Higinio Marín (Entre dichos) Ensayos sobre ciudadanía

OCCIDENTE EN EL ESPEJO

Con motivo del fanatismo integrista, el presidente Obama equiparó las atrocidades cometidas por el Estado Islámico con las hogueras de la Inquisición Española. Al margen del tópico de la Inquisición o del tan socorrido de las cruzadas, tales equiparaciones sugieren que el proceder de los islamistas deriva de su falta de evolución: no serían más que retrasados intolerantes como una vez fuimos nosotros. Así hacemos el amago de compartir su culpa al tiempo que nos la sacudimos de encima y encaramos el gesto compungido pero satisfecho que corresponde a nuestra tolerante modernidad: ¡qué suerte tenemos de no ser como ellos ni como nuestros pobres antepasados! ¡qué afortunado es el mundo de tenernos a nosotros, tan comprensivos y juiciosos!

Ciertamente el integrismo que asimila el orden civil (inexistente como tal) con el orden religioso, y que convierte a las autoridades religiosas en poderes del estado y, por tanto, a los pecados en delitos, guarda ciertos paralelismos con el cesaropapismo europeo, siempre muy oscilante y objeto de una secular polémica. Pero indagar en esa dirección tan obvia como tópica, promete pocos rendimientos comprensivos más allá de la necesidad de "modernización" del Islam.

Con mayor razón cuando el problema puede surgir precisamente de lo que se propone como solución: la modernización -ciertamente paradójica- de un Islam que no puede dejar de mirar a Occidente para definirse y defenderse atacándolo. Y en este punto tal vez la situación no sea tan novedosa como suponemos. Olvidamos el efecto cultural que a principios del siglo XX tuvo la industrialización en países como Alemania y Japón, que reaccionaron contra la destradicionalización que disolvía sus instituciones y costumbre. Lo cierto es que ambos países extremaron el proceso de industralización que les amenazaba, para intentar sobreponerse militarmente a la cultura de matriz angloamericana que identificaban como invasiva. Y así, organizaron el exterminio industrializado de sus opositores, y a punto estuvieron de alcanzar la forma suprema de poderío industrial y militar que suponía la bomba atómica.

Esa primera oleada modernizadora que supuso la industrialización no alcanzó a la mayoría de las comunidades islámicas, salvo para convertirlas primero en vasallas coloniales y después en campos de batalla de las potencias europeas, que les infligieron una herida que la descolonización y la creación de Estados artificiales no hizo más que perpetuarse. Sin embargo, ha sido la segunda oleada de modernización globalizante la que ha impactado de lleno en las sociedades islámicas, al tiempo que las constituía como un sujeto internacional de proporciones mundiales. Los medios de comunicación globalizados expanden la cultura occidental y su hegemonía económica crispando los localismos en el temor a su disolución, y convirtiéndolos en sus gemelos antagonistas.

No es el medievalismo atávico, sino el impacto de la ultramodernidad y sus reacciones lo que ha engendrado el fanatismo islámico. Al respecto debería de servir de indicio el hecho de que buena parte de los líderes de organizaciones y de autores de atentados no sean fruto de atrasadas y rigoristas comunidades locales, sino del desarraigo anómico padecido por estudiantes en las más populares ciudades y en las mejores universidades occidentales. Y otro tanto ocurre con la radicalización de jóvenes ya nacidos y educados en países europeos. El Islam fanatizado no pone ante nuestros ojos a nuestros antepasados bárbaros, sino nuestro propio rostro, desfigurado por la mueca doliente y humillada de sus víctimas.

Valga un ejemplo. La liberación de la mujer desarrollada en las sociedades occidentales se ha asociado, de hecho, a una erotización que expone su cuerpo como mercancía hasta saturar los espacios y medios públicos y domésticos. Bajo el burka opera esa misma erotización extrema, que define a la mujer por su condición de objeto expuesto a la mirada masculina, si bien ahora es un esfuerzo torturante de esconderla. De ahí el aumento de su uso que advierten todos los viajeros, así como la masiva reinstauración del velo en países como Egipto o Turquía, donde había decaído. La pornografía occidental tiene su gemelo reverso en el burka integrista, igualmente pornográfico y degradante. Occidente debería mirarse con horror en esa imagen revertida de su cosificación de la mujer, en vez de apelar a no se sabe qué atavismos pretéritos. 

