Pierre Zaoui (La discreción) O el arte de desaparecer

INTRODUCCIÓN

Un día, abra cuidadosamente la puerta del dormitorio de sus hijos. Los verá al fondo de la habitación, jugando amablemente entre ellos, lejos del apoyo y del juicio de los adultos, quizá libres, quizá sometidos, poco importa. Si no tiene hijos, trate de sorprender a su amante mientras duerme, sucede algo parecido. Porque, en ambos casos, ¡qué alegría más profunda! Ellos no se darán cuenta de su presencia, no se sentirán observados, se divierten entregados a la inmanencia de su juego o de su sueño. En cuanto lo vean todo se habrá perdido, porque todo volverá en un instante al circo ordinario de la vanidad de los egos, a la rivalidad de las miradas, a la mediocre dialéctica del reconocimiento o de la seducción. Pero mientras no sea así, ganará algo extraordinario: un momento de amor sin apaños, no necesariamente muy intenso, pero sí de una serenidad incomparable.

¿Qué es lo que se siente en primer lugar? El valor mismo de la discreción nos impide desear que la experiencia dure eternamente, porque solo sirve fuera de cualquier sentimiento de eternidad, de hecho esa es una de sus condiciones de posibilidad sine qua non.Para gozar discretamente de la presencia o de la existencia de los otros, es decir, literalmente gozar de manera separada, gozar de su aparición sin que uno mismo tenga que aparecer y sostener una postura, se necesita que este acto se inscriba en una duración corta o, más exactamente, en una suspensión del tiempo -que no tiene valor en cuanto que suspensión, en cuanto que momento separado del orden temporal ordinario donde cada instante sucede a un antes y precede a un después-; sucede a condición de que no se prolongue más allá de cierto límite. Porque no hay que exagerar, ver jugar a sus hijos en sigilo, eternamente, no es un ideal del ego, ni para sí mismo ni para ellos.Y en un sentido más general, no es soportable desaparecer mucho tiempo si no se desea que esos placeres furtivos se conviertan en renuncia o perversión.

Y ahí reside en todo caso la primera especificidad de la experiencia de la discreción: es la experiencia de un tiempo modesto que se basta así mismo. En general, el tiempo que se emplea para una experiencia no suele ser adecuado: o bien se desea que dure más tiempo, o bien se desea que pase más de prisa. El tiempo de la discreción, por el contrario, es un tiempo casi siempre perfecto: tiempo efímero y alegría de que sea efímero. 

Vayamos un poco más allá. Abra otra puerta, quizá la de su salón. Ha invitado a unos amigos a cenar y, al volver de la cocina, donde ha ido a buscar algo, ve que la discursión se ha animado. Nadie nota su presencia y usted se desliza subrepticiamente hacia su silla. De repente, siente un alivio considerable: se siente liberado de las leyes implacables de hospitalidad tanto en su más altas formas -acoger al extranjero y cuidarlo- como en sus formas más ridículas -velar para que todo suceda de manera agradable- o las más narcisistas -mostrar que sabe recibir y su espíritu se desborda por divertir a todo el mundo. No se trata de que usted se haya convertido en un bárbaro o en un misántropo, es exactamente lo contrario: liberado de los deberes de la hospitalidad, puede contemplar a los otros y verlos divertirse, profundos, singulares. ¡Cómo se embellece y se profundiza el otro en cuanto uno se encuentra desembarazado de cualquier deuda para con él! Es una experiencia sorprendentemente contraintuitiva. Intuitivamente, uno se imagina en efecto que aquellos que desaparecen lo hacen por odio a las apariencias, que quienes se retiran del mundo lo hacen por desprecio al mundo. Pero en este caso todo se invierte y el gozo de no ser se vuelve el síntoma de un amor muy profundo del mundo y de las apariencias. Sin duda es una cuestión de perspectiva: cuando usted permanece cercano a sí mismo, incluso cercano a las necesidades de los otros y en la anticipación constante de sus miradas y sus esperanza, no sabe verlos ni escucharlos; por el contrario, en cuanto no hay ni uno mismo ni el otro, la perspectiva se amplía y el mundo aparece deliciosamente múltiple, descentrado, lejano, recorrido por mil líneas de fuga que escapan hacia el infinito.

