Pierre Zaoui (La discreción) O el arte de desaparecer

INTRODUCCIÓN

Un día, abra cuidadosamente la puerta del dormitorio de sus hijos. Los verá al fondo de la habitación, jugando amablemente entre ellos, lejos del apoyo y del juicio de los adultos, quizá libres, quizá sometidos, poco importa. Si no tiene hijos, trate de sorprender a su amante mientras duerme, sucede algo parecido. Porque, en ambos casos, ¡qué alegría más profunda! Ellos no se darán cuenta de su presencia, no se sentirán observados, se divierten entregados a la inmanencia de su juego o de su sueño. En cuanto lo vean todo se habrá perdido, porque todo volverá en un instante al circo ordinario de la vanidad de los egos, a la rivalidad de las miradas, a la mediocre dialéctica del reconocimiento o de la seducción. Pero mientras no sea así, ganará algo extraordinario: un momento de amor sin apaños, no necesariamente muy intenso, pero sí de una serenidad incomparable.

¿Qué es lo que se siente en primer lugar? El valor mismo de la discreción nos impide desear que la experiencia dure eternamente, porque solo sirve fuera de cualquier sentimiento de eternidad, de hecho esa es una de sus condiciones de posibilidad sine qua non.Para gozar discretamente de la presencia o de la existencia de los otros, es decir, literalmente gozar de manera separada, gozar de su aparición sin que uno mismo tenga que aparecer y sostener una postura, se necesita que este acto se inscriba en una duración corta o, más exactamente, en una suspensión del tiempo -que no tiene valor en cuanto que suspensión, en cuanto que momento separado del orden temporal ordinario donde cada instante sucede a un antes y precede a un después-; sucede a condición de que no se prolongue más allá de cierto límite. Porque no hay que exagerar, ver jugar a sus hijos en sigilo, eternamente, no es un ideal del ego, ni para sí mismo ni para ellos.Y en un sentido más general, no es soportable desaparecer mucho tiempo si no se desea que esos placeres furtivos se conviertan en renuncia o perversión.

Y ahí reside en todo caso la primera especificidad de la experiencia de la discreción: es la experiencia de un tiempo modesto que se basta así mismo. En general, el tiempo que se emplea para una experiencia no suele ser adecuado: o bien se desea que dure más tiempo, o bien se desea que pase más de prisa. El tiempo de la discreción, por el contrario, es un tiempo casi siempre perfecto: tiempo efímero y alegría de que sea efímero. 

Vayamos un poco más allá. Abra otra puerta, quizá la de su salón. Ha invitado a unos amigos a cenar y, al volver de la cocina, donde ha ido a buscar algo, ve que la discursión se ha animado. Nadie nota su presencia y usted se desliza subrepticiamente hacia su silla. De repente, siente un alivio considerable: se siente liberado de las leyes implacables de hospitalidad tanto en su más altas formas -acoger al extranjero y cuidarlo- como en sus formas más ridículas -velar para que todo suceda de manera agradable- o las más narcisistas -mostrar que sabe recibir y su espíritu se desborda por divertir a todo el mundo. No se trata de que usted se haya convertido en un bárbaro o en un misántropo, es exactamente lo contrario: liberado de los deberes de la hospitalidad, puede contemplar a los otros y verlos divertirse, profundos, singulares. ¡Cómo se embellece y se profundiza el otro en cuanto uno se encuentra desembarazado de cualquier deuda para con él! Es una experiencia sorprendentemente contraintuitiva. Intuitivamente, uno se imagina en efecto que aquellos que desaparecen lo hacen por odio a las apariencias, que quienes se retiran del mundo lo hacen por desprecio al mundo. Pero en este caso todo se invierte y el gozo de no ser se vuelve el síntoma de un amor muy profundo del mundo y de las apariencias. Sin duda es una cuestión de perspectiva: cuando usted permanece cercano a sí mismo, incluso cercano a las necesidades de los otros y en la anticipación constante de sus miradas y sus esperanza, no sabe verlos ni escucharlos; por el contrario, en cuanto no hay ni uno mismo ni el otro, la perspectiva se amplía y el mundo aparece deliciosamente múltiple, descentrado, lejano, recorrido por mil líneas de fuga que escapan hacia el infinito.

