Oriol Quintana (Filosofía para una vida peor) Brevario del pesimismo filosófico del siglo XX

Unos cuantos millones de cadáveres

LA LITERATURA DE AUTOAYUDA, ¿UNA ANOMALÍA HISTÓRICA?

Todo libro de autoayuda parte siempre de una premisa básica: uno puede mejorar.  La vida, ciertamente, está llena de obstáculos, pero se puede triunfar sobre ellos. En realidad, no existen las dificultades, existen los retos. Desde el Usted puede sanar su vida hasta los esfuerzos por Un mundo sin quejas, una riada casi infinita de títulos pretenden calmar nuestra angustia vital a base de inundar de títulos cada rincón de la existencia con un recacitante optimismo. Este dice que alguna fuerza cósmica empuja las cosas hacia lo mejor, y que el individuo sufriente e inseguro le bastaría con dejarse llevar por esas fuerzas benevolentes para salir de su situación.

Recalcitrante es el abjetivo justo. La doctrina que dice que todo está providencialmente dispuesto para que el bien triunfe debería haberse extinguido hacia finales del siglo XX, justo cuando los regímenes dictatoriales del este de Europa comenzaron a desmoronarse de manera casi incruenta: morían de puro cansancio, porque su inercia se había agotado. ¿Quién iba a tener ganas de encabezar una revolución por un futuro mejor, cuando justamente por este eslogan y otros imilares se instaló una presión escandalosa y duradera? Lo cierto es que se celebró el fin de las dictaduras con cierto alivio pero sin mucha alharaca. Si uno presta atención al repasar los vídeos de la época, verá cómo los martillazos que la gente propinaba al muro de Berlín en el año 1989 se daban con cierta desgana. Faltaba laira, la furia, la dterminación del que cree que está salvando al mundo, que abre el camino de la libertad y deja por fin atrás el sufrimiento. Faltaba el empuje de las masas. Pero es que nadie que conociera mínimamente los hechos transcurridos entre 1914 y el mismo año 1989, no digamos lo que directa o inderectamente sufrieron sus consecuencias, podría creer que las cosas, algún día, llegarían a estar bien.

Y es que incluso una mirada superficial, estadística, a la historia del siglo XX revela que los niveles de sufrimiento y las pérdidas de vidas humanas que se dieron a lo largo del siglo son de tal dimensión que casi constituyen un novum histórico. Es evidente que el siglo XX no inventó la guerra ni la tortura, pero sí es cierto que la cantidad supone una transformación en la calidad, por lo menos, a partir de ciertas cifras astronómicas. Entonces sí estamos ante lo nunca visto. ¿Cuánta gente murió en la Primera Guerra Mundial? Algunas fuentes dicen que en total se llegó a los diecisiete millones de personas, la mayoría de las cuales fueron soldados en el frente. En la Segunda Guerra Mundial, Alemania perdió tres millones de soldados; la URSS, ocho millones. Otros ejercitos, algo menos. Estados Unidos solo trescientos mil; Gran Bretaña, menos de medio millón; Francia, dopscientos mil. Y en cuanto a las víctimas civiles, ni que decir tiene que los años de la Segunda Guerra Mundial constituyen un macabro récord imbatible. Los nazis asesinaron alrededor de seis millones de judíos: el número de víctimas civiles del conflicto asciende a catorce millones de personas en solo doce años. Esos años, además, supusieron la resurrección de fenómenos sociales que no se veían desde la Edad Media, como los encarcelamientos sin juicio ni acusación formal, las cazas de brujas y las torturas para extraer falsas confesiones; aunque, de nuevo, a una escala que haría parecer a los antiguos inquisidores como simples arficionados (George Orwell dixit). Por no mencionar las deportaciones forzosas, lo que antes se llamaba el destiero, que, curisosamente, hasta entonces había tenido una especie de aura romántica.

Algunos historiadores se han empeñado en recordar a sus lectores que los tristemente famosos métodos industriales de exterminio, que tanto han impresionado nuestras mentes, en realidad fueron menos usuales que el tradicional método de dejar morir de hambre a los enemigos, largamente practicado en los antiguos asedios de ciudades. Entre Hitler y Stalin mataron de hambre a siete millones de personas, ya fueran civiles que no mostraron el suficiente estusiasmo en las colectivizaciones de tierras, presioneros de guerra, ciudadanos sitiados en los cercos a ciudades o en los guetos. Esto hizo resucitar el canibalismo.

[...] Y a pesar de todo ello, a pesar de los milllones de cadáveres, hay una miríada de libros que crecen sobre un humus optimista que no debería existis. ¿Se trata de una anomalía histórica? Lo cierto es que no: hubo otras épocas en que la imposibilidad de diseñar un proyecto histórico optimista era algo patente. Tras el desmebramiento del imperio de Alejandro Magno proliferaron las escuelas de filosofía que proponían una suerte de salvación individual, de las que conocemos el estoicismo y el epicureísmo. Es de estas escuelas la idea según la cual la filosofía debía dedicarse únicamente a la sanación del alma. Un antiguo fragmento atribuido a Epicuro lo afirmaba con rotundidad [Epicúrea,221]:

<<Vana es la plabra de aquel filósofo que no remedia alguna dolencia del hombre. Pues así como ningún beneficio hay en la medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco lo hay en la filosofía si no expulsa la dolencia del alma>>.