¿Qué es lo que sucede entonces? Su posición discreta, desapercibida, transparente, lo conduce a una nueva experiencia: el depósito de sus fantasmas de omnipotencia, de ser indispensable, de ser responsable de todos y cada uno. Hacerse súbitamente discreto es abdicar por un momento de cualquier voluntad de poder. No porque la voluntad de poder sea mala en sí misma, pero sí porque conocemos perfectamente su lado sombrío y tiránico. Incluso su lado luminoso es a veces un fardo penoso debido a la exigencia de superarse sin cesar y de empujar continuamente las fuerzas al máximo. De ahí la alegría tan tranquilizadora de poder descargarse un instante sobre los otros o sobre las cosas, de dejarles aparecer, de no hacerle sombra, de quitarse de su luz.

Alain Finkielkraut (Lo único exacto)

¿Qué es la teoría del género?

EL GRUPO SOCIALISTA HA CONSEGUIDO colar en la ley de orientación escolar que se debate en la Asamblea una enmienda que introduce entre las misiones de la escuela una educación en la teoría del género.

«LO NATURAL SIEMPRE ES HISTÓRICO», escribe Heidegger. Miramos el mundo con nuestros ojos, pero nuestros ojos no son meros órganos sensoriales: están impregnados de una manera particular de ver y de entender. La inmediatez es un señuelo. El mundo del que hemos salido moldea nuestras reacciones más espontáneas. Nada se presenta nunca tal cual a la intuición o al pensamiento humano. La misma diferencia de los sexos tiene que ver con la cultura, el femenino y el masculino son productos totalmente artificiales, papeles sociales atribuidos a los individuos por la educación, nos dicen ahora los teóricos del género. Radicalizan con ello el gran tema romántico del arraigo de los individuos en una tradición particular. Pero los románticos —y, después de ellos, Heidegger—deducían que es una tradición que hay que privilegiar. Ese era asimismo el razonamiento de los fundadores de las ciencias humanas. Los posmodernos, por su parte, se burlan de esa devoción. Como todo está construido —dicen en suma—, todo debe poder deconstruirse y remodelarse según nuestros deseos. Histórico quiere ahora decir revocable a voluntad. Ya no es cuestión de reformar el Estado o la sociedad con prudencia, con mano temblorosa; hay que deshacerse de las viejas ideas desde la más tierna edad, para que nadie quede confinado en una identidad, sea la que sea. Toda forma transmitida se recalifica en formateo y los agentes de la transmisión se ven como colaboracionistas del Viejo Mundo. Según lo pone muy bien de relieve Bérénice Levet, el objetivo del «género» es, más aún que la naturaleza, la civilización, el mundo de significaciones instituidas que nos excede y que nos precede. Conque nos las apañamos para que las niñas descubran las alegrías del rugby, los niños ya no prefieran sistemáticamente los balones a las muñecas y unos y otros jueguen a policías y ladronas. Cuando se escenifica Caperucita roja, se opta preferentemente por un niño para el papel de protagonista. Ya no se estudia ni pintura ni escultura: se destierran estereotipos y se celebra lo que permite embarullar los códigos sexuados. 

Sartre, con su formulación hoy clásica, decía que «el existencialismo es una humanismo». Eso significaba que «el hombre existe primero, se encuentra a sí mismo, surge al mundo, y se define después». Pero, para este pensador de la libertad, lo dado precedía incluso a la existencia. Nacemos hombre y mujer, blanco o negro, francés o americano, turco o armenio, judío o gentil y, a partir de ahí, nos determinamos. Esas condiciones previas tienen ahora que desaparecer. La alianza del culturalismo, que describe la multiplicidad del ser, con el tecnicismo, que se hechiza con su plasticidad, debe permitirnos reducir, hasta abolirla por completo, la parte no elegida de la existencia. No podría haber alienación constitutiva. La salida del hombre de su condición de minoría se verá, por lo tanto, cumplida cuando la existencia se haya liberado de lo dado y las pertenencias que aún distinguen a los individuos sean posibilidades que se les ofrecen a todos y cada uno en el gran autoservicio del universo. Al reino de las alternativas impuestas debe sucederlo el de las combinaciones libres. Nuestra herencia es el último obstáculo para ese derrocamiento. O sea, que la escuela ha recibido la misión de liquidar la herencia que en otros tiempos tenía el encargo de transmitir. Tarea inédita que solventa con celo.

«La gran mudanza del mundo»

ANTE LA PROXIMIDAD DE LAS ELECCIONES europeas del 25 de mayo, ni los comentaristas ni los políticos han ahorrado esfuerzos para disuadir a los electores de que voten por partidos soberanistas. Pero en Francia, el Frente Nacional se ha convertido en el primer partido del país, con 25% de los votos, muy por delante del UMP (20%) y del Partido Socialista (14%).

