Santiago Alba Rico (Todo el pasado por delante)

LA CONDICIÓN POSLETRADA

Lo he dicho otras veces: el capitalismo va tan deprisa que ha dejado atrás al hombre mismo, el cual corre sin aliento, siempre rezagado, para acomodar su paso a una historia que ya no puede ser la suya. Un invento muy reciente, extraordinariamente poderoso, está a punto de desaparecer o quedar marginado sin haber agotado todas sus posibilidades internas: la escritura. Nació hace poco más de 4.000 años en Oriente Medio, Egipto y China y recibió un impulso decisivo hacia el año 900 a. C. en Grecia. cuyo alfabeto preciso, elegante y ligero ayudó a engendrar una mente nueva al mismo tiempo que un mundo susceptible -por primera vez- de orden y consenso. El alfabeto se convirtió en el umbral de lo que llamaré la condición letrada, un molde de percepción -maldito y venturoso- inseparable de todos esos hallazgos que identificamos con la historia misma del hombre: la objetividad, la división verdad/error, la ciencia y el derecho, el cuestionamiento de la fuerza y la autoridad personal, el carácter público de las leyes, el tiempo narrativo, la posibilidad misma de pensar de dentro afuera, al margen de las tradiciones colectivas y las inercias tribales. Hace poco más de 500 años la condición letrada encontró un potente vehículo de expansión en la imprenta de Gutemberg, gracias a la cual conseguimos robar la fabulosa técnica de Tor a los sacerdotes, gobernantes y burócratas para devolvérselas a los hombre.

De la Revolución francesa a la rusa, de las luchas anticoloniales al socialismo cubano, se comprendió enseguida que la condición letrada era, de algún modo -valga la redundancia-, la condición misma de la emancipación: es decir, de la igualdad, la democracia y la justicia o, lo que es lo mismo, de una auténtica condición humana. Para la izquierda fue siempre una cuestión de vida o muerte la alfabetización de esa mayoría planetaria sumergida en la miseria e intencionadamente separada de su propia conciencia, de manera que la escuela se convirtió -y sigue siendo- objetivo prioritario de todas las revoluciones victoriosas, tal y como vimos, a principios de este siglo, en Venezuela y Bolivia. Pero los progresos son lentos y allí donde se producen llegan demasiado tarde. Apenas 4.000 años después la condición letrada no solo no se ha generalizado, sino que retrocede en todo el mundo: antes de haber aprendido realmente a leer, se exige que nos adaptemos a un nuevo paradigma tecnológico y gneseológico.

La insistencia socialista en la educación letrada era desesperadamente certera. El problema es que la técnica de Tot es muy difícil; y la paradoja es que es esta misma dificultad la que proporciona a la escritura una ventaja incomparable que ningún otro medio posee. La dificultat de las letras estriba en que integran orgánicamente actividad y pasividad: no se puede aprender a leer sin aprender al mismo tiempo a escribir, y todos los lectores, por el simple hecho de serlo, son al mismo tiempo escritores. En realidad el solfeo, la programación informática o la manufacturación de imágenes -por citar algunas- son técnicas mucho más complicadas que la escritura. Pero, al contrario de lo que ocurre con la lectura, uno puede disfrutar de Beethoven sin saber armonía, contemplar y entender una película de Kurosawa sin aprender dirección cinematográfica y chatear y navegar por internet sin estar familiarizado con la informática. La paradoja es que si hace falta promocionar heroicamente la lectura, si hay que dedicar dinero y esfuerzo a hacer campañas en favor de la condición letrada, si es tan difícil conquistar un nuevo lector -mientras la televisión y el ordenador se imponen solos- es justamente por su superior calidad democrática. Por decirlo con Pitágoras, los lectores son matemáticos -activos, productivos, creativos- mientras que los espectadores e internautas, a merced de opacos programadores, son solo acusmáticos.

No sabemos aún qué son exactamente las nuevas tecnologías ni qué nueva mente están engendrando. No sabemos si internet es una técnica como la escritura, una herramienta como la imprenta, un nuevo continente como América o un órgano como nuestro riñón derecho. Lo que sí podemos decir es que nos introduce -nos está introduciendo ya- en una condición posletrada; en una condición en la que lo decisivo, como nuevo marco de percepción, no es ya la letra pública ni, como a menudo suele creerse, el dígito oculto, sino la pantalla encendida. La expresión no es elegante, pero a la espera de forjar una mejor podríamos hablar de condición pantállica. 

El papel está condenado a desaparecer no porque sea ecológicamente insostenible o caro, sino porque está muerto: recibe la luz de nuestro ojos y exige por lo tanto una atención intensa y disciplinada. Por eso la filosofía está orgánicamente atada a la madera y no sobrevivirá a su muerte. En su lugar, la pantalla está viva: emite su propia luz y, si resulta por ello más atractiva, demanda una atención mucho más débil y superficial; una atención dispersa, fugitiva, vaporizada, si se quiere, en la simultaniedad de las muchas pantallas abiertas al mismo tiempo antes nuestros ojos. Ningún cerebro finito estará jamás a la altura de la infinita potencia tecnológica de la red; ninguna razón finita podrá encontrar ahí la linealidad y sucesión que le proporcionan la frase y la hoja de papel -que solo se puede pasar despacio-.

