Matthew Fforde (Desocialización) La crisis de la posmodernidad

LOS PUNTOS DE LA SOCIEDAD DE MASAS

En el guión de la película El tercer hombre de Graham Greene (1904-1991) insertó este párrafo, que Orson Welles (1915-1985) pronunciaba desde lo alto de la gran noria del Prater de Viena:

<<¡Mira ahí abajo! ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejaran de moverse? ¿Si te ofrecieran veinte mil dólares por cada puntito que se parara me dirías que me guardara mi dinero o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar? Y libre de impuestos, amigo, libre de impuestos>>.

La observación estaba bien formulada. La distancia de la gente y la reducción de las personas a la condición de objetos producen indiferencia. El anonimato puede generar desinterés, alejamiento, desafección. Tal actitud se revela a menudo cono la antecámara de la inhumanidad: <<Si quieres comprender cómo funciona la mente del Führer -observaba un componente del círculo más cercano a Hitler -debes mirar al género humano como a una multitud de hormigas>>. En el mundo industrializado, los últimos dos siglos han visto materializarse un contexto caracterizado por una tendencia natural a la impersonalidad y a la objetivación del prójimo. El rasgo distintivo de la sociedad de masas es estar rodeado de extraños; es, pues, comprensible que en la época contemporánea se hayan repetido las alarmas sobre la desocialización, pero también sobre las consecuencias deshumanas de la sociedad de masas. <<La multitud es la mentira>>, afirmaba Kierkegaard (1813-1855) hace más de cien años. El temor aumentó después de la intensificación del fenómeno hacia finales del siglo XIX. Así Gustave Le Bon (1842-1931) publicó Psicología de las masas, y en 1930 José Ortega y Gasset (1883-1955) dio a la imprenta La rebelión de las masas. La preocupación desatada por el impacto de la sociedad de masas ha demostrado ser desde entonces un tema recurrente en el mundo occidental. Precisamente en Gran Bretaña T.S. Eliot evocó el escalofriante anonimato de la masificación en su poema significativamente titulado La tierra baldía (1922):

<<Ciudad irreal,
bajo la niebla parda de un amanecer de invierno,
una multitud fluía por el Puente de Londres, tantos,
no creí que la muerte hubiera deshecho a tantos.
Se exhalaban suspiros, breves y pocos frecuentes,
y cada cual llevaba los ojos fijos ante los pies>>.

Charlie Chaplin (1889-1977) lanzó en el cine su grito de alarma en Tiempos modernos (1936), mientras Aldous Huxley (1894-1963) y George Orwell escribieron novelas sobre terroríficos regímenes totalitarios que dominaban sobre una sociedad de masas manipuladas por ellos.

Hasta aquí este volumen ha tratado de la crisis de la sociedad británica haciendo referencia al impacto de las falsas antropologías posmodernas, a los estragos del relativismo y al retroceso de la cultura cristiana. En este punto es necesario fijar la atención en otra dimensión decisiva de nuestra historia contemporánea, aunque, en verdad, sociedad de masas y matriz materialista serán examinados en estrecha relación. Lo que la masa implica no es necesariamente negativo. Como la época de la Ilustración, la sociedad de masas posee algunas características positivas: el mundo del consumo, de la democracia, del transporte y del ocio, por ejemplo, ofrecen una gran cantidad. Pero la sociedad de masas tiene también una tendencia natural hacia la despersonalización y el anonimato. Genera un contexto que está en tensión con la exigencia biológica del hombre de vivir en ambientes sociales accesibles y familiares a él (la conocida <<necesidad de pertenencia>> tan presente en el debate moderno). En efecto, se une a la matriz materialista a la hora de promover la objetivación de nuestros semejantes, y además crea condiciones que favorecen la aceptación de esta matriz y de las perspectivas y estilos de vida alentados por ella. Pero al mismo tiempo, la matriz materialista ha dado impulso y forma al desarrollo de la sociedad de masas, infiltrándose en muchas de sus características. No es de extrañar que a veces ambos se encuentren detrás de los mismos fenómenos específicos. A decir verdad, los dos no pueden ser analizados separadamente. Han interactuado y operado conjuntamente para provocar nuestro colapso cultural, siguen reforzándose el uno al otro y parecen bien encaminados a proseguir su acción destructiva. Hoy estamos cada vez más frente a un contexto anónimo de masas vaciado por la matriz materialista de gran parte de su contenido cultural tradicional y de aquellos factores que actúan para unir a los individuos en una sociedad auténtica. Este capítulo analiza las características de la sociedad de masas; el siguiente tendrá por objeto su relación simbiótica con las falsas antropologías de la posmodernidad. Hagamos, primeramente, algunas consideraciones sobre la naturaleza biológica del hombre. Es posible que los osos polares amen la vida solitaria, los seres humanos tienen sin embargo tendencias totalmente distintas.