[...] No es nuestra intención poner en el mismo caso a la literatura de autoayuda y a esa consagradísima escuela filosófica de la antigüedad. Solo queremos señalar cómo ambas surgieron a la sombra de los desastres (los imperios, que construyen y se destruyen siempre con sangre, son invariablemente una forma de desastre). Por lo demás hay muchas diferecnias y la más importante es la que los separa como a dos universos lejanos: el antiguo estoicismo quería enseñar a sus seguidores a aceptar su dolor y su condición desgraciada. Los libros de autoayuda, en mayor o menor medida, se empeñan en negar el dolor, en ocultar la condición desgraciada del ser humano y más bien se empeñan en afirmar que siempre se puede mejorar.

Mauricio-José Schwarz (La izquierda Feng-Shui) Cuando la ciencia y la razón dejaron de ser progres


FENG-SHIU CON POCO HIELO

El feng-shui —que, por cierto, se pronuncia fung-shuei, lo que suele dar igual— es una creencia china (o, según sus adeptos, un sistema filosófico) que pretende armonizar la vida de la gente con los elementos energéticos y telúricos de la naturaleza. 

Dicho de otro modo, el feng-shui es la idea de que por poner tus muebles y elementos de decoración donde no debes puede matarte y destruir tu vida, y no precisamente porque se te haya olvidado anclar tu librería de Ikea y caiga sobre ti con todo el aterrador peso de la obra completa de Paulo Coelho encuadernada en piel de rinoceronte. 

O en otras palabras, el feng-shui es la decoración de interiores llevada al absurdo con unos precios más altos que los de cualquier decorador de interiores que haya estudiado arquitectura e historia del arte. Con la ventaja añadida de que uno puede ser «consultor feng-shui», nombre que impresiona con gran contundencia, sin estudiar prácticamente nada. Basta con leer cuatro o cinco páginas web y está usted listo.

Pero esta creencia/sistema filosófico/decoración de interiores incorpora muchos de los conceptos esenciales para las creencias que adopta la izquierda feng-shui.

Aquí conviene hacer una confesión: cuando llamé «izquierda feng-shui» a la vertiente esotérica de esta tendencia, ni siquiera estaba pensando en las características de esta disciplina, simplemente resultaba eufórico. Pero el nombre tuvo cierto éxito y, además, resulta descriptivo, sin excesos. Otros la han llamado izquierda new age, kumbayá (por la canción espiritual que los scouts solían cantar en torno a sus fogatas y que el folk y la canción protesta rescataron como canto de unidad hippy en la década de 1960), posmo —por su identificación con el relativismo posmoderno—, mística o magufa —una combinación de «manga « y «ufóloga»—, mientras que algunos se refieren a ella como la sección esotérica de la izquierda regresiva o reaccionaria. 

[...] Los principios básicos del feng-shui son la base de todas las creencias místicas de la antigua China y de su refrito occidental del último medio siglo, y un buen ejemplo del esquema esotérico y divorciado de los datos que caracteriza al pensamiento de esa parte de la izquierda. 

[...] Con la preocupación creciente sobre la contaminación ambiental, el pánico a las antenas de telefonía móvil, la salud amenazada incesantemente e ideas como la sostenibilidad y armonía con el medio ambiente, el feng-shui empezó a difundirse ampliamente desde que, en la década de 1950, el médico y estudioso británico Joseph Needham publicó su serie de libros titulada Ciencia y civilización en China. Aunque el propio Needham señaló que el feng-shui era una seudociencia, consideró que tenía alguna influencia en el diseño de los espacios estéticamente placenteros de la cultura china. De hecho, la serie Needham no sólo llevó la idea del feng-shui a Occidente, sino que reavivó el interés por la práctica en la propia China. Y ayudó al resurgimiento de una práctica similar de arquitectura sagrada en la India, el vastu. 

Los practicantes de vastu compiten ferozmente hoy en día con los del feng-shui para hacerse con los contratos de diseño de interiores para los ricos despistados, como la elite de   Hollywood. 

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EL MISMO POSMODERNISMO

Más vale no emplear el adjetivo posmoderno en los alrededores de los filósofos, ya que no es una categoría que reconozcan como propia y, de hecho, pueden hacer amplias argumentaciones si se imponen como objetivo demostrar que alguien, algún texto o alguna idea no son «posmodernos». La definición de la palabra, como ocurre con el término natural, depende de quién la maneje y, siendo justos, es bastante vaga y está sujeta a debate entre los profesionales de la filosofía. Pero para la gente común y corriente, sin las sutilezas que lo deshilachan todo hasta que desaparece como una paloma en manos de un hábil prestidigitador (sí, el ave está en realidad oculta en el algún bolsillo disimulado del chaleco del mago) y sin pretensión de extensivamente en el tema, el pensamiento posmoderno se identifica como una tendencia filosófica relacionada con el posestructuralismo que rechaza, esencialmente, los valores de la Ilustración y de la Revolución científica. Más o menos como hizo el abate Barruel, pero con más pompa y boato. 