LO QUE ESTÁN CONSTRUYENDO DESDE hace más de medio siglo los europeos no es una democracia a escala del continente; la democracia necesita una lengua común, referencias comunes, estar vinculada a una memoria; en resumen, una nación. Y Europa es irreductiblemente un espacio plurinacional. La Unión Europea es algo completamente distinto. Sus agencias, sus administraciones, sus comisiones, sus tribunales de justicia e incluso su Parlamento forman una burocracia gigantesca que provoca en los ciudadanos europeos el sentimiento de estar desposeídos de su identidad, de su soberanía, del gobierno de sí mismos, sin por ello resolver sus problemas más acuciantes. Europa se ve impotente para frenar la desindustrialización, las deslocalizaciones, la inmigración, el aumento de la inseguridad. Peor aún, en lugar de ralentizar los flujos, los facilita, los acelera. Oculta incluso su civilización debajo de las alfombras para que nadie ponga impedimentos a lo que Jean-Luc Mélenchon llama «la gran mudanza del mundo». Y cuando los electores protestan contra esa evolución votando al Frente Nacional, los portavoces de los procesos denuncias «las pulsiones deletéreas y detestables del nacionalpopulismo». El pueblo, admirable como clase, se convierte en detestable en cuanto aparece como nación. Pero el rechazo no traduce sino un desprecio de clase contra quienes están expuestos a la violencia de todos los flujos.

Jamás habría dado mi voto a un partido antisistema y anticorrupción cuyo gran hombre es Vladimir Putin, el autócrata que ha aprovechado e poder para levantar una de las mayores fortunas de Europa y que lleva, sin vergüenza alguna, una política imperial. Nuestros sismógrafos oficiales, sin embargo, vuelven a equivocarse. El auténtico terremoto no son las elecciones al Parlamento Europeo, es la matanza que produjo cuatro víctimas mortales en el museo judío de Bruselas. No cabría reprochársela a Europa que no haya impedido el crimen, pero tenemos derecho a pensar que lo ha hecho todo para que fuera posible.La «mudanza del mundo» está en marcha y no ha terminado de producir efectos.

«El oso y el amante de los jardines»

EL 14 DE MARZO, EL CONSEJO DE EUROPA condenó a Francia porque su legislación <<no prevé una prohibición suficientemente clara, obligatoria y precisa de los castigos corporales a los niños>>; dicho de otro modo, porque no prohíbe el azore.

LA PSICOANALISTA FRANÇOISE DOLTO decía en una entrevista ya antigua que un cachete era mucho menos pernicioso que unas palabras escogidas para hacer daño. Pero el Consejo de Europa, al igual que las feministas que criminalizan la galantería, es decir, la civilización, para combatir mejor la barbarie de la violación, proclamando que <<Hola, guapa>> es una observación sexista, ha adoptado la teoría de la pendiente resbaladiza. El azote -dice- debe ser abolido en todos los países del Viejo Continente, porque con ese gesto aparentemente anodino es como empieza el calvario de los niños maltratados. Europa era, hasta hace muy poco, el amante de los jardines. Hoy se ha convertido en el oso que <<agarra un adoquín, lo lanza con fuerza>> y le abre la cabeza al viejo dormido para espantar la mosca que se le había posado en la cara. 

Axel Kaiser (La tiranía de la igualdad) Por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad

La idea de «interés general» opuesto al interés individual, que los igualitaristas defienden, no es algo novedoso. El filósofo francés nacido en Ginebra, Jean-Jacques Rousseau, un precursor del marxismo, del nazismo y de los totalitarismos colectivistas del siglo XX, inventó una fórmula muy parecida a la del «interés general» en su famoso libro El contrato social. En esa obra, Rousseau argumentó que existía algo llamado la «voluntad general» del pueblo, la que se encarnaba en el Estado y que era distinta a la voluntad separada de cada persona que integraba ese mismo pueblo. Según Rousseau, puesto que la «voluntad general» al mismo tiempo comprendía la voluntad y el interés de todos los integrantes del pueblo, ésta era infalible: «La voluntad general está siempre en lo correcto y tiende a la ventaja del público», dijo. Es, por supuesto, la clase gobernante la que interpreta esa «voluntad general» por lo que para Rousseau era la autoridad la realmente infalible. A fin de cuentas, quién sino quienes controlan  el poder van a ser los que representen y encarnen esa abstracta «voluntad general» o el «interés general». Por lo mismo, dijo Rousseau, no hay necesidad alguna de limitar el poder del Estado, ya que la autoridad siempre sabe lo que es mejor para el pueblo y siempre actúa en su beneficio, pues en cierto sentido la autoridad es el pueblo. En consecuencia, si a usted lo obligan a hacer algo por la fuerza, si lo encarcelan o torturan por alguna razón que los gobernantes estiman justificada, se está actuando en su propio bien y el del pueblo, pues usted es parte de la «voluntad general» que la autoridad infaliblemente encarna.