Nunca fuimos realmente letrados, nunca llegamos a ser letrados, y ya no podemos serlo. La población mundial está cada vez más dividida entre analfabetos y posletrados. La franja propiamente letrada se encoge cada vez más y con ella todas las posibilidades entrevistas hace 4.000 años y nunca desplegadas por completo. ¿También el socialismo? Frente al entusiasmo acrítico de tantos internautas, la izquierda debe atreverse quizás a reconocer que también tecnológicamente está perdiendo la partida. Enseñar a leer ya no sirve. Y es a partir de este hecho desnudo -la condición posletrada y tal vez poshumana de la historia - que debe replantearse todas sus estrategias.

Manuel Cruz (La flecha (sin blanco) de la historia)

El resultado global, desde el punto de vista de la experiencia del individuo, es que el mundo en su conjunto se ha endurecido de manera extraordinaria. Dicho resultado se podría vincular—hasta el punto de que incluso podría ser considerado un desarrollo de ello— con lo que planteaba el novelista francés Michel Houellebecq acerca de la sociedad actual como ampliación del campo de batalla en la novela del mismo título (aunque bien podría afirmarse que hace lo propio en el resto de sus obras), ampliación en la que la lógica de la competitividad, del antagonismo, del darwinismo social habría impregnado absolutamente todas las regiones de la experiencia humana.

A nadie se le escapa que, con toda probabilidad, un gramsciano sostendría que nos encontramos en una situación que permite visibilizar de manera casi perfecta el concepto de «hegemonía», que viene a significar el dominio absoluto de un sector o clase social en todas las esferas de lo real. Tal vez, pero ello no impide señalar alguna diferencia, como la de que Gramsci todavía parecía pensar en términos de heterogeneidad de esferas, controladas por un mismo y solo poder, mientras que el problema en la actualidad es que todas las esferas han quedado homogeneizadas bajo el modelo de la esfera económica. Ahí está, por si hiciera falta a estas alturas algún ejemplo, la deriva sufrida por algunas ideas, cuyo significado también ha sido empapándose de determinaciones economicistas. Sin ir más lejos, la venerable idea de progreso ha dejado de plantearse como un instrumento teórico que daría cuenta del aumento del bienestar de los individuos y de las sociedades, o que describiría la mejoría de sus dimensiones espirituales, para pasar a referirse, casi en exclusiva, a indicadores macroeconómicos (prima de riesgo, PIB, costo de la deuda soberana, etc), ajenos por completo a las personas e incluso a los grupos. 

En realidad, puestos a buscar antecedentes que nos proporcionen las claves mayores para la inteligibilidad de lo que nos está ocurriendo, probablemente resultaría de mayor utilidad remontarse (de nuevo) a Marx, y evocar su clásica tesis según la cual las relaciones humanas han terminado por convertirse bajo el capitalismo en relaciones económicas, tesis presente desde bien temprano en sus textos de Marx, pero rotundamente expuesta en el Manifiesto comunista. El matiz fundamental que correspondería ahora introducir, y que marcaría en cierto modo la diferencia específica de nuestro presente, es que esa determinación por parte de lo económico, subyacente en cierto modo desde siempre en la historia, había emergido en esta fase del capitalismo a la superficie de la conciencia y de las relaciones humanas. De ser cierta esta hipótesis, se les estaría dando la razón a quienes describen nuestra época como una nueva Edad Media. En un aspecto al menos al menos el paralelismo estaría justificado: también hoy la ideología ha dejado de cumplir la función, en la que anduvo ocupada prioritariamente en las fases anteriores del capitalismo, de oscurecer la auténtica naturaleza de las relaciones de producción. Hoy, su tarea es más bien la de proporcionar a los individuos los argumentos ya no para legitimar el sistema económico sino para hacerlo soportable, de manera análoga a como la religión en el Medievo convertía en llevadera una vida de explotación e injusticia a base de considerarlas, toda ella, como un transitorio valle de lágrimas.

En cualquier caso, el matiz de que la esfera económica ha alcanzado una hegemonía casi absoluta en todas las regiones de lo real resulta completamente imprescindible para no interpretar que nuestra afirmación inicial acerca del endurecimiento del mundo aludía tan solo al endurecimiento de las condiciones materiales de la vida de los ciudadanos. En este sentido, cabría afirmar que lo característico de la sociedad actual sería que, más allá de lo planteado por el calvinismo (o, en su versión filosófica, por el kantinismo), que instaba a la interiorización de la ley moral, ahora lo que el individuo estaría interiorizando sería el entero orden del mundo (esto es, campo de batalla, ampliado en la forma que acabamos de señalar), sintiéndose responsable también de su ineficiencia en cualquier ámbito a través de la falacia del empresario de sí mismo, antes mencionado.

