Rüdiger Safranski (Tiempo) La dimensión temporal y el arte de vivir

TIEMPO DE ABURRIMIENTO

El ser humano, a diferencia del animal, es un ser que puede aburrirse. Cuando hemos atendido a lo necesario para la vida, queda todavía una atención excedente que, si no encuentra sucesos y actividades adecuados, se dirige al paso mismo del tiempo. El tapiz de sucesos, que por lo regular está enlazado tupidamente y, por eso, encubre a la percepción el paso del tiempo, ha quedado entonces raído y deja la mirada libre para un tiempo supuestamente vacío. Al encuentro paralizante con el puro pasar del tiempo lo llamamos aburrimiento.

El aburrimiento nos permite experimentar un aspecto tremendo del paso del tiempo, si bien de manera paradójica, a saber: en el aburrimiento el tiempo no quiere pasar, se detiene, se demora de modo insoportable. Arthur Schopenhauer dice que experimentamos el tiempo en la duración que se hace larga, no en la duración entretenida, que se hace corta. Por tanto, si queremos entender qué es el tiempo, lo mejor nos es dirigirse a la física, sino a la experiencia del aburrimiento. 

Según la descripción de William James, el aburrimiento se nos presenta <<cuando nosotros, en virtud del relativo vacío del contenido de un lapso de tiempo, dirigimos la atención al paso del tiempo mismo>>. No hay un tiempo en el que realmente no acontezca nada; siempre sucede algo. Sin sucesos no hay ningún tiempo, pues el tiempo es la duración de sucesos y, por eso, en sentido estricto no puede estar vacío. La percepción de vacío se debe a que ningún interés vivo vincula a los sucesos. Y la causa de la falta de interés puede radicar en el sujeto o en el objeto; por lo general está en ambos. En lo tocante al sujeto, puede ser apático, de vivencias débiles. Percibe demasiado poco y por eso se aburre con rapidez. Aunque tampoco puede estar demasiado embotado, pues entonces no notará en absoluto que le falta algo. Por tanto, para aburrirse se requiere un mínimo de apertura, curiosidad y disposición a las vivencias.

[...] Schopenhauer relacionó la disposición al aburrimiento, con los periodos de la vida. En la juventud, dice, vivimos con una conciencia más receptiva, la cual es estimulada siempre por la novedad de los objetos. El mundo se presenta denso, lleno de impresiones, Por eso el día es enormemente largo, sin resultar aburrido, y una serie de días y semanas se convierten en media eternidad. Al adulto eso sólo le sucede en casos especiales, en un trabajo con plena entrega o en viajes. Pero, fuera de esas ocasiones, el tiempo pasa volando cuanto más viejo se hace uno. En la montaña mágica, de Thomas Mann, leemos: <<Si un día es como todos, todos son como uno; y en una plena uniformidad la vida más larga se vivirá como totalmente corta>>. De todos modos, esa vida galopante sólo parece breve de manera retrospectiva, en el instante concreto puede parecernos aburrida, precisamente por su fugacidad. Nos deja vacíos.

En la medida que los sucesos pierden densidad, llama la atención el tiempo. Parece como si éste saliera de su escondite, puesto que para nuestra percepción ordinaria está escondido detrás de los acontecimientos y no es experimentado de forma tan directa y cargante. Por tanto, si se produce un desgarro en la cortina, vemos cómo detrás bosteza el tiempo.

[...] El aburrimiento, declara Kierkegaard, es la <<raíz de todo mal>>, y en consecuencia el ser humano necesita distracción. Tienen necesidad de distracción los compañeros de riesgo. ¿Hacia dónde amenaza el precipicio? Hacia el <<vació>> del tiempo. Ése es el auténtico pecado original.

De hecho, en la Edad Media cristiana, el aburrimiento, que se conocía como <<acedia>>, se contaba entre los peores pecados. Y se entendía como pereza del corazón, obstinación, en definitiva, como un cerrarse frente a Dios, que de suyo llena a cada uno con vida. Quien se encierra frente a él, experimenta el propio vacío. Así interpretó Blaise Pascal el aburrimiento en el siglo XVII. Si Dios es lo sublime, el vacío percibido es su sombra: lo sublime negativo, la nada. Dios llena el tiempo, y, si no nos dejamos llenar por él, queda solamente el tiempo vació, que no podemos soportar, de modo que buscamos <<distracciones>>.Según Pascal, es la fuente de la hectiquez y el ajetreo moderno. Toda la desdicha proviene de que los seres humanos <<son incapaces de quedarse tranquilos en su habitación>>, y no pueden quedarse tranquilos en la habitación porque, a solas, no se soportan a sí mismos. No son capaces de ello, continúa Pascal, porque les falta Dios. El puesto que ocupaba es ahora un espacio vacío, que absorbe al hombre y amenaza con tragarlo. En el aburrimiento experimentamos el susto del vacío interior. Éste es peor todavía que el espanto ante el espacio vacío del mundo, que Pascal describe de manera no menos penetrante con las famosas palabras: <<La infinitud de los espacios me sobrecoge>>.

[...] En torno a 1800, la mayor parte de la gente estaba sometida a duras condiciones de trabajo, y esto hacia que el aburrimiento fuera una experiencia más bien desconocida para ella. Sólo los grandes y ricos, escribe Montesquieu, sufren el azote del aburrimiento. Rousseau sostiene de manera semejante que el pueblo no se aburre porque lleva una vida activa. El aburrimiento, afirma, es en exclusiva el <<gran flagelo de los ricos>>, y la gente normal, que debería dedicarse a mejores tareas, tiene que <<divertirlos>> con <<distracciones>> costosas, para que no sean víctimas de un <<aburrimiento mortal>>. Ahora esto forma parte del pasado. En nuestros días hay que divertir no sólo a unos pocos ricos sino también a grandes multitudes. La situación se ha democratizado también en este aspecto.

Ha florecido toda una industria para que la gente no se <<aburra mortalmente>>. No sólo se producen bienes, sino también vivencias -viajes, eventos, películas, televisión, internet-, y con ellas se almacenan en otro lugar las posibles fuentes de desengaño, tal y como escribe Gerhard Schulze en un estudio titulado La Sociedad de la vivencia. En tiempos se podía estar desengañado cuando no se tenía suficiente participación en los bienes. Estaba vigente el desengaño del no tener, del quedarse corto. Hoy sufrimos el <<desengaño de carecer de vivencias>>. Se le ofrece a uno lo que ha de expulsar el aburrimiento, y se advierte con desencanto que, a pesar de todo, uno se aburre. Pero como nos encontramos en la posición de consumidores, no solemos llegar a la idea de que la instalación del aburrimiento podría radicar en uno mismo. El defecto puede atribuirse también a la oferta exterior, y así no <<hace falta pensar en la propia participación en el surgimiento de la vivencia>>. En la televisión recurrimos al zapeo, saltamos de una oferta a otra, de un programa a otro. Se hace cada vez más corto el espacio de tiempo de la atención y cada vez más fragmentada la secuencia de la vivencia, con el resultado de que a través de las grietas de esta falta de nexo se puede filtrar de nuevo el aburrimiento, la experiencia del tiempo vacío, de modo que de nuevo hemos de taparlas apresuradamente. En consecuencia, se recurrirá más todavía al zapeo y, al final de semejante noche de televisión, no quedará nada en la memoria.

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