Las implicaciones totalitarias de esta visión son evidentes. El filósofo Isaiah Berlin, uno de los pensadores más relevantes del siglo XX, analizando la doctrina de Rousseau, afirmó que para él «la libertad es idéntica a la autoridad y es posible tener libertad personal mediante el control completo por parte de la autoridad». Así, «mientras más obedezcas más libertad y más control». Rousseau, continúa Berlin, cae en un misticismo letal para la libertad al pensar que existe algo como la «voluntad general», encarnada en el Estado que sabe mejor que los individuos cuál es su bien y su interés. Y es letal porque, como supuestamente la autoridad sabe mejor que ellos qué es lo que les conviene, entonces puede obligarlos por la fuerza a ser «libres» ya que la libertad implica racionalmente hacer lo que sería mejor para uno. Berlin aclara que fue esta doctrina la que sirvió de justificación para Robespierre y sus crímenes durante la sangrienta Revolución francesa, para Hitler, Mussolini y los comunistas en general. La doctrina de Rousseau según la cual la libertad de las personas se consuma en el Estado, dice Berlin, fue la de la «servidumbre absoluta». Por ello, para el profesor de Oxford, Rousseau es uno de los más «siniestros y formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno».

No cabe duda de que la mayor parte de la izquierda socialista no busca un régimen totalitario. Pero tampoco era eso lo que buscaba Rousseau. El problema es que la doctrina que separa al individuo de su voluntad y de su interés pretendiendo que existe una autoridad que sabe mejor que él cuál es su interés y que, por tanto, puede imponérselo desde el Estado, contiene los gérmenes del autoritarismo y del totalitarismo. Se trata de un misticismo, como dice Berlin, que justifica el uso de la violencia por los que controlan el Estado sobre los ciudadanos, bajo el pretexto de servir a los mismos que somete por la fuerza. Tomemos un caso concreto donde se aplica la lógica rousseauniana: la educación. Básicamente, el modelo planteado por los socialistas en el mundo prohíbe que los padres elijan lo que estiman mejor para sus hijos y gasten su dinero de acuerdo a eso asignando ese rol al Estado. Que el Estado, es decir, la autoridad le prohíbe a usted decidir sobre la educación de sus hijos es claramente incompatible con cualquier ida básica de libertad y es lo que han hecho todos los regímenes totalitarios de la historia.

Aparte de la afirmación de que ello crea «desigualdad de oportunidades», el argumento que se da para que el Estado controle toda la educación es que los padres son incapaces de saber realmente qué es lo mejor para sus hijos y, por lo tanto, los burócratas e intelectuales que controlan el Estado deben imponerles por su propio bien el tipo de educación y el colegio al que deben mandar a sus niños. Este desprecio elitista de los socialistas por los más pobres y por la misma clase media, que afirma defender, es ciertamente todo lo contrario a lo que piensan los liberales desde Smith en adelante. 

Amos Oz (Contra el fanatismo)

El fanatismo es más viejo que el islam, más viejo que el cristianismo, más viejo que el judaísmo, más viejo que cualquier Estado y que cualquier gobierno o sistema político, más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera. La gente que ha volado clínicas donde se practicaba abortos en Estados Unidos, y los que queman sinagogas y mezquitas en Europa solo se diferencian de Bin Laden en la magnitud de sus crímenes pero no en la naturaleza. Desde luego, el 11 de septiembre produjo tristeza, ira, incredulidad, sorpresa, melancolía, desorientación y, sí, algunas respuestas racistas —antiárabes y antimusulmanas— por doquier. ¿Quién iba a pensar que al siglo XX le seguiría de inmediato el siglo XI. 