¿Qué es lo que sucede entonces? Su posición discreta, desapercibida, transparente, lo conduce a una nueva experiencia: el depósito de sus fantasmas de omnipotencia, de ser indispensable, de ser responsable de todos y cada uno. Hacerse súbitamente discreto es abdicar por un momento de cualquier voluntad de poder. No porque la voluntad de poder sea mala en sí misma, pero sí porque conocemos perfectamente su lado sombrío y tiránico. Incluso su lado luminoso es a veces un fardo penoso debido a la exigencia de superarse sin cesar y de empujar continuamente las fuerzas al máximo. De ahí la alegría tan tranquilizadora de poder descargarse un instante sobre los otros o sobre las cosas, de dejarles aparecer, de no hacerle sombra, de quitarse de su luz.

Alain Finkielkraut (Lo único exacto)

¿Qué es la teoría del género?

EL GRUPO SOCIALISTA HA CONSEGUIDO colar en la ley de orientación escolar que se debate en la Asamblea una enmienda que introduce entre las misiones de la escuela una educación en la teoría del género.

«LO NATURAL SIEMPRE ES HISTÓRICO», escribe Heidegger. Miramos el mundo con nuestros ojos, pero nuestros ojos no son meros órganos sensoriales: están impregnados de una manera particular de ver y de entender. La inmediatez es un señuelo. El mundo del que hemos salido moldea nuestras reacciones más espontáneas. Nada se presenta nunca tal cual a la intuición o al pensamiento humano. La misma diferencia de los sexos tiene que ver con la cultura, el femenino y el masculino son productos totalmente artificiales, papeles sociales atribuidos a los individuos por la educación, nos dicen ahora los teóricos del género. Radicalizan con ello el gran tema romántico del arraigo de los individuos en una tradición particular. Pero los románticos —y, después de ellos, Heidegger—deducían que es una tradición que hay que privilegiar. Ese era asimismo el razonamiento de los fundadores de las ciencias humanas. Los posmodernos, por su parte, se burlan de esa devoción. Como todo está construido —dicen en suma—, todo debe poder deconstruirse y remodelarse según nuestros deseos. Histórico quiere ahora decir revocable a voluntad. Ya no es cuestión de reformar el Estado o la sociedad con prudencia, con mano temblorosa; hay que deshacerse de las viejas ideas desde la más tierna edad, para que nadie quede confinado en una identidad, sea la que sea. Toda forma transmitida se recalifica en formateo y los agentes de la transmisión se ven como colaboracionistas del Viejo Mundo. Según lo pone muy bien de relieve Bérénice Levet, el objetivo del «género» es, más aún que la naturaleza, la civilización, el mundo de significaciones instituidas que nos excede y que nos precede. Conque nos las apañamos para que las niñas descubran las alegrías del rugby, los niños ya no prefieran sistemáticamente los balones a las muñecas y unos y otros jueguen a policías y ladronas. Cuando se escenifica Caperucita roja, se opta preferentemente por un niño para el papel de protagonista. Ya no se estudia ni pintura ni escultura: se destierran estereotipos y se celebra lo que permite embarullar los códigos sexuados. 

Sartre, con su formulación hoy clásica, decía que «el existencialismo es una humanismo». Eso significaba que «el hombre existe primero, se encuentra a sí mismo, surge al mundo, y se define después». Pero, para este pensador de la libertad, lo dado precedía incluso a la existencia. Nacemos hombre y mujer, blanco o negro, francés o americano, turco o armenio, judío o gentil y, a partir de ahí, nos determinamos. Esas condiciones previas tienen ahora que desaparecer. La alianza del culturalismo, que describe la multiplicidad del ser, con el tecnicismo, que se hechiza con su plasticidad, debe permitirnos reducir, hasta abolirla por completo, la parte no elegida de la existencia. No podría haber alienación constitutiva. La salida del hombre de su condición de minoría se verá, por lo tanto, cumplida cuando la existencia se haya liberado de lo dado y las pertenencias que aún distinguen a los individuos sean posibilidades que se les ofrecen a todos y cada uno en el gran autoservicio del universo. Al reino de las alternativas impuestas debe sucederlo el de las combinaciones libres. Nuestra herencia es el último obstáculo para ese derrocamiento. O sea, que la escuela ha recibido la misión de liquidar la herencia que en otros tiempos tenía el encargo de transmitir. Tarea inédita que solventa con celo.