Y justamente para que nos veamos con terror y podamos ver todas nuestras ensoñaciones violentas hechas realidad, nos llenan ahora las redes con imágenes crueles en las que las víctimas son los occidentales y ellos los poderosos verdugos. Para repudiar lo que les ofende, hace como las potencias del Eje de principios del siglo XX: extreman el proceso de globalización aferrándose a las tradiciones, ahora refundadas en una exageración gemelar y antagonista de lo global. Occidente deformado ante el espejo.

Nada disculpa a los terroristas, pero que sean inapelablemente culpables no implica que nosotros seamos inmaculadamente ajenos a su monstruosidad. No es sensato, por ejemplo, esperar que sociedades con su propia tradición asuman como ejercicio de libertad de expresión nuestras faltas de consideración hacia lo que estiman más sagrado. Con una libertad casi imposible de encontrar entre nosotros, Umberto Eco decía sin ambages: No está bien ofender las creencias religiosas de otros; y mucho menos matar a quienes lo hacen. Pero una vez establecida sin matices su responsabilidad, tampoco es sensato mirar para otro lado; más bien hay que mirar al terror a la cara para adivinar nuestros propios rasgos excesivos en su brutalidad. Lo que alimenta al integrismo no es un primitivismo cruento y del que nosotros estaríamos ya curados, sino el efecto alergénico de una ultramodernidad engreída y eurocéntrica.

Es más que probable que la embrutecida globalización de matanzas en la red terminen por derruir las creencias que dicen defender, pero tal vez no tengamos tanta suerte como en el siglo anterior y lleguen a tiempo de cometer una calamidad de dimensiones globales. Son las víctimas de la globalización anómica que la utilizan para devolvernos el terror que causa en ellos el final de su mundo. 

Marcos Roitman Rosenmann (La criminalización del pensamiento)

El homo sapiens sapiens sabe que sabe. Es consciente de sus actos. Se capacidad para construir mundo le sitúa en un lugar de privilegio. Despliega facultades como el lenguaje y la comunicación oral y escrita. Es virtuoso con la palabra. Asimismo, hace alarde de una memoria prodigiosa capaz de almacenar y trasmitir conocimientos. Su inteligencia parece no tener límites. Tales peculiaridades deberían, en condicional, acompañarse de un comportamiento acorde a su condición de especie social-cooperativa. El bien común, la virtud ética y una vida digna habrían de estar entre sus objetivos primordiales, anteponiéndose a acciones mezquinas e insolidarias. La justicia social, la condena de la explotación del ser humano por el ser humano, principios irrenunciables para cumplir dicha tarea, deberían ser prioritarios. Lamentablemente, no ha sido el camino seguido por el homo sapiens sapiens. Sus pasos van en dirección contraria. Su conducta está plagada de actos irracionales. Se ha convertido en un depredador. Aniquila todo cuanto cree que le pertenece. Se adueña de la naturaleza y busca someterla por la violencia. La realidad es tozuda. Un proceso de deshumanización lleno de guerras, armas químicas, biológicas y atómicas, capaces de exterminar cualquier vestigio de vida, domina el planeta. Utiliza su inteligencia para crear campos de concentración, realizar matanzas étnicas, fomentar la tortura y perpetuar crímenes que ofenden a la humanidad. 