Mi propia infancia en Jerusalén me han hecho experto en fanatismo comparado. El Jerusalén de mi niñez, allá por los años cuarenta del pasado siglo, estaba lleno de profetas espontáneos, redentores u mesías. Todavía hoy, cada jorosolimitano tiene su fórmula personal para la salvación instantánea. Todos dicen que llegaron a Jerusalén —cito una famosa frase de una vieja canción— para construirla y ser construidos por ella. De hecho, algunos (judíos, cristianos, musulmanes, socialistas, anarquistas reformadores del mundo) han acudido a Jerusalén, no tanto para construirla o ser construidos por ella como para ser sacrificados o para sacrificar a otros, o para ambas cosas al tiempo. Hay un transtorno mental muy arraigado, una reconocida enfermedad mental llamada «síndrome de Jerusalén»: la gente llega, inhala el fresco y maravilloso aire de la montaña y, de pronto, se inflama y prende fuego a una mezquita, a una iglesia o a una sinagoga. O se quita la ropa, trepa a una roca y comienza a profetizar. Nadie escucha jamás. Incluso hoy en día, incluso en la Jerusalén actual, en cada cola del autobús es probable que estalle una exaltada agrupación callejera entre gente que no se conoce de nada pero que discute de política, moralidad, estrategia, historia, identidad, religión y de las verdaderas intenciones de Dios. Mientras discuten de política y teología, del bien y del mal, los participantes en dichas agrupaciones intentan, no obstante, abrirse paso a codazos hasta los primeros puestos de la fila. Todo el mundo grita; nadie escucha, excepto yo. Yo escucho a veces y así me gano la vida.

[...] La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano, en vez de dejarles ser. El fanatismo es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios o curarte de la bebida o de tus hábitos de votar. El fanático se desvive por uno. Una de dos: o te echa los brazos al cuello porque te quiere de verdad, o se te lanza a la yugular si demostramos ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablado, echar los brazos al cuello y lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto. De una forma u otra, el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un yo lo bastante exiguo o carece por completo de yo. El señor Bin Laden y la gente de su calaña no solo odian a a Occidente. No es tan sencillo. Más bien creo que quieren salvar nuestras almas, quieren liberarnos de nuestros horribles valores: del materialismo, del pluralismo, de la democracia, de la libertad de opinión, de la liberación femenina... Todo eso, según los fundamentalistas islámicos, es muy pero que muy perjudicial para la salud. Puede que el blanco inmediato de Bin Laden fuera Nueva York o Madrid, pero, con toda seguridad, la meta de Bin Laden no era los Estados Unidos. Su meta era convertir a los musulmanes pragmáticos, moderados, en «auténticos» creyentes, en su tipo de musulmanes. 

[...] Muy a menudo, todo esto comienza en la familia. El fanatismo comienza en casa, precisamente por la urgencia tan común de cambiar a un ser querido por su propio bien. Comienza por la urgencia de la autoinmolación por el bien de un vecino muy querido. Comienza por la urgencia de decirle a un hijo: «Tienes que ser com yo; no como tu padre» o «Por favor, sé muy diferente de ambos». O cuando los cónyuges se dicen el uno al otro: «Tienes que cambiar; tienes que ser como yo o de lo contrario este matrimonio no funcionará». Con frecuencia, comienza por la urgencia de vivir la propia vida a través de la vida de otro. 

[...] Y si ustedes prometen tomarse lo que estoy a punto de decir con una chispa de sentido del humor, me atrevería a asegurar que, al menos en principio, creo haber inventado el remedio contra el fanatismo. El sentido del humor es un gran remedio. Jamás he visto en mi vida a un fanático con sentido del humor. Ni he visto que na persona con sentido del humor se convirtiera en un fanático, a menos que lo hubieran perdido antes. Con frecuencia los fanáticos son muy sarcásticos y algunos tienen un sentido del sarcasmo muy afilado, pero nada de humor. Tener sentido del humor implica ser capaz de reírse de un mismo. El humor implica relativismo: es la capacidad de verse a sí mismo como tal vez te vean los otros, de caer en la cuenta de que, por muy cargado de razón que uno se sienta y por muy terriblemente equivocado que estén los demás sobre uno, siempre emerge un aspecto que tiene su innegable pizca de gracia. Cuanta más razón tiene uno, más gracioso se vuelve. Uno puede ser un israelí cargado de razón, un palestino cargado de razón o cualquier cosa cargada de razón, pero, si se tiene sentido del humor, puede que uno sea parcialmente inmune al fanatismo.

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Mi curiosidad también ha motivado mi fascinación por el mal. Las ciencias sociales tienen la tendencia a adscribir la expresión <<agresión>> al sufrimiento durante la infancia o la crueldad de la sociedad o al colonialismo. Las fechorías no existen; solo los crímenes inducidos por traumas. No hay malas personas; solo víctimas convertidas en verdugos.

Por consiguiente, los sociólogos y los psicólogos no reconocen el mal en absoluto. Pero se equivocan: el mal existe. Por otro lado, los teólogos reivindican a menudo que el mal pertenece a su propia especialidad. Pero también se equivocan: casi todos los seres humanos reflexionan sobre el mal y estamos profundamente fascinados por él, lo admitamos o no. 

