Alexander von Schönburg (Historia portátil del mundo)


EL PROBLEMA DE HUMPTY-DUMPTY
(¿Se puede reparar el mundo? Y, si es así, ¿cómo?
Las ideas más importantes hasta el momento)

Ningún ejercito puede detener una idea a la que le ha llegado su momento (Victor Hugo)

El director de cine francés Jean Luc Godard tiene una idea simpática para hacer remontar la economía nacional griega: siempre que alguien hable o debata utilizando ideas de los antiguos griegos deberá transferir 10 euros a Atenas. Únicamente con los derechos de autor sobre los términos «democracia» o «lógica» quedaría saneado de golpe el producto nacional bruto de Grecia. Con la palabra «sensatez», probablemente no podría ganarse tanto dinero y eso que sofrosina es, en realidad, la idea central y con creces la más bella de la Antigüedad. Por ello también es el momento central del teatro griego. En él siempre ocurre lo mismo. Siempre sale a la palestra un personaje que somete al mundo con un acto heroico... y acaba cayéndose de bruces. Pero esta moraleja bastante transparente del «no te pases» nos llega a través de un murmullo misterioso lleno de reverencia ante las casi infinitas capacidades del hombre. Haga el favor de imaginarse aquí el coro en Antígona de Sófocles que susurra al fondo: «Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre... (ara la tierra las 24 horas del día y así sucesivamente) Con sus trampas captura a la tribu de los pájaros... y al pueblo de los animales salvajes... A veces los encamina hacia el mal, otras veces hacia el bien».

El hombre es capaz de las obras más grandiosas. Y de lo más miserable. De ambas cosas es capaz. Sus posibilidades son tan inmensas que la capacidad de limitarse a sí mismo y de no hacer todo lo que podría hacer es la forma más elegante de libertad. Lo dicho: sofrosina, la sensata autorrepresión. Dominar el mundo, como canta el coro, y aun así encontrar la justa medida... Sí, si esto fuera posible. Si hubiera que resumir la moraleja de todas las historias de Homero, la frase acabaría siendo esta: «Haz de tripas corazón, contrólate». Para Homero, lo bueno, lo virtuoso no solo es correcto desde el punto de vista moral, sino que además es la opción más hermosa. Allí donde el hombre se contiene a sí mismo —así la esencia de la sofrosina—, reina la armonía. La fidelidad, la bravura, la honestidad, la justicia, todas estas cualidades irradian belleza y armonía. La traición, el robo, la infidelidad y todo lo que está encaminado a la ventaja propia y no conoce esta contención, según Homero, sobre todo es lisa y llanamente feo. El hombre tiene la posibilidad de elegir entre lo bueno y lo malo, lo feo y lo bello.

Si bien Homero y la Antigüedad son un punto de partida cómodo para formarse una idea acerca de la historia de nuestro pensamiento, quedarse ahí sería demasiado cómodo. Hay que empezar más atrás cuando se habla de la historia de las ideas. 

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En Suecia se practicó la esterilización forzosa de discapacitados intelectuales hasta 1975; en Holanda hubo debates relativamente desapasionados acerca de si el dinero que se gasta en medidas para mantener con vida a pacientes mayores en los hospitales no estaría mejor emplearlo en hacer posible el sueño de familias jóvenes de tener un hogar propio. En clínicas de fertilidad se realiza a diario una selección de embriones, mediante el llamado screening, cuyo genotipo indica problemas o riesgos. Cada año se descartan cientos de miles de embriones en la investigación. El debate acerca de vidas dignas o indignas no es pues exclusivo del nacionalsocialismo, ni tampoco ha sido zanjado. Más allá de la época nazi, en el mundo occidental también se han considerado científicas las diferencias raciales. En Estados Unidos la «superioridad de la raza blanca» era innegable hasta 1960. La detención de Rosa Parks que se negó a cederle el sitio a un blanco en un autobús sucedió en 1955. La segregación racial no fue abolida hasta 1964 tras la muerte de Kennedy por su sucesor Lyndon B. Johnson. En Australia existió la política «White Australia», con la cual se limitó la inmigración de personas no blancas hasta 1973. 