Una de las ideas centrales que el pensamiento posmoderno propone es que la realidad objetiva no existe, sino que es producto del «discurso». En término muy resumidos, la palabra crea la realidad. Cuando usted recibe un balonazo y sufre dolor, no está recibiendo un golpe ni sufriendo dolor medible o real, sino que es víctima del discurso con el que lo han adoctrinado de modo que crea en los balones, en la fuerza de los golpes y en la necesidad de sentir dolor cuando recibe un balonazo. Igualmente, por tanto, se le podría enseñar otro discurso distinto según el cual los balones no son duros y tienen la textura del algodón de azúcar, de modo que cuando lo golpeen apenas sentirá nada.

Suena absurdo y se me podría acusar de caracterizar este aspecto del pensamiento posmoderno con una enorme mala fe. Así que acudamos a uno de sus máximos exponentes, el galardonado filósofo francés Bruno Latour. En uno de sus más celebrados ensayos, Latour afirma que no es razonable decir que Ramsés II murió de tuberculosis, porque el bacilo responsable de esta enfermedad no fue descubierto hasta el siglo XIX, precisamente por Robert Koch, el creador, junto con Louis Pasteur, de la teoría de los gérmenes patógenos, la primera explicación científica de la enfermedad que se consiguió en la historia humana. Para Latour decir que a Ramsés lo mató ese bacilo exigiría creer en que el bichillo viajó en el tiempo hasta el verano del año 1213 a.C. para dar cuenta del poderoso emperador egipcio. Latour deja la duda de si Koch descubrió o inventó el bacilo en cuestión. En definitiva, que antes de que se le diera nombre, se lo caracterizara, no se puede decir que el bacilo de Koch existiera. 

Ese razonamiento equivale a decir, por supuesto, que los rayos no estuvieron formados por electricidad hasta junio de 1752, cuando Benjamin Franklin descubrió (o inventó) que los relámpagos constaban de la misma energía a la que Willian Gilbert puso nombre. O que el agua no estaba hecha de dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno, hasta que Henry Cavendish la descompuso. Y así, cuantos ejemplos se deseen. 

Fuera como fuere, la idea es ésa: El pensamiento humano o la narrativa del pensamiento, las palabras, la realidad no tiene por qué ser lógica ni poder analizarse con la razón, pues éstos son inventos que no tienen validez universal. Del mismo modo, para el posmodernismo la naturaleza humana no existe, no hay determinantes ni condicionantes genéticos, evolutivos o fisiológicos, sino que somos lo que somos porque nos han convencido (la sociedad nos ha convencido) de que lo seamos. Y, por lo mismo, no hay ni valores morales objetivos ni nada más que el poder de implantar una ideología que da forma a nuestro pensamiento. Todo es relativo. 

Olalla Castro Hernández (Entre-lugares de la Modernidad) Filosofía, literatura y Terceros Espacios

EL GRAN RELATO DEL CAPITALISMO NEOLIBERAL Y LA NUEVA UTOPÍA DEL MERCADO TOTAL

[...] ¿Cómo se enmarcara, al fin, un proyecto tan inhumano como lo es el neoliberal y se hace pasar, a ojos vista de la sociedad, por un proyecto que sigue teniendo al ser humano como centro?

La respuesta es sencilla y, a la vez, tremendamente retorcida: cambiando el propio concepto de sujeto y haciendo que sus objetivos, creencias y valores no sean ya los que proponían las utopías marxista, positivista e ilustrada. El bien común, la justicia social, la colectivización de los bienes, el progreso dirigido a una humanidad hermanada, la igual de los seres humanos, la pertenencia a una clse proletaria internacionalista, los lazos universales entre las personas..., son sustituidos por un concepto hedonista y neonarcisita de lo humano, donde se procura aislar al sujeto en la inmediatez de su mundo cotidiano, creándole la sensación de estar conectado con el mundo a través de la pantalla, de intercesores que contribuyen a generar la suficiente distancia psicológica y emocional para que realmente no se produzcan los procesos empáticos necesarios para considerar al otro parte de nosotros mismos, proponiendo toda una seria de divertimentos y entretenimientos encaminados a ala felicidad individual (que se cifra ya en el terreno de lo puramente libidinal, en el ámbito de los deseos satisfechos). Este proceso de individualización, que Lipovetsky denomina proceso de personalización, es una de las consecuencias del triunfo del metarrelato neoliberal y supone uno de los cambios más profundos en esta nueva etapa posmoderna de la Modernidad:  

El ideal moderno de subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas ha sido pulverizado. El proceso de personalización ha promovido y encarnado masivamente un valor fundamental, el de la realización personal, el respeto a la singularidad subjetiva, a la personalidad incomparable sean cuales sean por lo demás las nuevas formas de control y de homogeneización que se realizan simultáneamente (Lipovetsky, 2006:7).