[...] Años de observar el mal, en círculos históricos y en mis círculos íntimos y próximos, me han llevado a pensar que la distinción entre el bien y el mal es la parte más difícil del trabajo moral. Casi todos nosotros conocemos, aunque sea instintivamente, el imperativo categórico de Kant. Casi todos nosotros sabemos por experiencia qué es el dolor. Cuando herimos a los demás, sabemos que los herimos. Aunque finjamos no saberlo.

Todos hemos comido del Árbol del Conocimiento, cuyo nombre completo en hebrero es....., el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Si tuviera que condensar los Diez Mandamientos en uno, o el imperativo categórico de Kan en dos palabras, diría: <<No herirás>>. (O en tres: <<No infligirás dolor>>).

Tom Slee (Lo tuyo es mío) Contra la economía colaborativa

La Economía Colaborativa sigue contando con el apoyo y la lealtad de muchas personas progresistas —en particular de jóvenes que se identifican claramente con las tecnologías que utilizan— cuyos instintos bondadosos están siendo manipulados y que acabarán por sentirse traicionadas. La Economía Colaborativa invoca esos ideales para amasar inmensas fortunas privadas, para ir contra de comunidades reales, para fomentar una forma de consumismo más opresiva y para crear un futuro más precario y con más desigualdades que nunca. 

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Un sector destacado es el financiero. Compañías de préstamos entre iguales como Lending Club y Prosper aseguran sustituir a las tarjetas de crédito y a los bancos con préstamos entre personas a intereses más bajos. Lending Club empezó a cotizar en bolsa en diciembre de 2014, y el volumen de préstamos entre particulares está aumentando rápidamente; en mayo de 2015 las cinco compañías más grandes gestionaban cerca de un millón de préstamos y estaban generando más a un ritmo muy superior a los 10.000 millones de dólares al año.

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Desde el verano de 2014 el panorama se ha vuelto más exagerado aún. En Agosto de 2015 la recaudación de fondos de Airbnb había ascendido a la desorbitada cifra de 23.000 millones de dólares. Lyft había recaudado 1.000 millones y su rival Uber (que no es socio de Peers) había alcanzado una cifra de nada menos que 7.000 millones.

Lo que viene a demostrar todo eso es que, mientras que la Economía Colaborativa suele presentarse como una serie variopinta de iniciativas comerciales y no comerciales por el mundo entero (desde cooperativas de intercambio de herramientas hasta canguros para mascotas y demás), esta imagen es un tanto engañosa. La Economía Colaborativa consiste casi por completo en un número reducido de empresas tecnológicas respaldadas por ingentes cantidades de capital riesgo.

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La Economía Colaborativa es un movimiento: un movimiento por la desregulación. Importantes instituciones financieras e influyentes fondos de capital riesgo están aprovechando la oportunidad para desafiar las normas establecidas por Gobiernos municipales democráticos del mundo entero y para remodelar las ciudades en interés propio. No se trata de construir una alternativa a la economía de mercado liderada por las corporaciones, sino de extender el mercado libre sin regulaciones a nuevos ámbitos de nuestras vidas. Es difícil tomarse en serio el entusiasmo por «el final de la propiedad», título de una entrada del blog de Andreessen Horowitz sobre la La Economía Colaborativa, cuando proviene de los propietarios de las compañías implicadas. Y cuando Atkin sueña con «ciudadanos que se agrupan para crecer y proteger sus intereses en La Economía Colaborativa en lugar de empresas que ejercen su poder», uno no puede por menos de preguntarse qué lugar ocupa la suya. 

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LO TUYO ES MÍO

En unos pocos años la Economía Colaborativa ha pasado de la generosidad de «lo mío es tuyo» al egoísmo de «lo tuyo es mío», a medida que los valores no comerciales que invocaba la expresión «Economía Colaborativa» han ido quedando atrás o reduciéndose a ejercicios de relaciones públicas.

El principal motivo que me llevó a escribir este libro fue una sensación de traición, de lo que empezó como una apelación a la comunidad, a los vínculos entre personas, la sostenibilidad y la colaboración se ha convertido en el paraíso de multimillonarios. Wall Street e inversores de capital riesgo que han introducido aún más sus valores de libre mercado en nuestras vidas privadas. La promesa de una alternativa más personal, una forma de capitalismo legitimado está propiciando, en cambio, una forma de capitalismo más rigurosa: desregulación, nuevas formas de consumismo legitimado y un nuevo mundo de empleo precario. Se habla mucho de democratización y redes de trabajo, pero lo que se ha producido es una separación del riesgo (repartido entre los proveedores de servicios y los clientes) respecto a la recompensa, que acaba en manos de dueños de las plataformas. A pesar de las proclamas de sostenibilidad ecológica encarnadas en ideas como «acceso antes que propiedad» y la reutilización del exceso de capacidad, el sector bajo demanda está fomentando, por el contrario, una nueva forma de consumo privilegiando: «el estilo de vida como un servicio». 