Jean-Baptiste Malet (En los dominios de Amazon) Relato de un infiltrado

- Señor ministro, ¿es posible felicitarse de que haya tantos empleos precarios en Amazon, especialmente temporeros?
- Mire, hay empleos estacionales, como en cualquier actividad. Los vendimiadores son empleos de temporada. También en la industria hay empleados de temporada.

Arnaud Montebourg
Ministro de Reactivación productiva (videoentrevista)
<<Implantation d´Amazon à Charlon>>
Le Journal de Saône-et-Loire, 25 de junio 2012


Una noche, antes de empezar a trabajar y mientras discutíamos de la cantidad de libros en stock, Mounier me comenta: <<Ayer fui a buscar el libro de un tipo conocido...>>. Le pregunto para saber algo más sobre este autor misterioso. <<Bueno, sí, ya sabes, ese que ha escrito Los miserables...¿Victor Hugo? ¡Claro, Victor Hugo! Es un tipo conocido, ¿verdad?>>.
Aunque en estos hangares se encuentran cientos de miles de obras, y cada día y cada noche se expenden cantidades enormes de libros, no hay nadie parecido a un libreto en el corazón de esta infraestructura logística.

El Sindicato de la Librería Francesa considera que, en términos proporcionales, la librería representa una actividad que genera dos veces más empleos que las grandes superficies culturales, tres veces más que la gran distribución y, según las cifras de la Federación de comercio digital y de la venta a distancia, dieciocho veces más que el sector de la venta electrónica de la que Amazon es su florón. En otros términos, hacen falta dieciocho veces menos empleados en un almacén logístico de Amazon que en una librería independiente, aquella situada en el centro de la ciudad y que se suele visitar con frecuencia, para vender el mismo volumen de libros.

Generalmente se asocia al economista Joseph Schumpeter la definición de un fenómeno económico que tiene como consecuencia la desaparición de sectores de la actividad al mismo tiempo que se crean nuevas actividades económicas. Los economistas liberales la llaman la destrucción creadora. <<La cuestión esencial a tener en cuenta>>, dice Schumpeter, <<consiste en que cuando nos referimos al capitalismo estamos hablando de un proceso evolutivo. Puede parecer singular que algunos desconozcan una verdad tan evidente y por otra parte aclarada desde hace tanto tiempo por Karl Marx (...) El capitalismo, repitámoslo, constituye por su naturaleza un tipo o un método de tansformación económica, y no sólo no es estacionario sino que jamás podrá serlo>>.

Para Schumpeter, el proceso de <<destrucción creadora>> constituye el hecho fundamental del capitalismo. El fundador y actual PDG de Amazon ha abrazado la concepción ultraliberal de la economía mundializada y la utiliza en la estrategia de su empresa. Jeff Bezos reivindica para sí mismo el liberalismo, una ideología anarcocapitalista, que combate sin descanso todas las doctrinas económicas que están a favor de la intervención del Estado en la economía, o más aún, su regulación. Este multimillonario, por otra parte, es un importante donante del think tank libertario Reason Foundation. 

