Marie Luise Knott (Desaprender) Caminos del pensamiento de Hannah Arendt

PRÓLOGO

Después de conocer a Hannah Arendt en Nueva York, la escritora Ingeborg Bachmann, escribió: «Nunca he dudado de que tenía que haber alguien como usted, pero ahora usted existe realmente y durará siempre mi alegría por este motivo». Había entre ambas una afinidad espiritual. «Qué bonita la última novela con su gran amor», dijo Hannah Arendt ante Uwe Johnson después de la muerte de Bachmann.

En el relato Tres caminos hacia el mar, la protagonista, la traductora Elisabeth Matrei, propone no tres caminos, sino muchos en el intento de llegar al mar de la niñez, a la belleza, al sosiego y a la reconquista de un mundo familiar (que ha perecido). Pero ella constata; las generaciones ya no se dan la mano. Los caminos de la infancia han pasado. Hay que explorar de nuevo todos los caminos, que son recorridos por mor del camino. Así sucede también con el amor, el motivo secreto de toda partida en Bachmann. El amor inflama, independientemente de su viabilidad, y no se agota ni siquiera en el fracaso.

Los caminos de pensamiento en la obra de Hannah Arendt, esbozados en los capítulos siguientes, se parecen a tales exploraciones. A todos ellos les precede el choque del siglo XX, el de que con el nacionalsocialismo estaba en obra una fuerza que amenazaba transformar por completo la esencia del hombre. Arendt citaba al escritor W.H. Auden: «Todas las palabras como paz y amor, el sano hablar afirmativo, se han ensuciado, han sido profanadas, se han convertido en un horrible chillido mecánico». En el lenguaje el nacionalsocialismo había intentado forzar a los hombres a que entraran en el propio sistema «lógico» monocasual, con sus férreas imágenes lingüísticas; los hombres habían de ser encadenados en la asignación de significaciones construidas de manera totalitaria. Todo hablar de lo bueno, bello y verdadero (peace and love) había sido degradado y profanado, había dejado paso al griterío maquinal del terror. ¿Cómo se puede salir de semejante perplejidad y llegar a poseer un lenguaje propio para lo visto y oído, lo acontecido y lo hecho? En Gottfried Keller encuentra la teórica una imagen para el desamparo y la necesidad de «desarraigarse» de lo conocido en lo desconocido, pues ella creía que los poetas saben decirlo mejor que nosotros: «Les gusta quemar por aflicción y hacen luz del antiguo horror». 

En cada uno de los cuatro capítulos —reír, traducir, perdonar y dramatizar— se pregunta cómo Hannah Arendt despertó «agrado desde el sufrimiento y luz desde el antiguo horror», y se esbozan caminos acerca de cómo logró ir más allá de los callejones sin salida de las vigentes y tradicionales representaciones del mundo y del hombre. Los caminos son abordados como lo que son: caminos del bosque que de pronto acaban. Estos caminos no buscan una nueva escuela, sino que están dispuestos para cultivar el bosque, para recuperación del mundo amenazado. Walter Benjamin lo formula así: «Pocas veces nos hacemos una idea de cuánta libertad se requiere para expresar de la mejor manera posible el más pequeño pensamiento propio». Desde su punto de vista, todo aprisionamiento en el contenido roba al autor un trozo de su habilidad lingüística y con ello, podríamos añadir, un trozo de su mundo.

