Zygmunt Bauman - Carlo Bordoni (Estado de crisis)

Carlo Bordoni
La ideología es hija de la Ilustración. Introducida en su momento como una vía de consolidación de las ideas, socava la conducta humana por inferencia y facilita la interpretación acrítica de la realidad. En 1796, el filósofo francés Antoine-Louis Claude Destutt, marqués de Tracy, dijo concebir la ideología como un análisis científico de la facultad de pensar, diferenciado de la metafísica o de la psicología. Y es que, según la lógica ilustrada seguida por Destutt de Tracy, si el hombre es lo que piensa, es posible crear una sociedad diferente si se introducen nuevas ideas. Por consiguiente, la ideología se convierte así en una metaciencia —la ciencia de las ideas, la ciencia de todas las ciencias—, pero también en una rígida pauta en la que todos podemos quedar atrapados.

La estabilidad es imprescindible para la ideología; es la que le proporciona seguridad, la clave para una interpretación inequívoca de una realidad verdadera, inmutable y perfecta que lo es porque se opone a todas las otras variantes injustas de dicha realidad a las que combate y de las que tiene que defenderse constantemente para evitar caer en el oscurantismo. La estabilidad entraña inmutabilidad. La ideología en en sí conservadora, ya que cualquier cambio podría minar la estabilidad y las certezas obtenidas.

Libre de toda lectura codificada, de toda representación sesgada, la ideología lo ha guiado y explicado todo, desde la lucha de clases hasta el autoritarismo. En su furia ciega, ha reemplazado a las guerras de religión y se ha erigido e instrumento «justificado» de muerte, presión, destrucción y aniquilación del hombre, todo ello en nombre de un presunto beneficio futuro para la comunidad, beneficio que, sin embargo, a menudo ha terminado perdiéndose por el camino.

Los peores crímenes de la modernidad se han cometido en nombre de la ideología: desde las purgas estalinistas hasta los campos de concentración nazis. En la década de 1950, tras la muerte de Stalin, había quienes seguían defendiendo la determinación y el rigor ideológico de las decisiones políticas de aquel hombre frente a otras ideologías, occidentales y capitalistas, que se disponían a tomar el relevo.

La violencia basada en la ideología siempre se justifica desde el argumento de que puede resultar necesaria para defenderse de una amenaza peor (el estalinismo consiguió perdurar porque había que impedir a toda costa la posibilidad de regreso del nazismo-fascismo o del resurgimiento de la extrema derecha). El mismo razonamiento sirve para aquellos otros sistemas que han recurrido a toda clase de limitaciones de la libertad, a la agresión y a la provocación bélica con el fin de cortar de raíz la amenaza comunista.

Zygmunt Bauman

El nacimiento de la idea de «Progreso», un trayecto esencialmente lineal, recto, predeterminado e imparable de avance de la condición humana, desde el salvajismo hacia la civilización a través de la barbarie, desde la servidumbre hacia la libertad, desde la ignorancia hacia el conocimiento, desde la sumisión hacia el poder sobre ella y, en definitiva, desde lo malo hacia lo bueno, y desde lo bueno hacia lo mejor, desde lo penoso hasta lo confortable y -por condensar todas esas esperanzas/convicciones/expectativas en una sola idea- desde los imperfecto hacia lo perfecto, fue el núcleo central de la Weltanschauung de la entonces incipiente clase media ese tercer estado que, según la memorable formulación del mismo que hiciera Sieyès no era nada, pero se convirtió en todo.

El «Progreso» fue la fe de Europa durante el culmen de su poder, es decir, durante la Europa del imperialismo, la conquista del mundo y el colonialismo, cuando era metrópolis de imperios en los que nunca se ponía el sol. La idea de progreso alcanzó el cenit de su dominio sobre la mentalidad europea justo antes de que el sol empezara a declinar por el horizonte de la larga edad oscura (treinta años de duración) que la guerra entre europeos que pugnaban por la redistribución de sus posesiones de ultramar estaba a punto de infligir al mundo, convertido en campo de batalla de las animadversiones particulares de aquellos.