Con el advenimiento del capitalismo, esta tendencia se consolida. Se hace sistémica y se articula desde los estados. Gobiernos bajo el poder de las transnacionales y los lobbies empresariales patrocinan invasiones a fin de someter culturas y pueblos a los cuales consideran inferiores. Las élites políticas sucumben ante el complejo militar-industrial.  Desde la Primera Guerra Mundial nada será igual. La muerte se industrializa. Los campos de batalla acaban convirtiéndose en cementerios improvisados, recordatorios de masacres. Millones de muertos poblarán carreteras, pueblos y ciudades. La guerra total hizo su aparición sin llamar a la puerta. Nadie quedará exento de ser objetivo militar. Hombres, mujeres y niños se transforman en enemigos aniquilables. Lo que se consideraba una excepción en la historia, repudiada por su brutalidad, abrió paso al exterminio como estrategia de guerra. El horro del holocausto se expande hasta nuestros días dejando una huella profunda y un testimonio de lenta deshumanización en el la cual estamos inmersos.  Occidente se retrata bajo el signo de la muerte y la inquisición del pensamiento. Persecución ideológica, política, social, étnica y cultural.

Han sido cinco siglos en los cuales la esclavitud se mezcla con la muerte. Parafraseando a Marx, desde sus orígenes el capitalismo chorrea sangre por sus poros. Se adhiere a su historia y es una seña de identidad de la economía de mercado. Al igual que la usura, la piratería y la plutocracia, al decir de Sombart. En la actualidad, las cárceles y campos de concentración se han reinventado. Bajos nombres que las encubren, se denominas centros de refugiados o campos de confinamiento para inmigrantes ilegales. Verdaderos espacios de confinamiento cuya existencia presupone comportamientos xenófobos y racistas. Son miles las personas que huyen de guerras espurias en todo el planeta. En su diáspora, son víctimas de mafias que ofrecen un mundo nuevo. Viajan confinados en pateras o barcos piratas. Emprenden un camino sin retorno. Siguen la estela de la muerte buscando el sueño de ser explotados. Occidente construye su imaginario colectivo de libertad y opulencia, tolerancia y respeto, multiculturalidad e integración. Quienes deciden emprender el camino del éxodo son las víctimas propicias de este relato. Buscan el paraíso en la tierra y lo identifican con el capitalismo. Europa y Estados Unidos se convierten en su edén particular. Es la justificación para hipotecarse, sufrir penurias y hasta perder la vida en el intento. Los sobrevivientes se adentran en un mundo hostil. La Europa culta y civilizada les rechaza, expulsa y convierte en chivos expiatorios. Africanos, asiáticos y latinos son utilizados como argumento para el desarrollo de políticas represivas. Sus saberes son menospreciados y sus conocimientos ridiculizados.

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El proceso de deshumanización avanza a pasos agigantados. Los mecanismos de control social se han generalizado. Oriente y occidente no son muy diferentes a la hora de reprimir el pensamiento crítico. La amenaza se extiende. Existe miedo a pensar libremente, a tener ideas, desarrollar un sistema conceptual para repensar el mundo y sus alternativas. 

El capitalismo global ha hecho del planeta una cárcel perfecta. Sus formas de dominación han definido un nuevo panóptico. Los mecanismo coactivos exteriores han sido trastocados por otros más sibilinos. Somos nuestros propios vigilantes, nos mueve el interés particular. Las dinámicas colectivas se sustituyen por actos individuales que buscan la satisfacción nihilista. El individualismo desestima el desarrollo de las virtudes éticas ligadas a la construcción de un sujeto consciente, se fundamenta en el deseo de riqueza y poder. Dinero y dominación.

Las clases dominantes han logrado crear un sistema social sobre bases totalitarias, criminalizando el pensamiento, el nuevo chivo expiatorio sobre el que transferir la culpa colectiva. Se ejerce la persecución como mecanismo de liberación de los perseguidores que exonere a sus victimarios. Culpables las víctimas a pesar de su inocencia. Las fuentes de legitimidad de este nuevo capitalismo se encuentran en un pensamiento irreflexivo, sin más ataduras que las ansias de acaparar bienes. La sensación de ser libres, bajo el paraguas de «la libertad de elegir», provoca una falsa sensación de control y dominio de sí.