Este libro trata de las expediciones a partir de tal «aprisionamiento» y de los territorios de libertad así alcanzados. Los caminos de pensamiento esbozados necesitan la poesía, que, con su «desnudez y carácter directo», interrumpe en el lenguaje analítico y hace que este se abra; Arendt rechaza aquellos instrumentos de comprensión que se han mostrado embotados u «obtusos». Deja que se pierdan. Muchas cosas tienen que soltarse de sus lazos, han de cuestionarse y deben conquistarse de nuevo. Estas acciones de «desaprendizaje», nacidas del choque y del trastorno, son expediciones del pensamiento. En la risa se interrumpe la indignación paralizante por el encuentro con el fenómeno de Adolf Eichmann; por la traducción activa, como movimiento del pensamiento, el sufrimiento de la emigración y de la condición extraña recibe un giro hacia una «despreocupación del paria», que, por no estar implicado en igual medida que los nativos en las realidades sociales del país de acogida, puede fantasear en la lejanía con una mirada más libre. En el «desaprender mediante el perdón», en una especie de parte por el todo, se trata de la lucha desesperada por deshacerse de imágenes y conceptos cuyo sentido y significación transmitidos impiden pensar; y por medio de la «dramatización» el texto mismo puede convertirse en escenario. Así los hombres, que están bajo la amenaza de convertirse en marionetas de lo social, obtienen lugares seguros para revelar su «singularidad personal» [...]
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Reír
Cómo el espíritu de pronto
toma otra dirección

Quien oye los discursos
que de tu casa salen, se ríe;
pero quien te ve, echa mano del cuchillo.

Bertolt Brecht

En 1963, después de aparecer su reportaje sobre Eichmann, Hannah Arendt fue atacada con dureza en todo el mundo; es más, fue «excomulgada» del judaísmo (Amos Elon). Los desencadenantes de esta risa fueron los protocolos de la toma de declaración a Adolf Eichmann, anterior teniente coronel de las fuerzas de asalto de las ss que, como director de la potencia del nacionalsocialismo sobre «Asuntos judíos, asuntos de limpieza«, había organizado las deportaciones a los campos de destrucción. Eichmann, después de la guerra, había vivido en Argentina con una identidad falsa, hasta que en 1960 el servicio secreto de Israel lo secuestró y lo condujo a Jerusalén, donde fue sometido a juicio «por crimen contra el pueblo judío» y «crimen contra la humanidad». En los preludios del proceso había sido descrito como «perversa personalidad sádica» y «antisemita fanático»; según se decía, en él iba unido «el insaciable instinto de muerte» con «una inflexible fidelidad al deber». Y precisamente a este agente nazi, tan como estaba sentado en la vitrina, le daba Hannah Arendt en su relato sobre el proceso el calificativo de «bufón», que por sí mismo no había obtenido sentido ni orientación en su vida. Las acciones le parecían monstruosas, pero el actor le daba la impresión de un hombre demasiado normal y perteneciente al término medio. Arendt lo describe así:

Eichmann no era Yago, ni Macbeth, y nada habría estado más lejos de él que decidirse con Ricardo III a ser un malvado. Fuera de la disposición extraordinaria a hacer todo lo que podía ser útil a su medro, no tenía ningún móvil; y tampoco ese celo era en sí criminal; sin duda él no habría matado a ningún superior para ocupar su lugar. Manteniéndonos en el lenguaje cotidiano, nunca se hizo una idea de lo que propiamente estaba cometiendo.

Arendt viajó muy gustosa a Jerusalén en 1961, por encargo de la revista The New Yorker, para informar sobre el proceso contra Adolf Eichmann. En el tiempo en que comenzaban a prescribir en Alemania los delitos de los nacionalsocialistas se acumularon muchas preguntas candentes: ¡cómo podían enfocarse en el plano jurídico las acciones de Eichmann? ¡Cómo podían abordarse en el juicio sin propiamente no había ningún castigo adecuado? Por otro lado: ¿por qué tantos reos habían quedado sin castigo? ¿Qué instituciones estaban dispuestas a perseguir esas acciones y cuáles estaban legitimadas para hacerlo? A la postre, en la República Federal de Alemania antiguos nazis ocupaban la mayoría de las altas instancias judiciales. ¿Podía un tribunal israelita juzgar sobre acciones que se habían producido antes de la fundación del Estado, y ni siquiera habían ocurrido en el actual territorio estatal, aunque los delitos se hubieran cometido contra el pueblo judío?

Hans Magnus Enzensberger (Ensayos sobre las discordias)

LABERINTOS INTERPRETATIVOS.
CALLEJONES SIN SALIDA

En esta situación es tentador encontrar explicaciones lo más simples posible a lo que parece tan difícilmente explicable. A nadie sorprenderá que tanto políticos como editorialistas prefieran las interpretaciones más simplistas entre todas las disponibles. Con ello no hacen sino seguir los esquemas tradicionales de los partidos. Quien pretenda describir los esfuerzo de éstos, no tendrá que extenderse demasiado.

