poner en juego sus encantos con tan tenaz energía como yo nunca había experimentado ni volvería a experimentar. Me convirtió en un consumado fisonomista, yo, que normalmente soy incapaz de reconocer a amigos de toda la vida o de retener en la memoria las caras de quienes me rodeaban, lo que en circunstancias normales hubiese evitado por una doble razón: por no atraer sobre mí sus miradas y por no soportar la brutalidad de sus rasgos. Ahora comprendo por qué a un pintor -¿acaso no le ocurrió a Leonardo y a tantos otros?- esa fealdad que asoma en las arrugas, que proyectan las miradas y exhiben algunos rostros, puede parecerles el auténtico reservoir de la belleza, más hermosa que el arca del tesoro, que la mágica montaña abierta que muestra en su interior todo el arco del mundo. Recuerdo especialmente un rostro de hombre infinitamente animal y soez en el que, de pronto, tembloroso, creí vislumbrar <<las arrugas de la noble resignación>>. Los rostros masculinos eran los que más me fascinaban. Comenzó el juego, tenazmente aplazado, de que en cada nuevo semblante asomara un conocido del que a veces recordaba el nombre, a veces se me escapaba. Instantes más tarde la alucinación se esfumó, como se desvanecen los sueños, sin producir turbación o embarazo, sino amigable y pacíficamente, como una criatura insegura que hubiese cumplido con su cometido.

* Walter Benjamin (Cartas de la época de Ibiza)

Oscar Wilde (Intenciones)

Cyril.- ¿Eso quiere decir que te opones a la modernidad de la forma?

Vivian.- En efecto. Es un precio excesivo para tan escaso resultado. La simple modernidad de la forma es siempre un tanto vulgarizadora. Y no puede menos de ser así. El público se figura que, porque ellos se interesan en lo que les rodea de un modo inmediato, el Arte debería interesarse también y debería tomarlo como tema. Por el mero hecho de interesarse ellos en dichos objetos, ya los hace inadecuados para el Arte. Las únicas cosas bellas, como ya dijo alguien, son las cosas que en nada nos conciernen. Mientras una cosa nos sea útil o necesaria, o nos afecte de un modo cualquiera, bien sea para bien o para mal, o excite vivamente nuestra simpatía, o constituya una parte vital del medio en que vivimos, es indudable que se halla fuera de la esfera propia del arte. El tema o el asunto del arte debería sernos más o menos indiferente. O, cuando menos, deberíamos no tener la menor preferencia, ni la más mínima prevención, ni partidismos de ningún género. Porque Hécuba no tiene nada que ver con nosotros es, precisamente, por lo que sus dolores constituyen tan excelente motivo de tragedia. No conozco en toda la historia de la literatura nada más triste que la carrera artística de Charles Reade. Escribió un libro magnífico, The Cloister and the Hearth, un libro tan superior a Romola como Romola lo es a Daniel Deronda, y dilapidó el resto de su vida en la insensata tentativa de ser moderno, de atraer la atención del público hacia el estado de nuestras cárceles y prisiones y la administración de nuestros manicomios particulares. Charles Dickens ya fue bastante deprimente al tratar de despertar nuestra compasión en pro de las víctimas de la ley administrativa referente a los pobres; pero Charles Reade, un artista, un humanista, un hombre dotado del verdadero sentido de la belleza, rugiendo y debatiéndose contra los abusos de la vida contemporánea como un vulgar libelista o un reporter sensacionalista, es realmente un espectáculo para hacer llorar a los ángeles. Créeme, mi querido Cyril, la modernidad de la forma y la modernidad del tema son un error completo y absoluto. Hemos tomado la vulgar librea de la época por la vestidura de las Musas, y malgastamos nuestros días en las sórdidas calles y los repugnantes suburbios de nuestras viles ciudades cuando deberíamos estar en la montaña con Apolo. No cabe duda que somos una raza degenerada, y hemos vendido nuestro derecho de primogenitura por un plato de hechos.