Cuando en enero de 1933, en las primeras semanas después de la toma de poder de Hitler, las tropas de la policía de Göring asaltaron redacciones de prensa y emitieron órdenes de detención, los tribunales alemanes, conforme a su deber, intervinieron y ordenaron liberaciones de personas que estaban siendo retenidas sin que mediara la correspondiente sentencia judicial. Pero luego, cuando entraron en vigor los decretos de emergencia y a partir del 24 de marzo, el Parlamento adoptó la ley de plenos poderes; esto fue suficiente para eliminar todos los instintos ético-legales. La crueldad, igual que en el experimento de Milgram, fue entonces política, jurídica y socialmente autorizada. ¿Qué otra cosa podía hacer una persona con un cargo en un ministerio o un sargento de la policía de Berlín que hacer lo que siempre se había hecho? Según el profesor Haller, desde el punto de vista forense a la pregunta de quién era Hitler, quiénes eran esos miles que actuaron como verdugos, aquellos que cometieron todas esas atrocidades sistemáticas, no hay más que una respuesta: gente común. Andrzej Szczypiorski, un superviviente del campo de concentración de Sachenhausen, lo formuló una vez de la siguiente manera: «En el campo de concentración he conocido a agente que, con aplicación y espíritu de sacrificio, asesinó a otros, gente que sin ánimo de obtener beneficio propio, por conciencia del deber y con puntualidad, denunció a su prójimo, lo torturó honesta y aplicadamente mostrando una impecabilidad y meticulosidad ejemplares». Un Hitler, un Napoleón, un Jan van Leiden, un Idi Amin, un Pol Pot no son seres anómalos. No son la excepción. La excepción son las personas que en los momentos decisivos defienden la dignidad del hombre contra la opinión general.

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¿FUE LA ESCLAVITUD UNA CUESTIÓN CLAVE EN LA GUERRA CIVIL ESTADOUNIDENSE?

¿Quiénes eran los «buenos» en la Guerra de Secesión estadounidense? Los de los los uniformes azules, claro. ¡Qué pregunta más tonta! Los que liberaron a los esclavos. Charles Dickens no compartía esta opinión. Según Dickens, en esta guerra no se trataba de la abolición de la esclavitud, sino de recabar impuestos. En cualquier caso, Abraham Lincoln, el republicano que fue elegido presidente de Estados Unidos en 1860 e impidió con la guerra contra los estados del sur la división del país, no era contrario a la esclavitud. En su discurso de posesión dijo expresamente: «No tengo intención de intervenir, de forma directa ni indirecta, en la institución de la esclavitud en los estados en que exista».

La vida de aquellos que no eran blancos no contaba mucho para Lincoln; tanto él como los generales del ejército estadounidense cercano a él (de joven se alistó en la campaña contra la tribu de los sauk) ya lo habían demostrado durante el genocidio perpetrado contra los indígenas. Era un gran maestro de la política de pactos y supo ganarse a los estados dispuestos a jurar la secesión, mediante leyes que consentían la tenencia de esclavos. La Guerra de Secesión es históricamente interesante por dos motivos: se cobró la vida de 600.000 soldados y 50.000 civiles —nunca en ninguna otra guerra ha muerto un número tan elevado de ciudadanos estadounidenses— únicamente y exclusivamente con el fin de preservar la «Unión», como subrayó el mismo Lincoln en varias ocasiones. Esto, a su vez, la hace interesante desde el punto de vista histórico-constitucional: Lincoln negó a los estados del sur el derecho a eso, precisamente, a la secesión, a la separación, que había dado origen pocas décadas antes a la fundación de Estados Unidos. 

En realidad, el hecho de que ni la gran Revolución Americana ni la Revolución Francesa se hayan ocupado de la liberación de los esclavos tendría que dar que pensar. Se sabe, por ejemplo, que a los esclavos de las islas caribeñas los liberó el invento de la obtención de azúcar a partir de la remolacha azucarera. Este método permitió la producción de grandes cantidades de azúcar barato en Europa, por lo que la importación de azúcar de caña de Jamaica y Cuba dejó de ser rentable.

Ambrose Bierce (Diccionario del Diablo)

Academia, s. Escuela antigua donde se enseñaba moral y filosofía. Escuela moderna donde se enseña el fútbol.

Boticario, s. Cómplice del médico, benefactor del sepulturero, proveedor de los gusanos del cementerio.