Pero el caso es que la creciente complejidad y agresividad de las nuevas realidades sociales, unida a la imagen deformada que de ella nos transmiten los mass media y a la pobreza de los dispositivos que esta sociedad proporciona para relacionarse con las mencionadas realidades, provocan que, sin grandes resistencia, los ciudadanos acaben, efectivamente, por responsabilizarse de prácticamente todo: de sus enfermedades, por no haberse cuidado lo suficiente; del cambio climático, por su escasa preocupación por el reciclaje de los residuos domésticos; de las exclusiones, por su falta de empatía con los diferentes; de la crisis económica, por haber vivido supuestamente por encima de sus posibilidades, y así hasta el infinito.

Marta García Aller (El fin del mundo tal y como no conocemos) Las grandes innovaciones que van a cambiar tu vida

FILTRO BURBUJA

El nacionalismo económico que quiere cerrar las fronteras ha resurgido al tiempo que se han hundido el prestigio y la credibilidad de las élites de los países occidentales a raíz de la crisis financiera. Paradójicamente, también internet y las redes sociales han jugado un papel crucial en construir esos nuevos muros mentales, ayudando al auge de los nacionalismos xenófobos y el populismo. No por tener más información que nunca estamos mejor informados.

La cobertura de noticias internacionales ha decrecido radicalmente. Aunque internet es una red mundial, se utiliza sobre todo para transmitir información local. Y las noticias que llegan de otros países son básicamente negativas. En Estados Unidos, solo el 11 por ciento de las noticias se ocupan de los asuntos exteriores y se reducen básicamente a Afganistán e Irak. En Francia y Alemania el porcentaje es aún menor. El volumen de la cobertura de noticias internacionales ha disminuido del 27 por ciento en 1987 al 11 por ciento en 2010. Y las redes sociales no son tan globales. Sólo el 4 por ciento de las amistades de Facebook están fuera de las fronteras nacionales.

«Cuantas más interacciones se tienen con el exterior, menos se percibe como una amenaza —explica Ghemawat—. Y hay una fuerte correlación entre no saber mucho de los demás países y tenerles miedo. Los países que están profundamente conectados a los flujos internacionales de información son menos propensos a ver sus culturas con una superioridad nacional. 

En los tres meses previos a la victoria de Trump, tuvieron más difusión las veinte noticias falsas más compartidas sobre la campaña estadounidense que las verdaderas. No. El papa no apoya a Donald Trump, ni Hillary Clinton le había vendido armas al ISIS. Pero tampoco nuestras vacaciones en Tailandia fueron perfectas, la paella nos quedó tan rica, ni el niño está siempre tan mono. Que la criatura también llora, vomita y se desvela por las noches. Pero esos no son los videos que compartimos. Lo que se comparte en el escaparate global es local y sesgado.

En España, las tres noticias más leídas en las redes sociales en 2016 eran falsas. En internet arrasan las mentiras. También las nuestras. Y que sean o no ciertas las noticias que se comparten es secundario para mucha gente al lado de lo que verdaderamente importa: que nos den la razón. Así que la era global de la comunicación nos está haciendo, paradójicamente, más tribales y aislacionistas. Y más manipulables.

Vivimos en burbujas informativas con la ilusión de globalidad, porque podemos rodearnos de personas repartidas por todo el planeta con ideas afines a las nuestras. Y como en las redes no buscamos noticias, sino que nos den la razón, la verdad es la gran damnificada. Esta zona de confort virtual crea votantes vulnerables y desinformados.

Zygmunt Bauman, el filósofo que bautizó nuestro tiempo como el de la modernidad líquida, se lo explicaba así al periodista Gonzalo Suárez en una de las últimas entrevistas que dio antes de su muerte a los 91 años:

Yo recuerdo los años en los que no había ni televisión. Así que imagina el optimismo que sintió la gente cuando salió de sus pueblos y abrió los ojos ante la World Wide Web. Internet aportaba los cimientos para crear una humanidad en la que todas las piezas estuvieran en contacto y se entendieran mutuamente. Sin embargo, los estudios sociales indican lo contrario: esta maravilla tecnológica no solo no te abre la mente, sino que es un instrumento fabuloso para cerrarte los ojos. Hay algo que no puedes hacer offline, pero sí online: blindarte de los enfrentamientos con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú. Eso no pasaba en la vida real: en cuanto sales a la calle y llevas a tus hijos al colegio, te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos. No puedes crear escondites artificiales. 