La felicidad y la libertad dejan de de ser aspiraciones globales, valores deseables para el común de una especie, la humana (como pretendía supuestamente la utopía ilustrada), o para la clase obrera incluida por el capitalismo (como pretendía la utopía marxista). En un mundo donde la categoría de clase social está supuestamente desfasada o donde la existencia no posee un sentido humanista, pretende romper los lazos que antes nos mantenían unidos. No nos sentimos profundamente vinculados ya, como ocurría en anteriores etapas de la Modernidad, a una abstracción tan «tangible» como lo es la pertenencia a una clase social. El sujeto social se sustituye por el individuo, que decide «libremente», sin filias y fobias, sus empatías, en función de factores emparentados directamente con el Mercado (gustos, modas, aficiones, filiaciones a equipos de deportivos o idolatrías a estrellas del rock). No somos una especie que esté comprometida ya, como lo estaba (al menos en el ámbito puramente discursivo) en etapas anteriores de la Modernidad, con el resto. Así, la utopía del mercado total consigue que su lógica se imponga en la vida cotidiana del sujeto, convenciendo al mismos de que se es más feliz y más libre en tanto se poseen más bienes y en tanto los impulsos y deseos materiales e intelectuales se satisfacen con la mayor inmediatez. La separación que la Modernidad hace de una razón instrumental, una razón estética y una razón ética «tiende crecientemente a ser reabsorbida por una sola lógica que construye el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, a partir de la lógica expansiva de la eficacia y el rendimiento del capital» (Lancer, 2002:55).

La utopía del mercado total genera, como lo hicieron las utopías precedentes, su propia mitología. Algunos de los mitos funcionales de esta nueva utopía, que Lancer recorre uno a uno magistralmente, son: el mito del crecimiento ilimitado (al Mercado no le importa si los bienes están en manos de unos pocos; no le incomodan al revés, precisa de ellos— sus excluidos, como no le importa acabar con los recursos naturales del planeta, mientras el crecimiento de la producción y el consumo de bienes sean exponenciales); el mito de corte hobbesiano de la egoísta naturaleza humana (que resulta ser un mito tan esencialista como lo eran los mitos más plenamente modernos y que está basado igualmente en la creencia en la universalidad de ciertos rasgos de lo humano; a través de este mito se justifica la existencia de un Estado de control, sancionador y profundamente burocratizado); el mito del desarrollo lineal y progresivo de la tecnología; el mito de la tolerancia y de la diversidad cultural (bajo un clima de eclecticismo superficial y enfocado hacia el mercado, sus productos y sus potenciales consumidores), el mito de una sociedad sin intereses, sin estrategias, sin relaciones de poder y sin sujetos, bajo el que se oculta el poder oligopólico del mercado, etcétera.  

Lo que hemos aceptado denominar como Posmodernidad (en su versión triunfal) se caracteriza al fin, por una exacerbación de lo moderno, un movimiento que lleva al límite los presupuestos de la Modernidad, en cuyo camino han ido mutando, cambiando su sentido, que no creyendo, los más importantes conceptos modernos, hasta el punto de quedar completamente desvirtuados en muchas ocasiones, incluso de llegar a ocupar sus nuevas posiciones totalmente vacíos de contenido (la reapropiación de todos los grandes conceptos y valores modernos por parte del lenguaje publicitario han convertido a la belleza, la verdad, la revolución, la libertad..., en hueros eslóganes que pululan por los anuncios de productos cosméticos, vehículos y perfumes, tristemente vacíos de significado y de historia). 

Alexander von Schönburg (Historia portátil del mundo)


EL PROBLEMA DE HUMPTY-DUMPTY
(¿Se puede reparar el mundo? Y, si es así, ¿cómo?
Las ideas más importantes hasta el momento)

Ningún ejercito puede detener una idea a la que le ha llegado su momento (Victor Hugo)

El director de cine francés Jean Luc Godard tiene una idea simpática para hacer remontar la economía nacional griega: siempre que alguien hable o debata utilizando ideas de los antiguos griegos deberá transferir 10 euros a Atenas. Únicamente con los derechos de autor sobre los términos «democracia» o «lógica» quedaría saneado de golpe el producto nacional bruto de Grecia. Con la palabra «sensatez», probablemente no podría ganarse tanto dinero y eso que sofrosina es, en realidad, la idea central y con creces la más bella de la Antigüedad. Por ello también es el momento central del teatro griego. En él siempre ocurre lo mismo. Siempre sale a la palestra un personaje que somete al mundo con un acto heroico... y acaba cayéndose de bruces. Pero esta moraleja bastante transparente del «no te pases» nos llega a través de un murmullo misterioso lleno de reverencia ante las casi infinitas capacidades del hombre. Haga el favor de imaginarse aquí el coro en Antígona de Sófocles que susurra al fondo: «Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre... (ara la tierra las 24 horas del día y así sucesivamente) Con sus trampas captura a la tribu de los pájaros... y al pueblo de los animales salvajes... A veces los encamina hacia el mal, otras veces hacia el bien».