Celoso, adj. Indebidamente preocupado por conservar lo que sólo se puede perder cuando no vale la pena conservarlo.

Deuda, s. Ingenioso sustituto de la cadena y el látigo del negrero.

Excentricidad, s. Método de distinción tan vulgar que los tontos lo usan para acentuar su incapacidad.

Gota, s. Nombre que da el médico al reumatismo de un paciente rico.

Historia, s. Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.

Independiente, adj. En política, enfermo de autorrespeto. Es término despectivo.

Justicia, s. Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales.

Longevidad, s. Prolongación poco común del temor a la muerte.

Mamíferos, s. Familia de vertebrados cuyas hembras, en estado natural, amamantan a su cría, pero cuando se vuelven civilizadas e inteligentes la dan a la nodriza o usan el biberón.

Nepotismo, s. Práctica que consiste en designar a la propia abuela para un cargo público, por el bien del partido.

Odio, s. Sentimiento cuya intensidad es proporcional a la superioridad que lo provoca.

Plebiscito, s. Votación popular para establecer la voluntad del amo.

Referéndum, s. Ley que se somete a voto popular para establecer el consenso de la insensatez pública.

Sepulcro, s. Lugar en que se coloca a los muertos hasta que llegue el estudiante de medicina.

Tumulto, s. Entretenimiento popular ofrecido a los militares por espectadores inocentes.

Urraca, s. Ave cuya inclinación al robo ha sugerido a algunos la posibilidad de enseñarle a hablar.

Viejo, adj. Estado de uso que no se contradice con una incapacidad general, v.gr. “hombre viejo”. Desacreditado por el paso del tiempo y ofensivo para el gusto popular, v.gr. “libro viejo”.

Wall Street, s. Símbolo de pecado expuesto a la execración de todos los demonios. Que Wall Street sea una cueva de ladrones, es una creencia con que todo ladrón fracasado sustituye su esperanza de ir al cielo.

Mark Lilla (Pensadores temerarios) Los intelectuales en la política

La seducción de Siracusa

[...] Dionisio es nuestro contemporáneo. A lo largo del último siglo ha tomado muchos nombres: Lenin y Stalin, Hitler y Mussolini, Mao o Ho, Castro y Trujillo, Amin y Bokassa, Sadan y Jomeini, Ceaucescu y Milosevic; la lista podría se mucho más larga. La almas optimistas del siglo XIX, creían que la tiranía era una cosa del pasado. Después de todo, Europa había entrado en la modernidad y todos sabían que las complejas sociedades de este período, asociadas a los seculares valores democráticos, no podían ser gobernadas según los antiguos medios despóticos. Las sociedades modernas podrían ser autoritarias, controladas por frías burocracias y crueles condiciones de trabajo, pero no se convertirían en dictaduras en el sentido en que lo fue Siracusa. La modernización podría volver obsoleto el concepto de tiranía e incluso las naciones extraeuropeas, también modernizadas, superarían en el futuro a estos regímenes. Hoy sabemos que era una idea errónea. Han desaparecido tanto el harén como el esclavo que probaba alimentos antes de que llegaran al rey, pero los sustituyeron los ministros de propaganda y los guardias revolucionarios, los magnates de la droga y los banqueros suizos. La tiranía ha sobrevivido.

El problema de Dionisio es tan viejo como la creación. El de sus partidarios intelectuales es nuevo. La Europa continental alumbró dos grandes sistemas dictatoriales durante el siglo XX: el comunismo y el fascismo. Del mismo modo, también creó un nuevo tipo social para el que necesitamos un nuevo nombre: el del intelectual filotiránico. Algunos de los grandes pensadores de este período, cuya producción sigue vigente para nosotros, se atrevieron a servir a modernos Dionisios, tanto de palabra como de obra. Sus historias son infames: Martin Heidegger y Carl Schmitt en la Alemania nazi; György Lukács en Hungría; quizá algunos otros. Muchos, sin correr grandes riesgos, se adhirieron a los partidos fascistas y comunistas en ambos lados del Telón de Acero, ya fuese por afinidades electivas o ambiciones profesionales; algunos lucharon episódicamente en selvas o desiertos del tercer mundo. Un número sorprendentemente elevado se convirtió en peregrino de las nuevas Siracusas erigidas en Moscú, Berlín, Hanoi o La Habana. Como observadores políticos coreografiaron cuidadosamente sus viajes por los caminos de los tiranos, con billetes de regreso en la mano, admiraban las granjas colectivistas, las fábricas de tractores, las plantaciones de caña de azúcar o las escuelas, aunque por una u otra razón nunca visitaron las prisiones.