Cyril.- Algo hay en lo que dices, y no hay duda que, por mucho placer que nos haya causado la lectura de una novela puramente moderna, rara vez encontramos el menor placer artístico en su lectura. Y esta es quizá la prueba más evidente de lo que es literatura y de lo que no es. Si no se encuentra satisfacción alguna al releer un libro una y otra vez, ¿a qué leerlo ninguna?. Pero, ¿qué me dices del tal cacareado retorno a la Vida y a la Naturaleza? Pues tal es la panacea que se nos viene preconizando en todos los tonos.

Vivian.- Te leeré lo que digo sobre el particular. El pasaje es de otro lugar del artículo, pero lo mismo da traerlo ahora a cuento.

<<El grito popular de nuestra época es: ¡Volvamos a la Vida y a la Naturaleza; ambas nos renovarán el Arte e infundirán una sangre roja en nuestros venas; ambas calzarán de celeridad nuestros pies y harán fuerte nuestra mano!. Pero, ¡ay!, nuestros esfuerzos generosos y bien intencionados van por mal camino. La naturaleza va siempre retrasada con respecto a la época. Y, por lo que hace a la Vida, ésta es siempre el disolvente que acaba con el arte, el enemigo que devasta la casa>>.

Cyril.- ¿Qué quieres decir con eso de que la Naturaleza va siempre retrasada con respecto a la época?.

Vivian.- Sí, esto es quizás un tacto críptico. Pues bien, lo que quiero decir es que, se designamos bajo el nombre de Naturaleza el simple instinto natural, en oposición a la cultura consciente, la obra producida bajo aquella influencia será siempre anticuada, vieja y pasada de moda. Una pincelada de Naturaleza puede hacer afín el mundo entero, pero dos pinceladas de Naturaleza destruirán toda la obra de Arte. Si, por otra parte, consideramos la Naturaleza como la colección de fenómenos externos al hombre, los hombres sólo descubrirán en ella lo que a ella lleven. La Naturaleza no tiene nada que decir pos sí misma. Wordsworth fue a los lagos, es cierto, pero nunca fue un poeta lakista. Encontró en las piedras los sermones que había escondido allí antes. Se dedicó a moralizar por el distrito, pero su obra buena se produjo cuando volvió, no a la Naturaleza, sino a la poesía. La poesía le dio Laodamia y los sonetos magníficos, y la gran Oda, tal como nos han sido legados. La Naturaleza, en cambio, le dio Martha Ray y Peter Bell, y la invocación a la azada del Mr. Wilkinson.

Cyryl.- Me parece que ese punto de vista se presta a discursión. Yo, por mi parte, me inclino a creer en the impulse from a vernal wood, aunque claro está que el valor artístico de un tal impulso depende en absoluto del temperamento que lo reciba, así que el retorno a la Naturaleza vendría a significar simplemente el avance hacia una gran personalidad. Supongo que estarás conforme, ¿no? De todos modos, continúa leyendo tu artículo.

Vivian.- (leyendo).- <<El Arte comienza con la decoración abstracta, con la obra puramente imaginativa y placentera que trata de lo irreal e inexistente. Este es el primer estadio. Luego, la Vida queda fascinada por la nueva maravilla y pide que le den acceso al círculo encantado. El Arte toma la vida como parte de su material bruto, la vuelve a crear y la moldea de nuevo en formas inéditas, es absolutamente indiferente a los hechos, inventa, imagina, sueña, y conserva entre sí mismo y la realidad la barrera infranqueable del estilo y del procedimiento decorativo o ideal. La tercera fase llegado cuando la Vida acaba por imponerse, ahuyentando el Arte al desierto. Esta es la verdadera decadencia, y de ella estamos sufriendo en la actualidad.

Irvin D. Yalom (El problema de Spinoza)

-¿Ventajas? ¿Qué me dices de la supervivencia? ¿No ha vivido el hombre siempre en alguna especie de comunidad, aunque sólo sea una familia? ¿Cómo, si no, podríamos sobrevivir? ¿Es que no experimentas ninguna alegría en comunidad? ¿No tienes ninguna sensación de formar parte de un grupo?

Bento empezó a mover la cabeza para decir que no pero rápidamente se contuvo.