Como ya he mencionado antes, John Gray califica de mito el concepto de «progreso» en su libro El silencio de los animales. Concretamente, ha escrito:

             Para aquellos que viven dentro de un mito, este parece un hecho obvio. El progreso humano es un hecho obvio. Si uno lo acepta, se hace un lugar en la gran marcha de la humanidad. Pero la humanidad, por supuesto, no marcha hacia ninguna parte. «La humanidad» es una ficción compuesta a partir de miles de millones de individuos para los cuales la vida es singular y definitiva. Aun así, el mito del progreso es extremadamente potente. Cuando pierde su poder, los que han vivido de acuerdo con él pasan a ser —como planteó Conrad al describir a Kayerts y a Carlier—«como esos condenados a perpetuidad que, liberados después de muchos años, no saben qué hacer con su libertad». Cuando se les arrebata la fe en el futuro, se les quita también la imagen que tenían de sí mismos. 

Deambulando entre las ruinas del imperialismo, el colonialismo y la arrogancia de nuestro continente, los europeos nos hallamos (como colectivo, que no siempre como individuos) en la posición de Kayerts y de Carlier, personajes de Conrad que «llevaban más de dos años [en el Congo] sirviendo a la causa del progreso». Es decir, que nos vemos bruscamente liberados (por las malas) de la prisión del mito, aunque encaminados por (o arrojados a) otra ruta, que es la que nos encontramos ahora. El resultado de todos modos, es más o menos el mismo, fuera cual fuere la ruta que hubiéramos tomado. No sabemos qué hacer con esa libertad que no habíamos perdido; ni siquiera sabemos qué es la libertad (uno sabe muy bien lo que quiere decir libertad cuando es algo que todavía no tiene y por lo que aún está luchando pero ya está) y tampoco estamos seguros de que valga la pena defenderla (solo se está seguro de que merece la pena reivindicarla hasta el momento en que se consigue). Esto provoca confusión, desorientación; la vida rebanada en episodios independientes que vagan a la deriva y se apartan unos de otros siguiendo caminos impredecibles. Todos esos sentimientos, impresiones y experiencias se combinan en un «síndrome de incertidumbre», acompañado de un «síndrome de incomprensión». Desde dentro del mito del progreso en el que estaban, nuestros antepasados miraban el futuro con esperanza; nosotros lo miramos atemorizados. Si la palabra progreso surge en nuestro pensamiento o en nuestra conversación, suele ser en un contexto en el que aparece, inextricablemente ligada a la amenaza de ser arrojados (o de caer) de un vehículo en marcha que acelera muy deprisa y que no obedece a ningún horario fijo o fiable, ni tiene ningún indicativo estable de ruta o destino. De promesa de dicha, la palabra progreso pasó a ser el nombre de una amenaza, de esas que son famosas por su fea costumbre de golpear sin aviso y desde el lugar más imprevisible. Puede afirmarse que la pérdida de la confianza en lo que debería ser un avanzar predeterminado (y, por lo tanto, asegurado) en la «dirección definida y deseable» que Bury señaló como la esencia misma de nuestro breve y tempestuoso romance con el «progreso» subyace a todas las demás crisis que afectan a la herencia que las generaciones que vivieron «dentro de» ese mito nos llegaron a nosotros, condenados a vivir fuera de él.

Entre esas «demás crisis», la que afecta a las instituciones democráticas heredadas es posiblemente la más grave de todas, pues ataca a los únicos instrumentos de acción colectiva con arreglo a fines determinados de que disponemos actualmente. Ya hemos comentado esa cuestión bajo el paraguas temático de la «crisis de la agencia»: la democracia representativa dentro del marco de una unidad política territorial soberana tiene primordial importancia entre las agencias a las que estamos acostumbrados a recurrir cuando necesitamos llevar a cabo una acción colectiva con un fin (lo que viene a ser a diario). Por razones que también hemos mencionado ya, esa agencia en particular ha dejado de ser capaz (o de tener interés en) cumplir su promesa de seguir la voluntad del electorado que la nombró como representante/plenipotenciaria suya.