En un mundo saturado de información global, el cerebro opta por quedarse con lo que mejor comprende y más se parece a lo que piensa. Y el algoritmo, que filtra la información por afinidad, puede romper las barreras geográficas, pero no los prejuicios ideológicos. Es lo que Eli Pariser, activista y fundadora de la web Upworthy, bautizó con acierto como «filtro burbuja» en 2011.

La consecuencia de recibir solo noticias que le dan a uno la razón es la polarización de una opinión pública cada vez más encantada de conocerse. De ello se aprovechan estos nacionalismos xenófobos de nuevo cuño, tanto en Europa como en Estados Unidos, que están haciendo tambalearse la ilusión del cosmopolitismo de las últimas dos décadas. Había un sentimiento racista que ha salido del armario y ha vuelto con fuerza una búsqueda de la identidad nacional de la vieja mayoría.

Daniele Giglioli (Crítica de la víctima)

La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derechos, de autoestima.  Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable, o responder de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. En la víctima se articulan carencia y reivindicación, debilidad y pretensión, deseo de tener y deser de ser. No somos lo que hacemos, sino lo que hemos padecido, lo que podemos perder, lo que nos han quitado.

Es una palinodia de la modernidad, caracterizada por sus onerosos preceptos: ¡anda erguido, abandona la minoría de edad! (lo cual rige para todos; véase Kant, Qué es la Ilustración, 1784). Con la víctima rige más bien el lema contrario: en efecto, la minoría de edad, la pasividad y la impotencia son cosas buenas, y tanto peor para quien actúe. Si el criterio para distingir lo justo de los injusto es necesariamente ambiguo, quien está con la víctima no se equivoca nunca. En una época en la que todas las identidades se hallan en crisis, o son manifiestamente postizas, ser víctima da lugar a un suplemento de sí mismo.

Solo en la forma hueca de la víctima encontramos hoy una imagen verosímil, aunque invertida, de la plenitud a la que aspiramos, una <<máquina mitológica>> que, a partir del centro vacío de una falta, carencia o ausencia, genera incesantemente un repertorio de figuras capaz de satisfacer una necsidad que tiene su orgine precisamente en ese vacío. Lo indeseado se torna deseable. 

Pero, como ha explicado Furio Jesi, quien controla una máquina mitológica tiene en su mano la palanca del poder. La ideología victimista es hoy el primer disfraz de las razones de los fuertes, como vemos en la fábula de Fedro: <<Superior stabat lupus...>>. Si solo tiene valor la víctima, si esta solo es un valor, la posibilidad de declararse tal es una casamata, un fortín, una posición estratégica para ser ocupada a toda costa. La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el suelo de cualquier tipo de poder. En su erigirse como una identidad indiscutida, absoluta, en su reducir el ser a una propiedad que nada pueda disputarle, realiza paródicamente la promesa imposible del individualismo propietario. No en vano es objeto de guerras, so protexto de establecer quién es más víctima, quién lo ha sido antes y quién durante más tiempo. Las guerras necesitan de ejércitos, y los ejércitos de jefes. La víctima general liderazgo. ¿Quién habla en su nombre, quién tiene derecho a hacerlo, quién la representa, quién transforma la impotencia en poder? ¿Puede realmente hablar el subalterno? se preguntó Gayatri Spivak en un ensayo famoso. El subalterno que sube a la tribuna en nombre de sus semjantes, ¿Sigue siendo tal o ha pasado ya a la otra parte?

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Inalienable

En primer lugar, la víctima promete identidad. Es algo real, es cierta, tiene un origen, unos documentos, se funda en un acontecimiento, es demostrable. Interpela con seguridad y autoridad. ¿Quién soy? Una víctima, algo que no puede negarse y que nadie podría quitarme nunca. Encuadra al ser con el perfil de tener, reduce al sujeto a portador de propiedades (que no de acciones), le pide seguir siendo, dolorosa pero orgullosamente lo que es. No pretende transformaciones, renuncias, sacrificios. El sacrificio ya se ha producido, no se necesitan más. Ya hemos dado, ahora nos espera descansar de nosotros mismos. Objetivo deseable para quien cree que no se puede cambiar, sobre todo si unas agencias potentes tienen interés en confirmar este escepticismo, es decir, dejar el mundo tal y como está, es decir, de nuevo, en sus manos. La condición de víctima castra la egency en todos los sentidos del término. La víctima real es tal porque es impotente. La víctima imaginaria motiva con eso su impotencia y, si no es impotente, su aspiración a seguir siendo lo que es por derecho propio: un propietario inalienable.

Inalienable o, si se quiere también, espectral, fantasmático. Los derechos inalienlanes no existen in natura, son prestaciones de la polis, como había comprendido bien, antes que nadie, Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo:  nada más abstracto que los derechos humanos, que no en balde emergen como problemas solo en el momento en que son negados los derechos políticos, porque son estos los que fundan aquellos, y no al revés. Pero la espectralidad es plástica, adaptable, ausente de verificaciones, hasta el punto de que sabotea la pertenencia de la barrera, de por sí ya porosa, entre victimización real y victimización imaginaria. ¿No explica el psicoanálisis que precisamente eso de lo que más nos enorgullecemos, eso que creemos más nuestro, más cierto, más auténtico, nuestro Yo, es en realidad fruto de un reflejo, de una proyección (así como de la rivalidad y de la aversión: la fase del espejo, el cual es eso que se comporta como yo), en una palabra, lo más imaginario que haber pueda?