Los oradores conservadores evocan sin cesar un imaginario ancien régime en el que supuestamente habrían imperado las buenas costumbres y la decencia, la ley y el orden. Las causas de la perdición del mundo creen verlas en los movimientos emancipadores de los últimos siglos y en la decadencia de la autoridad ancestral. Suponen, igualmente, que la salvación debe buscarse en la reimplantación de aquellas virtudes que tienen sus raíces en las sociedades estamentales de cuño patriarcal. Pero, comprensiblemente, no dan detalles de cómo y con qué medios políticos pretenden implantar este ideario en la fase actual de la civilización tardo-industrial.

Mas he aquí que, en el caso de la socialdemocracia, ha vuelto a vencer Rousseau. Lo que ha acabado nacionalizándose no son los medios de producción, sino la terapia. La curiosa creencia de que el hombre es bueno por naturaleza tiene su último reducto en el trabajo social, donde las motivaciones pastorales se entremezclan sorprendentemente con vetustas teorías del entorno y de socialización, pero también con una versión lihgt del psicoanálisis. Quienes se erigen en tutores de las ovejas descarriadas las exculpan con desmesurada benevolencia de toda responsabilidad por sus actos violentos. La culpa jamás la tiene el criminal, siempre el entorno: el hogar paterno, la sociedad, el consumismo, los medios audiovisuales, los malos ejemplos. Parece como si a todo homicida se le entregara, por así decirlo, un cuestionario de elección múltiple que debe rellenar siempre a su favor:

Mamá no me quería; Mis profesores eran excesivamente autoritarios/antiautoritarios; Papá llegaba a casa borracho/nunca estaba en casa; El banco me concedió demasiado crédito/me bloqueó la cuenta corriente; Cuando era niño/estudiante/aprendiz/empleado siempre me mimaron/relegaron; Mis padres se divorciaron demasiado/pronto/tarde; En mi barrio había demasiadas/insuficientes posibilidades de ocio. Por todo ello no tuve más alternativa que robar/incendiar/atentar/matar. (Márquese lo que corresponda.)

Con tales procedimientos se consigue que el delito desaparezca, dado que ya no existen criminales, sino sólo pacientes/clientes. Según este esquema, incluso a Höss y a Mengele habría que considerarlos víctimas desamparadas merecedoras de una ayuda adecuada en forma de tratamiento psicoterapéutico a cargo de la seguridad social. Siguiendo esta lógica, sólo los terapeutas podrían plantearse dudas morales al respecto, al ser los únicos capaces de comprender la situación. Y puesto que todos los demás no son responsables de nada, y muchos menos de sus propios actos, ya no existen como personas, sino únicamente como destinatarios de la asistencia social.

Si comparamos la mamarrachada política de tales afirmaciones con las teorías materialistas sobre la crisis, por muy crudas que éstas sean todavía resultan plausibles, porque por lo menos se basan en datos económicos y en consecuencia comprobables. Sólo a un mentecato se le ocurriría servirse del argumento de que el análisis marxista ya no está de moda. Desde que el mercado mundial ha dejado de ser una visión de futuro para convertirse en una realidad global, cada año produce menos ganadores y más perdedores; pero no sólo en el Segundo y Tercer Mundo, sino incluso en el centro del capitalismo. Mientras allí son países e incluso continentes enteros los que quedan marginados de las relaciones internacionales de intercambio, aquí son sectores cada vez más amplios de la población los que ya no pueden mantener el ritmo de una competencia cada vez más salvaje. 

Si nos imaginamos un atlas que muestre la distribución territorial de todas estas masas «superfluas»—es decir, por un lado las regiones del subdesarrollo en sus diversas gradaciones, y por el otro las zonas de infraocupación en las metrópolis— y si a continuación tomamos los lugares en los que habitan dichas masas y los comparamos con los focos de las pequeñas y las grandes guerras civiles, obtendremos una clara correlación. Y entonces llegaremos a la conclusión de que la violencia colectiva no es más que la reacción desesperada de los perdedores ante su situación económica sin futuro.