Terry Eagleton (Cómo leer literatura)

El dramaturgo marxista Bertolt Brecht, que escribió durante la época de Hitler, pensaba que empatizar con los personajes que estaban en el escenario implicaba el riesgo de ver mermada nuestra capacidad crítica, y consideraba que eso era precisamente lo que pretendían los poderosos. La empatía elevaría el sentimiento por encima de la razón crítica. Como marxista, Brecht también creía que la existencia social estaba formada por contradicciones, y que esas contradicciones llegaban al núcleo de la identidad personal. Mostrar a los hombres y a las mujeres como realmente son es mostrarlos mutables, contradictorios y enfrentados consigo mismos. A Brecht, la idea de personaje unificado y coherente no le parecía más que una ilusión. Suponía reprimir los conflictos internos del yo que podían encauzarse en favor del cambio social. En uno de sus relatos, Hern Keuner, que ha pasado muchos años fuera del pueblo, vuelve a casa y sus vecinos le dicen con alegría que no le ven nada cambiado. «El señor Keuner —escribe Brecht—palideció. Tras la idea de personaje que tiene Scott  o Balzac hay una especie de política; tras la de Brecht hay otra distinta. Es el único hombre de la historia que tiene el honor de haber sido expulsado del Partido Comunista danés antes de presentar la solicitud de ingreso. 

Si bien la compasión por medio de la imaginación sólo es una manera de acercarnos a los personajes, también tiene otras limitaciones más generales. A casi todo el mundo le parece inequívocamente positiva la expresión «imaginación creativa», igual que ocurre con otras expresiones como «mañana nos marchamos a Marrakech» o «tómate otra Guinness». Los asesinatos en serie requieren bastante más imaginación. Del mismo modo que puede servir para proyectar situaciones positivas, la imaginación también es capaz de proyectar coyunturas lúgubres y morbosas. Todas y cada una de las armas letales que se han inventado fueron en su momento el resultado de un acto imaginativo. La imaginación se considera una de las facultades más nobles, pero también resulta inquietante lo cerca que se encuentra de la fantasía, que en general se ubica en el otro extremo, en el fondo del pozo.

En cualquier caso, intentar sentir lo que siente otra persona no mejora necesariamente mi naturaleza moral. A un sádico le gusta saber lo que siente su víctima. Alguien puede interesarse por saber lo que siente otra persona para aprovecharse de ella más fácilmente. Los nazis no mataban judíos porque no pudieran identificarse con lo que éstos sentían, sino porque no les importaba en absoluto lo que sintieran. Yo no puedo experimentar los dolores del parto, pero eso no significa que sea despiadadamente indiferente al dolor de quien sí los sufra. En cualquier caso, la moralidad tiene muy poco que ver con la capacidad de sentir. El hecho de que sientas náuseas al ver a alguien a quien acaban de volarle media cabeza de un disparo no significa nada, ni bueno ni malo, siempre y cuando intentes ayudar a esa persona. Y al contrario: sentir una intensa compasión por alguien que acaba de caer por el hueco de una alcantarilla mientras doblas la esquina para dar un rodeo y evitar tener que ayudarle a salir no es una conducta digna de recibir muchos premios humanitarios.

La literatura en ocasiones se considera una manera «indirecta» de experiencia. Yo no puedo saber lo que implica ser una mofeta, pero un relato corto fascinante como una mofeta como protagonista puede permitirme superar mis limitaciones al respecto. Sin embargo, saber lo que se siente al ser una mofeta no tiene ningún valor. Los actos de imaginación no son valioso por sí mismo. No dice mucho acerca de mi sublime creatividad el hecho de que pase la mayor parte del día intentando imaginar qué sentiría siendo una aspiradora. Como tampoco debe preferirse siempre lo imaginario a lo real. Suponer que debería ser así, como hacen muchos románticos, implica una actitud curiosamente negativa respecto a la realidad cotidiana. Esto sugiere que lo que no existe siempre tiene más glamur o resulta más seductor que lo que sí existe, lo que podría ser cierto en el caso de Donald Trump, pero no si pensamos en Nelson Mandela.