Lo que resulta especialmente triste es que muchas personas bienintencionadas, que tienen una fe errónea en la capacidad intrínseca de internet para promover la convivencia igualitaria y la confianza, han sido cómplices sin saberlo de esta acumulación de fortunas privadas y de la creación de nuevas formas de explotación laboral.

Sebastian Junger (Tribu) Sobre vuelta a casa y pertenencia

[...] por qué, para mucha gente, la guerra es mejor que la paz y la adversidad puede convertirse en un gran bendición y los desastres a veces se recuerdan más cariñosamente que las bodas o unas vacaciones en el trópico.

A los humanos no les importa la adversidad; de hecho, crecen en ella; lo que les afecta es no sentirse necesarios. La sociedad moderna ha perfeccionado el arte de hacer que la gente no se sienta necesaria. 

Y ya es hora de que eso se acabe.
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<<Las fuerzas económica y mercantiles de la sociedad moderna han organizado un entorno [...] que maximiza el consumo al precio del bienestar a largo plazo -concluía un estudio de 2012 en el Jornal of Affective Disorders (Revista de trastornarnos afectivos). En efecto, los humanos han arrastrado un cuerpo poseedor de una larga historia homínida hasta un entorno sobrealimentado, malnutrido, sedentario, falto de luz solar, falto de sueño, competitivo, desigual y que aísla socialmente con nefastas consecuencias>>

Los alienantes efectos de la riqueza y la modernidad sobre la experiencia humana empiezan prácticamente al nacer y nunca aflojan. Las madres en las sociedades de cazadores-recolectores llevaban encima a sus hijos hasta un 90 por ciento del tiempo, lo que difícilmente se corresponde con tasas de acarreo entre otro primates. Podemos hacernos una idea de lo importante que es este tipo de contacto para los primates por un, tristemente célebre, experimento llevado a cabo en la década de 1950 por el primatólogo y psicólogo Herry Harlow. Bebés de macao Rhesus fueron separados de sus madres y se les ofrecieron dos clases de sustitutos: una mamá adorable de peluche o una madre poco atractiva, hecha de estropajo de aluminio. Sin embargo, la mamá de estropajo de aluminio tenía un pezón que proporcionaba leche tibia. Los niños tomaban alimento ta rápidamente como podían y luego volvían a agarrarse corriendo a la madre de peluche, que era lo suficientemente suave como para sugerir la ilusión del afecto. Está claro, el tacto y la cercanía son vitales para la salud de los bebés primates -incluidos los humanos-. 

Durante la década de 1970, en Estados Unidos, las madres solo mantenían el contacto directo piel con piel con sus bebés un 16 por ciento del tiempo, que es un nivel que las sociedades tradicionales probablemente considerarían una forma de maltrato infantil. También sería impensable la moderna práctica de dejar que los niños pequeños duerman solos. Según dos estudios estadounidenses sobre familias de clase media durante la década de 1980, el 85 por ciento de los niños pequeños dormían solo en su propia habitación -cifra que subía hasta el 95 por ciento entre familias consideradas <<bien educadas>>-. Las sociedades del norte de Europa, Norteamérica incluida, son las únicas en la historia que permiten que tal cantidad de niños duerman solos. Se considera que el aislamiento hace que muchos niños desarrollen intensos vínculos con animales de peluche para consolarse. Únicamente en las sociedades del norte de Europa los niños atraviesan la bien conocida etapa de vinculación a animales de peluche, en otras partes, los niños logran se sensación de seguridad de los adultos que duermen cerca de ellos.

El propósito de hacer que los niños duerman solos, según los psicólogos occidentales, es lograr que se <<alivien solos>>, pero eso va claramente en dirección opuesta a nuestra evolución. Los humanos son primates -compartimos el 98 por ciento de nuestro ADN con los chimpancés- y los primates casi nunca dejan a los pequeños desatendidos, porque serían extremadamente vulnerables frente a los depredadores. Los pequeños parecen saber esto instintivamente, por lo que dejarles solos en una habitación oscura es terrorífico para ellos. Compárese el método de <<autoalivio>> con el de una comunidad maya tradicional de Guatemala: <<Los bebés y los niños sencillamente se duermen cuando tienen sueño, no llevan ropa específica para dormir ni usan los tradicionales objetos de transición, comparten habitación o duermen junto con los padres o los hermanos, y se alimentan cuando lo solicitan durante la noche>>. Otro estudio señala sobre Bali: <<A los bebés se les estimula para que adquieran pronto la capacidad de dormir en cualquier circunstancia, incluso en situaciones de alta estimulación, actuaciones musicales y otras prácticas ruidosas que reflejan su integración más cómoda en las actividades sociales adultas>>