Solo un largo periodo de 30 años de ideología individualista sin oposición podía conferir al concepto de identidad el énfasis del que se ha beneficiado, consiguiendo incluso hacerlo penetrar en las ciudadelas de un pensamiento que se pretendería crítico: milagros de la hegemonía. Basta para comprobarlo la fortuna de la que gozan en la academia anglosajona los departmento pensados para grupos sociales golpeados por algún estigma [...]

Oriol Quintana (Filosofía para una vida peor) Brevario del pesimismo filosófico del siglo XX

Unos cuantos millones de cadáveres

LA LITERATURA DE AUTOAYUDA, ¿UNA ANOMALÍA HISTÓRICA?

Todo libro de autoayuda parte siempre de una premisa básica: uno puede mejorar.  La vida, ciertamente, está llena de obstáculos, pero se puede triunfar sobre ellos. En realidad, no existen las dificultades, existen los retos. Desde el Usted puede sanar su vida hasta los esfuerzos por Un mundo sin quejas, una riada casi infinita de títulos pretenden calmar nuestra angustia vital a base de inundar de títulos cada rincón de la existencia con un recacitante optimismo. Este dice que alguna fuerza cósmica empuja las cosas hacia lo mejor, y que el individuo sufriente e inseguro le bastaría con dejarse llevar por esas fuerzas benevolentes para salir de su situación.

Recalcitrante es el abjetivo justo. La doctrina que dice que todo está providencialmente dispuesto para que el bien triunfe debería haberse extinguido hacia finales del siglo XX, justo cuando los regímenes dictatoriales del este de Europa comenzaron a desmoronarse de manera casi incruenta: morían de puro cansancio, porque su inercia se había agotado. ¿Quién iba a tener ganas de encabezar una revolución por un futuro mejor, cuando justamente por este eslogan y otros imilares se instaló una presión escandalosa y duradera? Lo cierto es que se celebró el fin de las dictaduras con cierto alivio pero sin mucha alharaca. Si uno presta atención al repasar los vídeos de la época, verá cómo los martillazos que la gente propinaba al muro de Berlín en el año 1989 se daban con cierta desgana. Faltaba la ira, la furia, la dterminación del que cree que está salvando al mundo, que abre el camino de la libertad y deja por fin atrás el sufrimiento. Faltaba el empuje de las masas. Pero es que nadie que conociera mínimamente los hechos transcurridos entre 1914 y el mismo año 1989, no digamos lo que directa o inderectamente sufrieron sus consecuencias, podría creer que las cosas, algún día, llegarían a estar bien.

Y es que incluso una mirada superficial, estadística, a la historia del siglo XX revela que los niveles de sufrimiento y las pérdidas de vidas humanas que se dieron a lo largo del siglo son de tal dimensión que casi constituyen un novum histórico. Es evidente que el siglo XX no inventó la guerra ni la tortura, pero sí es cierto que la cantidad supone una transformación en la calidad, por lo menos, a partir de ciertas cifras astronómicas. Entonces sí estamos ante lo nunca visto. ¿Cuánta gente murió en la Primera Guerra Mundial? Algunas fuentes dicen que en total se llegó a los diecisiete millones de personas, la mayoría de las cuales fueron soldados en el frente. En la Segunda Guerra Mundial, Alemania perdió tres millones de soldados; la URSS, ocho millones. Otros ejercitos, algo menos. Estados Unidos solo trescientos mil; Gran Bretaña, menos de medio millón; Francia, doscientos mil. Y en cuanto a las víctimas civiles, ni que decir tiene que los años de la Segunda Guerra Mundial constituyen un macabro récord imbatible. Los nazis asesinaron alrededor de seis millones de judíos: el número de víctimas civiles del conflicto asciende a catorce millones de personas en solo doce años. Esos años, además, supusieron la resurrección de fenómenos sociales que no se veían desde la Edad Media, como los encarcelamientos sin juicio ni acusación formal, las cazas de brujas y las torturas para extraer falsas confesiones; aunque, de nuevo, a una escala que haría parecer a los antiguos inquisidores como simples aficionados (George Orwell dixit). Por no mencionar las deportaciones forzosas, lo que antes se llamaba el destiero, que, curisosamente, hasta entonces había tenido una especie de aura romántica.