Las tecnologías del yo, herramientas que facilitan el desarrollo de emociones y sentimientos como parte de la configuración del carácter, se ven afectadas de tal manera que se vuelven irreconocibles los mecanismos de autoconciencia y reflexibilidad radical. En otras palabras, nos convierten en seres de la inmediatez, preocupados por ser emprendedores y conseguir cuanto antes el primer millón de dólares, bajo la fórmula mágica del empoderamiento. Proliferan los libros de autoayuda, de pensamiento positivo, de superación personal, manuales de instrucciones para alcanzar el éxito, el poder, el placer y la felicidad individual. Ya no hay espacio para potenciar el desarrollo de la ciudadanía, el conocimiento y la vida en común.

Isaiah Berlin (El erizo y el zorro)

PRÓLOGO
Mario Vargas Llosa

[...] La palabra libertad se ha usado, al parecer, de doscientas maneras diferentes. El profesor Isaiah Berlin ha contribuido con dos conceptos propios a esclarecer esta noción que, con justicia, llama proteica: los de libertad <<negativa>> y <<positiva>>. Aunque sutil y escurridizo cuando se plantea en términos abstractos, este distingo entre dos formas o sentidos de la idea de libertad resulta en cambio muy claro cuando se trata de juzgar opciones concretas, situaciones históricas y políticas específicas. Y sirve, sobre todo, para entender cabalmente el problema enmascarado tras la artificiosa disyuntiva entre libertades <<formales>> y libertades <<reales>> que suelen esgrimir casi siempre aquellos que quieren suprimir las primeras. 

La libertad está estrechamente ligada a la coerción, es decir, aquello que la niega o la limita. Se es más libre en la medida en que uno encuentra menos obstáculos para decidir su vida según su propio criterio. Mientras menor sea la autoridad que se ejerza sobre mi conducta; mientras ésta pueda ser determinada de manera más autónoma por mis propios motivaciones -mis necesidades, ambiciones, fantasías personales-, sin interferencia de voluntades ajenas, más libre soy. Éste es el concepto <<negativo>> de la libertad.

Es un concepto más individual que social y absolutamente moderno. Nace en sociedades que han alcanzado un alto nivel de civilización y una cierta afluencia. Parte del supuesto que la soberanía del individuo debe ser respetada porque es ella, en última instancia, la raíz de la creatividad humana, del desarrollo intelectual y artístico, del progreso científico. Si el individuo es sofocado, condicionado, mecanizado, la fuente de la creatividad queda cegada y el resultado es un mundo gris y mediocre, un pueblo de hormigas o robots. Quienes defienden esta noción de libertad ven siempre en el poder y la autoridad el peligro mayor y proponen por eso que, como es inevitable que existan, su radio de acción sea mínimo, sólo el indispensable para evitar el caos y la desintegración de la sociedad, y que sus funciones estén escrupulosamente reguladas y controladas [...]

[...] En tanto que la libertad <<negativa>> quiere sobre todo limitar la autoridad, la <<positiva>> quiere adueñarse de ella, ejercerla. Esta noción en más social que individual pues se funda en la idea (muy justa) de que la posibilidad que tiene cada individuo de decidir su destino está supeditada en buena medida a causa <<sociales>> ajenas a su voluntad. ¿Cómo puede un analfabeto disfrutar de la libertad de prensa? ¿De qué le sirve la libertad de viajar a quien vive en la miseria? ¿Significa acaso lo mismo la libertad de trabajo al dueño de una empresa que para un desempleado? En tanto que la libertad <<negativa>> tiene en cuenta principalmente el hecho de que los individuos son diferentes, la <<positiva>> considera ante todo lo que tienen de semejantes. A diferencia de aquélla, para la cual la libertad está más preservada cuanto más se respetan las variantes y casos particulares, ella estima que hay más libertad en términos sociales cuantas menos diferencias se manifiestan en el cuerpo social, cuanto más homogénea es una comunidad.