«La gran mudanza del mundo»

ANTE LA PROXIMIDAD DE LAS ELECCIONES europeas del 25 de mayo, ni los comentaristas ni los políticos han ahorrado esfuerzos para disuadir a los electores de que voten por partidos soberanistas. Pero en Francia, el Frente Nacional se ha convertido en el primer partido del país, con 25% de los votos, muy por delante del UMP (20%) y del Partido Socialista (14%).

LO QUE ESTÁN CONSTRUYENDO DESDE hace más de medio siglo los europeos no es una democracia a escala del continente; la democracia necesita una lengua común, referencias comunes, estar vinculada a una memoria; en resumen, una nación. Y Europa es irreductiblemente un espacio plurinacional. La Unión Europea es algo completamente distinto. Sus agencias, sus administraciones, sus comisiones, sus tribunales de justicia e incluso su Parlamento forman una burocracia gigantesca que provoca en los ciudadanos europeos el sentimiento de estar desposeídos de su identidad, de su soberanía, del gobierno de sí mismos, sin por ello resolver sus problemas más acuciantes. Europa se ve impotente para frenar la desindustrialización, las deslocalizaciones, la inmigración, el aumento de la inseguridad. Peor aún, en lugar de ralentizar los flujos, los facilita, los acelera. Oculta incluso su civilización debajo de las alfombras para que nadie ponga impedimentos a lo que Jean-Luc Mélenchon llama «la gran mudanza del mundo». Y cuando los electores protestan contra esa evolución votando al Frente Nacional, los portavoces de los procesos denuncias «las pulsiones deletéreas y detestables del nacionalpopulismo». El pueblo, admirable como clase, se convierte en detestable en cuanto aparece como nación. Pero el rechazo no traduce sino un desprecio de clase contra quienes están expuestos a la violencia de todos los flujos.

Jamás habría dado mi voto a un partido antisistema y anticorrupción cuyo gran hombre es Vladimir Putin, el autócrata que ha aprovechado e poder para levantar una de las mayores fortunas de Europa y que lleva, sin vergüenza alguna, una política imperial. Nuestros sismógrafos oficiales, sin embargo, vuelven a equivocarse. El auténtico terremoto no son las elecciones al Parlamento Europeo, es la matanza que produjo cuatro víctimas mortales en el museo judío de Bruselas. No cabría reprochársela a Europa que no haya impedido el crimen, pero tenemos derecho a pensar que lo ha hecho todo para que fuera posible.La «mudanza del mundo» está en marcha y no ha terminado de producir efectos.

«El oso y el amante de los jardines»

EL 14 DE MARZO, EL CONSEJO DE EUROPA condenó a Francia porque su legislación <<no prevé una prohibición suficientemente clara, obligatoria y precisa de los castigos corporales a los niños>>; dicho de otro modo, porque no prohíbe el azore.

LA PSICOANALISTA FRANÇOISE DOLTO decía en una entrevista ya antigua que un cachete era mucho menos pernicioso que unas palabras escogidas para hacer daño. Pero el Consejo de Europa, al igual que las feministas que criminalizan la galantería, es decir, la civilización, para combatir mejor la barbarie de la violación, proclamando que <<Hola, guapa>> es una observación sexista, ha adoptado la teoría de la pendiente resbaladiza. El azote -dice- debe ser abolido en todos los países del Viejo Continente, porque con ese gesto aparentemente anodino es como empieza el calvario de los niños maltratados. Europa era, hasta hace muy poco, el amante de los jardines. Hoy se ha convertido en el oso que <<agarra un adoquín, lo lanza con fuerza>> y le abre la cabeza al viejo dormido para espantar la mosca que se le había posado en la cara. 