Algunos historiadores se han empeñado en recordar a sus lectores que los tristemente famosos métodos industriales de exterminio, que tanto han impresionado nuestras mentes, en realidad fueron menos usuales que el tradicional método de dejar morir de hambre a los enemigos, largamente practicado en los antiguos asedios de ciudades. Entre Hitler y Stalin mataron de hambre a siete millones de personas, ya fueran civiles que no mostraron el suficiente entusiasmo en las colectivizaciones de tierras, presioneros de guerra, ciudadanos sitiados en los cercos a ciudades o en los guetos. Esto hizo resucitar el canibalismo.

[...] Y a pesar de todo ello, a pesar de los millones de cadáveres, hay una miríada de libros que crecen sobre un humus optimista que no debería existir. ¿Se trata de una anomalía histórica? Lo cierto es que no: hubo otras épocas en que la imposibilidad de diseñar un proyecto histórico optimista era algo patente. Tras el desmebramiento del imperio de Alejandro Magno proliferaron las escuelas de filosofía que proponían una suerte de salvación individual, de las que conocemos el estoicismo y el epicureísmo. Es de estas escuelas la idea según la cual la filosofía debía dedicarse únicamente a la sanación del alma. Un antiguo fragmento atribuido a Epicuro lo afirmaba con rotundidad [Epicúrea,221]:

<<Vana es la palabra de aquel filósofo que no remedia alguna dolencia del hombre. Pues así como ningún beneficio hay en la medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco lo hay en la filosofía si no expulsa la dolencia del alma>>.

[...] No es nuestra intención poner en el mismo saco a la literatura de autoayuda y a esa consagradísima escuela filosófica de la antigüedad. Solo queremos señalar cómo ambas surgieron a la sombra de los desastres (los imperios, que construyen y se destruyen siempre con sangre, son invariablemente una forma de desastre). Por lo demás hay muchas diferecias y la más importante es la que los separa como a dos universos lejanos: el antiguo estoicismo quería enseñar a sus seguidores a aceptar su dolor y su condición desgraciada. Los libros de autoayuda, en mayor o menor medida, se empeñan en negar el dolor, en ocultar la condición desgraciada del ser humano y más bien se empeñan en afirmar que siempre se puede mejorar.

Mauricio-José Schwarz (La izquierda Feng-Shui) Cuando la ciencia y la razón dejaron de ser progres


FENG-SHIU CON POCO HIELO

El feng-shui —que, por cierto, se pronuncia fung-shuei, lo que suele dar igual— es una creencia china (o, según sus adeptos, un sistema filosófico) que pretende armonizar la vida de la gente con los elementos energéticos y telúricos de la naturaleza. 

Dicho de otro modo, el feng-shui es la idea de que por poner tus muebles y elementos de decoración donde no debes puede matarte y destruir tu vida, y no precisamente porque se te haya olvidado anclar tu librería de Ikea y caiga sobre ti con todo el aterrador peso de la obra completa de Paulo Coelho encuadernada en piel de rinoceronte. 

O en otras palabras, el feng-shui es la decoración de interiores llevada al absurdo con unos precios más altos que los de cualquier decorador de interiores que haya estudiado arquitectura e historia del arte. Con la ventaja añadida de que uno puede ser «consultor feng-shui», nombre que impresiona con gran contundencia, sin estudiar prácticamente nada. Basta con leer cuatro o cinco páginas web y está usted listo.

Pero esta creencia/sistema filosófico/decoración de interiores incorpora muchos de los conceptos esenciales para las creencias que adopta la izquierda feng-shui.

Aquí conviene hacer una confesión: cuando llamé «izquierda feng-shui» a la vertiente esotérica de esta tendencia, ni siquiera estaba pensando en las características de esta disciplina, simplemente resultaba eufórico. Pero el nombre tuvo cierto éxito y, además, resulta descriptivo, sin excesos. Otros la han llamado izquierda new age, kumbayá (por la canción espiritual que los scouts solían cantar en torno a sus fogatas y que el folk y la canción protesta rescataron como canto de unidad hippy en la década de 1960), posmo —por su identificación con el relativismo posmoderno—, mística o magufa —una combinación de «manga « y «ufóloga»—, mientras que algunos se refieren a ella como la sección esotérica de la izquierda regresiva o reaccionaria. 

[...] Los principios básicos del feng-shui son la base de todas las creencias místicas de la antigua China y de su refrito occidental del último medio siglo, y un buen ejemplo del esquema esotérico y divorciado de los datos que caracteriza al pensamiento de esa parte de la izquierda. 

[...] Con la preocupación creciente sobre la contaminación ambiental, el pánico a las antenas de telefonía móvil, la salud amenazada incesantemente e ideas como la sostenibilidad y armonía con el medio ambiente, el feng-shui empezó a difundirse ampliamente desde que, en la década de 1950, el médico y estudioso británico Joseph Needham publicó su serie de libros titulada Ciencia y civilización en China. Aunque el propio Needham señaló que el feng-shui era una seudociencia, consideró que tenía alguna influencia en el diseño de los espacios estéticamente placenteros de la cultura china. De hecho, la serie Needham no sólo llevó la idea del feng-shui a Occidente, sino que reavivó el interés por la práctica en la propia China. Y ayudó al resurgimiento de una práctica similar de arquitectura sagrada en la India, el vastu. 