El hombre es capaz de las obras más grandiosas. Y de lo más miserable. De ambas cosas es capaz. Sus posibilidades son tan inmensas que la capacidad de limitarse a sí mismo y de no hacer todo lo que podría hacer es la forma más elegante de libertad. Lo dicho: sofrosina, la sensata autorrepresión. Dominar el mundo, como canta el coro, y aun así encontrar la justa medida... Sí, si esto fuera posible. Si hubiera que resumir la moraleja de todas las historias de Homero, la frase acabaría siendo esta: «Haz de tripas corazón, contrólate». Para Homero, lo bueno, lo virtuoso no solo es correcto desde el punto de vista moral, sino que además es la opción más hermosa. Allí donde el hombre se contiene a sí mismo —así la esencia de la sofrosina—, reina la armonía. La fidelidad, la bravura, la honestidad, la justicia, todas estas cualidades irradian belleza y armonía. La traición, el robo, la infidelidad y todo lo que está encaminado a la ventaja propia y no conoce esta contención, según Homero, sobre todo es lisa y llanamente feo. El hombre tiene la posibilidad de elegir entre lo bueno y lo malo, lo feo y lo bello.

Si bien Homero y la Antigüedad son un punto de partida cómodo para formarse una idea acerca de la historia de nuestro pensamiento, quedarse ahí sería demasiado cómodo. Hay que empezar más atrás cuando se habla de la historia de las ideas. 

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En Suecia se practicó la esterilización forzosa de discapacitados intelectuales hasta 1975; en Holanda hubo debates relativamente desapasionados acerca de si el dinero que se gasta en medidas para mantener con vida a pacientes mayores en los hospitales no estaría mejor emplearlo en hacer posible el sueño de familias jóvenes de tener un hogar propio. En clínicas de fertilidad se realiza a diario una selección de embriones, mediante el llamado screening, cuyo genotipo indica problemas o riesgos. Cada año se descartan cientos de miles de embriones en la investigación. El debate acerca de vidas dignas o indignas no es pues exclusivo del nacionalsocialismo, ni tampoco ha sido zanjado. Más allá de la época nazi, en el mundo occidental también se han considerado científicas las diferencias raciales. En Estados Unidos la «superioridad de la raza blanca» era innegable hasta 1960. La detención de Rosa Parks que se negó a cederle el sitio a un blanco en un autobús sucedió en 1955. La segregación racial no fue abolida hasta 1964 tras la muerte de Kennedy por su sucesor Lyndon B. Johnson. En Australia existió la política «White Australia», con la cual se limitó la inmigración de personas no blancas hasta 1973. 

Cuando en enero de 1933, en las primeras semanas después de la toma de poder de Hitler, las tropas de la policía de Göring asaltaron redacciones de prensa y emitieron órdenes de detención, los tribunales alemanes, conforme a su deber, intervinieron y ordenaron liberaciones de personas que estaban siendo retenidas sin que mediara la correspondiente sentencia judicial. Pero luego, cuando entraron en vigor los decretos de emergencia y a partir del 24 de marzo, el Parlamento adoptó la ley de plenos poderes; esto fue suficiente para eliminar todos los instintos ético-legales. La crueldad, igual que en el experimento de Milgram, fue entonces política, jurídica y socialmente autorizada. ¿Qué otra cosa podía hacer una persona con un cargo en un ministerio o un sargento de la policía de Berlín que hacer lo que siempre se había hecho? Según el profesor Haller, desde el punto de vista forense a la pregunta de quién era Hitler, quiénes eran esos miles que actuaron como verdugos, aquellos que cometieron todas esas atrocidades sistemáticas, no hay más que una respuesta: gente común. Andrzej Szczypiorski, un superviviente del campo de concentración de Sachenhausen, lo formuló una vez de la siguiente manera: «En el campo de concentración he conocido a agente que, con aplicación y espíritu de sacrificio, asesinó a otros, gente que sin ánimo de obtener beneficio propio, por conciencia del deber y con puntualidad, denunció a su prójimo, lo torturó honesta y aplicadamente mostrando una impecabilidad y meticulosidad ejemplares». Un Hitler, un Napoleón, un Jan van Leiden, un Idi Amin, un Pol Pot no son seres anómalos. No son la excepción. La excepción son las personas que en los momentos decisivos defienden la dignidad del hombre contra la opinión general.

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¿FUE LA ESCLAVITUD UNA CUESTIÓN CLAVE EN LA GUERRA CIVIL ESTADOUNIDENSE?

¿Quiénes eran los «buenos» en la Guerra de Secesión estadounidense? Los de los los uniformes azules, claro. ¡Qué pregunta más tonta! Los que liberaron a los esclavos. Charles Dickens no compartía esta opinión. Según Dickens, en esta guerra no se trataba de la abolición de la esclavitud, sino de recabar impuestos. En cualquier caso, Abraham Lincoln, el republicano que fue elegido presidente de Estados Unidos en 1860 e impidió con la guerra contra los estados del sur la división del país, no era contrario a la esclavitud. En su discurso de posesión dijo expresamente: «No tengo intención de intervenir, de forma directa ni indirecta, en la institución de la esclavitud en los estados en que exista».