Fabrice Hadjadj (¿Qué es una familia?) La trascendencia en paños menores

El Meccano político o el contrato social como rechazo al nacimiento


Este Meccano siempre tuvo su importancia en las teorías políticas modernas. Hannah Arendt demostró que el totalitarismo tenía como principio el rechazo al nacimiento. El recién nacido, en vez de ser un acontecimiento sui generis, ya sólo es un  momento de la dialéctica, un engranaje en la máquina social, un miembro del Partido. La experiencia de la paternidad nos enseña que, por muy bella que sea la Causa a cuyo servicio nos queremos entregar, el rostro de su hijo es aún más bello; pero el totalitarismo piensa lo contrario, porque la profundidad de los sexos es reemplazada en ese tipo de regímenes por las elucubraciones de un espíritu. Ahora bien, ese rechazo en el que se basa el totalitarismo se acurruca igualmente en el fondo de las teorías democráticas del contrato social.

Arendt ya había señalado esa complicidad de los extremos: el individualismo, que parece ser la pura afirmación de la libertad individual, asola a las personas, las secciona de sus solidaridades naturales y así las hace dóciles a la masificación y a todo viento de propaganda. El individualismo, si bien no se confunde con el totalitarismo, es al menos una de sus condiciones. Pero esa connivencia en los efectos procede de una identidad en uno de sus principios, a saber, que el individuo no nace. Puede que sea un sujeto autónomo, pero jamás es, en primer lugar, un hijo. En este sentido, lo lógico devora a lo genealógico. Los teóricos de una sociedad surgida del contrato nos proponen individuos salidos de ninguna parte, capaces de negociarlo todo por no haber aprendido a hablar nunca, sin padres, sin sexo, sin edad, sin lengua. Desde este momento, empezamos a creer que, si se despoja al individuo de más afiliaciones, se hace más libre y más ciudadano, como si el que conociera menos su lengua materna se expresara necesariamente con más locuacidad y no se viera tentado a ponerse a ladrar con la primera jauría que llegara.

Debido a su lógica antigenealógica, el contrato social provoca, muy a pesar suyo, ese fenómeno reciente al que podríamos llamar "pánico pedófilo". Nos sobrecoge el pánico cuando estamos frente a un mal flagrante, que nuestros principios ya no nos permiten denunciar. Como ya no queda ningún medio de rechazarlo racionalmente, el pathos ya no conoce freno, nos enfurecemos contra el criminal y el linchamiento toma el lugar de la justicia. El demócrata contractualista se escandaliza necesariamente con la violencia que se le hace al niño pequeño. Pero no puede condenarla con razón porque, en relación con su teoría, es al mismo tiempo una imposibilidad conceptual y una consecuencia concreta. Una imposibilidad conceptual porque, para él, no hay más que individuos autónomos capaces de firmar contratos -el hijo teóricamente no existe, sobre todo ese niño tan débil que, por su confianza con respecto al adulto, puede que parezca consentir su agresión como algo normal. Una consecuencia concreta, porque su igualitarismo de base ignora la jerarquía natural, generacional, que implica ciertos deberes de la generación precedente para con la generación siguiente: al no ser el individuo ni padre ni hijo, y creyéndose, por si fuera poco, con el deber de ser siempre joven, es totalmente normal y moral para él aparearse con su propio hijo -puesto que no es más que otro individuo... Además, si él no ha acogido a ese pequeño a través del otro sexo, según un don misterioso, si lo ha fabricado según sus proyectos, de construirlo o servirse de él a su antojo acaba siendo su más estricto derecho. Un padre no se debe acostar con su hija, pero Pigmalión puede casarse sin problemas con Galatea.

El nacimiento ha sido la bestia negra de la política moderna a causa de las dinastías que instaura, de las desigualdades que erige, de las libertades que predetermina. El hijo de rey siempre aparece como un hijo de puta desde el momento mismo que se presenta como hijo de... porque se jacta de su linaje, porque se enorgullece de algo que no ha merecido... El individuo libre, en cambio, sólo tiene lo que merece. Eso sí que está claro. Sólo se enorgullecerá de aquello que él haya construido, puesto que su apellido familiar vale menos que su marca registrada. Además, en nuestros días, el honor del nombre ya no tiene significado alguno. Sólo cuenta la publicidad del rótulo luminoso y el beneficio de la tienda. 

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