Desde un punto de vista estrictamente económico, el libro es una mercancía como cualquier otra. Desde el momento en que la aparición de la Web 2.0 ha permitido renovar todas las técnicas de venta, es posible hundir un mercado en beneficio de otro. Por eso, en el futuro los inversores y los dirigentes empresariales no dudarán en seguir a la caza del mercado de la librería tradicional si esto puede reportarles beneficios. El principio de la <<destrucción creadora>> está en marcha para la conquista permanente de nuevos mercados por parte de Amazon, igual que de los otros gigantes, Apple o Google. En en pasado, todo esto permitió el éxito de la bombilla eléctrica en detrimento de las velas; hoy, la <<destrucción creadora>> aplicada en el desarrollo de Amazon sólo supone una facilidad añadida para el lector: la entrega a domicilio. El precio del libro, fijado únicamente por su editor y sea quien sea su vendedor, sigue siendo, por tanto, <<único>> en Francia.

Los inicios de la firma ya quedas lejos. Ha conquistado el mercado norteamericano del libro electrónico al lanzar su lector, Kindle, con todas sus variadas declinaciones que lo convierten en una tableta multimedia... La ofensiva sobre el mercado europeo comenzó en 2011. En Amazon se dice que la desmaterialización del libro en papel servirá a sus intereses y el mercado francés no podrá quedar fuera de esta tendencia.

Cuando el lector compra sus libros en Amazon, elige, consciente o inconscientemente, ignorar el precioso papel que desempeña la librería como lugar de convivencia, de participación, de descubrimiento, de mestizaje  de encuentro. Pero también los empleos de los libreros cualificados que genera esta actividad comercial de proximidad. 

<<Ustedes saben que no dedicamos mucho tiempo a pensar en nuestros competidores>>, declara Jeff Bezos.>>. <<En Amazon estamos obsesionados por nuestros clientes... no por nuestros competidores. Somos ante todo exploradores, pioneros. Se ensayan cosas nuevas; se inventa. Se contrata a la gente que tiene este estado de espíritu y, francamente, no se plantea la cuestión de lo que ocurre a los demás>>

En cuanto al libro en sí mismo, la <<mercancía>> sobre la que Amazon ha conseguido construir su imperio, Jeff Bezos no duda en describirla como un objeto obsoleto al afirmar que <<el libro en papel es una vieja tecnología, que tiene muchos inconvenientes a los que nos hemos habituado (...). Si ahora se me obligara a leer un libro en papel, me daría cuenta de que no puedo cambiar el tamaño de los caracteres, que no lo puedo llevar siempre conmigo, que es pesado, que no guarda automáticamente en su memoria la última página que he leído>>

Nadie puede decir cuál será el futuro económico del mercado del libro en las próximas décadas, pero el objetivo declarado de Amazon es el de operar su transformación total, convirtiéndolo en un negocio de descargas de ficheros digitales, y así quedarse con la parte del león. Con el fin, por supuesto, de maximizar sus beneficios.

En el centro de esta gran batalla comercial y cultural entre Amazon y los puntos de venta física, el Estado francés no es un simple espectador. En Francia, a pesar del comportamiento fiscal de Amazon y del entusiasmo libertario contagiado por Jeff Bezos a su empresa, el actual gobierno socialista y varias comunidades locales o municipales, tanto de izquierdas como de derechas, han decidido subvencionar <<la creación de empleo>> que representa la apertura de un almacén de logística de esta multinacional, cuya cotización está en alza en Wall Street. ¿Cuántos de estos empleos se van a destruir en los puntos de venta física y, como consecuencia, en el conjunto de los oficios del libro? Nadie se atreve a avanzar una cifra.

Aunque todavía sea pronto para decirlo, es importante subrayar que en Francia la cifra de negocios de Amazon registra un 40% de crecimiento anual, y que los inversores ponen toda su confianza en Amazon para que continúe su trabajo de destrucción creadora.