La vida de aquellos que no eran blancos no contaba mucho para Lincoln; tanto él como los generales del ejército estadounidense cercano a él (de joven se alistó en la campaña contra la tribu de los sauk) ya lo habían demostrado durante el genocidio perpetrado contra los indígenas. Era un gran maestro de la política de pactos y supo ganarse a los estados dispuestos a jurar la secesión, mediante leyes que consentían la tenencia de esclavos. La Guerra de Secesión es históricamente interesante por dos motivos: se cobró la vida de 600.000 soldados y 50.000 civiles —nunca en ninguna otra guerra ha muerto un número tan elevado de ciudadanos estadounidenses— únicamente y exclusivamente con el fin de preservar la «Unión», como subrayó el mismo Lincoln en varias ocasiones. Esto, a su vez, la hace interesante desde el punto de vista histórico-constitucional: Lincoln negó a los estados del sur el derecho a eso, precisamente, a la secesión, a la separación, que había dado origen pocas décadas antes a la fundación de Estados Unidos. 

En realidad, el hecho de que ni la gran Revolución Americana ni la Revolución Francesa se hayan ocupado de la liberación de los esclavos tendría que dar que pensar. Se sabe, por ejemplo, que a los esclavos de las islas caribeñas los liberó el invento de la obtención de azúcar a partir de la remolacha azucarera. Este método permitió la producción de grandes cantidades de azúcar barato en Europa, por lo que la importación de azúcar de caña de Jamaica y Cuba dejó de ser rentable.

Ambrose Bierce (Diccionario del Diablo)

Academia, s. Escuela antigua donde se enseñaba moral y filosofía. Escuela moderna donde se enseña el fútbol.

Boticario, s. Cómplice del médico, benefactor del sepulturero, proveedor de los gusanos del cementerio.

Celoso, adj. Indebidamente preocupado por conservar lo que sólo se puede perder cuando no vale la pena conservarlo.

Deuda, s. Ingenioso sustituto de la cadena y el látigo del negrero.

Excentricidad, s. Método de distinción tan vulgar que los tontos lo usan para acentuar su incapacidad.

Gota, s. Nombre que da el médico al reumatismo de un paciente rico.

Historia, s. Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.

Independiente, adj. En política, enfermo de autorrespeto. Es término despectivo.

Justicia, s. Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales.

Longevidad, s. Prolongación poco común del temor a la muerte.

Mamíferos, s. Familia de vertebrados cuyas hembras, en estado natural, amamantan a su cría, pero cuando se vuelven civilizadas e inteligentes la dan a la nodriza o usan el biberón.

Nepotismo, s. Práctica que consiste en designar a la propia abuela para un cargo público, por el bien del partido.

Odio, s. Sentimiento cuya intensidad es proporcional a la superioridad que lo provoca.

Plebiscito, s. Votación popular para establecer la voluntad del amo.

Referéndum, s. Ley que se somete a voto popular para establecer el consenso de la insensatez pública.

Sepulcro, s. Lugar en que se coloca a los muertos hasta que llegue el estudiante de medicina.

Tumulto, s. Entretenimiento popular ofrecido a los militares por espectadores inocentes.

Urraca, s. Ave cuya inclinación al robo ha sugerido a algunos la posibilidad de enseñarle a hablar.

Viejo, adj. Estado de uso que no se contradice con una incapacidad general, v.gr. “hombre viejo”. Desacreditado por el paso del tiempo y ofensivo para el gusto popular, v.gr. “libro viejo”.

Wall Street, s. Símbolo de pecado expuesto a la execración de todos los demonios. Que Wall Street sea una cueva de ladrones, es una creencia con que todo ladrón fracasado sustituye su esperanza de ir al cielo.

Mark Lilla (Pensadores temerarios) Los intelectuales en la política

La seducción de Siracusa

[...] Dionisio es nuestro contemporáneo. A lo largo del último siglo ha tomado muchos nombres: Lenin y Stalin, Hitler y Mussolini, Mao o Ho, Castro y Trujillo, Amin y Bokassa, Sadan y Jomeini, Ceaucescu y Milosevic; la lista podría se mucho más larga. La almas optimistas del siglo XIX, creían que la tiranía era una cosa del pasado. Después de todo, Europa había entrado en la modernidad y todos sabían que las complejas sociedades de este período, asociadas a los seculares valores democráticos, no podían ser gobernadas según los antiguos medios despóticos. Las sociedades modernas podrían ser autoritarias, controladas por frías burocracias y crueles condiciones de trabajo, pero no se convertirían en dictaduras en el sentido en que lo fue Siracusa. La modernización podría volver obsoleto el concepto de tiranía e incluso las naciones extraeuropeas, también modernizadas, superarían en el futuro a estos regímenes. Hoy sabemos que era una idea errónea. Han desaparecido tanto el harén como el esclavo que probaba alimentos antes de que llegaran al rey, pero los sustituyeron los ministros de propaganda y los guardias revolucionarios, los magnates de la droga y los banqueros suizos. La tiranía ha sobrevivido.