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UNO

Entre los fragmentos del poeta griego Arquíloco hay un verso que reza: <<El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante>>. Los estudiosos han discrepado respecto a la interpretación correcta de estas oscuras palabras, que tal vez no signifiquen sino que, pese a su astucia, el zorro sucumbe a la única defensa del erizo. Sin embargo, si se toman en sentido figurado, es posible interpretar en dichas palabras una de las diferencias más profundas que separan a escritores y pensadores, y seguramente también a los seres humanos en general. Pues existe un gran abismo entre, por un lado, quienes lo fían todo a una visión central única, a un sistema más o menos coherente o articulado a partir del cual comprenden, piensan y sienten -un principio organizador singular y universal que es lo único que da sentido a todo cuanto son y expresan- y, por el otro, quienes persiguen múltiples objetivos, a menudo sin relación entre sí o incluso contradictorios, conectados acaso de facto, por alguna causa psicológica o fisiológica, sin relación con ningún principio moral o estético. Estos últimos viven unas vidas, sostienen unas ideas y realizan unas acciones que son centrífugas, más que centrípedas; su pensamiento es disperso, difuso, actúa a muchos noveles y aprovecha la esencia de una gran variedad de experiencias y objetos por lo que son en sí mismos, sin tratar, de forma consciente o inconsciente, de que encajen o queden excluidos de una determinada visión interna unitaria, inmutable y exhautiva, unas veces contradictoria e incompleta, y otras fanática. El primer tipo de personalidad intelectual o artística pertenece a los erizos, la segunda a los zorros. Sin insistir en una clasificación rígida, podemos decir, sin demasiado temor a contradecirnos, que, en este sentido, Dante pertenece a la primera categoría y Shakespeare a la segunda; Platón, Lucrecio, Pascal, Hegel, Dostoievski, Nietzsche, Ibsen o Proust son, en grado distinto, erizos; Herodoto, Aristóteles, Montaigne, Erasmo, Moliére, Goethe, Pushkin, Balzac y Joyce son zorros.

Jesús J. de la Gándara Martín (Cibernícolas) Vicios y virtudes de la vida veloz

2. Vicios ticopáticos

Por si acaso aún no ha quedado claro, debe confesar que soy un fan de la modernidad. Me fascinan los prodigios tecnológicos y científicos que han acontecido en la era posmoderna, y estoy dispuesto a sucumbir a todas las seducciones y pecados que me ofrecen. Uno de mis lemas vitales es que para ser feliz hay que tener muchas pasiones y ninguna dependencia. Eso no es fácil, pues los seres humanos somos apasionados y dependientes por naturaleza. Pecadores y viciosos a partes iguales, aunque también arrepentidos y potencialmente virtuosos. Y ese es el contexto en el que vivo y convivo, en una familia y un grupo humano repleto de cibernícolas, ciudadanos de pleno derecho y deber de esta era cargada de bondades y virtudes, pero también dotada de enormes facilidades para desarrollar conductas ticopáticas, dependientes, adictas o viciosas.

Y es que, a semejanza de los seres humanos, cada era o época de la historia también tiene su propia panoplia de vicios y virtudes que la identifica y diferencia. Y, de ser así, el dilema sería: ¿acaso es cierto que esta etapa histórica que ahora vivimos tiene su propio panel de vicios y virtudes que la diferencian e identifican como una era peculiar?

Para responder a esta cuestión empezaremos por examinar someramente algunos de los hábitos —llámense manías— más típicos de la sociedad actual, los cuales suelen ser tildados de vicios por lo que representan de exceso y desmesura, aunque en general los que los practican tiendan a considerarlos placeres o pasiones y, por lo tanto, los aprendan y practiquen con inusitada tenacidad.

Entre los muchos rasgos de este tipo que podríamos describir, solo elegiremos algunos por ser los más característicos de nuestro estilo de vida, tales como el posesionismo, o esa especie de manía de poseer cosas, de adquirir en exceso, de comprar y comprar, para luego tirar. Otro podríamos denominarlo apresuramiento, o esa especie de necesidad de ir a toda prisa, de instalarnos en la velocidad como modo de vida. También la infosaturación, una especie de intoxicación informativa consecuencia de estar siempre conectados, de recibir, enviar y compartir información a toda hora y en todo lugar a través de los numerosos artilugios modernos. Los tres anteriores no son ajenos a un tercero, y mediático, que podríamos denominar pantallofrenia, una especie de locura derivada de vivir rodeados y atrapados por las múltiples pantallas que cada uno tiene en su entorno o porta consigo. 

