Terry Eagleton (Cultura)

El interés por el pluralismo, la diferencia, la diversidad y la marginalidad ha dado frutos valiosos. Pero también ha servido para desplazar la atención de cuestiones más materiales. De hecho, en algunos ámbitos la cultura se ha convertido en una forma de no hablar sobre el capitalismo. La sociedad capitalista relega a sectores enteros de su ciudadanía, al vertedero, pero muestra una delicadeza exquisita para no ofender sus convicciones. En lo cultural, se nos debe tratar a todos con el mismo respeto, pero, en lo económico, la distancia entre los clientes de los bancos de alimentos y los clientes de los bancos de inversión no deja de crecer. El culto a la inclusión contribuye a ocultar esas diferencias materiales. Se reverencia el derecho a vestirse, a rezar o a hacer el amor como se quiera, mientras que se niega el derecho a un salario decente. La cultura no reconoce jerarquías pero el sistema educativo está plagado de ellas. Hablar con acento de Yorkshire no es un obstáculo para ser locutor televisivo, pero ser trotskista, sí. La ley prohíbe insultar a las minorías étnicas en público, pero no insultar a los pobres. Cualquier adulto es libre de acostarse con cualquier otro con quien no tenga lazos de sangre, pero no es tan libre de oponerse al Estado. Los experimentos sexuales son vistos con indulgencia por los liberales metropolitanos, mientras que los huelguistas son tratados con recelo. Nadie debería arrogarse el derecho de decir a los demás qué deben hacer, una actitud que a los evasores de impuestos le resulta muy convincente. 

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Hay otro sentido en el que la cultura no es la piedra de toque de la humanidad. Para construir una cultura entendida como clubs de tenis, jardines de hierbas, es necesario generar un excedente económico. En esta interpretación del término cultura no puede florecer en sociedades que están dominadas por la escasez, aunque sin duda habrá cultura entendida como lenguaje, parentesco, ceremonias, convenciones, formas organizadas de hacer las cosas, etcétera. Las personas que necesitan dedicar la mayor parte de su energía a permanecer vivas no tienen ni el tiempo ni los recursos para organizar fiestas refinadas o componer poemas épicos. Como vio Marx, una casta profesional de artistas e intelectuales solo es posible cuando no todo el mundo tiene que trabajar durante la mayor parte del tiempo. Solo entonces se puede establecer una división del trabajo a gran escala, en la que un grupo de individuos privilegiados se ven liberados de la necesidad de la brega incesante para convertirse en bardos, chamanes, jefes de tribu, filósofos, supervisores, arzobispos, pinchadiscos, diques, etcétera. Así pues, la cultura tiene sus condiciones materiales. En este sentido, hay más cosas detrás. Es fruto no solo del trabajo, sino también de la explotación y la infelicidad. «¡Cuánta sangre y horror hay en el fondo de todas las "cosas buenas"!», exclama Nietzsche, que consideraba ese sufrimiento perfectamente aceptable si producía el Partenón y genios como él mismo. 
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En todo caso, lo que ocurre con el auge del nacionalismo revolucionario es que la cultura deja de ser parte de la solución y se convierte en parte del problema. Ya no es el enemigo jurado de la política, sino más bien el lenguaje en que se enmarcan, articulan y disputan las reivindicaciones políticas. Desciende del cielo a la tierra, arrastrando tras de sí nubes de gloria, para convertirse en una fuerza política. Si esto es cierto del nacionalismo, también lo es de la llamada política identitaria —feminismo, luchas étnicas, derechos gais, etcétera—que sigue su estela muy de cerca. Al mismo tiempo, mientras el mercado de trabajo capitalista se hace verdaderamente global, las personas migran por el planeta en busca de trabajo, convirtiéndose en multiculturales lo que habían sido naciones fundamentalmente monoétnicas. De esta manera, también la cultura se redefine como parte del problema, en la medida en que las tensiones entre distintos grupos étnicos representan una amenaza para la estabilidad política. En la forma de etnicidad e inmigración, aunque no en la de Stendhan y Schumann, la cultura es ahora tema de debate diario en los países occidentales. La idea de que las culturas pueden solaparse, o de que es posible participar en una variedad de ellas de manera simultánea, no es nueva. A lo largo de la historia hay incontables ejemplos de esas formas de vida híbrida. Lo que es nuevo es el hecho de que a partir de ahora la existencia social contará normalmente con un alto grado de diversidad cultural. En la noción clásica de cultura suele anidar un ideal de unidad y pureza, que ahora prácticamente se ha disipado. La cultura y la pureza ya no caminan de la mano.

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