Sin embargo, no se han producido las consecuencias políticas anunciadas por los teóricos marxistas. En este sentido, sus tesis han sido falsificadas. La lucha internacional de clases no tiene lugar. Ninguno de los dos bandos implicados en la famosa contradicción básica tienen intención de llegar a una confrontación global. Los perdedores, lejos de unirse bajo una misma bandera, van acelerando su autodestrucción, al tiempo que el capital se retira siempre que puede de los escenarios bélicos. 

En este contexto es preciso, aunque no prometedor, rebatir la pertinaz creencia de que las condiciones de explotación pueden reducirse a un mero problema de distribución, como si se tratara del reparto justo o injusto de un pastel. Aparte de que este cliché no puede invocar en absoluto la teoría marxista, es sencillamente falso. Nos lo suelen presentar afirmando que «nosotros» vivimos a costa del Tercer Mundo; que nosotros, es decir, los países industrializados, somos tan ricos porque lo estamos explotando. Pero quienes se autoinculpan de este modo suelen desconocer los hechos. Para ello basta un solo indicador: la participación de África en las exportaciones mundiales se reduce al 1,3%; el de Latinoamérica se sitúa en el 4,35%. Los economistas que han estudiado el asunto no creen que la población de los países más ricos llegaran a enterarse si los continentes más pobres desapareciera del mapa. Y esta situación tan catastrófica no la pueden modificar las crisis causadas por el endeudamiento ni los vaivenes en los precios de las materias primas, la fuga de capitales o el proteccionismo.*

Las teorías que se limitan a achacar la pobreza de los pobres exclusivamente a factores externos no sólo alimentan la indignación moral, sino que tienen otra ventaja: exculpan a los gobernantes del mundo pobre y achacan todas las miserias a Occidente, recientemente rebautizado como El Norte. Los africanos, que ya se han percatado de esta artimaña, afirman ahora que sólo hay una cosa todavía peor que ser explotados por las multinacionales: no ser explotados por ellas. Según ellos, el enemigo principal ya no son los centros del capitalismo sino aquellos gángster políticos que desde hace años arruinan sistemáticamente sus respectivos países. Ninguna persona lúcida se traga que la gran banca haya orquestado durante veinte años la guerra civil del Chad, que Idi Amin sea un agente de la CIA o que los Tigres tamiles sean marionetas del Pentágono. A pesar de ello, hay incluso europeos que siguen aferrándose a la idea de que no existen criminales, sólo instigadores. Siguiendo esta lógica, la guerra civil de Yugoslavia no sería responsabilidad de serbios ni de croatas, sino de ciertos secretarios de Estado de Bonn que por esta vía pretenderían restaurar el Gran Reich alemán. 

Tan descabelladas imputaciones también desempeñan un papel en la guerra civil molecular, sólo que en este caso los perdedores, llevados por su paranoia, se empeñan en señalar como causantes de su miseria a extranjeros, judíos, coreanos, latinoamericanos o gitanos. Todas estas fantasiosas visiones de conjura no hacen más que ocultar la terrible verdad: en Nueva York al igual que en el Zaire, en las metrópolis al igual que en los países pobres, son cada vez más personas que son eliminadas del circuito económico porque ya no resulta rentable explotarlas. 

* Nota al pie 2015: La participación de América Latina y África en el comercio mundial parece haber aumentado desde 1990; en la actualidad se estima que está comprendida entre el 3% y el 6%. 

Hans Magnus Enzensberger (Panóptico)
* Hans Magnus Enzensberger (El perdedor radical) Ensayo sobre los...