Denis Diderot (Tratado de la barbarie de los pueblos civilizados)

El arte de mantener la autoridad es un arte delicado que requiere más circunspección de la que pueda parecer. Quienes gobiernan están demasiado acostumbrados, tal vez, a desdeñar a los hombres. Los consideran esclavos doblegados por la naturaleza, cuando en realidad solo es cosa de la costumbre. Si los obligáis a cargar con un nuevo peso, cuidad que no se yergan con furor. No olvidéis que la palanca del poder no tiene otro apoyo que la opinión, que la fuerza de los que gobiernan radica en la fuerza de los que se dejan gobernar. No aconsejéis que los pueblos distraídos por el trabajo, o adormecidos por sus cadenas, alcen los ojos hacia verdades demasiado temibles para vosotros; y, cuando obedezcan, no les recordéis que tienen derecho a exigir. Una vez que se despierten, una vez que adviertan que no están hechos para sus dirigentes, sino que sus dirigentes están hechos para ellos, una vez que se acerquen, se escuchen y pronuncien fe forma unánime: <<No queremos esta ley; este uso nos disgusta>>, entonces ya no habrá nada que hacer, será inevitable ceder o castigarlos, ser débiles o tiranos, y vuestra autoridad, que a partir de entonces será detestada o despreciada, tome la opción que tome, ya solo podrá esperar de los pueblos la insolencia manifiesta o el odio soterrado.

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Hombres, sois todos hermanos. ¿Cuánto tardaréis en reconoceros como tales? ¿Cuánto  tardaréis en reconocer que la naturaleza, vuestra madre común, alimenta por igual a todos sus hijos? ¿Qué necesidad tenéis de despedazaros los unos a los otros, y de que los senos de vuestra nodriza se tiñan de vuestra sangre? Lo que os indignaría en los animales, vosotros lo hacéis casi desde que existís. ¿Acaso teméis volveros demasiado numerosos? Dejad que las enfermedades pestilentes, los vicios, los prejuicios, la debilidad de los órganos y la brevedad de la vida os exterminen. La sabiduría del ser a quien debéis la existencia ha prescrito a vuestra población y a la de todas las especies vivientes unos límites que jamás podrán ser superados. ¿Es que entre vuestras necesidades, que renacen sin cesar, no figuran bastantes enemigos, sin necesidad de conjuraros con ellos? El hombre alardea de su primacía respecto a los demás seres de la naturaleza, pero, con una ferocidad que ni siquiera se encuentra entre los tigres, el hombre constituye la mayor calamidad para el hombre. Si se satisficiera su anhelo más secreto, al cabo de poco no quedaría ninguno en toda la superficie del globo. 

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El nacimiento del gobierno responde a la necesidad de prevenir y de reprimir las ofensas que los hombres asociados temían los unos de los otros. En como un centinela que vela para evitar que nada perturbe los trabajos comunes.

La sociedad nació de las necesidades de los hombres; el gobierno nació de sus vicios. La sociedad siempre tiende al bien; el gobierno, por su parte, siempre debe tender a reprimir el mal. La sociedad es la primera, en su origen es independiente y libre; el gobierno fue instituido por ella y no es sino su instrumento. A la primera le corresponde mandar y a la segunda, servirla. La sociedad creó la fuerza pública; el gobierno la recibió de ella y debe consagrarla por completo a su cuidado. En fin, la sociedad, es esencia, buena; el gobierno, como se sabe, puede ser, suele ser, malo.

Se ha dicho que, al nacer, todos somos iguales, pero no es verdad. Se ha dicho que todos tenemos los mismos derechos, pero ignoro en qué consisten los derechos siendo tal la desigualdad de talento o de fuerza y no habiendo ninguna garantía de sanción. Se ha dicho que la naturaleza nos ofrece a todos la misma morada y los mismos recursos, pero no es verdad. Se ha dicho que todos estamos provistos, indistintamente, de los mismos medios de defensa, pero no es verdad, y no sé qué sentido puede ser verdad que todos gozamos de las mismas cualidades de espíritu y de cuerpo.

Entre los hombres existe una desigualdad original que nada puede remediar. Debe durar eternamente, y lo máximo que se puede obtener de una buena legislación no es que suprima la desigualdad, sino que que impida los abusos.

Pero al maltratar a sus hijos como si fuera una madrastra, al crear niños débiles y niños fuertes, ¿acaso la naturaleza no ha plantado el germen de la tiranía? No creo que se pueda negar, especialmente si nos remontamos a un tiempo anterior a cualquier legislación, en que el hombre era tan apasionado y alocado como una bestia.