-Yo experimenté eso, bastante extrañamente, el día antes de nuestra entrevista anterior. Cuando iba camino de Ámsterdam vi a un grupo de judíos asquenazíes haciendo la ceremonia del Tashlij. Yo estaba en el trekschuit pero me bajé rápidamente, los seguí, y me dieron la bienvenida y una anciana que se llamaba Rifke me ofreció un trozo de pan. Su nombre se me quedó grabado, no sé por qué. Observé la ceremonia, y experimenté una grata calidez, sintiéndome una extraña atracción hacia aquella comunidad. En vez de tirar el pan de Rifke al agua, me lo comí. Despacio. Y sabía extraordinariamente bien. Pero luego, al continuar mi camino, no tardó en esfumarse aquel sentimiento cálido y nostálgico. Toda aquella experiencia fue otro recordatorio de que mi hérem me afectó más de lo que yo había pensado. Pero ahora el dolor de la expulsión ha desaparecido al fin, y no siento ninguna necesidad, absolutamente ninguna, de sumergirme en una comunidad.

-Pero, Bento, explícame: ¿cómo puedes tú, cómo haces, para vivir en una soledad como ésta? No eres por naturaleza una persona fría y distante. Estoy seguro de eso porque siempre que estamos juntos, siento una conexión muy fuerte, por tu parte tanto como por la mía. Sé que hay amor entre nosotros.

-Sí, yo también siento y atesoro nuestro amor muy intensamente.- Bento miró a Franco a los ojos justo un instante y luego apartó la vista-. Soledad... Me preguntas sobre si soledad. Hay veces que sufro con ella. Y lamento tanto no haber podido compartir mis ideas contigo... Cuando intento aclarar mis ideas, suelo tener sueños en los que las discuto contigo.

-Quien sabe, Bento...ésta puede ser nuestra última oportunidad. Por favor, habla de ellas ahora. Al menos, cuéntame algo de las orientaciones principales que has seguido. 

-Sí, quiero hacerlo, pero ¿por dónde empezar? Empezaré con mi propio punto de partida: ¿qué soy yo?, ¿cuál es mi centro, mi esencia?, ¿qué es lo que me hace lo que soy?, ¿qué es lo que hace que yo sea esta persona en vez de otra? Cuando pienso en el ser, hay una verdad básica que parece evidente por sí misma: yo, como todos los seres vivos, me esfuerzo por perseverar en mi propio ser. Yo diría que este conatus, el deseo de continuar siendo para florecer, alimenta todos los esfuerzos de una persona.

-¿Así que empiezas con el individuo solitario en vez de con el polo opuesto de la comunidad, que yo considero superior?

-Pero no concibo al hombre como una criatura solitaria. Es sólo que enfoco de un modo diferente la idea de conexión. Busco la experiencia gozosa que nace no de tanto de la conexión como de la pérdida del distanciamiento.

Franco movió la cabeza, desconcertado.

-No has hecho más que empezar y ya me siento confuso. ¿No son conexión y pérdida del distanciamiento?

-Hay una diferencia sutil pero crucial. Déjame explicar. Como sabes, en la base misma de mi pensamiento está la idea de que sólo a través de la lógica podemos comprender algo de la esencia de la Naturaleza o Dios. Digo <<algo>> porque el ser concreto de Dios es un misterio que queda por encima y más allá del pensamiento. Dios es infinito, y puesto que nosotros somos sólo criaturas finitas, nuestra visión es limitada. ¿Estoy siendo claro?

-Hasta ahora...

-Por tanto -continuó Bento-, para aumentar nuestra comprensión, debemos intentar enfocar este mundo sub specie aeternitatis... en su eternidad. En otras palabras, tenemos que superar los obstáculos a nuestro conocimiento que procede de nuestra vinculación a nuestro propio yo. -Bento hizo una pausa-. Franco, me miras de un mudo muy raro.

-No entiendo nada. Ibas a explicar lo de la pérdida del distanciamiento. ¿Qué pasa con eso?