Y por último, en consonancia con la cultura de la imagen que nos domina, podríamos acabar esta sección con lo que en otro lugar hemos denominado síndrome del espejo, que viene a ser la necesidad de ostentar un cierto estilo estético que nos satisfaga al tiempo que sea reconocido por el entorno como acorde con los tiempos y las modas.

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Posesionismo

Aseguraba Michel de Montaigne que la pobreza de bienes es fácilmente remediable, mas la del alma es irreparable, y siglos después Erich Fromm nos enseñó que el ansía de tener nunca acaba, mientras que la búsqueda del ser se completa en sí misma. ¿Será eso lo que nos ocurre a los humanos hipermodernos?, ¿somos tan pobres de espíritu como ansiosos de posesiones?

Para responder a esas preguntas deberíamos plantearnos antes otras cuestiones. Primera: los antiguos sostenían que las obras de una persona son una extensión de ella misma. En la actualidad se tiende a asumir que las posesiones de una persona son la amplificación de ella misma. La cuestión clave es qué nos define mejor: ¿lo que hacemos o lo que tenemos?, ¿nuestras obras o nuestras posesiones?

Segunda: los antiguos sostenían que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Los modernos opinan que el que más tiene más puede. La pregunta: es, ¿qué define mejor a una persona, su habilidad para atesorar cosas o su capacidad para desprenderse de ellas?

Busquemos respuestas.

Hace años tuve la oportunidad de investigar dos patologías humanas por entonces novedosas: la compra compulsiva y el síndrome de Diógenes. Ambos estudios generaron una gran atención mediática y hoy día todo el mundo sabe qué son sin necesidad de consultar la Wikipedia. Y si ambos desórdenes del comportamiento humano conectaron tan acusadamente con el público, es porque se trataba de dos representaciones elocuentes de los vicios más extendido en la sociedad de consumo: adquirir sin mesura y acumular sin límite.

La compra compulsiva podría tipificarse por tres rasgos: compro, luego existo, dime cómo compras y te diré cómo eres y comprar por comprar. A buen entendedor no le hacen falta más datos; no obstante, diremos que se habla de auténtica adicción a comprar cuando no se puede vencer el impulso de adquirir objetos diversos, innecesarios y repetidos a un coste excesivo para las posibilidades de la persona, empleando en ello mucho más tiempo y energía de los razonable, lo que produce un serio deterioro económico y conflictos familiares o laborales, y que persiste contra toda racionalidad a pesar de los perjuicios que implica. El impulso comprador suele empezar en el escaparate y acabar en el fondo de un armario a rebosar de objetos y autorreproches. 

Felipe Fernández-Armesto (Un pie en el río) Sobre el cambio y los límites de la evolución

LOS LÍMITES DE LA EVOLUCIÓN
Por qué la teoría evolutiva no puede abarcar toda la realidad histórica

Cuando pintaba una naturaleza muerta, a Paul Cézanne le gustaba cambiar de perspectiva, a veces de la noche a la mañana, a veces en plena sesión. Estaba buscando sensaciones momentáneas, uniendo estas distintas percepciones para combinarlas en una sola composición. Cuando vemos su versión de un cuenco de manzanas, por ejemplo, las curvas visibles del borde del cuenco parece que nunca se juntarán. Cézanne pintaba unos melones extrañamente abombados porque quería captar la manera en que la fruta parece cambiar de forma dependiendo del ángulo desde el que se la observe. Las distorsiones visuales, la forma en que cada objeto asume su propia perspectiva, pueden resultar en ocasiones confusas y en ocasiones exasperantes, pero siempre le dejan a uno intrigado. Pintaba las mismas escenas una y otra vez porque con cada mirada veía algo nuevo, y todo vistazo hacia atrás acababa dejándole insatisfecho por las evidentes imperfecciones de la visión parcial.