¿Qué se propusieron los fundadores de las naciones y los legisladores? Evitar los desastres del germen ya desarrollado de la tiranía a través de una especie de igualdad artificial, que sometía a todos los miembros de una sociedad, sin excepción, a una sola autoridad imparcial, como una espada que se cierne indistintamente sobre todas las cabezas. No obstante, la espada era ideal; era preciso que una mano, un ser físico, la sostuviera.

¿Que resultó de todo ello? La historia del hombre civilizado no es sino la historia de su miseria. Todas las páginas están manchadas de sangre, algunas de sangre de los opresores y otras de los oprimidos.

Desde este punto de vista, el hombre se revela más malvado y más desdichado que el animal. Las diferentes especies de animales sobreviven a expensas de las otras, pero las sociedades humanas no han dejado de atacarse entre sí. En una misma sociedad no hay ni una sola condición que no devore y que no sea devorada, sean cuales sean las formas de gobierno o de igualdad artificial que se han opuesto a la desigualdad primitiva o natural.

Carlos García Gual - Emilio LLedó - Pierre Hadot (Filosofía para la felicidad - Epicuro)


EMILIO LLEDÓ
Esto plante una cuestión de gran actualidad y, sin duda, condicionará, en parte, el desarrollo del pensamiento contemporáneo. La presión que ejerce ese inmenso imperio de información que nos asfixia y condiciona, acaba por marcar las direcciones de nuestra ideología, y crear, en nuestra capacidad de entender, grumos ideológicos en los que se atasca lo que vemos del mundo y lo que somos capaces de entender.

Ese atasco mental provoca violencia e injusticias desde la fanática ceguera de quienes no han sabido o podido liberarse de la presión de una educación <<condicionada>>. <<El fruto más importante de la autarquía es la libertad>>. Una libertad que es, por supuesto, la libertad de poder pensar. El ya tradicional tema de la libertad de pensamiento es, hoy, una de las cuestiones capitales de la sociedad y una de las frases hechas que habría que deshacer. Porque esa deseable libertad de pensamiento no tiene nada que ver con que podamos decir lo que pensamos, sino con que podamos pensar lo que decimos. Para ello es necesario que nuestra mente no esté corrompida por las informaciones recibidas a través de una formación sectaria, padecida en tantas escuelas, cuya misión no es formar seres humanos libres, sino secretarios de una ideología, fanáticos de una religión.

CARLOS GARCÍA GUAL
Para explicarnos mejor algunos de los rasgos de la filosofía de Epicuro conviene, desde un principio, tener en cuenta algunos datos de su vida. Época, patria y condición social, si no determinan, condicionan al menos las preguntas y respuestas del horizonte intelectual. Algunas historias de la filosofía suelen fingir un proceso absoluto y utópico de las ideas, en el que unas unas teorías filosóficas polemizan con otras sobre un fondo abstracto, con escasas referencias a las circunstancias históricas de la vida de los filósofos, convertida en anécdota marginal a su pensar. Aunque pensamos que en plano general teórico probablemente nadie defiende hoy esta falsa autonomía del pensamiento frente a la vida personal, sin embargo, nunca está de más prevenirnos contra el riesgo de un teorizar ahistórico de un modo concreto. En nuestro caso parece imprescindible la evocación del marco histórico del mundo helenístico en que a Epicuro, el último gran filósofo ateniense, le tocó vivir.

Nació en Samos en el 341 a.C. y pasó en esta isla su niñez y adolescencia. Su padre, Neoclés, ciudadano ateniense, se había establecido allí como colono, y se ganaba la vida como maestro de escuela. Era entonces ésta una profesión connotada por un bajo nivel social y una cierta ramplonería de oficio. Aludiendo a esta condición del padre insultará a Epicuro el satírico Timón, llamándole <<el hijo del maestro de escuela>>: <<el último de los físicos y el más desvergonzado, el hijo del maestro de escuela, que vino de Samos, el más ineducado de los animales>>. Las condiciones de su posición familiar no eran las más favorables para una niñez despreocupada. La familia compuesta de los padres y cuatro hermanos, parece haber estado muy unida; y las relaciones cordiales de Epicuro con su madre (como muestra la carta dirigida a ella, testimoniada por Diógenes de Enoanda) y con sus hermanos (que le acompañarán en sus viajes y convivirán con él en el Jardín) son ejemplarmente auténticas.