-Paciencia, Franco. Eso viene después. Primero tengo que proporcionarte la base. Como estaba diciendo, para ver el mundo sub specie aeternitatis debo desprenderme de mi propia identidad (es decir, mi vinculación a mí mismo) y verlo todo desde la perspectiva absoluta, adecuada y veraz. Cuando puedo hacer eso, dejo de experimentar fronteras entre yo mismo y los demás. Una vez sucede esto, irrumpe una gran calma, y ningún acontecimiento que me afecte a mí, ni siquiera mi muerte. Y cuando otros alcancen esa perspectiva, nos haremos amigos, querremos para todos lo que queremos para nosotros mismos, y actuaremos con altura de miras. Esa experiencia, bendita y gozosa, es por tanto consecuencia de una pérdida del distanciamiento más que una conexión. Por tanto, hay una diferencia... la diferencia entre los que se agrupan todos juntos buscando calor y seguridad, y otros que se agrupan en una visión gozosa e ilustrada de la Naturaleza o Dios.

Franco, que aún parecía desconcertado, digo:

-Estoy intentando entender, pero no es fácil porque nunca he tenido esa experiencia. Bento. Perder tu identidad... eso es difícil de imaginar. Me da dolor de cabeza pensarlo. Y parece tan solitario... y tan frío.

-Es solitario y sin embargo, paradójicamente, esa idea puede unir a todos los hombres... es estar simultáneamente aparte de y ser al mismo tiempo una parte de. Yo no sugiero ni prefiero la soledad. De hecho estoy convencido de que si tú y yo pudiésemos encontrarnos para discusiones diarias, nuestros esfuerzos para comprender aumentarían notoriamente. Parece paradójico decir que los hombres son más útiles unos a otros cuando cada uno persigue su propio beneficio. Pero cuando son hombres de razón, es así. El egoísmo ilustrado conduce a la utilidad. Todos tenemos en común nuestra capacidad de razonar, y se instaurará un verdadero paraíso terrenal cuando nuestra entrega al entendimiento de la Naturaleza o Dios sustituya todas las demás afiliaciones, sean religiosas, culturales o nacionales.

José R. Ayllón (Antropología) Paso a paso

Ideología contra biología
Ideología es cualquier cosmovisión que explica la historia humana con pocas y simples claves interpretativas. Supuestamente, esas claves permitirán el diagnóstico correcto de todos los problemas y su consiguiente solución. Toda ideología, junto al reduccionismo intelectual asociado a una fe ciega en su interpretación, suele imponer una agenda política de transformación de la sociedad.

En el caso de la familia, la llamada <<ideología de género>> es una estrategia marxista que pretende acabar con los problemas matrimoniales disolviendo el matrimonio. El voluntarismo marxista siempre ha sido partidario de cortar por lo sano. En su día, enfrentado a los abusos de la propiedad privada, la suprimió donde pudo. Hoy decreta que la condición sexual del varón y la mujer debe interpretarse desde la libertad -no desde la biología-, de manera que cada cual pueda hacer con su cuerpo lo que quiera: my body is my art.

En esa línea, desde finales del siglo XX, los partidarios de la ideología de género llaman también matrimonio a la unión de dos varones o dos mujeres. En las legislaciones que ya han aprobado dichas uniones, en nuevo criterio para otorgar la calificación de matrimonio es el sentimiento: <<nos queremos>>. Se trata de un cambio tan revolucionario como problemático, pues todo contrato se apoya en un compromiso voluntario, y en este caso, por primera vez en la Historia, un sentimiento sustituye a la voluntad como objeto de regulación jurídica.

¿Por qué razón no debe regularse jurídicamente un sentimiento? Porque solo la voluntad es capaz de un compromiso libre, esforzado y sacrificado. El sentimiento, al ser naturalmente voluble y caprichoso, no obliga a nada.

La ideología de género también se enfrenta a otra evidencia irrefutable, pues las uniones que pretende legalizar podrían engendrar hijos si pudieran fecundar, pero es la biología la que les niega esa posibilidad.