El problema de Dionisio es tan viejo como la creación. El de sus partidarios intelectuales es nuevo. La Europa continental alumbró dos grandes sistemas dictatoriales durante el siglo XX: el comunismo y el fascismo. Del mismo modo, también creó un nuevo tipo social para el que necesitamos un nuevo nombre: el del intelectual filotiránico. Algunos de los grandes pensadores de este período, cuya producción sigue vigente para nosotros, se atrevieron a servir a modernos Dionisios, tanto de palabra como de obra. Sus historias son infames: Martin Heidegger y Carl Schmitt en la Alemania nazi; György Lukács en Hungría; quizá algunos otros. Muchos, sin correr grandes riesgos, se adhirieron a los partidos fascistas y comunistas en ambos lados del Telón de Acero, ya fuese por afinidades electivas o ambiciones profesionales; algunos lucharon episódicamente en selvas o desiertos del tercer mundo. Un número sorprendentemente elevado se convirtió en peregrino de las nuevas Siracusas erigidas en Moscú, Berlín, Hanoi o La Habana. Como observadores políticos coreografiaron cuidadosamente sus viajes por los caminos de los tiranos, con billetes de regreso en la mano, admiraban las granjas colectivistas, las fábricas de tractores, las plantaciones de caña de azúcar o las escuelas, aunque por una u otra razón nunca visitaron las prisiones.

En su mayoría, los intelectuales europeos se parapetaron detrás de sus escritorios, visitando Siracusa solo con la imaginación, desarrollando interesantes y a veces brillantes ideas con las que explicar los sufrimientos de personas a las que nunca mirarían a los ojos. Distinguidos profesores, talentosos poetas y periodistas influyentes unieron sus capacidades para convencer a todo el mundo de que los regímenes dictatoriales modernos eran liberadores y de que sus crímenes y excesos eran nobles, observados desde la óptica apropiada. Necesitará un estómago verdaderamente fuerte cualquiera que hoy asuma la empresa de escribir una historia intelectual honesta del siglo XX en Europa.

Quien lo haga necesitará además otra cosa: vencer su repugnancia para poder meditar sobre las raíces de este extraño e indescifrable fenómeno. ¿Qué ocurre en la mente humana que la hace capaz de proclamar la defensa intelectual de un régimen dictatorial en pleno siglo XX? ¿Cómo la tradición del pensamiento político occidental —iniciado con la crítica de la tiranía que hace Platón en La República y con sus fracasados viajes a Siracusa— ha llegado al este punto en el que se ha vuelto aceptable argumentar que la tiranía es algo bueno, incluso hermoso? Nuestro historiador necesitará plantear estas grandes cuestiones, porque se encontrará enfrentado a un fenómeno general y no a casos aislados de comportamientos extravagantes. En el siglo XX, el caso de Heidegger es el más dramático ejemplo de cómo la memoria viva de la tradición, la filosofía o el amor a la sabiduría se transformaron en amor a la tiranía.

¿Por dónde empezar? El primer impulso de nuestros historiadores es detenerse en la historia de las ideas, a partir de la convicción de que existen raíces intelectuales comunes tanto a la filotiranía intelectual como a las modernas prácticas despóticas. Se encontrarán numerosas y sólidas investigaciones sobre los fundamentos de muchas opiniones políticas modernas que comparten esta presunción e incluso esta aproximación, que consiste en dividir la tradición intelectual europea en dos tendencias rivales y atribuir sentimientos filotiránicos a una de ellas. Uno de los objetivos recurrentes de estas investigaciones es la Ilustración; desde el siglo XIX se la describe como un desgajamiento de las profundas raíces de la sociedad europea —que no son otras que la tradición religiosa cristiana— y la subsiguiente puesta en marcha de nobles experiencias para reformar la sociedad de acuerdo con sencillas nociones de orden racional. 

Según esta perspectiva, la Ilustración no solo engendró tiranías, sino que fue propiamente despótica en sus métodos intelectuales: absolutismo, determinista, inflexible, intolerante, insensible, arrogante, ciega. Esta retahíla de adjetivos está tomada de los escritos de Isaiah Berlin, que en una serie de brillantes y sugerentes ensayos sobre la historia intelectual publicados durante los decenios que siguieron a la posguerra ha desarrollado esta acusación de modo muy sofisticado: los filósofos de la Ilustración son los responsables de la teoría y la práctica de la tiranía moderna. Berlin sostiene que el rechazo a la diversidad y el pluralismo encontró su principal alimento en las más importantes corrientes de la tradición intelectual occidental que comienza con Platón y termina con la Ilustración, antes de dar sus frutos políticos en el totalitarismo del siglo XX. Los supuestos fundamentales de esta trayectoria vendrían a confluir en que todos los interrogantes morales y políticos, tienen una sola respuesta verdadera, que todas esas respuestas son accesibles a través de la razón y que todas esas verdades son necesariamente compatibles unas con otras. Sobre estos supuestos se edificaron y defendieron los gulags y los campos de exterminio. En palabras de Berlin, la Ilustración brindó ese ideal «en cuyo nombre quizá se haya sacrificado más seres humanos que por cualquier otra causa en la historia de la humanidad».

