Michel Onfray (Filosofar como un perro)

LA COMUNIDAD IMPOSIBLE
Cuando cada uno se aferra a su pertenencia comunitaria y reivindica ser considerado únicamente a partir de ella, la comunidad se convierte en algo imposible. ¡La fórmula bárbara del yo, en mi calidad de ... produce efectos nefastos! Yo, en mi calidad de mujer, de persona de origen árabe, judío, homosexual, francés, corso, musulmán, etcétera. Bajo estas consideraciones parcelarias el individuo desaparece totalmente. Sólo queda una etiqueta detrás de la cual uno se puede ocultar -y ésta es una clara ventaja- para captar, y luego desvirtuar en beneficio propio, la historia íntegra de la comunidad. Los beneficiados son ante todo los temperamentos frágiles.

Es así que una mujer se vuelve la quintaesencia de todas las mujeres del planeta y de la totalidad de las luchas femeninas desde el origen de la humanidad; lo mismo ocurre con un judío en particular, si se presenta como la abstracción encarnada de las decenas de siglos de memoria del pueblo judío, heredero en línea directa de Moisés y, por ende, habilitado a hablar a la sombra del Holocausto; o incluso con un francés de pura cepa, que carga con la tradición nacional y que está genéticamente programado para recibir la herencia de Asterix, Luis XVI, Robespierre, Napoleón, De Gaulle... y Chirac... Sin hablar del musulmán, vagamente emparentado con el Profeta y por ende, destinatario en mano propia del Corán y heredero de todo lo que sus hermanos de religión han conocido, vivido, padecido y hecho padecer...

La individualidad desaparece detrás de cualquier tipo de reducción que se haga de un individuo a una esencia. Este devenir-idea hace imposible toda conversación, confrontación y oposición. Si me opongo a una mujer, a un judío, a un francés, a un musulmán en particular, porque como cualquier otra persona él o ella pueden ser odiosos, insoportables, soberbios, arrogantes, pretenciosos, especuladores, cortos de luces, etcétera, insulto a toda la tribu: a las mujeres, los judíos, los franceses y los musulmanes. De ahí viene la censura de críticas y reservas. ¿Quién se atreve a insultar a una comunidad en su totalidad?

Yo creo solo en los individuos solares, en las subjetividades radiantes, en los temperamentos solitarios capaces de vivir con la menor cantidad posible de construcciones ilusorias. La negritud, la femineidad, lo judío, lo árabe, lo francés, como también las preferencias sexuales o las elecciones religiosas, no permiten jamás definir claramente a un individuo. Poco importan estas cualidades si detrás de ellas se esconden figuras detestables. Esta opción esencialista engendra un tipo de individualidad y, por ende, una comunidad imposible.

Para poder existir, la comunidad no debe fomentar los comunitarismos, las reivindicaciones categóricas, puntuales, locales, que de hecho son egoístas e interesadas. La disolución del lazo social, el nihilismo generalizado en la política, el desinterés por lo colectivo, el éxito del abstencionismo y el extremismo no encontrarán un remedio en la celebración de aquello que divide y fragmenta, sino en la construcción de un proyecto verdaderamente multicultural, capaz de resistir frente a las aspiraciones que puedan tener tal o cual parte de hacerse pasar por el todo. 

LA VIDA DE LOS BICHOS BOLITA

Querer llevar una vida filosófica en un mundo en el que globalmente se ignora el sentido mismo de la palabra filosofía, ¡he aquí algo que lo expone a uno a las mayores decepciones! En efecto, la mayoría se contenta con una existencia de mamífero, banal, indexada en lógicas etológicas y hormonales. Ya que no hay una diferencia de naturaleza entre los hombres y las bestias, sólo una diferencia de grados. Conozco a algunos cuya vida se parece en todo a las de los bichos bolita, incentivados únicamente por las feromonas de sus congéneres.

¿A qué se parece una vida filosófica? Presupone un motor existencial ideal y no sólo un motor biológico. Antes de cualquier acción, se necesitan una serie de proposiciones teóricas en función de las cuales no puede luego organizar su vida cotidiana en detalle. Claro que se puede alegar que hay una gran cantidad de escuelas de sabiduría, numerosas vías en dirección del bien supremo, incluso que existen varias definiciones de este famoso bien supremo...

Sin embargo, en más de veinticinco siglos de filosofía occidental, aunque hayan aparecido muchísimas maneras diferentes de acceder a él, el objetivo sigue siendo el mismo: relacionarse con uno, con los otros y con el mundo de una manera suficientemente controlada como para poder ser dueño de sí mismo en cualquier circunstancia. De ahí el trabajo sobre los propios deseos: no desear más de lo que puede ser satisfecho; no querer lo imposible y contentarse con lo realizable; no confundir los deseos con la realidad. De ahí proviene también la preocupación por la intersubjetividad pacificada: elegir la mansedumbre y los mansos y rechazar la maldad y a la gente malvada; preferir al hombre de palabra, capaz de asumir y cumplir con sus compromisos, frente al delincuente relacional amnésico dedicado completamente a su engreimiento autista.

Ahí donde el bicho bolita, previsible, lleva adelante aquello para lo que ha sido naturalmente programado, el aspirante a filósofo pone en marcha una cultura del ascetismo: rechaza los honores, las riquezas, los poderes, salvo el poder que ejerce sobre sí mismo. Como no se deja engañar por la vida mundana, se mantiene alejado y prefiere una vida de meditación y de acción con respecto a la sabiduría adquirida.

Mientras que el artrópodo se conforma con obedecer las señales de su tribu, que se mueve para vivir, para dominar el territorio -de algunos centímetros cuadrados bajo una piedra-, para subordinar a una hembra, copular, reproducirse y duplicar a sus semejantes, el Homo sapiens intenta subir algunos escalones para alcanzar un poco menos de naturaleza y un poco más de cultura. Llevar adelante una vida filosófica significa en la mayoría de los casos evolucionar solo en un mundo fuera del mundo. Para protegerse de la vida mezquina de los bicho pelota, hay que practicar siempre un arte severo del alejamiento, o incluso de la más pura y simple expulsión. Porque en la perspectiva de una vida filosófica, el bicho de las sombras húmedas pertenece a la categoría de las plagas.

* Michel Onfray (El vientre de los filósofos)
Michel Ongray (Pensar el islam)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias por compartir estos retazos de reflexión. Y gran labor de Onfray recuperando esa "otra" filosofía.

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