La pretensión de esta ideología es, hoy por hoy, el último cartucho del marxismo, disparado por el lobby rosa. Quiere hacernos creer que el matrimonio ha sido pura convención social, regulada por el Derecho para dar una barniz de honorabilidad a las relaciones sexuales estables entre adultos de distinto sexo. Pero la verdad histórica nos dice algo muy diferente: que en todo tiempo y lugar se ha protegido esa unión por estar directamente asociada a la transmisión natural de la vida y a la supervivencia de la especie.

Se argumenta con supuestos derechos y apelaciones sentimentales, pero la misma biología elemental nos dice que la introducción artificial -por reproducción asistida o adopción- de un niño en la casa de dos personas del mismo sexo, no convierte a dichas personas en matrimonio ni a los tres en familia. Porque dos hombres pueden ser dos buenos padres, pero nunca serán una madre, ni buena ni mala; y dos mujeres pueden ser dos buenas madres, pero nunca serán un padre, ni bueno ni malo. La psicóloga Alejandra Vallejo-Nájera resume su postura en estas palabras: <<Me gusta, siempre me ha gustado, tener un padre y una madre. Cualquier otra combinación de progenitores me parece incompleta e imperfecta>>.

Las tres etapas del feminismo
¿Qué camino ha recorrido el feminismo hasta llegar a la ideología de género? La pretensión del primer feminismo -por los tiempos de la Revolución Francesa- fue legítima y positiva: la equiparación de derechos entre el varón  la mujer. Pero a los derechos siguieron las funciones, y el feminismo comenzó a exigir la eliminación del tradicional reparto de papeles, juzgado como arbitrario. Así, en segundo feminismo rechazó la maternidad, el matrimonio y la familia, como si fueran formas de esclavitud del varón sobre la mujer.

En el origen de esta nueva pretensión encontramos las ideas de Simone de Beauvoir, publicadas en 1949 en su revolucionario ensayo El segundo sexo. Beauvoir previene contra <<la trampa de la maternidad>>, anima a la mujer a liberarse de las <<ataduras de su naturaleza>>, y recomienda el traspaso de la educación de los hijos a la sociedad, las relaciones lesbianas y la práctica del aborto. Estas ideas triunfaron en el París del 68 y se extendieron por los campus europeos y norteamericanos. 

Hoy, en un tercer paso, los promotores del feminismo radical de género, luchan por el triunfo de nuevos modelos de familia, educación y relaciones, donde lo masculino y lo feminismo esté abierto a todas las opciones posibles. Como botón de muestra, en la España de la primera década del siglo XXI, la presentación en el BOE de la signatura <<Educación para la Ciudadanía>> no hablaba en ningún caso de la verdad, el bien o la conciencia; en contadas ocasiones se refería a la familia y a los padres. En cambio, medio centenar de veces reivindicaba la libertad de todo niño y adolescente para elegir su orientación efectivo-sexual.

Más que un tema jurídico o religioso, más que una cuestión de tolerancia o libertad, más que un asunto tradicional o progresista, de derechas o izquierdas, conviene repetir que se trata de un choque frontal contra la realidad de las cosas. Pasar por alto el peso de la biología y afirmar que la sexualidad masculina y femenina es opcional, no determinada por la condición biológica del varón y la mujer, es pretender la cuadratura del círculo.

La ideología de género, al proponer una libertad corporal absoluta, provoca serios conflictos legales, morales y psicológicos, de los que no se libran los posibles niños adoptados. En 2010, López Ibor, Presidente de la Asociación Mundial de Psiquiatría, señalaba que <<un niño paternizado por una pareja homosexual entrará necesariamente en conflicto con otros niños, se conformará psicológicamente como un niño en lucha constante con su entorno y con los demás, incubará frustración y agresividad>>.

Zygmunt Bauman (Vidas desperdiciadas) La modernidad y sus parias

El <<Estado social>>, esa culminación de la larga historia de la democracia europea y, hasta fechas recientes, su forma dominante, se bate hoy en retirada. El Estado social basaba su legitimidad y sus demandas de lealtad y obediencia de sus ciudadanos en la promesa de defenderlos y asegurarlos contra la superfluidad, la exclusión y el rechazo, así como contra las azorosas embestidas del destino, contra la reducción de los individuos a la condición de <<residuos humanos>>; en virtud de sus insuficiencias o sus infortunios; en resumidas cuentas, en la promesa de introducir certidumbre y seguridad en vidas en las que, de otro modo, imperarían el caos y la contingencia. Si los individuos desafortunados tropezaban y caían, habría alguien dispuesto a tenderles la mano y a ayudarles a ponerse otra vez de pie.