Sin duda podemos ampliar nuestra experiencia de forma provechosa leyendo obras literarias, pero porque también puede ser una manera de compensar las deficiencias que encontramos en el mundo real. Los que tienen el tiempo y el dinero suficientes, por ejemplo, pueden explorar la región montañosa entre Pakistán y Afganistán. A la mayoría de la gente del planeta nos faltan los recursos para gozar de esa experiencia y no deseamos enrolarnos en Al Qaeda para disfrutarla gratis. Pero nos queda la posibilidad de leer libros de viajes. Si la riqueza estuviera repartida de un modo más equitativo, no obstante, podría reunirse mucha más gente por aquella zona, siempre que estuviera dispuesta a correr el riesgo de recibir algún disparo que otro. Una ventaja de la guía de Lonely Planet sobre el lugar es que a nadie se le ocurriría llenarte de plomo por leerla. En el siglo XIX, la literatura se recomendaba a menudo a la gente de clase obrera como una manera de experimentar vivencias como la caza del zorro o el matrimonio con un vizconde, puesto que no podían hacer ese tipo de cosas en la vida real. Aunque hay argumentos más persuasivos acerca de por qué vale la pena leer poemas y novelas.

* Terry Eagleton (La idea de cultura) Una mirada política sobre los...
Terry Eagleton (Esperanza sin optimismo)
Terry Eagleton (Sobre el mal)

Svetlana Aleksiévich (El fin del «Homo sovieticus»)

En los años noventa fuimos felices, sí, pero jamás recobraremos la ingenuidad de entonces... Nos parecía que la elección ya estaba hecha y que el comunismo había perdido la batalla para siempre... En realidad, todo no hacía más que comenzar...

Han transcurrido veinte años desde entonces. Hoy los hijos les dicen a sus padres: «No nos metáis miedo con vuestros socialismo». 

Un profesor universitario que conozco me contó: «A finales de los años noventa, los estudiantes se mofaban de mis alusiones a la Unión Soviética. Entonces estaban seguros de que ante ellos se abría un nuevo futuro. Ahora las cosas han cambiado... Los estudiantes de hoy ya han conocido el capitalismo, lo han probado en sus propias carnes. Conocen la desigualdad, la pobreza y la riqueza ostentosa, mientras observan las vidas de sus padres, a quienes nada les devolvió un país arrasado por el pillaje. Son jóvenes con un pensamiento radical y visten camisetas rojas con las imágenes de Lenin o el Che Guevara»

Una fuerte nostalgia de la Unión Soviética se ha ido extendiendo por toda la sociedad. El culto a Stalin a vuelto. La mitad de los jóvenes entre diecinueve y treinta años considera que Stalin fue «un gran dirigente político». El país donde Stalin mató a tantas personas como Hitler ve resurgir ahora un nuevo culto a su figura. Todo lo soviético vuelve a estar de moda. Las cafeterías «soviéticas», por ejemplo, donde tanto los establecimientos como los platos que en ellos se sirven llevan nombres soviéticos. Han aparecido bombones «soviéticos» y embutidos «soviéticos» con el olor y el sabor que conocemos desde la infancia. Y, naturalmente. ha vuelto el vodka «soviético». Hay decenas de programas de televisión y portales en internet dedicados a alimentar la nostalgia de los tiempos soviéticos. Los campos de trabajo de Stalin en Solovki y Magadán se han convertido en destinos turísticos. El anuncio de la empresa que organiza los viajes promete que a cada turista se le proporcionará un uniforme de preso y un pico para garantizarle así una experiencia llena de sensaciones genuinas. También podrán visitar los barracones reformados. Para concluir el viaje, todos los turistas se irán juntos de pesca...