Los practicantes de vastu compiten ferozmente hoy en día con los del feng-shui para hacerse con los contratos de diseño de interiores para los ricos despistados, como la elite de   Hollywood. 

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EL MISMO POSMODERNISMO

Más vale no emplear el adjetivo posmoderno en los alrededores de los filósofos, ya que no es una categoría que reconozcan como propia y, de hecho, pueden hacer amplias argumentaciones si se imponen como objetivo demostrar que alguien, algún texto o alguna idea no son «posmodernos». La definición de la palabra, como ocurre con el término natural, depende de quién la maneje y, siendo justos, es bastante vaga y está sujeta a debate entre los profesionales de la filosofía. Pero para la gente común y corriente, sin las sutilezas que lo deshilachan todo hasta que desaparece como una paloma en manos de un hábil prestidigitador (sí, el ave está en realidad oculta en el algún bolsillo disimulado del chaleco del mago) y sin pretensión de extensivamente en el tema, el pensamiento posmoderno se identifica como una tendencia filosófica relacionada con el posestructuralismo que rechaza, esencialmente, los valores de la Ilustración y de la Revolución científica. Más o menos como hizo el abate Barruel, pero con más pompa y boato. 

Una de las ideas centrales que el pensamiento posmoderno propone es que la realidad objetiva no existe, sino que es producto del «discurso». En término muy resumidos, la palabra crea la realidad. Cuando usted recibe un balonazo y sufre dolor, no está recibiendo un golpe ni sufriendo dolor medible o real, sino que es víctima del discurso con el que lo han adoctrinado de modo que crea en los balones, en la fuerza de los golpes y en la necesidad de sentir dolor cuando recibe un balonazo. Igualmente, por tanto, se le podría enseñar otro discurso distinto según el cual los balones no son duros y tienen la textura del algodón de azúcar, de modo que cuando lo golpeen apenas sentirá nada.

Suena absurdo y se me podría acusar de caracterizar este aspecto del pensamiento posmoderno con una enorme mala fe. Así que acudamos a uno de sus máximos exponentes, el galardonado filósofo francés Bruno Latour. En uno de sus más celebrados ensayos, Latour afirma que no es razonable decir que Ramsés II murió de tuberculosis, porque el bacilo responsable de esta enfermedad no fue descubierto hasta el siglo XIX, precisamente por Robert Koch, el creador, junto con Louis Pasteur, de la teoría de los gérmenes patógenos, la primera explicación científica de la enfermedad que se consiguió en la historia humana. Para Latour decir que a Ramsés lo mató ese bacilo exigiría creer en que el bichillo viajó en el tiempo hasta el verano del año 1213 a.C. para dar cuenta del poderoso emperador egipcio. Latour deja la duda de si Koch descubrió o inventó el bacilo en cuestión. En definitiva, que antes de que se le diera nombre, se lo caracterizara, no se puede decir que el bacilo de Koch existiera. 

Ese razonamiento equivale a decir, por supuesto, que los rayos no estuvieron formados por electricidad hasta junio de 1752, cuando Benjamin Franklin descubrió (o inventó) que los relámpagos constaban de la misma energía a la que Willian Gilbert puso nombre. O que el agua no estaba hecha de dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno, hasta que Henry Cavendish la descompuso. Y así, cuantos ejemplos se deseen. 

Fuera como fuere, la idea es ésa: El pensamiento humano o la narrativa del pensamiento, las palabras, la realidad no tiene por qué ser lógica ni poder analizarse con la razón, pues éstos son inventos que no tienen validez universal. Del mismo modo, para el posmodernismo la naturaleza humana no existe, no hay determinantes ni condicionantes genéticos, evolutivos o fisiológicos, sino que somos lo que somos porque nos han convencido (la sociedad nos ha convencido) de que lo seamos. Y, por lo mismo, no hay ni valores morales objetivos ni nada más que el poder de implantar una ideología que da forma a nuestro pensamiento. Todo es relativo. 

Olalla Castro Hernández (Entre-lugares de la Modernidad) Filosofía, literatura y Terceros Espacios

EL GRAN RELATO DEL CAPITALISMO NEOLIBERAL Y LA NUEVA UTOPÍA DEL MERCADO TOTAL

[...] ¿Cómo se enmarcara, al fin, un proyecto tan inhumano como lo es el neoliberal y se hace pasar, a ojos vista de la sociedad, por un proyecto que sigue teniendo al ser humano como centro?