Imanol Zubero (Las víctimas como precio necesario)

5. CONCLUYENDO: TRABAJO Y HOLOCAUSTO
(CON MINÚSCULA)

Con intención exculpatoria Albert Speer reproduce en sus memorias un artículo aparecido en 1944 en el diario Observer, en el que se le describe en los siguientes términos:

Speer no es uno de esos nazis extravagantes y pintorescos. De hecho ni siquiera se sabe si tiene opiniones políticas. Se habría podido adscribir a cualquier otro Partido político, si hacerlo le hubiera servido para conseguir trabajo y una carrera. Es un producto destacado del hombre medio, triunfador, bien vestido, cortés, incorruptible. [...] Más bien simboliza un tipo de hombre que se está volviendo cada día más importante en todos los Estados que participan en la guerra: el técnico, puro, el hombre brillante que no proviene de una clase social ni tiene antepasados gloriosos y cuyo único objetivo es abrirse camino en el mundo, gracias a sus facultades como técnico y organizador. Precisamente su falta de lastre psicológico y anímico y la desenvoltura con que maneja la temible maquinaria técnica y organizativa de nuestro tiempo hace que esta tipología insignificante llegue tan lejos en nuestros días. Este es su tiempo. Puede que nos deshagamos de los Hitler y de los Himmler, pero los Speer, sea lo que fuere que pueda pasarle a este en particular, seguirán mucho tiempo entre nosotros.

Esta podría ser también la semblanza de Eichmann, aquel hombre «normal» aplicado concienzudamente a la tarea de lograr que los trenes partieran y llegaran a su hora. Dos idiotas morales, especializados en pasar instantáneamente de la idea a la acción, sin que medie deliberación ninguna y por ello inmunes a las contradicciones morales que puedan derivarse de las consecuencias de sus acciones.

En el transcurso de esta breve reflexión han ido surgiendo una serie de conceptos que, en principio, permitirían ciertas analogías con determinados procesos que diversos científicos sociales han creído reconocer en el Holocausto. Me refiero a conceptos y procesos tales como producción de distancia social, invisibilización de las víctimas, irresponsabilidad de los privilegios, ignorancia indiferente, desconexión moral, procedimientos impersonales, exclusión categorial, personas superfluas, desmoralización y automatización de los procesos, inacción institucionalizada, irresponsabilidad organizada, etcétera. 

En el informe de la denominada Oficina de Evaluación Independiente que analizó los fallos de supervisión cometidos por el Fondo Monetario Internacional en el periodo previo a la actual crisis financiera y económica mundial se afirma lo siguiente: «La capacidad de FMI para identificar correctamente los crecientes riesgos se vio obstaculizada por un alto grado de pensamiento de grupo, captura intelectual, una tendencia general a pensar que era improbable una fuerte crisis financiera en las grandes economías avanzadas y enfoques analíticos inadecuados». Podemos encontrar un diagnóstico parecido en el exhaustivo informe elaborado por la Comisión Investigadora de la Crisis Financiera en Estados Unidos, donde se describe y se denuncia la generación sistemática de una cadena de irresponsabilización en torno a la concesión de créditos: «nobody in this entire chain is responsible to anybody». Un entorno institucional perfecto para la proliferación de los Eichmann económicos.

Incluso hay quienes directamente consideran las actuales políticas de austeridad impulsadas por los poderes financieros y políticos en Europa como un ejercicio de banalidad del mal, como un perfecto ejemplo de «catástrofe administrativa». Políticas que, en un reciente artículo sobre las consecuencias que estas políticas están teniendo sobre la salud de la población griega publicado en la prestigiosa revista The Lancet, son calificadas con el término «negacionismo», refiriéndose a la renuncia de los responsables políticos y económicos de Gracia (¡y de España!, como señalan expresamente los autores del artículo) a reconocer los daños provocados por las políticas que están implementando, a pesar de todas las evidencias científicas.