PIERRE HADOT
Epicuro fue presentado a sus discípulos como un dios entre los hombres, venido a manera de salvador de la humanidad, convirtiéndose a su vez cada epicúreo en misionero, como ese Diógenes que en el siglo III a.C. en su ciudad natal de Oinoanda, en Licia (sudoeste de Turquía), hizo grabar una gigantesca inscripción destinada a dar a conocer a sus conciudadanos y a las generaciones futuras las líneas generales de la doctrina de Epicuro y su mensaje salutífero. Los antiguos coinciden, por lo demás, en reconocer la extraordinaria difusión de la doctrina epicúrea. Precisamente, la originalidad radical de la escuela epicúrea consistió en invitar a todos los hombres, incluso a los incultos o sin especial formación intelectual, y en admitir entre sus filas a esclavos y mujeres, incluyendo cortesanas, como aquella Leontión, discípula de Epicuro, a la que cierto pintor muestra <<en meditación>>.

La filosofía estoica tampoco rechazaba dirigirse a los esclavos, a las mujeres y, en general, a todos los hombres. A este respecto hay que recordar el juicioso apunte de G. Rodier: <<Los estoicos querían que la virtud y la felicidad [...] fuera accesible a todos; y querían que lo fueran en este mundo [...]. Pero para eso hace falta que el mundo en que vivimos sea el más hermoso y el mejor posible, que no sea el opuesto de el mundo superior [...], que no hay otras realidades que las que se ofrecen a nuestra vista dentro del seno celestial de Zeus>>. La idea de una filosofía de la prédica no está ausente en el estoicismo, y en este sentido se aprecia siempre una relación entre el cinismo y el estoicismo. A partir de Diógenes los cínicos se convirtieron en ardientes propagandistas, dirigiéndose a todas las clases sociales y predicando con el ejemplo para denunciar las convenciones sociales y proponer la vuelta a una sencillez vital en conformidad con la naturaleza. Epicteto convierte en cierto modo a los cínicos en los monjes del estoicismo. Son los enviados, los mensajero, los portavoces de Dios entre los hombres, siendo en general el filósofo Epicteto, el testigo.

David Jiménez (El lugar más feliz del mundo)

Dos aldeas, una en la parte india de Cachemira y la otra en la pakistaní. Las separan 300 metros. Bastaría caminar cinco minutos para recorrer la distancia a pie. Pero si quisiera ir de una a otra tendría que volver sobre mis pasos, coger un avión de Srinagar a Delhi, ir a un tercer país, volar desde allí a Pakistán y recorrer cientos de kilómetros a través de remotas montañas para llegar a mi destino. Aunque no lo sé, dentro de unos años voy a volver a Cachemira, al lado pakistaní, para cubrir el terremoto que en 2005 matará a decenas de miles de personas, destruirá aldeas y cortará carreteras, impidiendo la distribución de ayuda a lugares de difícil acceso. Algunos pueblos reducidos a escombros junto a la Linea de Control no podrán ser alcanzados por los servicios de emergencia de su propio Gobierno y, sin embargo, bastaría caminar esos cientos de metros para llegar desde el otro lado. ¿Qué lo impediría? La frontera. No puede ser traspasada, solo defendida. Incapaces de recorrer la corta distancia que podría alejarse de su propia estupidez, los enemigos permanecerán cada uno en su lado de la Línea y dejarán pasar la oportunidad de salvarse unos a otros.

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Hay algo envidiable en los adultos que siguen dividiendo su mundo en buenos y malos: todo debe ser más fácil así. Su partido político es bueno. El de los otros, malo. Su equipo de fútbol es el mejor. Al rival le ayudan los árbitros. La maldad es cosa de otros países, otros líderes, otras gentes. Pueden despojarlo todo de matices y zanjar una discusión sobre el conflicto palestino, la eutanasia o la (in) existencia de Dios con una frase. Y, sin embargo, a mí me ocurre lo contrario: cuanto más viajo, más experiencias acumulo y más mayor me hago, más me cuesta distinguir entre buenos y malos. Si me preguntan qué he aprendido en todos estos años, en la guerra, la revolución o el desastre natural, diría que somos bruma. Nunca todo claridad, rara vez completa oscuridad.