La respuesta es sencilla y, a la vez, tremendamente retorcida: cambiando el propio concepto de sujeto y haciendo que sus objetivos, creencias y valores no sean ya los que proponían las utopías marxista, positivista e ilustrada. El bien común, la justicia social, la colectivización de los bienes, el progreso dirigido a una humanidad hermanada, la igual de los seres humanos, la pertenencia a una clse proletaria internacionalista, los lazos universales entre las personas..., son sustituidos por un concepto hedonista y neonarcisita de lo humano, donde se procura aislar al sujeto en la inmediatez de su mundo cotidiano, creándole la sensación de estar conectado con el mundo a través de la pantalla, de intercesores que contribuyen a generar la suficiente distancia psicológica y emocional para que realmente no se produzcan los procesos empáticos necesarios para considerar al otro parte de nosotros mismos, proponiendo toda una seria de divertimentos y entretenimientos encaminados a ala felicidad individual (que se cifra ya en el terreno de lo puramente libidinal, en el ámbito de los deseos satisfechos). Este proceso de individualización, que Lipovetsky denomina proceso de personalización, es una de las consecuencias del triunfo del metarrelato neoliberal y supone uno de los cambios más profundos en esta nueva etapa posmoderna de la Modernidad:  

El ideal moderno de subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas ha sido pulverizado. El proceso de personalización ha promovido y encarnado masivamente un valor fundamental, el de la realización personal, el respeto a la singularidad subjetiva, a la personalidad incomparable sean cuales sean por lo demás las nuevas formas de control y de homogeneización que se realizan simultáneamente (Lipovetsky, 2006:7).

La felicidad y la libertad dejan de de ser aspiraciones globales, valores deseables para el común de una especie, la humana (como pretendía supuestamente la utopía ilustrada), o para la clase obrera incluida por el capitalismo (como pretendía la utopía marxista). En un mundo donde la categoría de clase social está supuestamente desfasada o donde la existencia no posee un sentido humanista, pretende romper los lazos que antes nos mantenían unidos. No nos sentimos profundamente vinculados ya, como ocurría en anteriores etapas de la Modernidad, a una abstracción tan «tangible» como lo es la pertenencia a una clase social. El sujeto social se sustituye por el individuo, que decide «libremente», sin filias y fobias, sus empatías, en función de factores emparentados directamente con el Mercado (gustos, modas, aficiones, filiaciones a equipos de deportivos o idolatrías a estrellas del rock). No somos una especie que esté comprometida ya, como lo estaba (al menos en el ámbito puramente discursivo) en etapas anteriores de la Modernidad, con el resto. Así, la utopía del mercado total consigue que su lógica se imponga en la vida cotidiana del sujeto, convenciendo al mismos de que se es más feliz y más libre en tanto se poseen más bienes y en tanto los impulsos y deseos materiales e intelectuales se satisfacen con la mayor inmediatez. La separación que la Modernidad hace de una razón instrumental, una razón estética y una razón ética «tiende crecientemente a ser reabsorbida por una sola lógica que construye el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, a partir de la lógica expansiva de la eficacia y el rendimiento del capital» (Lancer, 2002:55).

La utopía del mercado total genera, como lo hicieron las utopías precedentes, su propia mitología. Algunos de los mitos funcionales de esta nueva utopía, que Lancer recorre uno a uno magistralmente, son: el mito del crecimiento ilimitado (al Mercado no le importa si los bienes están en manos de unos pocos; no le incomodan al revés, precisa de ellos— sus excluidos, como no le importa acabar con los recursos naturales del planeta, mientras el crecimiento de la producción y el consumo de bienes sean exponenciales); el mito de corte hobbesiano de la egoísta naturaleza humana (que resulta ser un mito tan esencialista como lo eran los mitos más plenamente modernos y que está basado igualmente en la creencia en la universalidad de ciertos rasgos de lo humano; a través de este mito se justifica la existencia de un Estado de control, sancionador y profundamente burocratizado); el mito del desarrollo lineal y progresivo de la tecnología; el mito de la tolerancia y de la diversidad cultural (bajo un clima de eclecticismo superficial y enfocado hacia el mercado, sus productos y sus potenciales consumidores), el mito de una sociedad sin intereses, sin estrategias, sin relaciones de poder y sin sujetos, bajo el que se oculta el poder oligopólico del mercado, etcétera.  

Lo que hemos aceptado denominar como Posmodernidad (en su versión triunfal) se caracteriza al fin, por una exacerbación de lo moderno, un movimiento que lleva al límite los presupuestos de la Modernidad, en cuyo camino han ido mutando, cambiando su sentido, que no creyendo, los más importantes conceptos modernos, hasta el punto de quedar completamente desvirtuados en muchas ocasiones, incluso de llegar a ocupar sus nuevas posiciones totalmente vacíos de contenido (la reapropiación de todos los grandes conceptos y valores modernos por parte del lenguaje publicitario han convertido a la belleza, la verdad, la revolución, la libertad..., en hueros eslóganes que pululan por los anuncios de productos cosméticos, vehículos y perfumes, tristemente vacíos de significado y de historia). 

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