En fin, no sería absoluto difícil continuar buscando analogías entre algunas de las lógicas más determinantes de los procesos que llevaron a la creación de los campos de concentración y exterminio en los años treinta y cuarenta del siglo XX y las lógicas que hoy día inspiran e impulsan los procesos económicos y políticos que están en la base del inaceptable abaratamiento de la vida (austericidio) y del trabajo precarización) de tantas y tantas personas. No sería difícil, pero acaso resulte más útil resumirlo todo a una reflexión del filósofo y sociólogo alemán Oskar Negt, activo colaborador en las tareas de formación del sindicato IG Metall, en su libro titulado El trabajo y la dignidad humana:

También para el movimiento obrero Auschwitz es el lugar inconfundible de un acontecimiento que ha arrancado la inocencia política a todos los conceptos que usamos desde entonces. La consigna «El trabajo libera» en las puertas del infierno de los campos de concentración no solo se burlaba de manera inaudita de las víctimas, sino que dificulta la separación del concepto de trabajo de su atrapamiento mortal y envilecedor.

[...] La austeridad es una opción, no una obligación. Y una opción antidemocrática, cuya aplicación exige la suspensión de los procedimientos democráticos. Lo hemos visto en Italia, con un primer ministro como Monti, elegido por los mercados y no por las urnas; lo hemos visto en Grecia, con la retirada del referéndum sobre el plan de rescate propuesto por su primer ministro Papandréu; lo hemos visto en España, con la reforma-express de la Constitución para garantizar el equilibrio presupuestario de las Administraciones Públicas y la prioridad absoluta del pago de la deuda pública sobre cualquier otra rública presupuestaria. Eso es democracia acorde con el mercado. Es contra esta banalización de la democracia, imprescindible para que se produzca la posterior banalización de las vidas y los trabajos de tantas personas, contra la que debemos alzarnos: 

Disponemos de información e interpretación más que suficiente para decidir colectivamente qué modelo productivo queremos que se instale con urgencia en nuestro país. Porque el círculo se cierra y se reproduce: malos puesto de trabajo que, una vez creados, solo pueden funcionar fabricando socialmente mano de obra dispuesta a jugarse la vida para ganársela.

Terry Eagleton (Sobre el mal)


La hastiada sensibilidad de la cultura posmoderna apenas puede escandalizarse ya con la sexualidad. Así que, en su lugar, recurre al mal o, cuando menos, a lo que su cándida imaginación le dice que es el mal: vampiros, momias, zombis, cadáveres en descomposición, risas maníacas, niños demoníacos, paredes que sangran, vómitos multicolores, etcétera. Obviamente, nada de eso tiene un ápice siquiera de malvado: no es más que desagradable. Como tal, es susceptible de recibir aquella acusación que el novelista Henry James dirigió (por cuestionable que fuera) contra la poesía de Charles Baudelaire. «El mal para él empieza fuera y no dentro, y está formado principalmente por grandes dosis de paisaje escabroso y mobiliario sin limpiar. [...] El mal queda representado como una cuestión de sangre, carroña y enfermedad física. [...] Sin cadáveres pestilentes, prostitutas famélicas y botellas de láudano vacías, el poeta no se inspira de verdad». El mal no es aquí más que un teatro banal. Por el contrario, en la propia escritura de James puede detectarse el fétido aroma de la corrupción en el simple hecho, por ejemplo, de descubrir a un caballero que, estando a solas en una habitación con una dama que no es su esposa, permanece sentado mientras ella está de pie.

Las sociedades «angélicas» sin aquellas cuya política consiste en poco más que un conjunto de técnicas administrativas diseñadas para mantener contentos a sus ciudadanos. Precisamente por ello, son proclives a engendrar lo demoníaco como reacción adversa a su propia naturaleza anodina, y, de hecho, no sólo lo demoníaco, sino toda clase de alternativas falsas así mismas, desde los cultos a las celebridades y el fundamentalismo religioso, hasta el satanismo y las majaderías de la New Age. Las sociedades que privan a las personas de una creación y atribución adecuadas de sentido tienden a externalizar la manufacturación de ese sentido a industrias subcontratadas como la astrología y la cábala. Hoy tenemos a nuestra disposición un sinfín de formas baratas de trascendencia lista para llevar. Cuanto más tediosamente angélicos se hacen nuestros regímenes oficiales, más nihilismo ciego generan. La superabundancia de sentido conduce a su agotamiento. Y cuanto más fútil y anárquica se vuelve la existencia social, más necesarias resultan esas ideologías angélicas que vienen repletas de devotas y encendidas referencias a Dios y a la grandeza nacional, a fin de contener las disensiones y los graves trastornos que esta situación puede provocar.