El pasado es como un cuadro de Cézanne, o como una escultura tridimensional cuya realidad no se puede captar desde un solo punto de vista. No quiero decir con esto que la realidad sea algo oculto o que se pueda transformar la verdad. Al contrario, creo que la realidad objetiva (es decir, aquello para lo que todo observador sincero daría una misma versión) está en algún lado, aunque sea en un lugar remoto y de difícil acceso, quizá en la suma de todas las perspectivas subjetivas. Cada vez que cambiamos de posición, tenemos otro punto de vista; entonces, como Cézanne, volvemos a nuestro lienzo y tratamos de hacer encajar ese punto de vista con todos los demás. Clio es una musa a la que espiamos en pleno baño, camuflados entre las hojas. Cada vez que agitamos un poco los arbustos, conseguimos ver algo en lo que no nos habíamos fijado antes.

A la hora de reconstruir un crimen, por ejemplo, tenemos que considerar la perspectiva de los protagonistas y las víctimas. Necesitamos el testimonio de muchos testigos para reproducir el más mínimo detalle de lo sucedido. Para entender una sociedad necesitamos saber cómo viven sus miembros en cada estrato de poder y riqueza. Para entender una cultura, necesitamos ponerla en contexto y saber lo que sus vecinos pensaban de ella. Para entender a la especie humana tenemos que ampliar la visión e incluir también otras especies. Para llegar al corazón tenemos que pelar las capas exteriores... Sin embargo, el pasado es imposible de atrapar: lo vemos mejor cuando le añadimos un contexto, igual que el centro de una diana parece un blanco más fácil cuando los anillos exteriores lo rodean y lo definen.

El punto de vista más espectacular y objetivo que puedo imaginar en el de la criatura a la que llamo "el observador galáctico", que estaría ahí en lo alto analizando nuestra historia desde una enorme distancia de tiempo y espacio. Desde su garita de vigía, todo el planeta se puede ver de una sola vez y, como en los experimentos mentales de san Agustín o Borges del capítulo I, la perspectiva abarca todo el pasado con una sola mirada. ¿Cómo sería la historia desde su punto de vista?

Sospecho que el observador galáctico necesitaría ayuda para recordar una especie tan débil y de tan poco recorrido vital como la humana. El trigo, o los zorros, o los protozoos, o los virus puede que le parecieran más interesantes: todos desde un punto de vista biológico, tienen rasgos tan sobresalientes como los de los seres humanos: una gran variedad medioambiental, una sorprendente capacidad de adaptación y una longevidad admirable. Sin embargo, el observador seguramente nos distinguiría de las demás especies por nuestra cultura frenética y caleidoscópica, es decir, por el hecho de que tenemos más cultura y de más tipos distintos que ningún otro ser vivo. Creo que esa visión podría resumir nuestra historia en una sola palabra: divergencia.

Algunos creen que casi toda la historia se rige por una gran narrativa que tiene que ver con el progreso o los designios de la providencia o que se hace cada vez más compleja o funciona mediante cambios cíclicos o conflictos dialécticos o alguna otra corriente cósmica. Sin embargo, el observador galáctico seguramente distinguiría en esta narrativa una historia más sutil y a la vez mucho más fascinante: la de cómo una cultura como la de los homo sapiens, en principio estable y limitada, cuando apareció por primera vez en el registro arqueológico, acabó esparciéndose y multiplicándose miles de veces durante miles de años hasta cubrir la amplísima variedad de formas de vida distintas con las que ahora nos sorprendemos unos a otros e infestamos hasta el último lugar habitable del planeta.

Javier Sábada (La religión al descubierto)

2. Lo religioso

Para el historiador Mircea Eliade la religión nos abre a lo más profundo del hombre. Para el sociólogo Émile Durkheim la religión es la primera manifestación de la vida comunitaria de los humanos. Para el sociobiólogo Edward O. Wilson la religión es, como los virus, una compañera inseparable en la evolución del ser humano, por lo que es del todo improbable que desaparezca. Y en los últimos tiempos se estudia con intensidad los sustratos neurológicos de la conducta religiosa. De ahí que haya aparecido una disciplina, la neurorreligión, que, aunque aún en pañales, nos puede ayudar a entender ese fenómeno complejo, misterioso y recurrente que hace que el ser humano proyecte sus fantasías y deseos en un cielo del que, al final, acaba dependiendo.