En su mayoría, los intelectuales europeos se parapetaron detrás de sus escritorios, visitando Siracusa solo con la imaginación, desarrollando interesantes y a veces brillantes ideas con las que explicar los sufrimientos de personas a las que nunca mirarían a los ojos. Distinguidos profesores, talentosos poetas y periodistas influyentes unieron sus capacidades para convencer a todo el mundo de que los regímenes dictatoriales modernos eran liberadores y de que sus crímenes y excesos eran nobles, observados desde la óptica apropiada. Necesitará un estómago verdaderamente fuerte cualquiera que hoy asuma la empresa de escribir una historia intelectual honesta del siglo XX en Europa.

Quien lo haga necesitará además otra cosa: vencer su repugnancia para poder meditar sobre las raíces de este extraño e indescifrable fenómeno. ¿Qué ocurre en la mente humana que la hace capaz de proclamar la defensa intelectual de un régimen dictatorial en pleno siglo XX? ¿Cómo la tradición del pensamiento político occidental —iniciado con la crítica de la tiranía que hace Platón en La República y con sus fracasados viajes a Siracusa— ha llegado al este punto en el que se ha vuelto aceptable argumentar que la tiranía es algo bueno, incluso hermoso? Nuestro historiador necesitará plantear estas grandes cuestiones, porque se encontrará enfrentado a un fenómeno general y no a casos aislados de comportamientos extravagantes. En el siglo XX, el caso de Heidegger es el más dramático ejemplo de cómo la memoria viva de la tradición, la filosofía o el amor a la sabiduría se transformaron en amor a la tiranía.

¿Por dónde empezar? El primer impulso de nuestros historiadores es detenerse en la historia de las ideas, a partir de la convicción de que existen raíces intelectuales comunes tanto a la filotiranía intelectual como a las modernas prácticas despóticas. Se encontrarán numerosas y sólidas investigaciones sobre los fundamentos de muchas opiniones políticas modernas que comparten esta presunción e incluso esta aproximación, que consiste en dividir la tradición intelectual europea en dos tendencias rivales y atribuir sentimientos filotiránicos a una de ellas. Uno de los objetivos recurrentes de estas investigaciones es la Ilustración; desde el siglo XIX se la describe como un desgajamiento de las profundas raíces de la sociedad europea —que no son otras que la tradición religiosa cristiana— y la subsiguiente puesta en marcha de nobles experiencias para reformar la sociedad de acuerdo con sencillas nociones de orden racional. 

Según esta perspectiva, la Ilustración no solo engendró tiranías, sino que fue propiamente despótica en sus métodos intelectuales: absolutismo, determinista, inflexible, intolerante, insensible, arrogante, ciega. Esta retahíla de adjetivos está tomada de los escritos de Isaiah Berlin, que en una serie de brillantes y sugerentes ensayos sobre la historia intelectual publicados durante los decenios que siguieron a la posguerra ha desarrollado esta acusación de modo muy sofisticado: los filósofos de la Ilustración son los responsables de la teoría y la práctica de la tiranía moderna. Berlin sostiene que el rechazo a la diversidad y el pluralismo encontró su principal alimento en las más importantes corrientes de la tradición intelectual occidental que comienza con Platón y termina con la Ilustración, antes de dar sus frutos políticos en el totalitarismo del siglo XX. Los supuestos fundamentales de esta trayectoria vendrían a confluir en que todos los interrogantes morales y políticos, tienen una sola respuesta verdadera, que todas esas respuestas son accesibles a través de la razón y que todas esas verdades son necesariamente compatibles unas con otras. Sobre estos supuestos se edificaron y defendieron los gulags y los campos de exterminio. En palabras de Berlin, la Ilustración brindó ese ideal «en cuyo nombre quizá se haya sacrificado más seres humanos que por cualquier otra causa en la historia de la humanidad».

* Mark Lilla (La mente naufragada) Reacción política y nostalgia moderna

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