Las erráticas condiciones de empleo, zarandeadas por la competencia del mercado, eran entonces, y siguen siendo, la principal fuente de la incertidumbre acerca del futuro y de la inseguridad relativa a la posición social y a la autoestima que rondaba a los ciudadanos. El Estado social se comprometía a proteger a sus súbditos principalmente contra esa incertidumbre, creando empleos más estables y haciendo más seguro el futuro. No obstante, por las razones ya comentadas, ya no es éste el caso. El Estado contemporáneo ya no es capaz de prometer el Estado social, y sus políticos ya no repiten la promesa. Antes bien, sus políticas auguran una vida todavía más precaria y plagada de riesgos, que requiere muchos ejercicios sobre la cuerda floja, al tiempo que torna casi imposibles los proyectos vitales. Apelan a los electores para que sean <<más flexibles>> (o sea, para que se preparen para las cotas aún mayores de inseguridad que están por llegar) y para que busquen individualmente sus propias soluciones personales a los problemas socialmente producidos.

Un imperativo de suma urgencia, al que se enfrenta todo gobierno que preside el desmantelamiento y la desaparición del estado social es, por tanto, la tarea de hallar o de construir una nueva <<fórmula de legitimación>> en la que puedan apoyarse, en su lugar, la autoafirmación de la autoridad estatal y la demanda de disciplina. Los gobiernos estatales no pueden prometer, de forma verosímil, evitar la apurada situación de verse derribado como una <<víctima colateral>> del progreso económico, ahora en manos de flotantes fuerzas económicas globales. Sin embargo, una alternativa oportuna parece encontrarse en la intensificación de los temores ante la amenaza a la seguridad personal, que representan los conspiradores terroristas igualmente flotantes, seguida luego de la promesa de más guardias de seguridad, de una red más tupida de máquinas de rayos X y circuitos cerrados de televisión de mayor alcance, controles más frecuentes y más ataques preventivos y arrestos cautelares con el fin de proteger dicha seguridad.

En contraste con esa inseguridad demasiado tangible y experimentada a diario que general los mercados, los cuales no necesitan ninguna ayuda de las autoridades políticas saldo que les dejen en paz, la mentalidad de <<fortaleza sitiada>> y de cuerpos individuales y posesiones privadas bajo amenaza ha de cultivarse de manera activa. Las amenazan deben pintarse del más siniestro de los colores, de suerte que sea la no materialización de las amenazas, más que el advenimiento del apocalipsis presagiado, la que se presente ante el atemorizado público como un evento extraordinario y, ante todo, como el resultado de las artes, la vigilancia, la preocupación y la buena voluntad excepcionales de los órganos estatales. Y así se hace, y con resultados espectaculares. Casi a diario, y al menos una vez por semana, la CIA y el FBI advierten a los estadounidenses de inminentes atentados contra la seguridad, arrojándolos a una estado de permanente alerta de seguridad y manteniéndolos en dicho estado, poniendo firmemente la seguridad individual en el centro de las tensiones más variadas y difusas, mientras el presidente estadounidense no deja de recordar a sus electores, que <<bastaría un frasco, una lata, un cajón introducido en este país para traer un día de horror como jamás hemos conocido>>. Otros gobiernos que supervisan el entierro del Estado social imitan esa estrategia con avidez, si bien es cierto que con algo menos de fervor hasta la fecha (menos por falta de fondos, más que de voluntad). La nueva exigencia popular de un fuerte poder estatal, capaz de resucitar las marchitas esperanzas de protección contra un confinamiento en la basura, se construye sobre la base de la vulnerabilidad y la seguridad personales, en lugar de la precariedad y la protección sociales.