* Mark Lilla (La mente naufragada) Reacción política y nostalgia moderna

José María Lassalle (Contra el populismo) Cartografía de un totalitarismo posmoderno

[...] Teorizada, entre otros, por Hardt y Negri, la nueva izquierda que rebrotó de la caída del Muro dio la espalda a la Modernidad de forma radical. Esgrimió una «rebelión de las dignidades« y cuestionó las jerarquías racionalizadoras de Occidente por considerarlas instrumentos de colonización intelectual que empleaban la supuesta objetividad del conocimiento y la ciencia como mecanismos represivos. La resurrección simbólica de Lacan practicada por Žižek y la lucha contra el neocolonialismo defendida por De Sousa introdujeron un arsenal dialéctico que pronto fue puesto al servicio de una dinámica revolucionaría que cobró carta de naturaleza en Chiapas y, poco después, en la famosa batalla urbana librada en las calle de Seattle durante la conferencia de la Organización Mundial del Comercio de 1999.

A partir de entonces, tras la caída en desgracia del comunismo, comenzó el cuestionamiento del orden mundial, con armas que recurrirían a la sospecha de que la globalización era una estrategia del neoliberalismo para instaurar una conceptualidad secretamente totalitaria que colonizaba el planeta mediante una racionalidad monotizable que hacía todo consumible. Para ello apelaban primariamente a los sentimientos, siendo estos una respuesta indignada al capitalismo vencedor de la Guerra Fría. Con su gesta de indignación multitudinaria, el altermundialismo empleó una estrategia de guerrilla sentimental contra la militarización neoconservadora y la voracidad neoliberal de sus oponentes después del 11-S. Lo hizo abriéndose a una lógica populista que combinó la ocupación de la calle con la movilización por primera vez en la historia de multitudes digitales. Propuso una contrahegemonía que defendía que el capitalismo fuera enjuiciado por los tribunales, que se diluyera la propiedad bajo claves de solidaridad globales y que se atribuyeran derechos a la naturaleza y a las generaciones futuras. 

El objetivo final era autodeterminar asambleariamente y de forma global la democracia, eximirla de su enfoque liberal mediante la descolonización de sus jerarquías modernas y racionales. Para ello adoptó la fisonomía de una épica romántica que fue el reverso de la que asumieron sus enemigos neocons. Y todo ello después de constatar ideológicamente el fracaso del utopismo marxista desde que la caída del Muro berlinés despojó a la izquierda de toda ambición planificadora, no solo para vislumbrar un futuro, sino también para confiar racionalmente en las posibilidades de gestionarlo a través de la idea de progreso. 

La implosión de la izquierda y su repudio de la Ilustración han hecho que, a partir de sus cenizas emocionales, se haya transformado en populista. En el proceso ha contribuido su apertura a las experiencias vividas en Latinoamérica con el auge del zapatismo, los indigenismo, el chavismo, el peronismo y el aprismo. Esta «latinoamericanización» ha llevado a la izquierda occidental a perder musculatura intelectual e ideológica y a renunciar al reformismo en medio de un inquietante debilitamiento de la socialdemocracia. Convertida en un relato de indignación organizada, ha dejado atrás toda lógica institucional, canalizando su acción política hacia arrebatos que cuestionan sin tapujos el mercado y la democracia representativa, ámbitos que perpetúan su poder mediante un elitismo clasista y profesionalizado, lo cual la crisis económica ha evidenciado a la luz de la corrupción.

La evolución final de la izquierda hacia el populismo ha incorporado un planteamiento transversal de nuevo cuño inspirado en la aplicación estratégica del pensamiento de Gramsci, un sesgo que renuncia a Marx para echarse en brazos de ese Maquiavelo posmarxista que fue el autor de los famosos Carnets. El objetivo es claro: desbaratar la democracia como estructura política de las sociedades abiertas y romper la conexión entre aquella, como instrumento de legitimación política, y estas últimas, como soporte epistemológico y moral de la civilización liberal.

El horizonte del populismo es conseguir la desconexión entre la democracia y la racionalidad legal que la hace posible u necesaria. Por eso, el populismo no ha dudado en invocar una forma de racionalidad que difiere de la moderna y que viene de abajo, de esa estructura de reflexión transversal que, inspirada en la docta ignorancia de la plebe, reclama una especie de ecología igualitaria de saberes y una racionalidad populista en la que el pueblo, según Laclau, define el conocimiento político a partir de la frontera abismal que separa a los de abajo de los poderosos. Una frontera donde el significante «pueblo» es el producto de una cadena de equivalencias de rechazo y agravios en la que el miedo y el resentimiento aspiran a ser el activo políticamente mayoritario del cambio. En fin, una frontera que aspira a ser una combinación estratégica de trinchera y barricada, que divida al pueblo de sus contrarios, los parapete frente a ellos y así los pueda combatir dentro de un dispositivo de comunidad que haga homogénea a la plebe mediante un estado de guerra permanente contra sus enemigos. 

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