Por eso, y por mucho más, es ingenuo afirmar que la religión no merece estudiarse o que pertenece a un pasado que deberíamos olvidar. La religión lo invade todo y se difunde a través de todas las culturas. Y si bien es cierto que uno puede mantenerse indiferente ante lo que supone el hecho religioso, no es menos cierto que el hecho religioso está ahí, imponente, a veces desbordándonos y otras golpeándonos. Porque de la misma forma que contemplamos ejemplos de entrega amorosa a los demás, nos horrorizamos ante persecuciones, torturas y crímenes realizados en nombre de la religión. Además, la misma indiferencia intelectual tiene sus límites. Viene a cuento el dilema que establecía Aristóteles respecto a la filosofía: o hay que hacer filosofía o no hay que hacer filosofía. Si es que hay que hacerla, se hace. Y si no hay que hacerla, también hay que hacerla para demostrar que está de sobras. Apliquémoslo a la religión. El filósofo británico Antony Flew es una muestra clara de esto último. Se pasó toda la vida escribiendo y enseñando Filosofía de la Religión para negarla. Conviene añadir que, cosas de la vida, ya muy mayor defendió, contra todo lo que había dicho antes, la probabilidad de un Ser Supremo.

Es habitual oír, ante el hecho en cuestión, que hemos de respetar a las personas que se adscriben a una determinada religión. Nada habría que objetar a dicho respeto si de lo que se trata es de no entrar en la esfera de la religión más íntima de cualquiera de los miembros de la sociedad. Pero el respeto ha de ser de ida y vuelta, porque las religiones no son solo opciones tomadas en lo más recóndito del alma humana, sino que se presentan y compiten en la escena pública. Se edifican iglesias, se proclaman dogmas a viento y marea, se exhiben procesiones y un sin fin de lugares de culto. Por eso, el creyente religioso también ha de respetar a quien juzgue si le parece o no que el iluminado Mahoma era un profeta o si la Trinidad es un concepto más inconcebible que los números irracionales. Quien habla de comprometerse con lo que dice y se expone a su aceptación o refutación. Le quedará siempre el refugio de la fe, pero, una vez más, independientemente de que desde fuera se interprete su actitud como una explosión de su emotividad, si trata de exponer su fe, tendrá que someterse a las objeciones y preguntas que cualquiera le pueda hacer.

Se ha discutido acaloradamente sobre la etimología del término «religión». Lo que equivale en nuestro lenguaje a esa palabra no lo encontramos en las lenguas indoeuropeas. La causa reside en que la religión lo impregnaba todo, por lo que no se aislaba un trozo de la realidad y se le aplicaba una determinada palabra. Ocurre lo mismo con la palabra «guerra», a pesar de que los indoeuropeos eran muy belicosos. De nuevo, la causa hay que encontrarla en lo difuminado de una realidad que no es posible encajar lingüísticamente. En Grecia sucedía algo parecido. Existen algunas palabras griegas que se aproximarían a lo que nosotros llamamos «religión», especialmente thambos, que podríamos traducir por «deslumbramiento» y poco más. Pero el deslumbramiento, lo veremos más tarde, no es su característica principal y es propio también, por ejemplo, de la estética. La controversia comenzará de verdad en una lengua que nos es mucho más cercana. Agustín de Hipona pensaba que provenía del latín religare, estar atado, depender de alguien. Todavía hoy, y con evidente interés, hay quien sigue los pasos del santo. Según el lingüista Émile Benveniste, Cicerón tenía razón cuando escribió que la procedencia hay que buscarla, más bien, en el término relegere, releer, estar atento a los deberes del culto. Y, ya de manera sofisticada y solitaria, Robert Graves creía que su origen está en rem legere, bailar y rodear con hechizos a la Diosa Madre. Se trataría de un residuo tan bello como mistificado de la Vieja Europa.

* Javier Sábada (Ética erótica) Una manera diferente de sentir

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