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Los malvados, por tanto, son personas deficientes en el arte de vivir. Para Aristóteles, vivir es algo que sólo podemos hacer bien a base de constante práctica, como tocar el saxofón. Es algo, pues, a lo que los malvados no han conseguido encontrar el tranquillo. En realidad, tampoco nosotros lo hemos conseguido; lo que sucede es que a la mayoría se nos da mejor que a Jack el Destripador. Que todos seamos defectuosos en ese apartado tal vez sorprenda a quienes nos visiten desde otro mundo; estos visitantes podrían tener la razonable expectativa de dar, como mínimo, con un puñado de ejemplares perfectos de la especie humana, además de con un buen número de versiones más estropeadas. De hecho, algo así parecería tan razonable como esperar que en un huerto haya un cierto número de manzanas excelentes además de otras muchas podridas. Que todos los seres humanos son excepción sean disfuncionales en uno u otro sentido podría resultarles tan extraño a esos extraterrestres de visita por aquí como la idea de que todos los cuadros del Museo Guggenheim de Nueva York son falsificaciones. Sin embargo, lo cierto es que si los malvados padecen una deficiencia descarada en el arte de vivir, el resto de nosotros también la padecemos, pero en moderada medida.

En en este sentido, aunque el mal no es de esa clase de cosas con las que topamos a diario, sí guarda una relación estrecha con la vida corriente. El impuso de muerte no tiene nada de especial, como tampoco andamos faltos de sádicos. Pensemos, si no, en ese malicioso deleite que nos producen las desgracias de los demás y que los alemanes llaman Schadenfreude. El filósofo David Hume afirmó en su Tratado sobre la naturaleza humana que el placer de los demás nos produce placer, pero también cierto dolor, y que, aunque el dolor de otra persona nos duele también a nosotros, nos genera igualmente cierto placer. Esto, a juicio de Hume, no es más que un hecho de la vida y no tiene nada de perversidad diabólica. No hay ninguna razón particular por la que debamos sentirnos escandalizados por ello.

Colin McGinn considera que un sentimiento común y corriente como la envidia es, posiblemente, lo más que llegamos a acercarnos la mayoría de nosotros al mal, cuando menos, en el sentido en el que aquí hemos venido defendiendo el término. A los envidiosos les duele el placer de otra persona, porque pone de relieve sus propias existencias frustradas. Así se lamenta, por ejemplo, el Satanás de Milton:

[...] cuanto mayores son
los encantos que me rodean, más grande es
el tormento que llevo dentro, como si viviera yo asediado entre
sentimientos tan encontrados; cualquier dulzura se convierte para mí
en veneno, y hasta en el Cielo más triste aún sería mi suerte. [...]
Me muevo animado
no por la esperanza de alcanzar una condición menos miserable,
sino por el deseo de hacer a otros tan desdichados
como lo soy yo, aunque redunde en mayor desventura mía,
pues sólo en la destrucción hallan sosiego
mis implacables anhelos. 

Igual que Freud pensaba que la vida diaria tenía sus propios elementos psicopatológicos, también nosotros podemos hallar analogías del mal en el mundo cotidiano. Como muchos fenómenos raros, el mal tiene sus orígenes en lo común. Adolf Eichmann, cuyo aspecto era el de un empleado de banca agobiado por el trabajo que el de un arquitecto del genocidio, es un ejemplo ilustrativo de ello. Tomado en este sentido, el mal no es solamente una cuestión elitista, como algunos de los que lo practican preferirían creer. Pero tampoco debería esto llevarnos a sobreestimar su presencia real, La perversidad pura y dura, como la que lleva a personas a destruir vecindarios enteros para obtener una rentabilidad financiera o la que las hace estar dispuestas a usar armas atómicas, es muchísimo más común que el mal en estado puro. El mal no es algo que nos deba quitar demasiado el sueño.

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