Axel Kaiser (La tiranía de la igualdad) Por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad

La idea de «interés general» opuesto al interés individual, que los igualitaristas defienden, no es algo novedoso. El filósofo francés nacido en Ginebra, Jean-Jacques Rousseau, un precursor del marxismo, del nazismo y de los totalitarismos colectivistas del siglo XX, inventó una fórmula muy parecida a la del «interés general» en su famoso libro El contrato social. En esa obra, Rousseau argumentó que existía algo llamado la «voluntad general» del pueblo, la que se encarnaba en el Estado y que era distinta a la voluntad separada de cada persona que integraba ese mismo pueblo. Según Rousseau, puesto que la «voluntad general» al mismo tiempo comprendía la voluntad y el interés de todos los integrantes del pueblo, ésta era infalible: «La voluntad general está siempre en lo correcto y tiende a la ventaja del público», dijo. Es, por supuesto, la clase gobernante la que interpreta esa «voluntad general» por lo que para Rousseau era la autoridad la realmente infalible. A fin de cuentas, quién sino quienes controlan  el poder van a ser los que representen y encarnen esa abstracta «voluntad general» o el «interés general». Por lo mismo, dijo Rousseau, no hay necesidad alguna de limitar el poder del Estado, ya que la autoridad siempre sabe lo que es mejor para el pueblo y siempre actúa en su beneficio, pues en cierto sentido la autoridad es el pueblo. En consecuencia, si a usted lo obligan a hacer algo por la fuerza, si lo encarcelan o torturan por alguna razón que los gobernantes estiman justificada, se está actuando en su propio bien y el del pueblo, pues usted es parte de la «voluntad general» que la autoridad infaliblemente encarna.

Las implicaciones totalitarias de esta visión son evidentes. El filósofo Isaiah Berlin, uno de los pensadores más relevantes del siglo XX, analizando la doctrina de Rousseau, afirmó que para él «la libertad es idéntica a la autoridad y es posible tener libertad personal mediante el control completo por parte de la autoridad». Así, «mientras más obedezcas más libertad y más control». Rousseau, continúa Berlin, cae en un misticismo letal para la libertad al pensar que existe algo como la «voluntad general», encarnada en el Estado que sabe mejor que los individuos cuál es su bien y su interés. Y es letal porque, como supuestamente la autoridad sabe mejor que ellos qué es lo que les conviene, entonces puede obligarlos por la fuerza a ser «libres» ya que la libertad implica racionalmente hacer lo que sería mejor para uno. Berlin aclara que fue esta doctrina la que sirvió de justificación para Robespierre y sus crímenes durante la sangrienta Revolución francesa, para Hitler, Mussolini y los comunistas en general. La doctrina de Rousseau según la cual la libertad de las personas se consuma en el Estado, dice Berlin, fue la de la «servidumbre absoluta». Por ello, para el profesor de Oxford, Rousseau es uno de los más «siniestros y formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno».

No cabe duda de que la mayor parte de la izquierda socialista no busca un régimen totalitario. Pero tampoco era eso lo que buscaba Rousseau. El problema es que la doctrina que separa al individuo de su voluntad y de su interés pretendiendo que existe una autoridad que sabe mejor que él cuál es su interés y que, por tanto, puede imponérselo desde el Estado, contiene los gérmenes del autoritarismo y del totalitarismo. Se trata de un misticismo, como dice Berlin, que justifica el uso de la violencia por los que controlan el Estado sobre los ciudadanos, bajo el pretexto de servir a los mismos que somete por la fuerza. Tomemos un caso concreto donde se aplica la lógica rousseauniana: la educación. Básicamente, el modelo planteado por los socialistas en el mundo prohíbe que los padres elijan lo que estiman mejor para sus hijos y gasten su dinero de acuerdo a eso asignando ese rol al Estado. Que el Estado, es decir, la autoridad le prohíbe a usted decidir sobre la educación de sus hijos es claramente incompatible con cualquier ida básica de libertad y es lo que han hecho todos los regímenes totalitarios de la historia.

Aparte de la afirmación de que ello crea «desigualdad de oportunidades», el argumento que se da para que el Estado controle toda la educación es que los padres son incapaces de saber realmente qué es lo mejor para sus hijos y, por lo tanto, los burócratas e intelectuales que controlan el Estado deben imponerles por su propio bien el tipo de educación y el colegio al que deben mandar a sus niños. Este desprecio elitista de los socialistas por los más pobres y por la misma clase media, que afirma defender, es ciertamente todo lo contrario a lo que piensan los liberales desde Smith en adelante. 

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