Al mirar atrás al genocidio o a la guerra, nos sorprende la capacidad para el mal de sus participantes. La indiferencia de quienes miraron a otro lado. La mezquindad de los delatores. Nos distanciamos de quienes cometen las violaciones, los asesinatos y las torturas describiéndoles como no personas. Son <<monstruos>> o <<animales>>. El primatólogo Toshisada Nishida estudió durante años a una comunidad de primates de Tanzania y fue testigo de cómo un grupo eliminó a otro a través de un sistemático proceso de invasiones, ataques y emboscadas que se alargó varios años en el tiempo. El premio final por la exterminación del otro grupo, hembras aparte, fue la conquista del territorio. Incluso los negacionistas de la teoría de la evolución verán similitudes con los conflictos de los hombres. 

Las fronteras, esas lineas con las que tratamos de marcar lo que consideramos nuestro -y agruparnos con quienes consideramos de los nuestros-, siguen siendo las principales causantes de las guerras. Empleamos grandes recursos en defenderlas y ampliarlas. Rara vez aceptamos su demarcación. Miramos con nostalgia a épocas en las que nos eran favorables y desempolvamos viejos tratados para pedir que sean alteradas en nuestro beneficio. Y creamos nuevas. Geográficas. Ideológicas. Religiosas. O étnicas. Pero entre todas ellas una permanece invariable tal como la describió Solzhenitsyn en  Archipiélago Gulag: la línea divisoria que separa el bien del mal en las personas y que el escritor ruso creía que no pasaba a través de los estados, ni de las clases sociales, ni tampoco entre los partidos políticos o las ideologías, <<sino directamente a través de cada corazón humano>>. Para evitar cruzar esa frontera interior que nos separa de lo peor de nosotros mismos hemos levantado un muro construido a base de cultura, sociedad civil, educación y leyes. Cuando alguno o varios de esos elementos se debilita, si la defensa cede, en Phonom Penh o Berlín, Kigali o Sarajevo, el cartero que repartía el correo pude transformarse en el francotirador apostado en la azotea, el vecino de toda la vida en nuestro verdugo, el profesor universitario en propagandista del exterminio y el guerrillero con causa en un asesino en serie.

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Entre las miles de fotografías que hoy cubren las paredes del Museo del Genocidio hay una que no encaja. Siete hombres posan frente a la entrada de la prisión. Son los únicos supervivientes entre los 14.200 camboyanos que pasaron por un centro diseñado con las funciones de interrogación y eliminación de los enemigos del proletariado. Cada uno de aquellos reclusos tenía una habilidad que les hacía útiles a los ojos de los jemeres rojos. El mecánico que reparaba los camiones utilizados para llevar a los presos a los campos de la muerte, el intérprete que traducía las órdenes a los presos extranjeros o Bou Meng, el pintor que recibió el encargo de reproducir retratos del Pol Pot para el departamento de propaganda del régimen.

Nada más llegar a la S-21, los presos eran divididos en tres categorías: los que no tenían derechos, los que no tenían algunos derechos y los que no tenían ningún derecho. Estos últimos eran considerados no personas y podían ser ejecutados por los guardias en cualquier momento, sin dar explicaciones a sus superiores. Bou Meng formaba parte de estos últimos. La misma noche de su detención, el 26 de agosto de 1977, había llegado a la conclusión de que jamás saldría con vida de la cárcel. Desde su celda podía escuchar los gritos de los internos que estaban siendo torturados en el Bloque C, llamando a sus madres como niños en mitad de la noche y pidiendo una bala en la frente que acabara con todo. Incapaces de soportar el dolor, muchos terminaban denunciando a familiares y amigos inocentes. Muy pronto llegaría el turno de Bou Meng de soportar cómo le arrancaba las uñas de los, pies con alicates, las descargas eléctricas y la inmersión en aguas llenas de heces, donde algunos presos morían ahogados.

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