Como en tantos otros casos, así también en el desarrollo de esa nueva fórmula de legitimación Estados Unidos desempeña un papel pionero, creador de modelos. Causa poca sorpresa el hecho de que más de un gobierno que se enfrenta a la misma tarea mire hacia Estados Unidos con expectación y encuentre en sus políticas un ejemplo que puede ser útil seguir. Por debajo de las ostensibles y abiertamente aireadas diferencias de opinión sobre los modos de proceder, parece darse una <<unión de pareceres>> entre los gobiernos, en absoluto reducible a la coincidencia momentánea de intereses pasajeros; un acuerdo tácito y no escrito sobre una política de legitimación común por parte de quienes ostentan el poder estatal. Una muestra de que tal puede ser el caso la hallamos en el celo con que el Primer Ministro británico, observado con creciente interés por otros primer ministros europeos, acepta e importa todas las innovaciones norteamericanas relacionadas con la producción de en <<estado de emergencia>>, tales como encerrar a los <<extraños>> (eufemísticamente llamados <<solicitantes de asilo>> en campamentos, otorgar a las <<consideraciones relativas a la seguridad a una prioridad incuestionada>> sobre los derechos humanos, cancelar o suspender más de un derecho humano vigente desde los tiempos de la Carta Magna y del hábeas corpus, una política de <<tolerancia cero>> hacia presuntos <<criminales en ciernes>>, y advertencias sistemáticamente reiteradas de que algunos terroristas golpearán con toda seguridad en algún lugar y en algún momento. Todos nosotros somos candidatos potenciales para el papel de <<víctimas colaterales>>, en una guerra que no hemos declarado y para la cual no hemos dado nuestro consentimiento. Al compararla con semejante amenaza, que nos insiste machaconamente es que es mucho más inmediata y dramática, se confía en que los miedos ortodoxos de la superfluidad social quedarán empequeñecidos e incluso adormecidos.

Stefan Zweig (El mundo de ayer) Memorias de un europeo

Esa aversión a todo lo difuso y pesado tenía que transferirse necesariamente de la lectura de obras ajenas a la escritura de las propias e hizo que me acostumbrara a una vigilancia especial.  En realidad escribir me resulta fácil y lo hago con fluidez; en la primera redacción de un libro dejo correr la pluma a su aire y fantaseo con todo lo que me dicta el corazón. Asimismo, cuando empiezo una ora biográfica, utilizo todos los detalles documentales que tengo a mi disposición; para una biografía de María Antonieta examiné realmente todas y cada una e las cuentas para comprobar sus gastos personales, estudié todos los periódicos y panfletos de la época y repasé todas las actas del proceso hasta la última línea. Pero en el libro impreso y publicado no se encuentra ni una sola línea de todo ello, porque, en cuanto termino de poner en limpio el primer borrador de un libro, empieza para mí el trabajo propiamente dicho, que consiste en condensar y componer, un trabajo del que nunca quedo suficientemente satisfecho de una versión a la otra. Es un continuo deshacerme del lastre, un comprimir y aclarar constante de la arquitectura interior; mientras que, en su mayoría, los demás no saben decidirse a guardarse algo que saben y, por una especie de pasión amorosa por cada línea lograda, pretenden mostrarse más prolijos y profundos de lo que son en realidad, mi ambición es la de saber siempre más de lo que se manifiesta hacia fuera.

Este proceso de condensación y a la vez de dramatización se repite luego una, dos tres veces en las galeradas; finalmente se convierte en una especie de juego de cacería: descubrir una frase, incluso una palabra, cuya ausencia no disminuiría la precisión y a la vez aumentaría el ritmo. Entre mis quehaceres literarios, el de suprimir es en realidad e más divertido. Recuerdo una ocasión en la que me levanté del escritorio especialmente satisfecho del trabajo y mi mujer me dijo que tenía aspecto de haber llevado a cabo algo extraordinario. Y yo le contesté con orgullo:

-Sí, he logrado borrar otro párrafo y así hacer más rápida la transición.