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¿Que por qué salí a la calle a defender a Yeltsin? Uno solo de sus discursos, aquel en el que llamó a retirar los privilegios de la Nomenklatura, le granjeó millones de apoyos. Yo estaba dispuesto a empuñar un fusil y matar a tiros a los comunistas. Me había convencido de que era necesario hacerlo... No teníamos idea de la que nos estaban preparando. Del timo que venía. ¡Nos la jugaron bien! Yeltsin se posicionó contra los «rojos»  se puso del lado de los «blancos». Aquello fue una catástrofe... ¿Sabe qué anhelábamos realmente? Un socialismo light, un socialismo con rostro humano... ¿Y qué es lo que tenemos ahora? El capitalismo salvaje. Tiroteos, ajustes de cuentas. Se lo disputan todo, desde los tenderetes hasta la fábricas. Los bandidos han escalado hasta la cúspide del poder... Ahora el poder lo ejerce una banda de farsantes y chaqueteros. ¿Auténticos chacales! (Pausa). Jamás olvidaré el día que pasamos frente a la Casa Blanca... ¡No puedo olvidarlo! ¿A quién le estábamos sacando las castañas del fuego entonces? (Blasfema). Mi padre era un comunista de verdad. Un comunista honesto, veterano de la guerra. Trabajaba en na fábrica. Era el delegado del Partido. Le dije: «¿Seremos libres? Tendremos un país normal, civilizado». Y él me contestó: «Tus hijos servirán a algún ricachón. ¿Es eso lo que quieres?». Yo era joven entonces... Era un idiota... Me reía de él... ¡Éramos tan ingenuos! No sé cómo hemos podido acabar así. No lo entiendo. Esto no es lo que queríamos. Había algo sublime en la perestroika... (Pausa). Pero apenas un año más tarde cerraron la oficina de proyectos en la que trabajábamos. Mi mujer y yo nos quedamos en la calle. ¿Sabe cómo nos las apañamos? Cogimos todos los objetos de valor que teníamos y los llevamos a un mercadillo. Los adornos de cristal, las piezas de oro y los libros, nuestras posesiones más queridas. Pasamos semanas enteras alimentándonos sólo de puré de patatas. Me convertí en un hombre de negocios. En mi caso, consistía en la venta de colillas. Vendía tarros de uno o tres litros llenos de colillas. Mis suegros, ambos profesores universitarios, se dedicaban a recogerlos por las calles y yo me ocupaba de la venta... Las compraban. Se las fumaban. Yo también me las fumaba. Mi mujer se puso a limpiar oficinas. En otro momento nos asociamos con un tayiko para vender pelmeri. Hemos pagado cara nuestra ingenuidad. Todos... Ahora nos dedicamos a la cría de pollos. Mi mujer no para de llorar. Ay, si pudiéramos recuperar el pasado... ¡Y que no me venga nadie con sermones! No es la nostalgia por los grisáceos embutidos a dos rublos y veinte kopeks el kilo la que me hace añorar lo que fuimos...

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Soy un hombre de negocios...
Los comunistas son todos unos cabrones y unos matones... Odio a los comunistas. La historia de la Unión Soviética es la historia del NKVD, el Gulag y la represión a todos aquellos que el poder tildaba de traidores... El color rojo me produce náuseas. Los claveles rojos también. Hace poco mi mujer se compró una blusa de color rojo. Le pregunté si se había vuelto loca... Para mí Hitler y Stalin son lo mismo. Y exijo que los hijos de puta de los comunistas sean llevados ante un nuevo Núremberg. ¡Paredón para todos los perros comunistas!

Estamos rodeados de estrellas de cinco puntas. Los ídolos de los bolcheviques continúan llenando todas las plazas como antes. Paseo con mi hijo por la calle y no deja de señalarme las estatuas y preguntarme quién es éste y quién aquél. La estatua de Rosalia Zemliachka, por ejemplo, la misma que dejó Crimea anegada en sangre, la que gozaba fusilando a los oficiales blancos... ¿Qué puedo contarle a mi hijo cuando paseamos por Moscú? 

Mientras la momia del faraón soviético permanezca en la Plaza Roja dentro de su Mausoleo, nada habrá cambiado aquí y la maldición permanecerá sobre nosotros...

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