Byung-Chul Han (La salvación de lo bello)

El encubrimiento erotiza también el texto. Según san Agustín, Dios oscurecía intencionadamente las Sagradas Escrituras con metáforas, con una «capa de figuras» para convertirlas en objeto de deseo. El bello vestido hecho de metáforas erotiza las Escrituras. Es decir, el revestimiento es esencial para las Escrituras; es más, para lo bello. La técnica del encubrimiento convierte la hermenéutica en una erótica. Maximiza el placer por el texto y convierte la lectura en un acto amoroso.

También la Torá se sirve de la técnica del encubrimiento. Es expuesta como una amada que se oculta y que solo por un momento desvela su rostro a su amado, que permanece él mismo en lo oculto. La lectura se convierte en una aventura erótica:

           Ciertamente, la Torá deja que una palabra se salga de su urna hacia fuera, para que aparezca un momento y vuelva a esconderse enseguida. Y cuando la Torá se revela saliéndose de su urna para de inmediato volver a esconderse, solo lo hace para que aquellos que la reconocen y están familiarizados con ella. Pues la Torá es como una amada bella y coqueta que se esconde en una cámara oculta en su palacio. Ella tiene un único amado de quien nadie tiene noticia y que permanece escondido en lo oculto. Por amor a ella, este amado merodea una y otra vez el portal de su casa y (buscándola), pasea su mirada por todas partes. Ella sabe que el amado siempre anda rondando el portal de su casa. ¿Y qué hace? Abre una pequeña ranura en aquella cámara escondida en la que está, desvela por un momento su rostro al amado y enseguida se vuelve a esconder.

La Torá es «patente y oculta». Habla «a través de un tenue velo de palabras alegóricas». A su amado le cuenta «todos sus secretos ocultos y todas sus vías ocultas, que se guardan en su corazón desde los días primigenios». 

Básicamente, las informaciones no se pueden velar. Por su esencia misma son transparentes. Tan solo tienen que estar dadas. Rechazan toda metáfora, todo revestimiento velador. Hablan directamente. En eso se distinguen también del saber, que puede retirarse hacia el secreto. Las informaciones obedecen a un principio totalmente distinto: están orientadas hacia el desvelamiento, hacia la verdad última. Conforme a su esencia propia son pornográficas.

Según Barthes, el encubrimiento forma parte esencial de lo erótico. El «lugar más erótico» de un cuerpo es aquel «donde la vestimenta se abre», aquella zona de la piel que «centellea entre dos piezas (el pantalón y la pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga)». Es erótica la «puesta en escena de una aparición-desaparición». La fisura, la ruptura y el hueco son lo que constituye lo erótico. El placer erótico por el texto se distingue del «placer del destape corporal», que surge de un desvelamiento progresivo. También es pornografía una novela de un único hilo argumental que se dirige a un desvelamiento definitivo, a una verdad final. «Toda la excitación se refugia en la esperanza de ver el sexo (el sueño del colegial) o de conocer el fin de la historia (satisfacción novelesca). Lo erótico se las arregla sin verdad. Es una apariencia, un fenómeno del velo. 

La seducción juega «la intuición de lo que en el otro permanece eternamente secreto para él mismo, sobre lo que jamás sabré de él y que, sin embargo, me atrae bajo el sello del secreto. Inherente a ella es un «pathos de la distancia», es más, un pathos del encubrimiento. Ya la intimidad del amor elimina esa distancia secreta que es esencial para la seducción. Finalmente, la pornografía la hace desaparecer por completo:

               De una figura a la otra, de la seducción al amor, juego al deseo y a la sexualidad, finalmente al puro y simple porno, cuanto más se avanza, más adelantados en el sentido de un secreto menor, de un enigma menor, más adelantamos en el sentido de la confesión, de la expresión, del desvelamiento,

No solo se desnuda el cuerpo, sino también el alma. La pornografía anímica es el final definitivo de la seducción, que es más juego que verdad.

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