De modo, pues, que si a veces alaban el ritmo arrebatador de mis libros, tengo que confesar que tal cualidad no nace de una fogosidad natural ni de una excitación interior, sino que sólo es fruto de este método sistemático mío que consiste en excluir en todo momento pausas superfluas y ruidos parásitos, y si algún arte conozco es el de saber renunciar, pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia.
Si algo he aprendido hasta cierto punto de mis libros ha sido la severa disciplina de saber limitarme preferentemente a las formas más concisas, pero conservando siempre lo esencial, y me hizo muy feliz -a mí que desde el principio he tenido siempre una visión de las cosas europea, supranacional- que se dirigieran a mí también editores extranjeros: franceses, búlgaros, armenios, portugueses, argentinos, noruegos, letones, fineses y chinos. Pronto tuve que comprar un gran armario de pared para guardar los diferentes ejemplares de las traducciones, y un día leí en la estadística de la Coopération Intellectuelle de la Liga de las Naciones de Ginebra que en aquel momento yo era el autor más traducido del mundo (una vez más, y dada mi manera des ser, lo consideré una información incorrecta). En otra ocasión recibí una carta de mi editor ruso en la que me decía que deseaba publicar una edición completa de mis obras en ruso y me preguntaba si estaba de acuerdo con que Maxim Gorki escribiera el prólogo. ¿Que si estaba de acuerdo? De muchacho había leído las obras de Gorki bajo el banco de la escuela, lo amaba y admiraba desde hacía años. Pero no me imaginaba que él hubiera oído mi nombre y menos aún que hubiera leído nada mío, por no hablar de que a un maestro como él le pudiera parecer importante escribir un prólogo a mi obra. Y otro día se presentó en mi cada de Salzburgo un editor americano con una recomendación (como si la necesitara) y la propuesta de hacerse cargo del conjunto de mi obra para ir publicándola sucesivamente. Era Menjamin Huebsch, de la Viking Press, quien a partir de entonces ha sido para mí un amigo y un consejero de lo más fiable y que, cuando todo lo demás fue hollado y aplastado por las botas de Hitler, me conservó una última patria en la palabra, ya que yo había perdido la patria propiamente dicha, la vieja patria alemana, europea.

Semejante éxito público se prestaba peligrosamente a desconcertar al alguien que antes había creído más en sus buenos propósitos que en sus capacidades en la eficacia de sus trabajos. Mirándolo bien, toda forma de publicidad significa un estorbo en el equilibrio natural del hombre. En una situación normal el nombre de una persona no es sino la capa que envuelve un cigarro: una placa de identidad, un objeto externo, casi insignificante, pegado al sujeto real, el auténtico, con no demasiada fuerza. En caso de éxito, ese nombre, por decirlo así, se hincha. Se despega de la persona que lo lleva y se convierte en una fuerza, un poder, algo independiente, una mercancía, un capital, y, por otro lado, de rebote, es una fuerza interior que empieza a influir, dominar y transformar a la persona. Las naturalezas felices, arrogantes, suelen indentificarse inconscientemente con el efecto que producen en los demás. Un título, un cargo, una condecoración y, sobre todo, la publicidad de su nombre pueden originar en ellos una mayor seguridad, un amor propio más acentuado y llevarlos al convencimiento de que les corresponde un puesto especial e importante en la sociedad, en el Estado y en la época, y se hinchan para alcanzar con su persona el volumen que les correspondería de acuerdo con el eco que tienen externamente. Pero el que desconfía de sí mismo por naturaleza considera el éxito externo como una obligación de mantenerse lo más inalterado posible en tal difícil posición.

No quiero decir con ello que mi éxito no me alegrara. Todo lo contrario, me hacía muy feliz, pero sólo en la medida en que se limitaba al producto desgajado de mí, a mis libros y a la sombra de ni nombre, que estaba asociada a ellos. Era conmovedor ver casualmente a un pequeño bachiller entrar en una librería alemana y, sin reconocerme, pedir los Momentos estelares y pagar el libro con sus escasos ahorros. Podía alimentar mi vanidad el que, en un coche cama, el revisor me devolviera respetuosamente el pasaporte después de haber visto en él el nombre o el que un aduanero italiano renunciara generosamente a registrar mi equipaje, agradecido por algún libro que había leído.

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